( 38 )

Laura Fernández

Es el corazón del entusiasmo. Un mes de escritura en Sanià fue el equivalente a dos años de trabajo en su casa, a pesar de que se trajo su propia casa ambulante: treinta y dos libros, un cuadro de su hija (una casa con veinticinco ventanas), muñecos de animales (osos, una cebra, un pato, un braquiosaurio y un perezoso) y fotografías.

( 39 )

Sabíamos que vendría a pelearse con la escritura y por eso le dimos el estudio de las seis ventanas. Allí le dio miles de vueltas al proceso creativo. Pensó en el tiempo, en el dinero, en la depresión, en el insomnio; se preguntó, en últimas, si la escritura puede ser realmente un trabajo o no. Las respuestas se conocerán más adelante. Nosotros estamos convencidos de que ganó la pelea.

( 37 )

Nos ilustró con sus conocimientos sobre drogas recreativas y terapéuticas, tema de su futuro ensayo. Buscaba dosis de dopamina en las aguas frías de cala Canyers y Sanià.

( 34 )

Estableció la costumbre de comer helado siempre entrada la noche. Cada día salía a buscar a un personaje ficticio por el bosque, siempre con auriculares y gafas de sol.

( 35 )

Entendió que, para dar con «la forma», primero debía desaparecer. Aparte de escribir la que será su primera novela, hizo de librero o bibliotecario de Sanià y también nos cedió el acceso a todas sus plataformas de cine.

( 36 )

Tuvo su propia cabaña para pensar, es decir, para leer al menos un libro al día. Desde allí escribía sobre el Amazonas y bebía pócimas peruanas para el rendimiento literario.

( 31 )

Durmió con el bate al lado de su cama para mantener su obra fragmentaria. Aprovechó las aguas frías de Cala Canyers. Llegó con una maleta llena de libros. Se fue con ella todavía más pesada.

( 32 )

Repartió a cada unos lápices Blackwings 605 como si necesitara armar a todo el mundo. Sin embargo, libró su guerra a solas en el estudio. No sabemos cuántas caladas les dio a sus cigarrillos en la terraza de Sanià.

( 33 )

Dibujo varios ángulos de la casa principal, así como a las gallinas y las cigalas vivas. Trabajó en su ensayo del conocimiento empírico o artesanal o de la experiencia. Hizo suya una máquina de café.

( 28 )

La naturaleza lo obligaba a salir de su estudio, le exigía que recorriera los senderos forestales o el Camí de Ronda y lo torturaba con el hallazgo de las palabras precisas que pudieran describirlas. A pesar de esto, terminó una novela y empezó a idear algunos cuentos.

( 29 )

Vio por segunda vez en su vida una Mantis que la visitó dos veces: cerca del comienzo y cerca del final de su residencia. Terminó una novela que “incluye espirales, círculos y caracoles”, y después se dedicó a la búsqueda de otra que “inicia entre bombardeos”.

( 30 )

Casi cada tarde, después de trabajar en su escritura, practicó las Suites para violonchelo de Bach. Entre una cosa y otra, también sacaba sus acuarelas y les dedicaba dibujos a sus platos favoritos de Sanià.

( 26 )

Recorrió la zona en busca de cantantes de habaneras y, seducida por la figura del faro, caminó hasta San Sebastián con un libro (de María Negroni) acerca de Orfeo en el bolsillo.

( 27 )

Hizo de programador de cine en la tercera planta de Saniá y compartió innumerables títulos de libros que le apasionan. Practicaba Tai Chi en la galería y, pese al frío, se bañó casi todos los días en el mar.

( 24 )

No desayunó nunca porque trabajaba en la soledad de la noche. En las tardes salía a correr por el camino forestal. Se cuidó de no accionar el botón del pánico, y lo logró.

( 25 )

Encontró sillón de piedras en Cala Canyers, a donde se iba a meditar cada mañana. Escribió su diario como si fuera Truman Capote y le dedicó un poema. Donó algunos de sus libros a la biblioteca de Sanià.

( 23 )

Inspirado por Goya, el protagonista de su libro, descubrió el sabor y los efectos del Orujo. Nadó casi cada día, a pesar de las ferocidades del mar, de Cala Canyers a Cala Sanià. Experimentó (de nuevo) lo que significa pasar un mes sin Wi-Fi.

( 22 )

Escribió tanto que se olvidó del orden del tiempo (una madrugada empezó a las 2 a.m.). Gozó del paisaje, de los aromas de la comida, del ruido del mar y, sobre todo, del vino «Polsosa» de Mas Molla.

( 20 )

Empapeló su estudio con la estructura de su novela, dio a conocer el Patxaran y apuntaló las sobremesas con su buen humor. La canción “Freed From Desire” la persiguió a lo largo de su estadía.

( 21 )

Intentó cazar fantasmas con la cámara de su teléfono. Les tiró el Tarot a la casa y a sus colegas. Mantuvo a Ploma a raya, peleó contra insectos y escapó de un petirrojo que se coló en su estudio.

( 19 )

Londres, Inglaterra. Entraba en el agua antes de las primeras luces del día y después se encerraba en su estudio monástico. Trabajó en un libro de no ficción acerca de la crisis del cristianismo en la Inglaterra de ahora.

( 18 )

Buenos Aires, Argentina. Se despertaba a las siete de la mañana todos los días para escribir sin tregua. Trajo alfajores de regalo, sacó a pasear a Ploma por los bosques y llegó a percibir las presencias de la finca.

( 17 )

Oaxaca, México. Solía narrar sueños ancestrales durante los desayunos. Leyó a Selva Almada y fue alternando su trabajo entre cuentos y novelas. Su perrita Lucerito protegió el umbral sagrado de Sanià.

( 16 )

Nueva York, EEUU. Siguió una de las tantas tradiciones de Sanià: la de reposar en la hamaca a mirar las estrellas a las tres de la madrugada. Caminó por los Jardines de Cap Roig, perfeccionó su castellano y se hundió de lleno en su tercera novela.

( 15 )

Santander. Intentó desentrañar los misterios de Jeanne Dielman. Evadiendo la luz difícil, solía escribir hasta las cinco, cinco y media de la madrugada.

( 14 )

Barcelona. Compartió sus procesos creativos, buceó en la Cala Estreta e incorporó el mate para terminar los últimos tres capítulos de su novela.

( 13 )

Barranquilla, Colombia. Trabajó un ensayo onírico y personal: aclaró recuerdos caribeños desde la última planta de Sanià; visitó bosques eróticos, cuidó de Ploma y fue a buscar sus raíces en Paterno, Italia.

( 12 )

Madrid. Terminó un manuscrito que arrastraba hace más de siete años.

( 11 )

San Sebastián. Escribió, nadó y leyó casi toda la obra de Zambra (le faltó Mis documentos).

( 10 )

Junín, Provincia de Buenos Ai­res, Argentina. Durante su estancia, estuvo tras las huellas de Truman Capote. Casi lo resucita.  

( 09 )

Tarragona. Casi todo el tiempo tenía frío, pero trabajaba sin parar en tres proyectos: la edición de su segunda novela; el inicio de la tercera y un doctorado que prepara acerca del amor.

( 08 )

Ávila. Jugó con su hijo, Nicanor, en la arena de Platja Castell, caminó cada día por el bosque y trabajó en un poema largo, La hora del abejorro.

( 07 )

Granollers. Antes de ponerse a trabajar en su segunda novela, salía a pasear por el Camí de Ronda, por la mañana y por la tarde. Espulgó la biblioteca de Sanià.

( 06 )

Lima, Perú. “Por fin tuve mi habitación impropia frente al mar. Ahí escribí mi novela mariateguista”.

( 05 )

Barcelona. Se concentró en desarrollar su texto La herida erótica, ganador de la Beca Finestres de Ensayo en 2022.

( 04 )

Northamptonshire, Inglaterra. Pese a que contempló el mar largamente, consiguió deshacerse de un manuscrito de más de 400 folios y convertirlo en un maravilloso libro: Pluto’s Got Something to Say.

( 03 )

Malla. Le faltó muy poco para terminar su tercera novela «Et vaig donar ulls i vas mirar les tenebres». Cuando había buen tiempo, practicaba yoga en Cala Canyers.  

( 02 )

Westmeath, Irlanda. Le gustaba escribir en Platja Castell. En Sanià leyó por primera vez A sangre fría y trabajó en la primera parte de su segunda novela.

( 01 )

San José de Costa Rica. Trabajó en Zapote, su segunda novela y escribió un poema bellísimo, El albañil.

( 38 )

Es el corazón del entusiasmo. Un mes de escritura en Sanià fue el equivalente a dos años de trabajo en su casa, a pesar de que se trajo su propia casa ambulante: treinta y dos libros, un cuadro de su hija (una casa con veinticinco ventanas), muñecos de animales (osos, una cebra, un pato, un braquiosaurio y un perezoso) y fotografías.

( 39 )

Sabíamos que vendría a pelearse con la escritura y por eso le dimos el estudio de las seis ventanas. Allí le dio miles de vueltas al proceso creativo. Pensó en el tiempo, en el dinero, en la depresión, en el insomnio; se preguntó, en últimas, si la escritura puede ser realmente un trabajo o no. Las respuestas se conocerán más adelante. Nosotros estamos convencidos de que ganó la pelea.

( 37 )

Nos ilustró con sus conocimientos sobre drogas recreativas y terapéuticas, tema de su futuro ensayo. Buscaba dosis de dopamina en las aguas frías de cala Canyers y Sanià.

( 34 )

Estableció la costumbre de comer helado siempre entrada la noche. Cada día salía a buscar a un personaje ficticio por el bosque, siempre con auriculares y gafas de sol.

( 35 )

Entendió que, para dar con «la forma», primero debía desaparecer. Aparte de escribir la que será su primera novela, hizo de librero o bibliotecario de Sanià y también nos cedió el acceso a todas sus plataformas de cine.

( 36 )

Tuvo su propia cabaña para pensar, es decir, para leer al menos un libro al día. Desde allí escribía sobre el Amazonas y bebía pócimas peruanas para el rendimiento literario.

( 31 )

Durmió con el bate al lado de su cama para mantener su obra fragmentaria. Aprovechó las aguas frías de Cala Canyers. Llegó con una maleta llena de libros. Se fue con ella todavía más pesada.

( 32 )

Repartió a cada unos lápices Blackwings 605 como si necesitara armar a todo el mundo. Sin embargo, libró su guerra a solas en el estudio. No sabemos cuántas caladas les dio a sus cigarrillos en la terraza de Sanià.

( 33 )

Dibujo varios ángulos de la casa principal, así como a las gallinas y las cigalas vivas. Trabajó en su ensayo del conocimiento empírico o artesanal o de la experiencia. Hizo suya una máquina de café.

( 28 )

La naturaleza lo obligaba a salir de su estudio, le exigía que recorriera los senderos forestales o el Camí de Ronda y lo torturaba con el hallazgo de las palabras precisas que pudieran describirlas. A pesar de esto, terminó una novela y empezó a idear algunos cuentos.

( 29 )

Vio por segunda vez en su vida una Mantis que la visitó dos veces: cerca del comienzo y cerca del final de su residencia. Terminó una novela que “incluye espirales, círculos y caracoles”, y después se dedicó a la búsqueda de otra que “inicia entre bombardeos”.

( 30 )

Casi cada tarde, después de trabajar en su escritura, practicó las Suites para violonchelo de Bach. Entre una cosa y otra, también sacaba sus acuarelas y les dedicaba dibujos a sus platos favoritos de Sanià.

( 26 )

Recorrió la zona en busca de cantantes de habaneras y, seducida por la figura del faro, caminó hasta San Sebastián con un libro (de María Negroni) acerca de Orfeo en el bolsillo.

( 27 )

Hizo de programador de cine en la tercera planta de Saniá y compartió innumerables títulos de libros que le apasionan. Practicaba Tai Chi en la galería y, pese al frío, se bañó casi todos los días en el mar.

( 24 )

No desayunó nunca porque trabajaba en la soledad de la noche. En las tardes salía a correr por el camino forestal. Se cuidó de no accionar el botón del pánico, y lo logró.

( 25 )

Encontró sillón de piedras en Cala Canyers, a donde se iba a meditar cada mañana. Escribió su diario como si fuera Truman Capote y le dedicó un poema. Donó algunos de sus libros a la biblioteca de Sanià.

( 23 )

Inspirado por Goya, el protagonista de su libro, descubrió el sabor y los efectos del Orujo. Nadó casi cada día, a pesar de las ferocidades del mar, de Cala Canyers a Cala Sanià. Experimentó (de nuevo) lo que significa pasar un mes sin Wi-Fi.

( 22 )

Escribió tanto que se olvidó del orden del tiempo (una madrugada empezó a las 2 a.m.). Gozó del paisaje, de los aromas de la comida, del ruido del mar y, sobre todo, del vino «Polsosa» de Mas Molla.

( 20 )

Empapeló su estudio con la estructura de su novela, dio a conocer el Patxaran y apuntaló las sobremesas con su buen humor. La canción “Freed From Desire” la persiguió a lo largo de su estadía.

( 21 )

Intentó cazar fantasmas con la cámara de su teléfono. Les tiró el Tarot a la casa y a sus colegas. Mantuvo a Ploma a raya, peleó contra insectos y escapó de un petirrojo que se coló en su estudio.

( 19 )

Londres, Inglaterra. Entraba en el agua antes de las primeras luces del día y después se encerraba en su estudio monástico. Trabajó en un libro de no ficción acerca de la crisis del cristianismo en la Inglaterra de ahora.

( 18 )

Buenos Aires, Argentina. Se despertaba a las siete de la mañana todos los días para escribir sin tregua. Trajo alfajores de regalo, sacó a pasear a Ploma por los bosques y llegó a percibir las presencias de la finca.

( 17 )

Oaxaca, México. Solía narrar sueños ancestrales durante los desayunos. Leyó a Selva Almada y fue alternando su trabajo entre cuentos y novelas. Su perrita Lucerito protegió el umbral sagrado de Sanià.

( 16 )

Nueva York, EEUU. Siguió una de las tantas tradiciones de Sanià: la de reposar en la hamaca a mirar las estrellas a las tres de la madrugada. Caminó por los Jardines de Cap Roig, perfeccionó su castellano y se hundió de lleno en su tercera novela.

( 15 )

Santander. Intentó desentrañar los misterios de Jeanne Dielman. Evadiendo la luz difícil, solía escribir hasta las cinco, cinco y media de la madrugada.

( 14 )

Barcelona. Compartió sus procesos creativos, buceó en la Cala Estreta e incorporó el mate para terminar los últimos tres capítulos de su novela.

( 13 )

Barranquilla, Colombia. Trabajó un ensayo onírico y personal: aclaró recuerdos caribeños desde la última planta de Sanià; visitó bosques eróticos, cuidó de Ploma y fue a buscar sus raíces en Paterno, Italia.

( 12 )

Madrid. Terminó un manuscrito que arrastraba hace más de siete años.

( 11 )

San Sebastián. Escribió, nadó y leyó casi toda la obra de Zambra (le faltó Mis documentos).

( 10 )

Junín, Provincia de Buenos Ai­res, Argentina. Durante su estancia, estuvo tras las huellas de Truman Capote. Casi lo resucita.  

( 09 )

Tarragona. Casi todo el tiempo tenía frío, pero trabajaba sin parar en tres proyectos: la edición de su segunda novela; el inicio de la tercera y un doctorado que prepara acerca del amor.

( 08 )

Ávila. Jugó con su hijo, Nicanor, en la arena de Platja Castell, caminó cada día por el bosque y trabajó en un poema largo, La hora del abejorro.

( 07 )

Granollers. Antes de ponerse a trabajar en su segunda novela, salía a pasear por el Camí de Ronda, por la mañana y por la tarde. Espulgó la biblioteca de Sanià.

( 06 )

Lima, Perú. “Por fin tuve mi habitación impropia frente al mar. Ahí escribí mi novela mariateguista”.

( 05 )

Barcelona. Se concentró en desarrollar su texto La herida erótica, ganador de la Beca Finestres de Ensayo en 2022.

( 04 )

Northamptonshire, Inglaterra. Pese a que contempló el mar largamente, consiguió deshacerse de un manuscrito de más de 400 folios y convertirlo en un maravilloso libro: Pluto’s Got Something to Say.

( 03 )

Malla. Le faltó muy poco para terminar su tercera novela «Et vaig donar ulls i vas mirar les tenebres». Cuando había buen tiempo, practicaba yoga en Cala Canyers.  

( 02 )

Westmeath, Irlanda. Le gustaba escribir en Platja Castell. En Sanià leyó por primera vez A sangre fría y trabajó en la primera parte de su segunda novela.

( 01 )

San José de Costa Rica. Trabajó en Zapote, su segunda novela y escribió un poema bellísimo, El albañil.

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