La Casa Sanià. Guía mínima y literaria

Toni Sala

No puedes confundirte de casa porque la casa Sanià tiene el nombre escrito, mirando hacia el camino, con letras negras y grandes encima de la entrada. La caligrafía es claramente daliniana, pero nada permite asegurar ni refutar que Salvador Dalí dibujara esas letras para inscribirla a su nombre, como tampoco que nadie quisiera endosarle a Dalí una relación directa con la casa. Se trata de una caligrafía demasiado regular, estilizada y redondeada para ser suya, pero el lugar, el palo de la ene de en medio rematado con una cruz —nos encontramos a las puertas de un territorio espiritual— y la posibilidad de que las letras se hayan repintado permitirían argumentar a favor de la autoría de Dalí, que era aficionado a firmar.

Sin embargo, no hay nada que haga pensar ni deje de hacer pensar que el pintor hubiera entrado en la casa. Del mismo modo que la caligrafía nos lleva y no nos lleva a Dalí, el propio nombre de la casa, y su ortografía, nos llevan y no nos llevan al lugar. Las casas se bautizan con el nombre del primer propietario y, por eso, en muchos libros, a la casa se la llama Inchcape. En las inscripciones notariales, en cambio, será desde el primer momento la villa Sanià, tal como aparece escrito en la entrada, con el acento abierto. Pero la ortografía onomástica catalana siempre baila en manos de los funcionarios, y el nombre hace referencia a la cala, originariamente denominada Sanià, que quiere decir una huerta regada. Huerta, huerto, oro creativo.

Una casa de veraneo en uno de los parajes privilegiados de este mundo, excepcionalmente solitaria en medio del barullo turístico, con una escalera de piedra para bajar a una cala virgen privada, con los pinos y la luz de una costa humanista, una casa con piscina y pájaros, hamaca y cocinera, chimenea, horizonte, vida regalada.

 

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