( 130 )

El mundo calló y ella se entregó a la escucha de las cosas. Iba por ahí con una taza grande de té que sostenía con ambas manos, atenta. Se permitió vivir en un eterno presente. Contaba las historias más aterradoras con el aplomo de quien ya las ha transformado en una forma de sabiduría.

( 131 )

No soltaba su libreta roja ni para ir al baño. Algunas veces veía venir las cosas y sonreía en silencio; sabíamos que aquello que había entrevisto estaba ahí entre nosotros porque sus carcajadas lo anunciaban. Entonces abría la libreta y tomaba notas. Nos regaló las historias más desternillantes sobre Borges que al propio Bioy se le debieron haber escapado.

( 129 )

Cuando no encontraba una palabra, salía del estudio y bajaba las escaleras de piedra de Cala Sanià. Allí se quedaba un rato, después subía a la terraza, contemplaba el acantilado y volvía al estudio. Desde ahí se asomaba a la vida abismal de una escritora cuyo reino no era de este mundo. Nos hablaba de ella. La escuchamos leer algunos fragmentos del perfil que preparaba. No obstante, casi siempre prefería escuchar. Se le notaba en la mirada que era capaz de percibir todo aquello que los demás ignorábamos de nosotros mismos.

( 128 )

No se consideraba historietista, pero vino a hacer un cómic. A veces miraba a sus compañeras con admiración y les decía: “Yo no soy escritor”. Acto seguido, contaba dos o tres historias que despertaban cierta envidia (al menos la de este narrador de la casa). Tampoco estaba convencido de ser pintor ni dibujante. En su biografía pone: “Licenciado en Bellas Artes”. Al cabo de un par de horas al lado suyo, todos nos dimos cuenta de que ninguno estaba en la esfera de los suyos. Ah, también aseguró que nunca terminaba las cosas que le gustaban. Sin embargo, aquí dejó todos los platos limpios.

( 125 )

Una mañana descubrió en la zona un grito que lo precedía. No se lo creía cuando vio el nombre de la cala marcado en un mapa. Acababa de terminar una novela que va ‘de gritar’. Peregrinó al lugar de la leyenda. Más tarde se lo contó a sus compañeras y las llevó hasta allí. Armaron un coro de alaridos y atravesaron la roca. En cada comida y en cada cena trajo una palabra a colación. Esa palabra lo sucederá.

( 126 )

Escribió, por supuesto, en el estudio de las seis ventanas o apoltronada en ‘el sillón de Balzac’. Un día nos leyó las primeras páginas de su segunda novela: una atmósfera decimonónica en un lenguaje sin costumbrismos ni colores de época, un mundo intemporal y, a la vez, ubicable en la historia a partir de los objetos. Eso es lo que recordamos. Sin embargo, la imagen más vívida, que nadie olvidará, será la de sus mordiscos en los kiwis peludos. Arrasó.

( 127 )

Pese a las protestas de su cuerpo, hizo levantamientos de copa y siguió los rituales de la amistad alrededor de la mesa. Su sentido del humor nos invitó a la complicidad y al desmadre. Al principio trabajó en una novela, pero después —cuando sus ánimos estaban completamente distendidos— huyó hacia otra historia que le reclama atención desde hace años. ¡Guadalupe, por favor! ¡Danos ese libro!

( 124 )

Se debatió entre diferentes proyectos (diarios, cuadernos de notas, collages, bordados) y espacios: el dormitorio, el estudio, la biblioteca, el mar, el Camí de ronda, las playas, el bosque. Buscó el número 54 por todas partes. Encontró la prosa de Julio Ramón Ribeyro y se consagró a ‘La tentación del fracaso’.

( 123 )

Buscaba el banco del consuelo y se sentaba en compañía de Jamaica Kincaid, Anne Carson, Clarice Lispector, Fleur Jaeggy y Daniela Pes. A veces también con Carroll y Musil. Miraba los árboles, las rocas y el mar, pero se perdía en el horizonte de una vida pasada. Se dejaba distraer por los ecos de unos pasos en la memoria. La escritura como un zafarse del presente, pura divagación, evasión o distracción. Lo que importa siempre está en otro lado y nunca acaba de encontrarse. Apenas se vislumbra.

( 121 )

Estableció un ritual: todos los días, sin falta, a las 8:30 bajaba a Cala Sanià, contemplaba el entorno, escribía en su cuaderno y tomaba fotos. Sus observaciones son una celebración del origen de todo: el baile incesante (por ahora) de los cuatro elementos; y del lenguaje.

( 122 )

Se enfrentó a su propia voz en medio del silencio de la cabaña. Ahondó en la belleza (el principio de lo terrible), luchó con la escritura. No tener teléfono ni conexión a wifi le ayudó a disipar la bruma ‘como un peso viscoso en la frente’. Si las cosas se complicaban, salía a dar un paseo y escuchaba música. Al regresar, arremetía. A veces se saltaba las cenas, entregada como estaba a la batalla. “La idea de escribir un libro que sea un ser querido, que no se termine”. “Ser escritora y no ser nada más. No ser un circo. Asumirlo y llevarlo a cabo”. “No soy una contemporánea”.

( 120 )

Vino con Pirueta, lo cual equivale a decir que a menudo tuvo que hacer cabriolas y volteretas para ayudar a su perra a adaptarse al universo de Sanià (personas nuevas, los vientos embravecidos y, sobre todo, las pacíficas gallinas). No obstante –también pese al dolor de espalda que la obligaba a escribir de pie–, terminó una novela breve. El final se lo encontró durante un paseo por un bosque de pinos y encinas.

( 119 )

Afinó el oído en el silencio de la cabaña. Le sirvió, entre otras cosas, para tomar nota de cada tema de conversación. Trabajó, a sangre fría, en una historia terrorífica. Leyó como un condenado que aprovecha el tiempo. Y, sobre todo, no perdonó ningún postre ni mucho menos las tartas y los pastelitos de Ari después de las sobremesas nocturnas, cuando los demás estaban a punto de irse a dormir.

( 118 )

Escapó de los estudios de Derecho y durante tres semanas se abstuvo de escribir unos apuntes o notas sobre la desaparición de la tramontana. Se prometió a sí misma que no escribiría sobre la naturaleza, porque la naturaleza –lo sabe– ama esconderse. Sin embargo, percibió tantas y tan pequeñas cosas—unas las dijo; otras no pudo más que callarlas.

( 116 )

Abandonó los pinceles en su estudio de Toronto y vino a la RLF, no solo a escribir su primera novela, sino, sobre todo, a percibir la fisicidad del entorno. Subir y bajar las escaleras de Cala Sanià le permitió descubrir una nueva veta dentro de sí misma. Nos demostró que la contemplación abierta es la forma máxima del respeto hacia todas las cosas.

( 117 )

Tendía a llevar la contraria sin hacer esfuerzo alguno, como un hábito adquirido. Se negó a subir de peso; corrió e hizo flexiones, pero se mantuvo lejos del yoga. Meditación, de ninguna manera. Mejor dejarse llenar de metáforas del mar y de la música de Beyoncé (nos regaló una playlist).

( 130 )

El mundo calló y ella se entregó a la escucha de las cosas. Iba por ahí con una taza grande de té que sostenía con ambas manos, atenta. Se permitió vivir en un eterno presente. Contaba las historias más aterradoras con el aplomo de quien ya las ha transformado en una forma de sabiduría.

( 131 )

No soltaba su libreta roja ni para ir al baño. Algunas veces veía venir las cosas y sonreía en silencio; sabíamos que aquello que había entrevisto estaba ahí entre nosotros porque sus carcajadas lo anunciaban. Entonces abría la libreta y tomaba notas. Nos regaló las historias más desternillantes sobre Borges que al propio Bioy se le debieron haber escapado.

( 129 )

Cuando no encontraba una palabra, salía del estudio y bajaba las escaleras de piedra de Cala Sanià. Allí se quedaba un rato, después subía a la terraza, contemplaba el acantilado y volvía al estudio. Desde ahí se asomaba a la vida abismal de una escritora cuyo reino no era de este mundo. Nos hablaba de ella. La escuchamos leer algunos fragmentos del perfil que preparaba. No obstante, casi siempre prefería escuchar. Se le notaba en la mirada que era capaz de percibir todo aquello que los demás ignorábamos de nosotros mismos.

( 128 )

No se consideraba historietista, pero vino a hacer un cómic. A veces miraba a sus compañeras con admiración y les decía: “Yo no soy escritor”. Acto seguido, contaba dos o tres historias que despertaban cierta envidia (al menos la de este narrador de la casa). Tampoco estaba convencido de ser pintor ni dibujante. En su biografía pone: “Licenciado en Bellas Artes”. Al cabo de un par de horas al lado suyo, todos nos dimos cuenta de que ninguno estaba en la esfera de los suyos. Ah, también aseguró que nunca terminaba las cosas que le gustaban. Sin embargo, aquí dejó todos los platos limpios.

( 125 )

Una mañana descubrió en la zona un grito que lo precedía. No se lo creía cuando vio el nombre de la cala marcado en un mapa. Acababa de terminar una novela que va ‘de gritar’. Peregrinó al lugar de la leyenda. Más tarde se lo contó a sus compañeras y las llevó hasta allí. Armaron un coro de alaridos y atravesaron la roca. En cada comida y en cada cena trajo una palabra a colación. Esa palabra lo sucederá.

( 126 )

Escribió, por supuesto, en el estudio de las seis ventanas o apoltronada en ‘el sillón de Balzac’. Un día nos leyó las primeras páginas de su segunda novela: una atmósfera decimonónica en un lenguaje sin costumbrismos ni colores de época, un mundo intemporal y, a la vez, ubicable en la historia a partir de los objetos. Eso es lo que recordamos. Sin embargo, la imagen más vívida, que nadie olvidará, será la de sus mordiscos en los kiwis peludos. Arrasó.

( 127 )

Pese a las protestas de su cuerpo, hizo levantamientos de copa y siguió los rituales de la amistad alrededor de la mesa. Su sentido del humor nos invitó a la complicidad y al desmadre. Al principio trabajó en una novela, pero después —cuando sus ánimos estaban completamente distendidos— huyó hacia otra historia que le reclama atención desde hace años. ¡Guadalupe, por favor! ¡Danos ese libro!

( 124 )

Se debatió entre diferentes proyectos (diarios, cuadernos de notas, collages, bordados) y espacios: el dormitorio, el estudio, la biblioteca, el mar, el Camí de ronda, las playas, el bosque. Buscó el número 54 por todas partes. Encontró la prosa de Julio Ramón Ribeyro y se consagró a ‘La tentación del fracaso’.

( 123 )

Buscaba el banco del consuelo y se sentaba en compañía de Jamaica Kincaid, Anne Carson, Clarice Lispector, Fleur Jaeggy y Daniela Pes. A veces también con Carroll y Musil. Miraba los árboles, las rocas y el mar, pero se perdía en el horizonte de una vida pasada. Se dejaba distraer por los ecos de unos pasos en la memoria. La escritura como un zafarse del presente, pura divagación, evasión o distracción. Lo que importa siempre está en otro lado y nunca acaba de encontrarse. Apenas se vislumbra.

( 121 )

Estableció un ritual: todos los días, sin falta, a las 8:30 bajaba a Cala Sanià, contemplaba el entorno, escribía en su cuaderno y tomaba fotos. Sus observaciones son una celebración del origen de todo: el baile incesante (por ahora) de los cuatro elementos; y del lenguaje.

( 122 )

Se enfrentó a su propia voz en medio del silencio de la cabaña. Ahondó en la belleza (el principio de lo terrible), luchó con la escritura. No tener teléfono ni conexión a wifi le ayudó a disipar la bruma ‘como un peso viscoso en la frente’. Si las cosas se complicaban, salía a dar un paseo y escuchaba música. Al regresar, arremetía. A veces se saltaba las cenas, entregada como estaba a la batalla. “La idea de escribir un libro que sea un ser querido, que no se termine”. “Ser escritora y no ser nada más. No ser un circo. Asumirlo y llevarlo a cabo”. “No soy una contemporánea”.

( 120 )

Vino con Pirueta, lo cual equivale a decir que a menudo tuvo que hacer cabriolas y volteretas para ayudar a su perra a adaptarse al universo de Sanià (personas nuevas, los vientos embravecidos y, sobre todo, las pacíficas gallinas). No obstante –también pese al dolor de espalda que la obligaba a escribir de pie–, terminó una novela breve. El final se lo encontró durante un paseo por un bosque de pinos y encinas.

( 119 )

Afinó el oído en el silencio de la cabaña. Le sirvió, entre otras cosas, para tomar nota de cada tema de conversación. Trabajó, a sangre fría, en una historia terrorífica. Leyó como un condenado que aprovecha el tiempo. Y, sobre todo, no perdonó ningún postre ni mucho menos las tartas y los pastelitos de Ari después de las sobremesas nocturnas, cuando los demás estaban a punto de irse a dormir.

( 118 )

Escapó de los estudios de Derecho y durante tres semanas se abstuvo de escribir unos apuntes o notas sobre la desaparición de la tramontana. Se prometió a sí misma que no escribiría sobre la naturaleza, porque la naturaleza –lo sabe– ama esconderse. Sin embargo, percibió tantas y tan pequeñas cosas—unas las dijo; otras no pudo más que callarlas.

( 116 )

Abandonó los pinceles en su estudio de Toronto y vino a la RLF, no solo a escribir su primera novela, sino, sobre todo, a percibir la fisicidad del entorno. Subir y bajar las escaleras de Cala Sanià le permitió descubrir una nueva veta dentro de sí misma. Nos demostró que la contemplación abierta es la forma máxima del respeto hacia todas las cosas.

( 117 )

Tendía a llevar la contraria sin hacer esfuerzo alguno, como un hábito adquirido. Se negó a subir de peso; corrió e hizo flexiones, pero se mantuvo lejos del yoga. Meditación, de ninguna manera. Mejor dejarse llenar de metáforas del mar y de la música de Beyoncé (nos regaló una playlist).