Estuvo en Sanià junto a:
Manual de adaptación
Y yo les aseguro
que ninguna catedral es más grande que esta hormiga.
Alejandro Crotto
Pirueta hizo un ingreso dramático en Casa Sanià. Apenas atravesó el portón, dio un salto hacia el terraplén que corría sobre el muro de piedra y desapareció detrás de un arbusto. Acto seguido, como si acabara de correrse un telón, una gallina irrumpió despavorida de entre el follaje. A la zaga venía Pirueta, lanzándose en largos saltos de gacela que por momentos la dejaban suspendida en el aire.
Nosotras —Alana, Alice y yo— lo veíamos desde abajo del muro: espectadoras de una obra que se representaba sobre nuestras cabezas, en otro plano, en otra gravedad. La gallina, negra con la cresta de un rojo encendido, corría mucho más rápido de lo que sus patas endebles parecían capaces de sostener. Alana y Alice se habían frenado en el lugar, literalmente boquiabiertas, mientras yo corría en paralelo al muro, gritando “¡Pirueta, Pirueta, Pirueta!”, una cancioncita desesperada que después volvería a repetirse muchas veces a lo largo de los días.
Cuando llegó al borde del muro, la gallina dio un salto y abrió las alas, invocando la fe del vuelo. Al mismo tiempo vimos a Pirueta lanzar un último mordisco, largo y esperanzado, que alcanzó a arrancarle un par de plumas. La gallina cayó al desnivel del otro lado y desapareció entre los árboles. Pirueta se quedó en el borde del muro mirando hacia la arboleda, con una pluma negra en la boca.
Ese fue el comienzo de nuestra adaptación a la casa.
Mientras yo intentaba poner en marcha la máquina de la escritura, Pirueta trataba de entender el lugar. No fue fácil para ninguna de las dos. A ella le daban miedo las personas desconocidas —aunque solo les gruñía a los varones— y también el viento: esa tramontana famosa que, viniendo de todas partes y de ninguna, se mete en las rendijas y aúlla como algo que tiene hambre. Yo escribía con interrupciones, aquejada por un dolor de espalda que me había obligado a escribir de pie, con la laptop encaramada sobre una pila de libros. Al contrario de Hemingway, que decía escribir de pie para mantenerse en estado de alerta, yo no podía abandonarme a la hipnosis en ese eje vertical.
La primera noche de viento fuerte, Pirueta se negó a dormir. Yo estaba agotada y necesitaba apagar la luz, pero ella permanecía en medio del cuarto, rígida, tratando de identificar de dónde venía ese rugido. No logré convencerla de que se acostara en su cama, que había puesto junto a la mía. Intenté cerrar mejor los postigos y le subí el volumen al ruido blanco, pero nada de esto logró tranquilizarla. Al final el sueño me venció y ella quedó ahí, parada en la oscuridad como una estatua, quién sabe hasta qué hora. Nos dormíamos tarde, porque cualquier ruidito la ponía nerviosa, y nos levantábamos temprano, con el primer cerrojo, el primer paso en la escalera, el primer ladrido de Sam y Ploma en la cocina. Yo veía con angustia cómo todo ese desbarajuste me alejaba de la escritura.
Pirueta es una perra nerviosa. La adoptamos en Bogotá cuando tenía seis meses y ella llevaba cinco encerrada en un guacal del que solo salía los fines de semana. Le asustan los camiones, le asustan las corrientes de aire, le asustan las escobas, las bicicletas y los paraguas. A veces, también le asustan las ventanas abiertas. A menudo tiembla. Me gustaría explicarle que el viento es solo aire en movimiento: la tramontana que baja desde los Pirineos y los Alpes hacia el Mediterráneo, acelerada por la diferencia de temperatura entre el aire frío del interior y el aire más cálido de la costa. La geografía actúa como un embudo, lo que le da esa característica particular: viene de una dirección precisa, pero parece venir de todas partes porque rebota en las montañas y en las construcciones.
Con los días, Pirueta empezó a tranquilizarse. O quizá sería más justo decir: empezó a encontrar su lugar.
Lo primero que hizo fue cavar pozos. No muy profundos, más bien anchos, del tamaño exacto de su cuerpo. Después se echaba dentro de ellos como si buscara encajar en la tierra. Yo la miraba desde la ventana y pensaba que quizá los animales saben algo que nosotros hemos olvidado: que para habitar un lugar hay que abrirlo un poco, hundirse en él, dejar una marca con tu propio peso.
Mientras ella excavaba esos huecos, yo intentaba hacer algo parecido con el texto.
Al mediodía caminábamos hasta la playa. Allí Pirueta corría como un potrillo desbocado, siempre evitando el agua, pero acercándose una y otra vez hasta el límite de la ola. Noté que hacía exactamente lo mismo que yo había hecho de niña frente a las olas de José Ignacio: no quería mojarme, pero tampoco podía resistir la tentación de provocarlas. Pirueta no terminaba de entender del todo el mecanismo de la ola. Para ella no era un ritmo ni un sistema, sino una serie de ataques y retiradas, y no sé hasta qué punto lo confundía con un animal. A veces la veía detenerse de golpe, con una pata en el aire, mirando el agua con una concentración que no era juego sino la atención específica que le prestaba a las criaturas vivas.
En la tarde caminábamos por el bosque. Durante uno de esos paseos descubrimos un papagayo que vivía en una jaula dentro de una finca. Alguien había abierto un hueco en la cerca tupida que permitía ver la jaula y el papagayo parecía haber adoptado esa abertura como ventana al mundo.
Cada vez que me veía llegar se acercaba y colocaba el ojo en el agujero.
—Hola —le dije un día.
—Hola —respondió.
Pirueta encontraba aquello fascinante. Daba altísimos brincos, como un resorte, intentando alcanzar la abertura y entender quién era esa criatura roja, de un solo ojo visible, que hablaba el mismo idioma que su humana. Un ser encerrado que nombraba el mundo desde adentro.
Aquellas caminatas diarias se llevaron el dolor de espalda. El movimiento fue aflojando el nudo del dolor, como si se tratara de acomodar el cuerpo a la forma precisa del territorio. No creo haber conocido nunca un lugar más hermoso. El paisaje me cortaba el aliento a donde fuera que mirara y el asombro no disminuía con el paso de las semanas. Pirueta caminaba suelta, con su trote de potrillo en miniatura; todo lo olía y lo investigaba. Poco a poco, también dejó en paz a las gallinas. Ari me contó que un día se coló en el gallinero mientras ella las alimentaba. Pensó que era Sam —pues vio por el rabillo del ojo a un perro negro—, pero cuando miró bien descubrió que era Pirueta.
Sam y ella se habían vuelto muy compinches. Jugaban a perseguirse por la orilla o entre las ramas del bosque. Él la provocaba hasta que ella se lanzaba a perseguirlo, nunca al revés. Sam había descubierto que el único lugar donde podía escapar de ella era el agua. A Sam le fascinaba nadar y parecía inmune al frío. Cuando Pirueta lo perseguía, él se metía al agua helada y desde allí la miraba, seguro de que no lo seguiría. Era una frontera que ella había respetado durante semanas.
Pero hacia el final de la estadía, una mañana que no era ni más cálida ni menos ventosa que cualquier otra, Pirueta se lanzó detrás de él. Avanzó con la misma inercia con la que venía corriendo, sin marcar un quiebre entre la arena y el agua. Hundidos en la orilla, siguieron tirándose mordiscos hasta que Sam la sacó a la carrera, levantando arena y gotas. El animal de montaña había terminado su adaptación al mar.
Para entonces Pirueta pasaba casi todo el día afuera, en un estado de calma que yo no le conocía. Descansaba en su pozo, echada a lo largo cual maja desnuda, vigilaba el terreno, comía conchas en la playa o masticaba palitos en el bosque. Se negaba a volver al encierro de la casa.
Y yo, finalmente desentendida de ella, escribía.
Las palabras llegaban sin necesidad de ser invocadas. Las ventanas abiertas, el sol tibio cayendo sobre el parqué, el murmullo de las olas que al principio habían asustado tanto a Pirueta y que ahora volvían a ser lo que siempre habían sido para mí: el sonido de la infancia. El estudio tenía la proporción perfecta de confort y austeridad y se sentía tan mío como el paisaje. Un pequeño paraíso que, como todos los paraísos, estaba destinado a perderse.

Manual de adaptación
Y yo les aseguro
que ninguna catedral es más grande que esta hormiga.
Alejandro Crotto
Pirueta hizo un ingreso dramático en Casa Sanià. Apenas atravesó el portón, dio un salto hacia el terraplén que corría sobre el muro de piedra y desapareció detrás de un arbusto. Acto seguido, como si acabara de correrse un telón, una gallina irrumpió despavorida de entre el follaje. A la zaga venía Pirueta, lanzándose en largos saltos de gacela que por momentos la dejaban suspendida en el aire.
Nosotras —Alana, Alice y yo— lo veíamos desde abajo del muro: espectadoras de una obra que se representaba sobre nuestras cabezas, en otro plano, en otra gravedad. La gallina, negra con la cresta de un rojo encendido, corría mucho más rápido de lo que sus patas endebles parecían capaces de sostener. Alana y Alice se habían frenado en el lugar, literalmente boquiabiertas, mientras yo corría en paralelo al muro, gritando “¡Pirueta, Pirueta, Pirueta!”, una cancioncita desesperada que después volvería a repetirse muchas veces a lo largo de los días.
Cuando llegó al borde del muro, la gallina dio un salto y abrió las alas, invocando la fe del vuelo. Al mismo tiempo vimos a Pirueta lanzar un último mordisco, largo y esperanzado, que alcanzó a arrancarle un par de plumas. La gallina cayó al desnivel del otro lado y desapareció entre los árboles. Pirueta se quedó en el borde del muro mirando hacia la arboleda, con una pluma negra en la boca.
Ese fue el comienzo de nuestra adaptación a la casa.
Mientras yo intentaba poner en marcha la máquina de la escritura, Pirueta trataba de entender el lugar. No fue fácil para ninguna de las dos. A ella le daban miedo las personas desconocidas —aunque solo les gruñía a los varones— y también el viento: esa tramontana famosa que, viniendo de todas partes y de ninguna, se mete en las rendijas y aúlla como algo que tiene hambre. Yo escribía con interrupciones, aquejada por un dolor de espalda que me había obligado a escribir de pie, con la laptop encaramada sobre una pila de libros. Al contrario de Hemingway, que decía escribir de pie para mantenerse en estado de alerta, yo no podía abandonarme a la hipnosis en ese eje vertical.
La primera noche de viento fuerte, Pirueta se negó a dormir. Yo estaba agotada y necesitaba apagar la luz, pero ella permanecía en medio del cuarto, rígida, tratando de identificar de dónde venía ese rugido. No logré convencerla de que se acostara en su cama, que había puesto junto a la mía. Intenté cerrar mejor los postigos y le subí el volumen al ruido blanco, pero nada de esto logró tranquilizarla. Al final el sueño me venció y ella quedó ahí, parada en la oscuridad como una estatua, quién sabe hasta qué hora. Nos dormíamos tarde, porque cualquier ruidito la ponía nerviosa, y nos levantábamos temprano, con el primer cerrojo, el primer paso en la escalera, el primer ladrido de Sam y Ploma en la cocina. Yo veía con angustia cómo todo ese desbarajuste me alejaba de la escritura.
Pirueta es una perra nerviosa. La adoptamos en Bogotá cuando tenía seis meses y ella llevaba cinco encerrada en un guacal del que solo salía los fines de semana. Le asustan los camiones, le asustan las corrientes de aire, le asustan las escobas, las bicicletas y los paraguas. A veces, también le asustan las ventanas abiertas. A menudo tiembla. Me gustaría explicarle que el viento es solo aire en movimiento: la tramontana que baja desde los Pirineos y los Alpes hacia el Mediterráneo, acelerada por la diferencia de temperatura entre el aire frío del interior y el aire más cálido de la costa. La geografía actúa como un embudo, lo que le da esa característica particular: viene de una dirección precisa, pero parece venir de todas partes porque rebota en las montañas y en las construcciones.
Con los días, Pirueta empezó a tranquilizarse. O quizá sería más justo decir: empezó a encontrar su lugar.
Lo primero que hizo fue cavar pozos. No muy profundos, más bien anchos, del tamaño exacto de su cuerpo. Después se echaba dentro de ellos como si buscara encajar en la tierra. Yo la miraba desde la ventana y pensaba que quizá los animales saben algo que nosotros hemos olvidado: que para habitar un lugar hay que abrirlo un poco, hundirse en él, dejar una marca con tu propio peso.
Mientras ella excavaba esos huecos, yo intentaba hacer algo parecido con el texto.
Al mediodía caminábamos hasta la playa. Allí Pirueta corría como un potrillo desbocado, siempre evitando el agua, pero acercándose una y otra vez hasta el límite de la ola. Noté que hacía exactamente lo mismo que yo había hecho de niña frente a las olas de José Ignacio: no quería mojarme, pero tampoco podía resistir la tentación de provocarlas. Pirueta no terminaba de entender del todo el mecanismo de la ola. Para ella no era un ritmo ni un sistema, sino una serie de ataques y retiradas, y no sé hasta qué punto lo confundía con un animal. A veces la veía detenerse de golpe, con una pata en el aire, mirando el agua con una concentración que no era juego sino la atención específica que le prestaba a las criaturas vivas.
En la tarde caminábamos por el bosque. Durante uno de esos paseos descubrimos un papagayo que vivía en una jaula dentro de una finca. Alguien había abierto un hueco en la cerca tupida que permitía ver la jaula y el papagayo parecía haber adoptado esa abertura como ventana al mundo.
Cada vez que me veía llegar se acercaba y colocaba el ojo en el agujero.
—Hola —le dije un día.
—Hola —respondió.
Pirueta encontraba aquello fascinante. Daba altísimos brincos, como un resorte, intentando alcanzar la abertura y entender quién era esa criatura roja, de un solo ojo visible, que hablaba el mismo idioma que su humana. Un ser encerrado que nombraba el mundo desde adentro.
Aquellas caminatas diarias se llevaron el dolor de espalda. El movimiento fue aflojando el nudo del dolor, como si se tratara de acomodar el cuerpo a la forma precisa del territorio. No creo haber conocido nunca un lugar más hermoso. El paisaje me cortaba el aliento a donde fuera que mirara y el asombro no disminuía con el paso de las semanas. Pirueta caminaba suelta, con su trote de potrillo en miniatura; todo lo olía y lo investigaba. Poco a poco, también dejó en paz a las gallinas. Ari me contó que un día se coló en el gallinero mientras ella las alimentaba. Pensó que era Sam —pues vio por el rabillo del ojo a un perro negro—, pero cuando miró bien descubrió que era Pirueta.
Sam y ella se habían vuelto muy compinches. Jugaban a perseguirse por la orilla o entre las ramas del bosque. Él la provocaba hasta que ella se lanzaba a perseguirlo, nunca al revés. Sam había descubierto que el único lugar donde podía escapar de ella era el agua. A Sam le fascinaba nadar y parecía inmune al frío. Cuando Pirueta lo perseguía, él se metía al agua helada y desde allí la miraba, seguro de que no lo seguiría. Era una frontera que ella había respetado durante semanas.
Pero hacia el final de la estadía, una mañana que no era ni más cálida ni menos ventosa que cualquier otra, Pirueta se lanzó detrás de él. Avanzó con la misma inercia con la que venía corriendo, sin marcar un quiebre entre la arena y el agua. Hundidos en la orilla, siguieron tirándose mordiscos hasta que Sam la sacó a la carrera, levantando arena y gotas. El animal de montaña había terminado su adaptación al mar.
Para entonces Pirueta pasaba casi todo el día afuera, en un estado de calma que yo no le conocía. Descansaba en su pozo, echada a lo largo cual maja desnuda, vigilaba el terreno, comía conchas en la playa o masticaba palitos en el bosque. Se negaba a volver al encierro de la casa.
Y yo, finalmente desentendida de ella, escribía.
Las palabras llegaban sin necesidad de ser invocadas. Las ventanas abiertas, el sol tibio cayendo sobre el parqué, el murmullo de las olas que al principio habían asustado tanto a Pirueta y que ahora volvían a ser lo que siempre habían sido para mí: el sonido de la infancia. El estudio tenía la proporción perfecta de confort y austeridad y se sentía tan mío como el paisaje. Un pequeño paraíso que, como todos los paraísos, estaba destinado a perderse.

Estuvo en Sanià junto a: