Estuvo en Sanià junto a:
3 de febrero de 2026
Agarro de la estantería “Palabras del Egeo” de Pedro Olalla y leo: La primera página que ahora te escribo refleja de forma cegadora la luz que vierte sobre el mundo el cielo del Egeo. Levanto la cabeza desde mi mesa de trabajo en “La casa del mar”, así es como se llama mi alojamiento en Sanià, y tengo delante de mí el Mediterráneo, cegador, casi blanco bajo un sol espléndido, como invocado por Pedro Olalla para mí. Un libro me lleva a recordar otro, “Peregrinos de la belleza”, que se baña en el mismo mar, llegué a la obra de Belmonte hace dos veranos con la esperanza infantil de leer como si no hubiera nada más que hacer ni de lo que preocuparse, sabiendo que los libros no iban a fallarme nunca por muy desorientada que estuviese fuera de ellos. Así he llegado a esta residencia, aturdida, esperanzada, tratando de hacer mías de nuevo las horas.
Hay algo infantil dentro de mí que se niega a morir, algo que deposita su fe, o su entusiasmo -que es la onda expansiva de la fe misma- en lo concreto, en el fetiche entendido como vehículo de una magia, sea un paisaje, un objeto hermoso, un lugar en el que alojarse, una conversación, un conocimiento nuevo, un libro o un aria de Monteverdi; , es una pasión sin domar que me hace permeable a todo lo que me sea presentado con voluntad de ponerme de rodillas en actitud de veneración. Pienso en ello mientras Nicolás nos enseña la biblioteca de la casa principal, miro los libros que la conforman y los voy incorporando a ese fetiche, a esa fe pueril en las cosas hermosas. La perfecta disposición del espacio ayuda, la iluminación invita a quedarse dormida leyendo.
Truman Capote, el fantasma que ronda este lugar, dedicó su vida a escribir y a morir. Pedro Olalla y María Belmonte al mediterráneo, Thomas Mann a reconstruir los muros de su amada Alemania mientras alguien se los iba derrumbando justo cuando los terminaba, Carmen Martín Gaite a capturar la esencia de la voz humana, a descubrir el misterio de la comunicación, Siri Hutsdvetd a cartografiar el amor, la soledad y la locura resultante, Rafael Chirbes a revolverse contra la inercia de un mundo en descomposición, Byron al viento y al fuego, Safo al amor.
El silencio de la casa del mar, la ausencia de wifi y de señal telefónica, acallan las suntuosas voces de todos ellos y me enfrentan a la mía. ¿Cuál es mi arrebato? ¿Qué estoy persiguiendo con lo que escribo? ¿Qué me mueve?
En el desayuno, hablo con Nicolás sobre los géneros literarios, sobre cómo la ambición de escribir la novela perfecta, siempre decimonónica, siempre Flaubert, arruina nuestro tiempo y nuestros recursos. Flaubert o nada, decimos (excelente título para un diario literario), y eso no puede ser, ni debe. En mi caso defiendo esta postura con un poso escondido de mezquindad. Al hacerlo supongo que justifico mi incapacidad, porque siempre que leo las grandes lápidas literarias acabo arrodillada, sumisa y golpeándome el pecho. Y esa es la verdad. Quizá estos días en Saniá sirvan, entre tanto viento, para encontrar la belleza escondida de mi literatura, quizá el Teru-Teru no está en las olas, está en la espuma. Vamos a verlo.
4 de febrero de 2026
“Lo bello muere y no es bello porque muera, es bello porque vive”
Ana Carrasco Conde. La muerte en común.
Ayer por la tarde y esta mañana, en un par de visitas a la casa grande para comer, hacerme con unos lápices y un encendedor para el incienso, no pude evitar ver, desde el patio, a Fernanda, a través de su ventana abierta en el primer piso, escribiendo, en apariencia concentrada. Enseguida retiro la vista y bajo la cabeza pudorosa. La relación entre un libro y quien lo escribe, también quien lo lee, es un acto de intimidad muy delicado. Dice mi amigo Roy Galán que al leer un libro estamos cediendo la conciencia, la voz de nuestra cabeza, a otra persona, es un (p)acto de posesión dulce, consentido. Escribir es convocar esa intimidad. No puedo prometer que no volveré a mirar, pues hay algo que acompaña a Fernanda que te comunica que estás delante de la importancia, de la literatura llamada a permanecer, pero sí puedo prometer que apartaré la vista cuanto antes.
El pino retorcido que veo desde la mesa de trabajo se agita como una mano gigantesca y vieja esta mañana. El viento no lo mece, lo desbarata. Hace frío, llueve con desgana, el cielo está gris y el mar sigue y sigue destrozando las rocas. Tiene todo el tiempo del mundo. Podría quedarme dormida escuchando esa batalla entre eternidades. Este lugar canta con una hermosa voz espectral.
5 de febrero 2026
Cuenta Pedro Olalla en “Palabras del Egeo”, libro que me está acompañando durante los amaneceres, que según Gavin Menzies, experto en navegación, hay motivos más que fundados y una prometedora cultura material que los apoya, para creer que marineros de la cultura micénica -los constructores de mitos- llegaron hasta Terranova, Norte y Centroamérica y las Islas Orcadas. Escribe Olalla, citando a Plutarco, sobre expediciones que zarpaban desde Creta cada 30 años y recorrían una fabulosa ruta a través del Atlántico Norte en peregrinación a la isla de Cronos (que Menzies está seguro de identificar con Terranova), donde quedaría establecida una colonia micénica durante siglos. Navegar cuando el mar era un absoluto misterio, un abismo dominado por fuerzas descomunales y furiosas, partir mirando ramas de olivo, mecerse en las costas de Creta y llegar hasta el hielo, la tundra y unos cielos siempre grises.
La novela es, si no territorio inexplorado, sí un enigma para quien la escribe. Es una idea poderosa, una manifestación de otro mundo que debe construir el presente del nuestro y que hay que transformar en palabras, en narración, en canción. Hay algo de sacerdotisa -humilde, despeinada, harta de café y sobre todo confusa- en la escritora. Algo de invocadora. Algo de marinera que se lanza a unas aguas que imagina, que teme, que ama, pero que no conoce. Tengo que ponerle un nombre de embarcación micénica a mi casa del mar. A ver si encuentro la ruta a Cronos.
El primer día y medio de escritura aquí es prometedor. Cada detalle en Sanià está pensado, diría que de forma obsesiva, para facilitar la escritura. Y funciona, contra todo pronóstico, funciona. No siempre las mejores condiciones reman a favor de un trabajo como el nuestro, del mismo modo que se nos comba la espalda -además de sacerdotisas, esencialmente las escritoras somos gárgolas de escritorio-, nos hacemos una con la incomodidad y acabamos adaptándola a nuestra labor; me han contado varias veces que no es raro que en las residencias se produzcan tremendos blancazos y días enteros de cursor titilante y página vacía. Supongo que una se encuentra tan liberada de tiempo, tan relajada, que acaba sintiéndose culpable o extraña. Aquí no sucede, en Sanià hay una especie de estado de escritura constante, parece casi imposible perder el hilo a pesar (o precisamente por) de estar rodeadas de comodidades, cuidados, atenciones y un paisaje abrumador.
Levanto la cabeza del teclado, estiro la joroba, voy vestida con esa sutil mezcla de prendas que no llegan a chándal pero tampoco pueden considerarse pijama, me he bebido el segundo café de la mañana, tengo el pelo completamente fuera de sí, pero me he pintado los labios, veo el mar y tengo ganas de seguir escribiendo.
8 de febrero de 2026
Paseo con Alice hasta la playa. Tomamos un camino escarpado, nos reímos ante nuestras dificultades para orientarnos y elegir sendas (con doble o triple sentido esta dificultad). El día es claro y limpio. La luz es lo que una sueña cuando lee el Mediterráneo de Homero o de Safo. Charlamos sobre ficción, autoficción, la relación entre lo que escribimos y las personas que nos habitan y habitamos. Sobre eso que decía Capote de que nadie está a salvo al lado de un escritor, sobre que odiamos darle la razón en algún punto de esta afirmación tan cruel. Ella admira a Jamaica Kincaid y me recuerda que tengo que leerla más. Yo menciono a Chirbes y a sus diarios, una de las lecturas más transformadoras de mi vida. Tomamos el sol. No sé si ella y yo nos parecemos, pero encajamos bien, será el parentesco queer o simplemente somos dos mujeres que tienen tiempo para hablar tranquilas. Alice despliega una aparente inseguridad que es pura inteligencia, me parece, además, una actitud sana. Las precauciones fuera del texto nos hacen mejores. El síndrome de la impostora nos protege de ir haciendo el imbécil por la vida y cuida cada palabra que usamos en nuestro trabajo. Como dice Nerea Pérez de las Heras, debería extenderse. Estoy deseando leer lo que Alice esté escribiendo, en realidad todo lo que escriba. Hay una ternura muy bien dirigida en todo lo que dice, un gran instinto y tiene un mundo entero dentro que se atisba precioso desde fuera.
Voy entrando en un estado de escritura perfecto. Ese momento en el que la novela ya te ocupa por completo y no puedes pensar en otra cosa. Sueño con partidas de caza y cadáveres amontonados, me despierto a las 02:45 cada madrugada, no falla, en algunas escucho un grito antes de volver a la vigilia, en otras, un disparo, en otras, nada. Abro la claraboya que hay sobre mi cama, escucho el mar, me tranquiliza. Permanezco despierta una hora y media o dos. Leo a Ana Carrasco Conde “La muerte en común” y me vuelvo a dormir cerca de las cinco, bien caliente en mi cama, acunada por el vaivén del oleaje.
12 de febrero de 2026
“Como si no supiera que las bestias pueden morir una mañana fresca rodeadas de manos de mujeres”
Irene Solá en Te di ojos y miraste las tinieblas.
Me gusta ver a Andrés entrar cada mañana a desayunar después de su corta o larga (no lo sé) caminata de la mañana, con su cámara colgada al hombro y el cabello ligeramente húmedo por la bruma que emerge de la playa y filtra la luz. Es el modo de saber que el día comienza. Nos preguntamos si hemos dormido bien, nos pasamos la avena o el aceite de oliva y poco más. Me calma su modo lento de hacer las cosas, su voz baja y la exquisitez con la que maneja la distancia entre curiosidad y respeto. Pregunta mucho pero no invade jamás. Su aspecto de escritor de entreguerras es apaciguador.
Las rutinas las hacemos las personas, diría que lo somos, aunque le echemos la culpa a las alarmas del móvil o a los horarios del trabajo, eso son obligaciones, rutina es la coreografía humana repetida que nos da seguridad, los grandes o pequeños afectos, la primera llamada de la mañana, el primer y el segundo “buenos días”.
Hoy debería estar pasándonos por encima la borrasca Nils, que hizo saltar las alarmas en los teléfonos y obligó a que nos previnieran sobre limitar las salidas de la casa al mínimo. Por supuesto, el día se levanta esplendoroso, apenas una brisa que agita con suavidad los arbustos de romero y un sol espléndido que llena de brillos blancos la superficie del mar, como se dice que centellean los ojos de Afrodita. Tras el desayuno contemplo un momento el paisaje desde el banco que está a medio camino entre la casa grande y mi casa del mar, pienso en eso que decía Bataille de la “parte maldita” o el “lado maldito” que hay dentro de cada ser humano, un animal salvaje encerrado. Tengo que convivir con esa violencia mientras escribo la novela. Con algunos personajes que dejan que ese animal estire las patas y salga a correr libre por los campos hambriento y excitado. También pienso en los ritos alrededor de la muerte, la falta de ellos, la necesidad del duelo, la burocratización de la pérdida de los seres queridos. Si una de las posibilidades de la filosofía y del conocimiento es ofrecer consuelo, “La muerte en común”, de Ana Carrasco Conde, que estoy leyendo con minuciosidad, es un ejemplo perfecto de hasta dónde puede extenderse esa posibilidad. Es la erudición puesta al servicio de la humanidad. Me está ayudando mucho a encontrar la música sanadora del duelo, de como una canción funeraria acompaña a los corazones dolientes desde el lado oscuro a la vuelta a la vida, que al cabo es de lo que creo que estoy escribiendo.
Sábado 14 de febrero de 2026.
“La palabra μῦθος [mythos] encierra la idea de un conocimiento que ‘se encripta’—μύω [myo]—para ‘echarlo a correr’—θέω [theo]203—: una enseñanza oculta que va de boca en boca”
Pedro Olalla. Palabras del Egeo.
Avanzo en la escritura con una combinación de excesiva precaución y arranques de libertad. Dos opuestos. Como siempre. La contradicción es mi hábitat. Por momentos me siento dueña de lo que estoy haciendo, sin miedo, pero es una escritura pesada, como arrancar piedras del suelo con las manos, lenta, ninguna concesión al placer de escribir, si es que tal cosa existe. Me percibo muy limitada como escritora, desprovista de talento y de esa ligereza que otorga la verdadera inteligencia, la diferencia con otros momentos de mi vida es que ahora soy capaz de revolverme contra esto, de esforzarme como si estuviera en la cámara de boga de una galera remando como una hija de puta.
El clima de los últimos días: lluvia, viento y unos amaneceres y puestas de sol que valen una vida entera. Es el mar de los pelasgos, de los griegos, de los fenicios, de los romanos, de los genoveses, de los arangoneses, de los turcos, el de Afrodita, el de los pescadores con las manos destrozadas, el de las mujeres que reparan redes de pesca. Lo tengo delante y bate para mí.
Domingo 15 de febrero de 2026
“El duende de que hablo, oscuro y estremecido, es descendiente de aquel alegrísimo demonio de Sócrates, mármol y sal que lo arañó indignado el día en que tomó la cicuta”
Federico García Lorca. Teoría y juego del duende.
Desayuno prácticamente sola, Andrés se une casi cuando estoy terminando. Alice y Fernanda duermen o se toman su tiempo. Doy un largo paseo por el bosque, primero hasta Calella de Palafruguell, después por senderos que no reconozco, me pierdo, asciendo a tres miradores, uno de ellos Roques d’Ase, los otros dos no tienen nombre visible, doy vueltas hasta que encuentro el camino de regreso. Me sienta bien cansarme, sudar, que se me caliente el cuerpo, no tengo prisa. Voy escuchando Nueva York-Granada, de Morente. Su voz tiene un magisterio dentro, una solemnidad de profesor, un dolor que es un caballo rendido por la vara del cantaor. Caminando se me han ocurrido algunas ideas que me gustan mucho, necesito desarrollar mejor mi oficio para poder incorporar estas cosas con naturalidad a mi escritura, y si no con naturalidad, que en realidad no me importa tanto, con belleza, que es lo único que me importa. La literatura es forma. Sólo forma. Si se ha trabajado en ella con el suficiente compromiso, con el sacrificio necesario, si se ha compuesto con todo lo que se dispone: conocimiento, música interna, referencias, vocabulario, gusto, emoción, gramática, sintaxis, tripas y amor, entonces, lo más probable es que se abra una herida por la que se cuele la filosofía, la política, la intimidad y, por supuesto, la realidad.
Hoy necesito no sólo escribir, sino percibir un avance. Me cuesta un mundo.
Leo con una voracidad y una atención que no experimentaba desde hacía décadas. Tengo bien avanzados “Palabras del Egeo” de Pedro Olalla, “La muerte en común” de Ana Carrasco Conde, “Imán” de Ramón J. Sénder, “Ponzoña en los ojos” de María Taussiet -esta será la segunda lectura-, “Te di ojos y miraste las tinieblas” de Irene Solá -también la segunda vez que lo leo- y ya concluidos “Los disparos del cazador” y “La buena letra” de Chirbes (otras segundas o terceras lecturas). En el montón esperando: “Requiem por un campesino español” que hace más de 30 años que leí por primera vez y “La dificultad del fantasma”, que es obligado leer en Sanià porque muy pocas veces en la vida se puede leer un libro en el lugar en el que fue escrito, porque trata sobre otro libro que también fue parcialmente escrito aquí y porque de Leila Guerriero hay que leer todo lo que caiga en las manos.
Vivir sin teléfono estira el tiempo y disipa una bruma que casi podría localizar como un peso viscoso en la frente. No se me escapa que estar exenta de cocinar, planificar compras, limpiar y hacer coladas (aunque aquí sigo haciéndomela yo misma, me incomoda delegar también esto) contribuye definitivamente a aligerar las cosas.
Lunes 16 de febrero de 2026
“¿Qué nos sucedería allí donde la comunidad responde negando la muerte o no reconociendo el valor de nuestros muertos?”
Ana Carrasco Conde. La muerte en común.
Chocolate con psilocibina con Alice, microdosis. Una mañana suave dentro de mí y acariciada por el afuera. He escrito de forma compulsiva. Trances, brujas, oscuridad. He sentido y he comprendido el amor que mis protagonistas sienten las unas por las otras. Las entiendo mejor. Las conozco. El mar se movía en perfecta sincronía con el “Ave mater, o María” del Ensemble für Frühe Musik Augsburg. También las nubes.
Paseo larguísimo por el bosque. Por la tarde lectura y algo de escritura.
A punto de terminar “La muerte en común”. ¿Recibiré exequias dignas cuando muera? ¿Alguien que me quiera lavará y vestirá mi cuerpo? ¿Me cantarán? Pienso demasiado en la vida sin mí. Cada día dedico un espacio a esta idea. Lo llena todo de una paz de primera hora de la mañana. De un silencio dulce como el que hacen las plantas cuando les da el sol.
Si saco la mirada del escritorio, de la rutina de estos días, mi espíritu protesta moviendo histérico las piernas como los papas acusados de simonía que padecen tormento en el infierno de Dante.
“La obra siempre es más importante que ella”
Leila Guerriero.
Miércoles 18 de febrero de 2026
“La escritura es un animalito frágil, te abandona, no puedes repetir jugadas con ella sin que te abandone, sin que se convierta en un seco pedrusco”.
Rafael Chirbes. Diarios: a pasos perdidos 1.
Después de unos días de escritura muy centrada hoy ha sido desastroso. Cuando se pierde el tono es tan desagradable. Termino la jornada, releo y tengo la impresión de que otra persona que ni conoce la obra, ni sabe escribir, ha usurpado mi lugar. Siento que he de recoger los restos de una comida que no he cocinado y tampoco me he comido, además de tener que limpiar una cocina llena de grasa.
Me rendí y después de la caminata, hoy también de casi dos horas, prosigo con “Imán”. Es una novela devastadora. Es la verdad y el sinsentido de la guerra concentrados en sucesivas arcadas que, milagrosamente, suenan a poesía. Sender -también en “Requiem”, que la he leído de una sentada- cuenta un universo entero en el que sobre todo son creíbles las cosas que no se ven, que no se cuentan, pero que están ahí. Un fondo que lo contiene todo. Qué manera de llenar el espacio con sangre, muerte y desesperanza.
Leo para que no me desborde el desasosiego. Sé que una parte importante y lógica del proceso de escribir una novela es quedarse en blanco, perder el rumbo, retroceder, pero el demonio del tiempo me muerde las orejas. Solamente me queda una semana aquí. No es que vaya a terminar el libro este mes, pero es casi imposible encontrar mejores condiciones de escritura (y de vida) que las que tenemos en Sanià, quiero llevarme de aquí una inercia.
(23:00) A última hora me senté en el escritorio y encontré el camino de vuelta a la novela.
Jueves 19 de febrero de 2026
“En la costa oriental del Egeo, en Rodas, los antiguos secretos de la metalurgia provenían, en cambio, de los Telquines—también hijos del mar—, quienes, según recuerda el mito, forjaron la hoz dentada con la que Crono emasculó a su padre, Urano”
Pedro Olalla. Palabras del Egeo.
Ha amanecido un sol espléndido, una tormenta lejana en el horizonte hace que el cielo, al fondo de la vista, sea gris y violeta. He estado escribiendo fuera en el sillón de mimbre, escuchando el mar. Por la tarde, dentro de la casa, Josquin Des Pres por Peter y Timothy Davies.
Dedico el día entero a leer a Pedro Olalla y saboreo con él la sal y el vino, navegamos juntos, un libro para leer con inocencia, dejándose encantar por el amor a la cultura y la necesidad de contarnos historias. Oleaje, reyes, diosas, inscripciones en oro, volcanes, vides. Cómo se atreve nadie a poner en tela de juicio la belleza de las palabras, que la escritura antes que cualquier cosa debe ser un ejercicio de belleza. Bendito sea Olalla por llevarme al Egeo con tanta alegría y por querer fascinarme. Qué suerte tiene Silvano (su hijo, al que le cuenta el libro). Estoy a punto de terminarlo, hoy no voy a escribir. Me está sentando bien apartarme unas horas de la novela y ver las cosas con perspectiva.
Viernes 20 de febrero de 2026
“Lo más auténtico de uno se queda por ahí, cara al cielo, muerto y podrido también”
Ramón J. Sénder. Imán.
Después de desayunar camino entre aulagas, alcornoques, pinos y olivillas. Me pierdo en una caminata bella y sórdida bajo árboles quebrados por el viento como astillas gigantes, recorro sendas cada vez más estrechas, fantasmales. El eco de mis propias pisadas se transforma en unos pasos ajenos que me siguen, no por detrás, por los lados. Me acuerdo de Lucía Lijtmaier, me contó una sensación parecida y escribió sobre ella en su diario, vendrá de visita el lunes y tengo muchas ganas de verla. Pienso en sus damas blancas, en los cuerpos de las mujeres sobre las que escribe, bellas después de la violencia, mujeres a las que la muerte les concede un halo de misterio azul, una iluminación de neón y luna. Me imagino asesinada en estos caminos y pienso que mi cuerpo no sería hermoso, que sería una muerta hinchada y horrenda, mi leyenda no sería la de una dama blanca, solo la de un cuerpo magullado al que se debe meter cuanto antes en una bolsa negra.
Domingo 22 de febrero de 2026
“Un ser querido nunca termina”
Ana Carrasco Conde.
La idea de escribir un libro que sea un ser querido, que no se termine.
Lunes 23 de febrero de 2026
“No solo se trata de que la vida de los demás se trenza con la nuestra, sino de que integramos una imagen suya en nosotros que los convierte en parte constitutiva de nuestra identidad”
Ana Carrasco Conde. La muerte en común.
Este lugar es demasiado hermoso como para salir indemne. No sólo por el paisaje, lo que sucede en Sanià, especialmente en mi casita del mar, es difícil de transmitir si no se experimenta, al menos lo que me pasa a mí. No quiero salir de aquí. Este lugar se convierte en tu casa, mejor dicho, te reclama como habitante (creo que también esto lo escribe Leila ¿?). El mundo queda fuera, es un afuera real.
Ha venido Lucía de visita, ojalá haberle dejado la misma sensación de bienestar que ella a mí después de nuestra conversación. Es una mujer muy inteligente y hablando con ella me acuerdo de Elena, María, Beatriz, Alba.
Ser escritora y no ser nada más. No ser un circo. Asumirlo y llevarlo a cabo.
No escribo más sobre mis compañeras y compañero de residencia, ni sobre Nicolás, ni sobre Ari, Michele, Inma, Mari, Mike y el fantasma bueno que me surte de pellets para la estufa como por arte de magia, Juan Pablo, ni sobre Ploma, Sam y Pirueta porque me pone triste pensar en la salida. Cuanto más les conozco menos quiero escribir sobre ellos, tendría la sensación de estar despidiéndome y no quiero. Tenía mis dudas sobre una convivencia larga con desconocidos y ahora con gusto pasaría otro mes con ellos. Añadir que nunca he comido tan bien tantos días seguidos, tan rico, tan fresco, ofrecido con un mimo que me recuerda al de mi madre o al de mis parejas. Querría seguir conociéndoles a todos, residentes, personal de la casa y a los perros. Somos una familia rara y bonita.
Después de las cenas las residentes leemos pasajes al azar de los diarios de Kafka en la biblioteca, una entrada cada una.
Cada noche en el camino desde la casa grande a la casita, me gusta pararme e iluminar con la potentísima linterna las copas de los árboles, vistas desde abajo parecen pulmones gigantescos despojados de sus pleuras.
Dice Leila Guerriero sobre Capote y “Plegarias atendidas”: “No pudo demostrarle nada a nadie, solo se demostró a sí mismo que hay infinitas formas de caer”.
“Sus cavilaciones se resuelven en el vacío como cabezazos contra un ataúd”
Ramón J. Sender.
Martes 24 de febrero de 2026
“Escribimos para salir limpios de experiencias atroces”
Carmen Martín Gaite en una carta a Rafael Chirbes,
Es todo melancolía hoy. Empieza la verdadera despedida, se va colando el afuera, es desagradable pero es mejor así, para no darse de bruces con la propia vida, al menos la que era antes de venir aquí. Me obsesiona llevarme esta luz y este silencio.
Hoy el mar está en total calma, es la primera vez que lo veo así desde que llegué, transparente, quieto y esmeralda. Casi se pueden contar las piedras bajo el agua, de algún modo es perturbador, como si se hubieran suspendido los influjos cósmicos sobre la tierra, como si algo inmenso estuviera conteniendo la respiración.
Si lo pienso con detenimiento hoy es el último día que tengo para escribir a tiempo completo. Espero que la tarde vaya bien. Sigo conectada pero tengo cierta sensación de desaceleración y necesito justo lo contrario. Quiero llevarme la inercia, seguir inmersa, que no existamos más que la novela y yo un tiempo más.
Hoy, casi al final de la estancia, he hecho las primeras fotos a mis compañeras con mi móvil. Me he dado el gusto de encender la estufa un par de horas antes de lo habitual, el día discurre engañoso, luz de primavera, poco viento pero hace frío. Tengo las manos heladas.
Me voy a ir de aquí pareciéndome a una versión de mí misma que hace años me gustaba mucho y a la que no tenía pensado poder volver jamás.
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Acaba de suceder una hora de escritura frenética, cuando dejo que algo en mí se desboque soy única. Tengo un temblor que si aprendo a domar, a usar con inteligencia, puede darme un lugar propio. No está todo perdido. Tengo causa. Solo tengo que aprender a hacerlo mejor, mucho mejor. Aprender, aprender, aprender.
Miércoles 25 de febrero de 2026
“Esta falsa luna, casi cegadora, hace callar a los chacales, cubre con un sudario el paisaje muerto”
Ramón J. Sender. Imán.
Hay algo en la figura de los huidos de Guillena (sobre quienes estoy escribiendo) que tiene la textura de la épica clásica, del mito, del héroe, de la caza, entre un más allá y un más acá. Miro sus fotos, leo sus nombres y huelen a cuero, a pelo de animal tiroteado, a sangre. Está sucediendo algo con la escritura de esta novela y la caza, la persecución, el concepto de presa, de muerte, de sacrificio.
Jueves 26 de febrero de 2026
“Ahora, en apenas semanas, la casa, la cala, el mar, los pájaros, la pradera descerrajaron en ese vacío un disparo de luz fulminante. Aunque el canto secreto vive conmigo, el vacío ha dejado de vivir en mí.
Leila Guerriero. La dificultad del fantasma.
Quiero escribir siempre, soy escritora, aquí lo soy. Ni rastro de la insoportable y ubicua Alana pública. Miro el mar mientras rasgo con la pluma este cuaderno. Las nubes son óleos grises, blancos, naranjas, azules y rosas, el agua es plomo, ha vuelto el oleaje pero es suave, no hay lucha de los elementos, hay caricia, una forma de lamer.
No he llegado a identificar qué pajaros cantan aquí, tampoco los veo, son psicopompos entre dos mundos. Que me guíen, que me guíen hasta la dimensión en la que sucede lo que escribo.
Esta tarde me gustaría pasear por el bosque por última vez durante la estancia, pero trataré de escribir y empezaré a hacer la maleta.
Casi es de noche. Entrada del Cirlot: Putrefacción. Lo he abierto al azar, justo en este momento en el capítulo en el que estoy trabajando está empezando a pudrirse un cuerpo sobre un montón de cuerpos ya putrefactos.
Lorca usaba “putrefacto” muy a menudo en su expresión oral, como sinónimo de pelma, rancio, pesado, ignorante.
Hoy he escrito 1800 palabras y me gustan casi todas.
Libros leídos durante estos días: “Palabras del Egeo”, Pedro Olalla, “Imán” y “Requiem por un campesino español”, los dos de Sénder, “La dificultad del fantasma”, Leila Guerriero, “Te di ojos y miraste las tinieblas”, Irene Solá, “Regreso a Reims”, Didier Eribon, “Los girasoles ciegos”, Alberto Méndez, “Los disparos del cazador” y “La buena letra” de Chirbes, “La muerte en común”, Ana Carrasco Conde, dos vueltas a la poesía completa de Federico.
He descubierto, también, a mis 47 años, a Grigory Sokolov, que es el mejor pianista del mundo, me queda tanto por aprender, no hay tiempo.
Desaparece el sol, suena “Benighted” de Opeth, estoy feliz y estoy triste. Quiero que la última cita de este diario sea del libro de Olalla.
“Las palabras sostienen nuestro mundo [… ] Ellas penetran en nuestras almas y encienden allí hogueras”.
23:20
Después de cenar hemos leído fragmentos de lo que hemos escrito durante la residencia. Mi contribución ha sido el primer capítulo de la novela. El impacto está. Tengo causa.
Fernanda escribe tan bien, está en total control de su literatura, es una escritora hecha, sólida, segura. Su novela va a ser extraordinaria. El fragmento de Andrés ha sido muy dulce de escuchar, me asaltaban impresiones de fotos de Doisneau y el tono de fin de fiesta, como de deambular, me recordaba a Scott-Fitzgerald o a Vila-Matas.
A Alice no hemos acabado de entenderla del todo por la barrera del idioma, el italiano leído deprisa no es tan fácil. Tengo que aprenderlo mejor. Sé tan poco. Lo que he sido capaz de atrapar me ha intrigado mucho, toda ella me intriga, si entra en una habitación piensas: ha entrado una escritora.
Ha sido un final muy hermoso. Voy a echarles mucho de menos.
No soy una contemporánea.
3 de febrero de 2026
Agarro de la estantería “Palabras del Egeo” de Pedro Olalla y leo: La primera página que ahora te escribo refleja de forma cegadora la luz que vierte sobre el mundo el cielo del Egeo. Levanto la cabeza desde mi mesa de trabajo en “La casa del mar”, así es como se llama mi alojamiento en Sanià, y tengo delante de mí el Mediterráneo, cegador, casi blanco bajo un sol espléndido, como invocado por Pedro Olalla para mí. Un libro me lleva a recordar otro, “Peregrinos de la belleza”, que se baña en el mismo mar, llegué a la obra de Belmonte hace dos veranos con la esperanza infantil de leer como si no hubiera nada más que hacer ni de lo que preocuparse, sabiendo que los libros no iban a fallarme nunca por muy desorientada que estuviese fuera de ellos. Así he llegado a esta residencia, aturdida, esperanzada, tratando de hacer mías de nuevo las horas.
Hay algo infantil dentro de mí que se niega a morir, algo que deposita su fe, o su entusiasmo -que es la onda expansiva de la fe misma- en lo concreto, en el fetiche entendido como vehículo de una magia, sea un paisaje, un objeto hermoso, un lugar en el que alojarse, una conversación, un conocimiento nuevo, un libro o un aria de Monteverdi; , es una pasión sin domar que me hace permeable a todo lo que me sea presentado con voluntad de ponerme de rodillas en actitud de veneración. Pienso en ello mientras Nicolás nos enseña la biblioteca de la casa principal, miro los libros que la conforman y los voy incorporando a ese fetiche, a esa fe pueril en las cosas hermosas. La perfecta disposición del espacio ayuda, la iluminación invita a quedarse dormida leyendo.
Truman Capote, el fantasma que ronda este lugar, dedicó su vida a escribir y a morir. Pedro Olalla y María Belmonte al mediterráneo, Thomas Mann a reconstruir los muros de su amada Alemania mientras alguien se los iba derrumbando justo cuando los terminaba, Carmen Martín Gaite a capturar la esencia de la voz humana, a descubrir el misterio de la comunicación, Siri Hutsdvetd a cartografiar el amor, la soledad y la locura resultante, Rafael Chirbes a revolverse contra la inercia de un mundo en descomposición, Byron al viento y al fuego, Safo al amor.
El silencio de la casa del mar, la ausencia de wifi y de señal telefónica, acallan las suntuosas voces de todos ellos y me enfrentan a la mía. ¿Cuál es mi arrebato? ¿Qué estoy persiguiendo con lo que escribo? ¿Qué me mueve?
En el desayuno, hablo con Nicolás sobre los géneros literarios, sobre cómo la ambición de escribir la novela perfecta, siempre decimonónica, siempre Flaubert, arruina nuestro tiempo y nuestros recursos. Flaubert o nada, decimos (excelente título para un diario literario), y eso no puede ser, ni debe. En mi caso defiendo esta postura con un poso escondido de mezquindad. Al hacerlo supongo que justifico mi incapacidad, porque siempre que leo las grandes lápidas literarias acabo arrodillada, sumisa y golpeándome el pecho. Y esa es la verdad. Quizá estos días en Saniá sirvan, entre tanto viento, para encontrar la belleza escondida de mi literatura, quizá el Teru-Teru no está en las olas, está en la espuma. Vamos a verlo.
4 de febrero de 2026
“Lo bello muere y no es bello porque muera, es bello porque vive”
Ana Carrasco Conde. La muerte en común.
Ayer por la tarde y esta mañana, en un par de visitas a la casa grande para comer, hacerme con unos lápices y un encendedor para el incienso, no pude evitar ver, desde el patio, a Fernanda, a través de su ventana abierta en el primer piso, escribiendo, en apariencia concentrada. Enseguida retiro la vista y bajo la cabeza pudorosa. La relación entre un libro y quien lo escribe, también quien lo lee, es un acto de intimidad muy delicado. Dice mi amigo Roy Galán que al leer un libro estamos cediendo la conciencia, la voz de nuestra cabeza, a otra persona, es un (p)acto de posesión dulce, consentido. Escribir es convocar esa intimidad. No puedo prometer que no volveré a mirar, pues hay algo que acompaña a Fernanda que te comunica que estás delante de la importancia, de la literatura llamada a permanecer, pero sí puedo prometer que apartaré la vista cuanto antes.
El pino retorcido que veo desde la mesa de trabajo se agita como una mano gigantesca y vieja esta mañana. El viento no lo mece, lo desbarata. Hace frío, llueve con desgana, el cielo está gris y el mar sigue y sigue destrozando las rocas. Tiene todo el tiempo del mundo. Podría quedarme dormida escuchando esa batalla entre eternidades. Este lugar canta con una hermosa voz espectral.
5 de febrero 2026
Cuenta Pedro Olalla en “Palabras del Egeo”, libro que me está acompañando durante los amaneceres, que según Gavin Menzies, experto en navegación, hay motivos más que fundados y una prometedora cultura material que los apoya, para creer que marineros de la cultura micénica -los constructores de mitos- llegaron hasta Terranova, Norte y Centroamérica y las Islas Orcadas. Escribe Olalla, citando a Plutarco, sobre expediciones que zarpaban desde Creta cada 30 años y recorrían una fabulosa ruta a través del Atlántico Norte en peregrinación a la isla de Cronos (que Menzies está seguro de identificar con Terranova), donde quedaría establecida una colonia micénica durante siglos. Navegar cuando el mar era un absoluto misterio, un abismo dominado por fuerzas descomunales y furiosas, partir mirando ramas de olivo, mecerse en las costas de Creta y llegar hasta el hielo, la tundra y unos cielos siempre grises.
La novela es, si no territorio inexplorado, sí un enigma para quien la escribe. Es una idea poderosa, una manifestación de otro mundo que debe construir el presente del nuestro y que hay que transformar en palabras, en narración, en canción. Hay algo de sacerdotisa -humilde, despeinada, harta de café y sobre todo confusa- en la escritora. Algo de invocadora. Algo de marinera que se lanza a unas aguas que imagina, que teme, que ama, pero que no conoce. Tengo que ponerle un nombre de embarcación micénica a mi casa del mar. A ver si encuentro la ruta a Cronos.
El primer día y medio de escritura aquí es prometedor. Cada detalle en Sanià está pensado, diría que de forma obsesiva, para facilitar la escritura. Y funciona, contra todo pronóstico, funciona. No siempre las mejores condiciones reman a favor de un trabajo como el nuestro, del mismo modo que se nos comba la espalda -además de sacerdotisas, esencialmente las escritoras somos gárgolas de escritorio-, nos hacemos una con la incomodidad y acabamos adaptándola a nuestra labor; me han contado varias veces que no es raro que en las residencias se produzcan tremendos blancazos y días enteros de cursor titilante y página vacía. Supongo que una se encuentra tan liberada de tiempo, tan relajada, que acaba sintiéndose culpable o extraña. Aquí no sucede, en Sanià hay una especie de estado de escritura constante, parece casi imposible perder el hilo a pesar (o precisamente por) de estar rodeadas de comodidades, cuidados, atenciones y un paisaje abrumador.
Levanto la cabeza del teclado, estiro la joroba, voy vestida con esa sutil mezcla de prendas que no llegan a chándal pero tampoco pueden considerarse pijama, me he bebido el segundo café de la mañana, tengo el pelo completamente fuera de sí, pero me he pintado los labios, veo el mar y tengo ganas de seguir escribiendo.
8 de febrero de 2026
Paseo con Alice hasta la playa. Tomamos un camino escarpado, nos reímos ante nuestras dificultades para orientarnos y elegir sendas (con doble o triple sentido esta dificultad). El día es claro y limpio. La luz es lo que una sueña cuando lee el Mediterráneo de Homero o de Safo. Charlamos sobre ficción, autoficción, la relación entre lo que escribimos y las personas que nos habitan y habitamos. Sobre eso que decía Capote de que nadie está a salvo al lado de un escritor, sobre que odiamos darle la razón en algún punto de esta afirmación tan cruel. Ella admira a Jamaica Kincaid y me recuerda que tengo que leerla más. Yo menciono a Chirbes y a sus diarios, una de las lecturas más transformadoras de mi vida. Tomamos el sol. No sé si ella y yo nos parecemos, pero encajamos bien, será el parentesco queer o simplemente somos dos mujeres que tienen tiempo para hablar tranquilas. Alice despliega una aparente inseguridad que es pura inteligencia, me parece, además, una actitud sana. Las precauciones fuera del texto nos hacen mejores. El síndrome de la impostora nos protege de ir haciendo el imbécil por la vida y cuida cada palabra que usamos en nuestro trabajo. Como dice Nerea Pérez de las Heras, debería extenderse. Estoy deseando leer lo que Alice esté escribiendo, en realidad todo lo que escriba. Hay una ternura muy bien dirigida en todo lo que dice, un gran instinto y tiene un mundo entero dentro que se atisba precioso desde fuera.
Voy entrando en un estado de escritura perfecto. Ese momento en el que la novela ya te ocupa por completo y no puedes pensar en otra cosa. Sueño con partidas de caza y cadáveres amontonados, me despierto a las 02:45 cada madrugada, no falla, en algunas escucho un grito antes de volver a la vigilia, en otras, un disparo, en otras, nada. Abro la claraboya que hay sobre mi cama, escucho el mar, me tranquiliza. Permanezco despierta una hora y media o dos. Leo a Ana Carrasco Conde “La muerte en común” y me vuelvo a dormir cerca de las cinco, bien caliente en mi cama, acunada por el vaivén del oleaje.
12 de febrero de 2026
“Como si no supiera que las bestias pueden morir una mañana fresca rodeadas de manos de mujeres”
Irene Solá en Te di ojos y miraste las tinieblas.
Me gusta ver a Andrés entrar cada mañana a desayunar después de su corta o larga (no lo sé) caminata de la mañana, con su cámara colgada al hombro y el cabello ligeramente húmedo por la bruma que emerge de la playa y filtra la luz. Es el modo de saber que el día comienza. Nos preguntamos si hemos dormido bien, nos pasamos la avena o el aceite de oliva y poco más. Me calma su modo lento de hacer las cosas, su voz baja y la exquisitez con la que maneja la distancia entre curiosidad y respeto. Pregunta mucho pero no invade jamás. Su aspecto de escritor de entreguerras es apaciguador.
Las rutinas las hacemos las personas, diría que lo somos, aunque le echemos la culpa a las alarmas del móvil o a los horarios del trabajo, eso son obligaciones, rutina es la coreografía humana repetida que nos da seguridad, los grandes o pequeños afectos, la primera llamada de la mañana, el primer y el segundo “buenos días”.
Hoy debería estar pasándonos por encima la borrasca Nils, que hizo saltar las alarmas en los teléfonos y obligó a que nos previnieran sobre limitar las salidas de la casa al mínimo. Por supuesto, el día se levanta esplendoroso, apenas una brisa que agita con suavidad los arbustos de romero y un sol espléndido que llena de brillos blancos la superficie del mar, como se dice que centellean los ojos de Afrodita. Tras el desayuno contemplo un momento el paisaje desde el banco que está a medio camino entre la casa grande y mi casa del mar, pienso en eso que decía Bataille de la “parte maldita” o el “lado maldito” que hay dentro de cada ser humano, un animal salvaje encerrado. Tengo que convivir con esa violencia mientras escribo la novela. Con algunos personajes que dejan que ese animal estire las patas y salga a correr libre por los campos hambriento y excitado. También pienso en los ritos alrededor de la muerte, la falta de ellos, la necesidad del duelo, la burocratización de la pérdida de los seres queridos. Si una de las posibilidades de la filosofía y del conocimiento es ofrecer consuelo, “La muerte en común”, de Ana Carrasco Conde, que estoy leyendo con minuciosidad, es un ejemplo perfecto de hasta dónde puede extenderse esa posibilidad. Es la erudición puesta al servicio de la humanidad. Me está ayudando mucho a encontrar la música sanadora del duelo, de como una canción funeraria acompaña a los corazones dolientes desde el lado oscuro a la vuelta a la vida, que al cabo es de lo que creo que estoy escribiendo.
Sábado 14 de febrero de 2026.
“La palabra μῦθος [mythos] encierra la idea de un conocimiento que ‘se encripta’—μύω [myo]—para ‘echarlo a correr’—θέω [theo]203—: una enseñanza oculta que va de boca en boca”
Pedro Olalla. Palabras del Egeo.
Avanzo en la escritura con una combinación de excesiva precaución y arranques de libertad. Dos opuestos. Como siempre. La contradicción es mi hábitat. Por momentos me siento dueña de lo que estoy haciendo, sin miedo, pero es una escritura pesada, como arrancar piedras del suelo con las manos, lenta, ninguna concesión al placer de escribir, si es que tal cosa existe. Me percibo muy limitada como escritora, desprovista de talento y de esa ligereza que otorga la verdadera inteligencia, la diferencia con otros momentos de mi vida es que ahora soy capaz de revolverme contra esto, de esforzarme como si estuviera en la cámara de boga de una galera remando como una hija de puta.
El clima de los últimos días: lluvia, viento y unos amaneceres y puestas de sol que valen una vida entera. Es el mar de los pelasgos, de los griegos, de los fenicios, de los romanos, de los genoveses, de los arangoneses, de los turcos, el de Afrodita, el de los pescadores con las manos destrozadas, el de las mujeres que reparan redes de pesca. Lo tengo delante y bate para mí.
Domingo 15 de febrero de 2026
“El duende de que hablo, oscuro y estremecido, es descendiente de aquel alegrísimo demonio de Sócrates, mármol y sal que lo arañó indignado el día en que tomó la cicuta”
Federico García Lorca. Teoría y juego del duende.
Desayuno prácticamente sola, Andrés se une casi cuando estoy terminando. Alice y Fernanda duermen o se toman su tiempo. Doy un largo paseo por el bosque, primero hasta Calella de Palafruguell, después por senderos que no reconozco, me pierdo, asciendo a tres miradores, uno de ellos Roques d’Ase, los otros dos no tienen nombre visible, doy vueltas hasta que encuentro el camino de regreso. Me sienta bien cansarme, sudar, que se me caliente el cuerpo, no tengo prisa. Voy escuchando Nueva York-Granada, de Morente. Su voz tiene un magisterio dentro, una solemnidad de profesor, un dolor que es un caballo rendido por la vara del cantaor. Caminando se me han ocurrido algunas ideas que me gustan mucho, necesito desarrollar mejor mi oficio para poder incorporar estas cosas con naturalidad a mi escritura, y si no con naturalidad, que en realidad no me importa tanto, con belleza, que es lo único que me importa. La literatura es forma. Sólo forma. Si se ha trabajado en ella con el suficiente compromiso, con el sacrificio necesario, si se ha compuesto con todo lo que se dispone: conocimiento, música interna, referencias, vocabulario, gusto, emoción, gramática, sintaxis, tripas y amor, entonces, lo más probable es que se abra una herida por la que se cuele la filosofía, la política, la intimidad y, por supuesto, la realidad.
Hoy necesito no sólo escribir, sino percibir un avance. Me cuesta un mundo.
Leo con una voracidad y una atención que no experimentaba desde hacía décadas. Tengo bien avanzados “Palabras del Egeo” de Pedro Olalla, “La muerte en común” de Ana Carrasco Conde, “Imán” de Ramón J. Sénder, “Ponzoña en los ojos” de María Taussiet -esta será la segunda lectura-, “Te di ojos y miraste las tinieblas” de Irene Solá -también la segunda vez que lo leo- y ya concluidos “Los disparos del cazador” y “La buena letra” de Chirbes (otras segundas o terceras lecturas). En el montón esperando: “Requiem por un campesino español” que hace más de 30 años que leí por primera vez y “La dificultad del fantasma”, que es obligado leer en Sanià porque muy pocas veces en la vida se puede leer un libro en el lugar en el que fue escrito, porque trata sobre otro libro que también fue parcialmente escrito aquí y porque de Leila Guerriero hay que leer todo lo que caiga en las manos.
Vivir sin teléfono estira el tiempo y disipa una bruma que casi podría localizar como un peso viscoso en la frente. No se me escapa que estar exenta de cocinar, planificar compras, limpiar y hacer coladas (aunque aquí sigo haciéndomela yo misma, me incomoda delegar también esto) contribuye definitivamente a aligerar las cosas.
Lunes 16 de febrero de 2026
“¿Qué nos sucedería allí donde la comunidad responde negando la muerte o no reconociendo el valor de nuestros muertos?”
Ana Carrasco Conde. La muerte en común.
Chocolate con psilocibina con Alice, microdosis. Una mañana suave dentro de mí y acariciada por el afuera. He escrito de forma compulsiva. Trances, brujas, oscuridad. He sentido y he comprendido el amor que mis protagonistas sienten las unas por las otras. Las entiendo mejor. Las conozco. El mar se movía en perfecta sincronía con el “Ave mater, o María” del Ensemble für Frühe Musik Augsburg. También las nubes.
Paseo larguísimo por el bosque. Por la tarde lectura y algo de escritura.
A punto de terminar “La muerte en común”. ¿Recibiré exequias dignas cuando muera? ¿Alguien que me quiera lavará y vestirá mi cuerpo? ¿Me cantarán? Pienso demasiado en la vida sin mí. Cada día dedico un espacio a esta idea. Lo llena todo de una paz de primera hora de la mañana. De un silencio dulce como el que hacen las plantas cuando les da el sol.
Si saco la mirada del escritorio, de la rutina de estos días, mi espíritu protesta moviendo histérico las piernas como los papas acusados de simonía que padecen tormento en el infierno de Dante.
“La obra siempre es más importante que ella”
Leila Guerriero.
Miércoles 18 de febrero de 2026
“La escritura es un animalito frágil, te abandona, no puedes repetir jugadas con ella sin que te abandone, sin que se convierta en un seco pedrusco”.
Rafael Chirbes. Diarios: a pasos perdidos 1.
Después de unos días de escritura muy centrada hoy ha sido desastroso. Cuando se pierde el tono es tan desagradable. Termino la jornada, releo y tengo la impresión de que otra persona que ni conoce la obra, ni sabe escribir, ha usurpado mi lugar. Siento que he de recoger los restos de una comida que no he cocinado y tampoco me he comido, además de tener que limpiar una cocina llena de grasa.
Me rendí y después de la caminata, hoy también de casi dos horas, prosigo con “Imán”. Es una novela devastadora. Es la verdad y el sinsentido de la guerra concentrados en sucesivas arcadas que, milagrosamente, suenan a poesía. Sender -también en “Requiem”, que la he leído de una sentada- cuenta un universo entero en el que sobre todo son creíbles las cosas que no se ven, que no se cuentan, pero que están ahí. Un fondo que lo contiene todo. Qué manera de llenar el espacio con sangre, muerte y desesperanza.
Leo para que no me desborde el desasosiego. Sé que una parte importante y lógica del proceso de escribir una novela es quedarse en blanco, perder el rumbo, retroceder, pero el demonio del tiempo me muerde las orejas. Solamente me queda una semana aquí. No es que vaya a terminar el libro este mes, pero es casi imposible encontrar mejores condiciones de escritura (y de vida) que las que tenemos en Sanià, quiero llevarme de aquí una inercia.
(23:00) A última hora me senté en el escritorio y encontré el camino de vuelta a la novela.
Jueves 19 de febrero de 2026
“En la costa oriental del Egeo, en Rodas, los antiguos secretos de la metalurgia provenían, en cambio, de los Telquines—también hijos del mar—, quienes, según recuerda el mito, forjaron la hoz dentada con la que Crono emasculó a su padre, Urano”
Pedro Olalla. Palabras del Egeo.
Ha amanecido un sol espléndido, una tormenta lejana en el horizonte hace que el cielo, al fondo de la vista, sea gris y violeta. He estado escribiendo fuera en el sillón de mimbre, escuchando el mar. Por la tarde, dentro de la casa, Josquin Des Pres por Peter y Timothy Davies.
Dedico el día entero a leer a Pedro Olalla y saboreo con él la sal y el vino, navegamos juntos, un libro para leer con inocencia, dejándose encantar por el amor a la cultura y la necesidad de contarnos historias. Oleaje, reyes, diosas, inscripciones en oro, volcanes, vides. Cómo se atreve nadie a poner en tela de juicio la belleza de las palabras, que la escritura antes que cualquier cosa debe ser un ejercicio de belleza. Bendito sea Olalla por llevarme al Egeo con tanta alegría y por querer fascinarme. Qué suerte tiene Silvano (su hijo, al que le cuenta el libro). Estoy a punto de terminarlo, hoy no voy a escribir. Me está sentando bien apartarme unas horas de la novela y ver las cosas con perspectiva.
Viernes 20 de febrero de 2026
“Lo más auténtico de uno se queda por ahí, cara al cielo, muerto y podrido también”
Ramón J. Sénder. Imán.
Después de desayunar camino entre aulagas, alcornoques, pinos y olivillas. Me pierdo en una caminata bella y sórdida bajo árboles quebrados por el viento como astillas gigantes, recorro sendas cada vez más estrechas, fantasmales. El eco de mis propias pisadas se transforma en unos pasos ajenos que me siguen, no por detrás, por los lados. Me acuerdo de Lucía Lijtmaier, me contó una sensación parecida y escribió sobre ella en su diario, vendrá de visita el lunes y tengo muchas ganas de verla. Pienso en sus damas blancas, en los cuerpos de las mujeres sobre las que escribe, bellas después de la violencia, mujeres a las que la muerte les concede un halo de misterio azul, una iluminación de neón y luna. Me imagino asesinada en estos caminos y pienso que mi cuerpo no sería hermoso, que sería una muerta hinchada y horrenda, mi leyenda no sería la de una dama blanca, solo la de un cuerpo magullado al que se debe meter cuanto antes en una bolsa negra.
Domingo 22 de febrero de 2026
“Un ser querido nunca termina”
Ana Carrasco Conde.
La idea de escribir un libro que sea un ser querido, que no se termine.
Lunes 23 de febrero de 2026
“No solo se trata de que la vida de los demás se trenza con la nuestra, sino de que integramos una imagen suya en nosotros que los convierte en parte constitutiva de nuestra identidad”
Ana Carrasco Conde. La muerte en común.
Este lugar es demasiado hermoso como para salir indemne. No sólo por el paisaje, lo que sucede en Sanià, especialmente en mi casita del mar, es difícil de transmitir si no se experimenta, al menos lo que me pasa a mí. No quiero salir de aquí. Este lugar se convierte en tu casa, mejor dicho, te reclama como habitante (creo que también esto lo escribe Leila ¿?). El mundo queda fuera, es un afuera real.
Ha venido Lucía de visita, ojalá haberle dejado la misma sensación de bienestar que ella a mí después de nuestra conversación. Es una mujer muy inteligente y hablando con ella me acuerdo de Elena, María, Beatriz, Alba.
Ser escritora y no ser nada más. No ser un circo. Asumirlo y llevarlo a cabo.
No escribo más sobre mis compañeras y compañero de residencia, ni sobre Nicolás, ni sobre Ari, Michele, Inma, Mari, Mike y el fantasma bueno que me surte de pellets para la estufa como por arte de magia, Juan Pablo, ni sobre Ploma, Sam y Pirueta porque me pone triste pensar en la salida. Cuanto más les conozco menos quiero escribir sobre ellos, tendría la sensación de estar despidiéndome y no quiero. Tenía mis dudas sobre una convivencia larga con desconocidos y ahora con gusto pasaría otro mes con ellos. Añadir que nunca he comido tan bien tantos días seguidos, tan rico, tan fresco, ofrecido con un mimo que me recuerda al de mi madre o al de mis parejas. Querría seguir conociéndoles a todos, residentes, personal de la casa y a los perros. Somos una familia rara y bonita.
Después de las cenas las residentes leemos pasajes al azar de los diarios de Kafka en la biblioteca, una entrada cada una.
Cada noche en el camino desde la casa grande a la casita, me gusta pararme e iluminar con la potentísima linterna las copas de los árboles, vistas desde abajo parecen pulmones gigantescos despojados de sus pleuras.
Dice Leila Guerriero sobre Capote y “Plegarias atendidas”: “No pudo demostrarle nada a nadie, solo se demostró a sí mismo que hay infinitas formas de caer”.
“Sus cavilaciones se resuelven en el vacío como cabezazos contra un ataúd”
Ramón J. Sender.
Martes 24 de febrero de 2026
“Escribimos para salir limpios de experiencias atroces”
Carmen Martín Gaite en una carta a Rafael Chirbes,
Es todo melancolía hoy. Empieza la verdadera despedida, se va colando el afuera, es desagradable pero es mejor así, para no darse de bruces con la propia vida, al menos la que era antes de venir aquí. Me obsesiona llevarme esta luz y este silencio.
Hoy el mar está en total calma, es la primera vez que lo veo así desde que llegué, transparente, quieto y esmeralda. Casi se pueden contar las piedras bajo el agua, de algún modo es perturbador, como si se hubieran suspendido los influjos cósmicos sobre la tierra, como si algo inmenso estuviera conteniendo la respiración.
Si lo pienso con detenimiento hoy es el último día que tengo para escribir a tiempo completo. Espero que la tarde vaya bien. Sigo conectada pero tengo cierta sensación de desaceleración y necesito justo lo contrario. Quiero llevarme la inercia, seguir inmersa, que no existamos más que la novela y yo un tiempo más.
Hoy, casi al final de la estancia, he hecho las primeras fotos a mis compañeras con mi móvil. Me he dado el gusto de encender la estufa un par de horas antes de lo habitual, el día discurre engañoso, luz de primavera, poco viento pero hace frío. Tengo las manos heladas.
Me voy a ir de aquí pareciéndome a una versión de mí misma que hace años me gustaba mucho y a la que no tenía pensado poder volver jamás.
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Acaba de suceder una hora de escritura frenética, cuando dejo que algo en mí se desboque soy única. Tengo un temblor que si aprendo a domar, a usar con inteligencia, puede darme un lugar propio. No está todo perdido. Tengo causa. Solo tengo que aprender a hacerlo mejor, mucho mejor. Aprender, aprender, aprender.
Miércoles 25 de febrero de 2026
“Esta falsa luna, casi cegadora, hace callar a los chacales, cubre con un sudario el paisaje muerto”
Ramón J. Sender. Imán.
Hay algo en la figura de los huidos de Guillena (sobre quienes estoy escribiendo) que tiene la textura de la épica clásica, del mito, del héroe, de la caza, entre un más allá y un más acá. Miro sus fotos, leo sus nombres y huelen a cuero, a pelo de animal tiroteado, a sangre. Está sucediendo algo con la escritura de esta novela y la caza, la persecución, el concepto de presa, de muerte, de sacrificio.
Jueves 26 de febrero de 2026
“Ahora, en apenas semanas, la casa, la cala, el mar, los pájaros, la pradera descerrajaron en ese vacío un disparo de luz fulminante. Aunque el canto secreto vive conmigo, el vacío ha dejado de vivir en mí.
Leila Guerriero. La dificultad del fantasma.
Quiero escribir siempre, soy escritora, aquí lo soy. Ni rastro de la insoportable y ubicua Alana pública. Miro el mar mientras rasgo con la pluma este cuaderno. Las nubes son óleos grises, blancos, naranjas, azules y rosas, el agua es plomo, ha vuelto el oleaje pero es suave, no hay lucha de los elementos, hay caricia, una forma de lamer.
No he llegado a identificar qué pajaros cantan aquí, tampoco los veo, son psicopompos entre dos mundos. Que me guíen, que me guíen hasta la dimensión en la que sucede lo que escribo.
Esta tarde me gustaría pasear por el bosque por última vez durante la estancia, pero trataré de escribir y empezaré a hacer la maleta.
Casi es de noche. Entrada del Cirlot: Putrefacción. Lo he abierto al azar, justo en este momento en el capítulo en el que estoy trabajando está empezando a pudrirse un cuerpo sobre un montón de cuerpos ya putrefactos.
Lorca usaba “putrefacto” muy a menudo en su expresión oral, como sinónimo de pelma, rancio, pesado, ignorante.
Hoy he escrito 1800 palabras y me gustan casi todas.
Libros leídos durante estos días: “Palabras del Egeo”, Pedro Olalla, “Imán” y “Requiem por un campesino español”, los dos de Sénder, “La dificultad del fantasma”, Leila Guerriero, “Te di ojos y miraste las tinieblas”, Irene Solá, “Regreso a Reims”, Didier Eribon, “Los girasoles ciegos”, Alberto Méndez, “Los disparos del cazador” y “La buena letra” de Chirbes, “La muerte en común”, Ana Carrasco Conde, dos vueltas a la poesía completa de Federico.
He descubierto, también, a mis 47 años, a Grigory Sokolov, que es el mejor pianista del mundo, me queda tanto por aprender, no hay tiempo.
Desaparece el sol, suena “Benighted” de Opeth, estoy feliz y estoy triste. Quiero que la última cita de este diario sea del libro de Olalla.
“Las palabras sostienen nuestro mundo [… ] Ellas penetran en nuestras almas y encienden allí hogueras”.
23:20
Después de cenar hemos leído fragmentos de lo que hemos escrito durante la residencia. Mi contribución ha sido el primer capítulo de la novela. El impacto está. Tengo causa.
Fernanda escribe tan bien, está en total control de su literatura, es una escritora hecha, sólida, segura. Su novela va a ser extraordinaria. El fragmento de Andrés ha sido muy dulce de escuchar, me asaltaban impresiones de fotos de Doisneau y el tono de fin de fiesta, como de deambular, me recordaba a Scott-Fitzgerald o a Vila-Matas.
A Alice no hemos acabado de entenderla del todo por la barrera del idioma, el italiano leído deprisa no es tan fácil. Tengo que aprenderlo mejor. Sé tan poco. Lo que he sido capaz de atrapar me ha intrigado mucho, toda ella me intriga, si entra en una habitación piensas: ha entrado una escritora.
Ha sido un final muy hermoso. Voy a echarles mucho de menos.
No soy una contemporánea.
Estuvo en Sanià junto a: