Estuvo en Sanià junto a:
Llegar
Lo supe al instante, aunque fue semanas después que me daría cuenta del todo. La residencia –la magia– no comenzó en Casa Sanià, sino antes. En el misterio de los desconocidos otros. En los detalles de esos segundos nerviosos del primer encuentro en la Librería Finestres. Detalles que (por supuesto esto no lo supe, sino que lo intuí) palpitaban en la alquimia inmejorable de ese grupo. “Nosotros, los escritores”. La esencia inefable de lo que nos estaba por suceder, ya nos empezaba a transformar desde ahí. La mano de J. abrazando la taza de café, desenvolviéndose dulce y de soslayo antes de compartir relatos fulminantes. La voz cómplice y certera de V. confirmando verdades, amparándonos desde el momento cero con su mirada sabia y patagónica. J.C. y su paso firme y artísticamente tímido, auspicioso y mordaz, con su modestia y su mochila al hombro, abriéndonos puertas, colores y caminos; tantos caminos. El abrazo contundente y atávico de N., y su “¿vos sos Caro?” pronunciado desde una sonrisa sin fondo, habilitándome a confiar sin reparos, alentándonos a seguirlo en esta aventura. La residencia empezó ahí y siguió inaugurándose en el trayecto de la ciudad al paraíso, aunque esto tampoco lo supimos entonces. ¿O acaso sí? Nosotras tres en el asiento de atrás, confabulando con cada mirada de reojo, cada sutil roce de muslo, una intimidad que nos precedía. Ante una pregunta de N., J.C. comenzó a hablar, y no paró hasta llegar a destino. En realidad, como un milagro cortazariano, más que hablar nos estaba regalando parte de lo que habíamos venido a buscar: la narración de quiénes éramos, de quiénes veníamos a ser. El capítulo de la historia que habíamos venido a escribir. A encarnar. Y J.C. repetía, casi como predicando: “Nosotros, los escritores”.
No sé exactamente en qué kilómetro fue, pero hubo un punto preciso en que vislumbré la fibra delicada y perfecta del humor que traía consigo J.C. Creo que largué una carcajada (la primera de infinitas) a destiempo. Una risa inoportuna, en la que se me iba la tripa entera. La pausa inusitada en el relato de J.C. (¿en serio, justo esas iniciales, Julio?) fue fugaz pero elocuente: desde el ángulo de su asiento, logró atajar con su mirada y con algo del temblor en su mueca labial que era casi una sonrisa, el hilo invisible y frágil de mi espontánea felicidad. Y ahí nos quedaríamos aferrados. De refilón, con mi ojo derecho, confirmé que V. y J. estaban en ese mismo lugar, hamacándose ya desde esa misma filigrana. De pronto, el “hemos llegado” que anunció N. –a su vez contagiado, aunque él si tardaría en darse cuenta del efecto total de nuestro hechizo– nos devolvió a los cuatro a nuestros cuerpos. Quién sabe desde cuándo veníamos viajando en el ámbar del tiempo para llegar ahí, donde en realidad no se llega sino que simplemente se emerge: Casa Sanià, el lugar de pertenencia.
Fragmentos de un diario que no compartiré
Día 1
¿Y cuántas hojas te faltan para terminar, mamá?, me pregunta mi hija apenas la llamo para contarle que había llegado, y mostrarle a Ploma y a Sam (ángeles guardianes) y el ángulo oblicuo de todos los pinos hacia el mar. No lo sé. No puedo saberlo. No hay cómo determinarlo. Tengo ciento cincuenta ya escritas, pero las tengo que revisar. Quizás no sirva ninguna, no lo sé. Su mirada de insondable desilusión me corrobora que lo que digo no tiene sentido alguno. No para ella. En el horizonte se ve un barco rojo y sin apuro. Se contrapone dignamente a la ferocidad sostenida de las olas. ¿Pero y entonces, cuántas páginas necesitás escribir por día para terminar el libro?, insiste ella. Si fuera por mí, que este libro escrito en Casa Sanià, no se acabe nunca. Eso lo pienso, lo siento en cada poro de mí. Me lo callo, claro, e inhalo para que me llegue hasta el vientre este aire soberano de salitre y libertad que entra por una de mis tantas ventanas.
Día 2
Será la única mañana que me permito dormir. Es decir, la única vez durante mi estadía en que no pondré el despertador. Todos los otros días, intentaré levantarme entre las 5.30 y las 6 de la mañana. No necesariamente por querer ser productiva. La necesidad es otra: llenarme el cuerpo de belleza. De mar. De viento tramontano. De perfumes vivos. De silencio habitado. Es temprano, todo está abriéndose. Decido bajar hasta la cala y sentir la temperatura del mar. Sin conciencia, tramo un ritual. Cada peldaño que piso, me sostiene y me habla. Me dice cosas que aún no comprendo. Llevo conmigo un cuaderno rojo que no soltaré en toda mi estadía. Respiro, siento el ritmo del agua, el tiempo de las piedras. Escribo.
Al escalar de regreso a la Casa, percibo movimientos. Cuando entro a la cocina, me da satisfacción ver que V. ya está ahí. Hacía rato que estaba despierta, tomando mate. Es madrugadora como yo. En el ambiente flota un aire benigno como de cariño. Está Ari ya diagramando inquieta los milagros culinarios del día. También está Marisa que me sonríe amplia apenas me ve entrar. Como en cámara lenta, incorporo a V. sentada en la mesa (que a su vez también está incorporando como puede tanto cuidado concentrado en un solo momento), y cada uno de los elementos allí desplegados para nuestro deleite. Una pirotecnia magnífica y hermosa de colores y frutas y panes y quesos y caricias y dulces y vasos y flores, y luz por todas partes. En mi garganta, un nudo. No puedo. Mari se acerca hasta mí. Yo estoy paralizada: me baña una emoción que me desborda. No puedo, no logro emitir sonido alguno luego de mi buen día inicial. “Carito: te merecés estar acá,” me susurra Mari al oído, mientras que su palma amiga, aprieta mi hombro derecho sellando el significado de cada sílaba, como si hubiera estado acompañando el delineado complejo de mis traumas y dudas desde siempre. “Relajate y disfrutá. Este es tu destino. Llegaste.”
Noche 3
Bajé a cenar con mi cuadernito rojo que ya es parte de mí. La intensidad con la que se habla de literatura y de arte es inaudita. Nombres nombres nombres. Explosión total de sentidos. Es un placer revitalizador hablar de todo. Del estado de las cosas, del mundo. De los ingredientes. De la vida. Entre nosotros, y también con quienes nos alimentan: Ari, Mike, Imma. Siempre pensé en las sobremesas como un lugar de amparo, donde la magia se revela en formas inexplicables. Recuerdo un cuento de Machado de Asís en el que se narra la búsqueda romántica, existencial incluso, entre un sustantivo y un adjetivo. Se buscan, se anhelan y, cuando se da el encuentro, se casan. Algo reduccionista y absurdo, claro, pero a partir de esa idea se puede pensar que lo mismo sucede en la traducción de ciertos términos. Hay conceptos que tienen su equivalente, se encuentran con su par en ese otro idioma, y se aferran inequívocamente hasta que algún capricho los separa. Hay también, sin embargo, palabras que conllevan tanto más que el raso significado que las envuelve, que tienen que resignarse a ir por la vida, digamos, con amantes mediocres. Sobremesa. No hay cómo traducirlo. ‘After-dinner talk’ es el vocablo más próximo que existe si tuviéramos que traducir al inglés una escena de esta índole. Es, literalmente, la conversación (nótese, no la charla) posterior a la cena. El italiano se arrima un poco más al corazón del término: el ‘doppopranzo’, aquello que evoluciona después del almuerzo. Ni el francés, ni el portugués ni mucho menos el alemán ofrece sustantivos pares. Esto da cuenta de algo muy singular que se articula en ese espacio de intimidad donde, sin duda, se conversa, se discute, se opina, pero también se desaparece, se respira más lento, se trenzan complicidades y, sobre todo, modos de estar el mundo. Inauguro ahora una subcategoría aparte: las sobremesas de Casa Sanià. No se pueden traducir, mucho menos explicar. Elijan la canción de su muerte. De su velorio. Brillante sobre el mic, se me ocurre a mí. Más por el título que por la canción en sí. El mic. Me gusta. Pero todos los demás, me superan. La noche titila. Sin las sobremesas de Bánfield, no hubiera sido escritor, declaró Julio Cortázar. Yo sin duda, no podré jamás arrimarme a la escritura de la misma manera ahora que estoy empezando a entender lo que es ser parte de una sobremesa que te cambia la vida. Comida tras comida. Entiendo para abajo. Me maravillo de poder estar, y ser, en este momento, acá. En esta otra, nueva sobremesa. Todo se renueva.
Día 5
Hoy por primera vez el viento cesó casi del todo. Hoy por primera vez, me animé a meterme al mar. El agua es tan cristalina que dan ganas de tomársela. Aproveché un instante de quietud casi de siesta, aunque aún no daban las 12. Elegí la entrada con cautela. Intenté no pensar en el cambio de temperatura. La promesa fue instantánea al sentir el bienestar total de la inmersión en un espacio otro. Acá me dejo. Acá me dejo.
Día 6
¿Y cuánto trabajaste hoy, mamá? Mucho, le cuento. Y pienso, ¿será mucho? ¿Cuánto es mucho? ¿Es posible escribir mucho? Descubrí una carta que vino conmigo de casualidad. En ella se habla de un acontecimiento terrible sin nombrarlo nunca. Menos mal que no estás, mamá, pero quédate tranquila que para cuando vuelvas del viaje, ya estará todo resuelto. Tiene fecha de junio de 1973. La firma mi padre. ¿Qué pasó entonces? ¿Qué les pasó? No lo sé ni lo quiero averiguar. Me pongo a escribir furiosamente con el horizonte firme en mi mirada. Magnífico en su amplitud. El horizonte me es amable. El incesante ir y venir de las olas me habla. Este es mi lugar. El de la escritura. Entiendo –acepto– que mis palabras mueven y quiero quedarme ahí, acá, extirpando más. Escucho el tiempo pasar. Quiero aferrarme a este instante, a esta luz, a este espacio inigualable de serenidad y permiso. Recibir. Darlo todo en cada paréntesis. Cada anécdota sincera. ¿Vamos, Caro? Sí, bajo. No hay interrupción más bienvenida que esta. La ofrenda que trae otra para salir a caminar y descubrir más de la geografía que se desnuda ante nosotros. La benevolencia de la nada. Amigarse con el camino. Y andar. Andar.
Día 10
La habitación huele diferente cuando subo después del almuerzo que hoy por primera vez fue afuera, en el sol amante de las 13.30. Tardo unos segundos en darme cuenta. Mi emoción afianza la realidad antes que yo. Se me nubla la vista con lágrimas que emergen desde mi biografía. El perfume a intemperie viene del margen izquierdo de la cama. Allí, con un grado de precisión que no contradice a la dulzura, está mi ropa limpia. Mari, sigilosa y angelical, había lavado, secado al sol y doblado las prendas que fui soltando tímidamente los días que llevo en Casa Sanià. Hace décadas que no sentía una caricia así.
Es tan conmovedor acostumbrarse al ir y venir del sonido. De pronto vi hoy que la roca se movía. Hay una roca que sobresale. Como una nariz. Directo a mi derecha. Me habla. Es como un faro. ¿Podré hoy escribir sobre faros? ¿Los faros del abuelo de Stevenson, el faro del fin del mundo, la isla aquella al oeste de Escocia, donde ya nadie vive desde 1930, salvo las ovejas que se alimentan de algas marinas? Todo acá es magia. La magia de saber que este momento no regresa. Si tan solo una pudiera vivir la vida así. Siempre.
No irse
Soy desagradablemente sentimental, parece que solía decir Borges, quien tuvo la osadía de visitarnos varias veces (y no de la forma más agraciada) durante nuestros días en la Casa Sanià. Me siento un poco así al irme, no Borges, sino desagradablemente sentimental. Uno no se puede ir de aquí. No se le puede dar un final a algo que está en perpetuo comienzo. Leí algunos de los diarios de la Casa Sanià. Todos sublimes, eruditos. Envidiables. Todos hablan del adentro. Pero creo que es vital también registrar algo del diario del afuera. El desgarro de querer ir contra la partida. De pronto, salir. Regresar a donde ya no se puede. En Casa Sanià me transformé y ya no soy la misma acá afuera, donde el tiempo (ahora lo recuerdo) transcurre de otro modo. Un modo que es contraproducente contra la escritura, contra quien quiero ser a partir de esta experiencia. Nada puede explicarse. Nada alcanza la intensidad de las conversaciones, de las risas, de la complicidad de las miradas que se cruzan en la cena, los satélites secretos que dibujan formas inquietas mientras algunos fuman y otros acompañan. Todo perdura (por favor, que perdure) intacto. Nada sale de la boca. El mundo ya no es, ya no puede ser, el mismo luego de Casa Sanià. Todo alrededor se ha empobrecido: los olores, las palabras, el sabor de la comida, el significado de las cosas, de los colores, la brisa, incluso. Algo en lo más íntimo de mi tramado se ha modificado. Llevo conmigo ahora, soy, el vaivén del mar, la temperatura benigna del aire y de las charlas, el abrazo de Ari, la irreverencia de Imma, las vidas pasadas de Mike y sus ovnis, las almas robadas de Mikele, las carcajadas multifacéticas de Nico. Soy ustedes, mi grupo extraordinario. Ahora sí, soy yo.
Llegar
Lo supe al instante, aunque fue semanas después que me daría cuenta del todo. La residencia –la magia– no comenzó en Casa Sanià, sino antes. En el misterio de los desconocidos otros. En los detalles de esos segundos nerviosos del primer encuentro en la Librería Finestres. Detalles que (por supuesto esto no lo supe, sino que lo intuí) palpitaban en la alquimia inmejorable de ese grupo. “Nosotros, los escritores”. La esencia inefable de lo que nos estaba por suceder, ya nos empezaba a transformar desde ahí. La mano de J. abrazando la taza de café, desenvolviéndose dulce y de soslayo antes de compartir relatos fulminantes. La voz cómplice y certera de V. confirmando verdades, amparándonos desde el momento cero con su mirada sabia y patagónica. J.C. y su paso firme y artísticamente tímido, auspicioso y mordaz, con su modestia y su mochila al hombro, abriéndonos puertas, colores y caminos; tantos caminos. El abrazo contundente y atávico de N., y su “¿vos sos Caro?” pronunciado desde una sonrisa sin fondo, habilitándome a confiar sin reparos, alentándonos a seguirlo en esta aventura. La residencia empezó ahí y siguió inaugurándose en el trayecto de la ciudad al paraíso, aunque esto tampoco lo supimos entonces. ¿O acaso sí? Nosotras tres en el asiento de atrás, confabulando con cada mirada de reojo, cada sutil roce de muslo, una intimidad que nos precedía. Ante una pregunta de N., J.C. comenzó a hablar, y no paró hasta llegar a destino. En realidad, como un milagro cortazariano, más que hablar nos estaba regalando parte de lo que habíamos venido a buscar: la narración de quiénes éramos, de quiénes veníamos a ser. El capítulo de la historia que habíamos venido a escribir. A encarnar. Y J.C. repetía, casi como predicando: “Nosotros, los escritores”.
No sé exactamente en qué kilómetro fue, pero hubo un punto preciso en que vislumbré la fibra delicada y perfecta del humor que traía consigo J.C. Creo que largué una carcajada (la primera de infinitas) a destiempo. Una risa inoportuna, en la que se me iba la tripa entera. La pausa inusitada en el relato de J.C. (¿en serio, justo esas iniciales, Julio?) fue fugaz pero elocuente: desde el ángulo de su asiento, logró atajar con su mirada y con algo del temblor en su mueca labial que era casi una sonrisa, el hilo invisible y frágil de mi espontánea felicidad. Y ahí nos quedaríamos aferrados. De refilón, con mi ojo derecho, confirmé que V. y J. estaban en ese mismo lugar, hamacándose ya desde esa misma filigrana. De pronto, el “hemos llegado” que anunció N. –a su vez contagiado, aunque él si tardaría en darse cuenta del efecto total de nuestro hechizo– nos devolvió a los cuatro a nuestros cuerpos. Quién sabe desde cuándo veníamos viajando en el ámbar del tiempo para llegar ahí, donde en realidad no se llega sino que simplemente se emerge: Casa Sanià, el lugar de pertenencia.
Fragmentos de un diario que no compartiré
Día 1
¿Y cuántas hojas te faltan para terminar, mamá?, me pregunta mi hija apenas la llamo para contarle que había llegado, y mostrarle a Ploma y a Sam (ángeles guardianes) y el ángulo oblicuo de todos los pinos hacia el mar. No lo sé. No puedo saberlo. No hay cómo determinarlo. Tengo ciento cincuenta ya escritas, pero las tengo que revisar. Quizás no sirva ninguna, no lo sé. Su mirada de insondable desilusión me corrobora que lo que digo no tiene sentido alguno. No para ella. En el horizonte se ve un barco rojo y sin apuro. Se contrapone dignamente a la ferocidad sostenida de las olas. ¿Pero y entonces, cuántas páginas necesitás escribir por día para terminar el libro?, insiste ella. Si fuera por mí, que este libro escrito en Casa Sanià, no se acabe nunca. Eso lo pienso, lo siento en cada poro de mí. Me lo callo, claro, e inhalo para que me llegue hasta el vientre este aire soberano de salitre y libertad que entra por una de mis tantas ventanas.
Día 2
Será la única mañana que me permito dormir. Es decir, la única vez durante mi estadía en que no pondré el despertador. Todos los otros días, intentaré levantarme entre las 5.30 y las 6 de la mañana. No necesariamente por querer ser productiva. La necesidad es otra: llenarme el cuerpo de belleza. De mar. De viento tramontano. De perfumes vivos. De silencio habitado. Es temprano, todo está abriéndose. Decido bajar hasta la cala y sentir la temperatura del mar. Sin conciencia, tramo un ritual. Cada peldaño que piso, me sostiene y me habla. Me dice cosas que aún no comprendo. Llevo conmigo un cuaderno rojo que no soltaré en toda mi estadía. Respiro, siento el ritmo del agua, el tiempo de las piedras. Escribo.
Al escalar de regreso a la Casa, percibo movimientos. Cuando entro a la cocina, me da satisfacción ver que V. ya está ahí. Hacía rato que estaba despierta, tomando mate. Es madrugadora como yo. En el ambiente flota un aire benigno como de cariño. Está Ari ya diagramando inquieta los milagros culinarios del día. También está Marisa que me sonríe amplia apenas me ve entrar. Como en cámara lenta, incorporo a V. sentada en la mesa (que a su vez también está incorporando como puede tanto cuidado concentrado en un solo momento), y cada uno de los elementos allí desplegados para nuestro deleite. Una pirotecnia magnífica y hermosa de colores y frutas y panes y quesos y caricias y dulces y vasos y flores, y luz por todas partes. En mi garganta, un nudo. No puedo. Mari se acerca hasta mí. Yo estoy paralizada: me baña una emoción que me desborda. No puedo, no logro emitir sonido alguno luego de mi buen día inicial. “Carito: te merecés estar acá,” me susurra Mari al oído, mientras que su palma amiga, aprieta mi hombro derecho sellando el significado de cada sílaba, como si hubiera estado acompañando el delineado complejo de mis traumas y dudas desde siempre. “Relajate y disfrutá. Este es tu destino. Llegaste.”
Noche 3
Bajé a cenar con mi cuadernito rojo que ya es parte de mí. La intensidad con la que se habla de literatura y de arte es inaudita. Nombres nombres nombres. Explosión total de sentidos. Es un placer revitalizador hablar de todo. Del estado de las cosas, del mundo. De los ingredientes. De la vida. Entre nosotros, y también con quienes nos alimentan: Ari, Mike, Imma. Siempre pensé en las sobremesas como un lugar de amparo, donde la magia se revela en formas inexplicables. Recuerdo un cuento de Machado de Asís en el que se narra la búsqueda romántica, existencial incluso, entre un sustantivo y un adjetivo. Se buscan, se anhelan y, cuando se da el encuentro, se casan. Algo reduccionista y absurdo, claro, pero a partir de esa idea se puede pensar que lo mismo sucede en la traducción de ciertos términos. Hay conceptos que tienen su equivalente, se encuentran con su par en ese otro idioma, y se aferran inequívocamente hasta que algún capricho los separa. Hay también, sin embargo, palabras que conllevan tanto más que el raso significado que las envuelve, que tienen que resignarse a ir por la vida, digamos, con amantes mediocres. Sobremesa. No hay cómo traducirlo. ‘After-dinner talk’ es el vocablo más próximo que existe si tuviéramos que traducir al inglés una escena de esta índole. Es, literalmente, la conversación (nótese, no la charla) posterior a la cena. El italiano se arrima un poco más al corazón del término: el ‘doppopranzo’, aquello que evoluciona después del almuerzo. Ni el francés, ni el portugués ni mucho menos el alemán ofrece sustantivos pares. Esto da cuenta de algo muy singular que se articula en ese espacio de intimidad donde, sin duda, se conversa, se discute, se opina, pero también se desaparece, se respira más lento, se trenzan complicidades y, sobre todo, modos de estar el mundo. Inauguro ahora una subcategoría aparte: las sobremesas de Casa Sanià. No se pueden traducir, mucho menos explicar. Elijan la canción de su muerte. De su velorio. Brillante sobre el mic, se me ocurre a mí. Más por el título que por la canción en sí. El mic. Me gusta. Pero todos los demás, me superan. La noche titila. Sin las sobremesas de Bánfield, no hubiera sido escritor, declaró Julio Cortázar. Yo sin duda, no podré jamás arrimarme a la escritura de la misma manera ahora que estoy empezando a entender lo que es ser parte de una sobremesa que te cambia la vida. Comida tras comida. Entiendo para abajo. Me maravillo de poder estar, y ser, en este momento, acá. En esta otra, nueva sobremesa. Todo se renueva.
Día 5
Hoy por primera vez el viento cesó casi del todo. Hoy por primera vez, me animé a meterme al mar. El agua es tan cristalina que dan ganas de tomársela. Aproveché un instante de quietud casi de siesta, aunque aún no daban las 12. Elegí la entrada con cautela. Intenté no pensar en el cambio de temperatura. La promesa fue instantánea al sentir el bienestar total de la inmersión en un espacio otro. Acá me dejo. Acá me dejo.
Día 6
¿Y cuánto trabajaste hoy, mamá? Mucho, le cuento. Y pienso, ¿será mucho? ¿Cuánto es mucho? ¿Es posible escribir mucho? Descubrí una carta que vino conmigo de casualidad. En ella se habla de un acontecimiento terrible sin nombrarlo nunca. Menos mal que no estás, mamá, pero quédate tranquila que para cuando vuelvas del viaje, ya estará todo resuelto. Tiene fecha de junio de 1973. La firma mi padre. ¿Qué pasó entonces? ¿Qué les pasó? No lo sé ni lo quiero averiguar. Me pongo a escribir furiosamente con el horizonte firme en mi mirada. Magnífico en su amplitud. El horizonte me es amable. El incesante ir y venir de las olas me habla. Este es mi lugar. El de la escritura. Entiendo –acepto– que mis palabras mueven y quiero quedarme ahí, acá, extirpando más. Escucho el tiempo pasar. Quiero aferrarme a este instante, a esta luz, a este espacio inigualable de serenidad y permiso. Recibir. Darlo todo en cada paréntesis. Cada anécdota sincera. ¿Vamos, Caro? Sí, bajo. No hay interrupción más bienvenida que esta. La ofrenda que trae otra para salir a caminar y descubrir más de la geografía que se desnuda ante nosotros. La benevolencia de la nada. Amigarse con el camino. Y andar. Andar.
Día 10
La habitación huele diferente cuando subo después del almuerzo que hoy por primera vez fue afuera, en el sol amante de las 13.30. Tardo unos segundos en darme cuenta. Mi emoción afianza la realidad antes que yo. Se me nubla la vista con lágrimas que emergen desde mi biografía. El perfume a intemperie viene del margen izquierdo de la cama. Allí, con un grado de precisión que no contradice a la dulzura, está mi ropa limpia. Mari, sigilosa y angelical, había lavado, secado al sol y doblado las prendas que fui soltando tímidamente los días que llevo en Casa Sanià. Hace décadas que no sentía una caricia así.
Es tan conmovedor acostumbrarse al ir y venir del sonido. De pronto vi hoy que la roca se movía. Hay una roca que sobresale. Como una nariz. Directo a mi derecha. Me habla. Es como un faro. ¿Podré hoy escribir sobre faros? ¿Los faros del abuelo de Stevenson, el faro del fin del mundo, la isla aquella al oeste de Escocia, donde ya nadie vive desde 1930, salvo las ovejas que se alimentan de algas marinas? Todo acá es magia. La magia de saber que este momento no regresa. Si tan solo una pudiera vivir la vida así. Siempre.
No irse
Soy desagradablemente sentimental, parece que solía decir Borges, quien tuvo la osadía de visitarnos varias veces (y no de la forma más agraciada) durante nuestros días en la Casa Sanià. Me siento un poco así al irme, no Borges, sino desagradablemente sentimental. Uno no se puede ir de aquí. No se le puede dar un final a algo que está en perpetuo comienzo. Leí algunos de los diarios de la Casa Sanià. Todos sublimes, eruditos. Envidiables. Todos hablan del adentro. Pero creo que es vital también registrar algo del diario del afuera. El desgarro de querer ir contra la partida. De pronto, salir. Regresar a donde ya no se puede. En Casa Sanià me transformé y ya no soy la misma acá afuera, donde el tiempo (ahora lo recuerdo) transcurre de otro modo. Un modo que es contraproducente contra la escritura, contra quien quiero ser a partir de esta experiencia. Nada puede explicarse. Nada alcanza la intensidad de las conversaciones, de las risas, de la complicidad de las miradas que se cruzan en la cena, los satélites secretos que dibujan formas inquietas mientras algunos fuman y otros acompañan. Todo perdura (por favor, que perdure) intacto. Nada sale de la boca. El mundo ya no es, ya no puede ser, el mismo luego de Casa Sanià. Todo alrededor se ha empobrecido: los olores, las palabras, el sabor de la comida, el significado de las cosas, de los colores, la brisa, incluso. Algo en lo más íntimo de mi tramado se ha modificado. Llevo conmigo ahora, soy, el vaivén del mar, la temperatura benigna del aire y de las charlas, el abrazo de Ari, la irreverencia de Imma, las vidas pasadas de Mike y sus ovnis, las almas robadas de Mikele, las carcajadas multifacéticas de Nico. Soy ustedes, mi grupo extraordinario. Ahora sí, soy yo.
Estuvo en Sanià junto a: