Estuvo en Sanià junto a:
Ayer me escribió Nicolás, quería saber cuándo le iba a enviar mi escrito (o lo que fuera: un dibujo o una serie de dibujos, por ejemplo). Le dije que lo tendría la próxima semana, así que no tendré más remedio que poner fin a esta suspensión tan molesta como apreciada. Cogí la pluma que utilizo para dibujar y apuntar ideas (una Faber-Castell queridísima) a principios de abril, cuando llegué a la Residencia y ahora, un 18 de junio, comienzo a tocar el papel.
Coges la pluma, miras, dibujas. El caso es que llevo casi dos meses en la última coma. El tiempo en Sanià lo pasé mirando.
Gauguin, al contrario que sus colegas los impresionistas que pintaban al aire libre, no sacaba del natural. Salía, paseaba, observaba y volvía a su estudio donde trabajaba con lo visto recurriendo a la memoria. Pensaba que este proceso quitaba importancia al detalle superfluo y se centraba en lo esencial, tanto en forma como en color. Creía que de esa manera potenciaba lo subjetivo de su experiencia. Yo no quiero potenciar nada, y menos aún lo subjetivo de mi experiencia. Un amigo me dijo un día que visto de nada refiriéndose a mi modo insulso de vestir. Sus palabras me hicieron muy feliz porque me pareció (y me sigue pareciendo) algo ideal, aunque no tengo muy claro que fueran un halago.
Preferí fijarme. Hacer te saca del tiempo y del espacio, y, puestos a elegir, decidí quedarme en el lugar (concretamente en mi casita frente al mar). De modo que me enfrentaré a este ejercicio a la manera de Gauguin.
Miramos, dibujamos. La coma es el tiempo que va del mirar al dibujar y podría ser un paréntesis. Miramos (nos giramos, respiramos, tosemos, pestañeamos, nos rascamos la nariz) dibujamos. Vamos, que siempre trabajamos de memoria. Y la distancia siempre ayuda: el conjunto se aprecia mejor, se pierde drama y gana el gris: perfecto.
Voy aceptando la derrota. La idea de hacer un dibujo a modo de diario, un dibujo que resuma todo el mes se me está haciendo bola. Sobre todo, porque en lugar de garabatear me he puesto a escribir (estoy decidido a tocar mal todos los palos). (Quiero dejar constancia de que no tengo ni idea, que quede por escrito y añadir este paréntesis con el punto dentro.) Solo puedo pensar en ese espacio flotante que va del mirar al hacer, en ese punto me he quedado. Se parece al camino que tenía que hacer desde la cabaña, en la que me alojaba, a la casa principal, donde me esperaban todos para desayunar, comer, cenar y hablar por los codos. Me quedo con la añoranza profunda. Las discusiones sobre lo hermoso del lenguaje, la expresión “cagando leches” y su literalidad. También con unas múrgoles exquisitas (no sabía ni que existieran, y es posible que no lo hagan, que me lo haya imaginado porque ya ha pasado mucho tiempo desde mi estancia). Mikes, Maris, Inmas. Una cantidad intolerable de Julias, Julios, Julianas e incluso una Ari Julián. También recuerdo unos ruidos en el porche de mi casa, salir a ver qué pasaba y encontrarme con Carlos Pardo, ganador del Nobel de Literatura, acompañado por Han Kang (a la que Bonacchi le plantó dos besos en las mejillas porque así se hace en Argentina). Orloff que se comía un helado. También había un fotógrafo italiano, un tipo con una sierra mecánica y un Jesucristo bellísimo que hacía footing.
Ahora que hago, y se une el mirar con lo que va saliendo, estoy en la fase horrible de comprobar lo fácil que es perderse en el abismo de ese hueco (mind the gap). Más que una impresión del natural a partir de la memoria parece una lucha con el papel a lo Giacometti, claro que solo por los rayajos y la acumulación. Qué más quisiera yo. Cuántas veces no me habré estampado al manchar una tela, al establecer un diálogo
entre lo que ves, lo que viste, lo que pensabas que saldría, lo que querrías que saliera y lo que se va emborronando ante tus ojos. Mantenerse en la coma, en el trayecto de la cabaña a la casa, en el puente colgante que va del pensar al hacer es como flotar en una promesa. Un vicio personal, porque lo más divertido es ver cómo se disuelve todo en la acción y hacia dónde se encamina. Asumir el resultado, la propia capacidad, o incapacidad, es doloroso pero liberador.
Y ahora, que ya me he quitado el texto de encima, voy con la imagen. Abrumado por el paisaje de la Costa Brava cada noche salía un rato de mi celda y me quedaba contemplando la masa oscura que formaban las piedras, tierra, pinos y mar. A medida que la vista se acostumbraba a la falta de luz, aparecían los elementos que conformaban el escenario. Ese escenario donde ocurre la vida y todo nos recuerda a la muerte. No me pude quitar de la cabeza su parecido con una pintura renacentista por lo violento de sus pinos retorcidos y la tierra sangre de los peñones a media tarde. He sido incapaz de encontrar el cuadro, del que solo tengo una idea muy vaga y la sensación honda que deja en mí su (no) recuerdo. En esas noches de contemplación y agradecimiento tuve claro que estaba viviendo algo especial: el nacimiento de una idea de la que no quiero hablar, la convivencia con unas personas extraordinarias en un lugar extraordinario, y, sobre todo, el estar al margen de las ruedas del mecanismo. Una pausa.
Ahora toca volver al papel.
Ayer me escribió Nicolás, quería saber cuándo le iba a enviar mi escrito (o lo que fuera: un dibujo o una serie de dibujos, por ejemplo). Le dije que lo tendría la próxima semana, así que no tendré más remedio que poner fin a esta suspensión tan molesta como apreciada. Cogí la pluma que utilizo para dibujar y apuntar ideas (una Faber-Castell queridísima) a principios de abril, cuando llegué a la Residencia y ahora, un 18 de junio, comienzo a tocar el papel.
Coges la pluma, miras, dibujas. El caso es que llevo casi dos meses en la última coma. El tiempo en Sanià lo pasé mirando.
Gauguin, al contrario que sus colegas los impresionistas que pintaban al aire libre, no sacaba del natural. Salía, paseaba, observaba y volvía a su estudio donde trabajaba con lo visto recurriendo a la memoria. Pensaba que este proceso quitaba importancia al detalle superfluo y se centraba en lo esencial, tanto en forma como en color. Creía que de esa manera potenciaba lo subjetivo de su experiencia. Yo no quiero potenciar nada, y menos aún lo subjetivo de mi experiencia. Un amigo me dijo un día que visto de nada refiriéndose a mi modo insulso de vestir. Sus palabras me hicieron muy feliz porque me pareció (y me sigue pareciendo) algo ideal, aunque no tengo muy claro que fueran un halago.
Preferí fijarme. Hacer te saca del tiempo y del espacio, y, puestos a elegir, decidí quedarme en el lugar (concretamente en mi casita frente al mar). De modo que me enfrentaré a este ejercicio a la manera de Gauguin.
Miramos, dibujamos. La coma es el tiempo que va del mirar al dibujar y podría ser un paréntesis. Miramos (nos giramos, respiramos, tosemos, pestañeamos, nos rascamos la nariz) dibujamos. Vamos, que siempre trabajamos de memoria. Y la distancia siempre ayuda: el conjunto se aprecia mejor, se pierde drama y gana el gris: perfecto.
Voy aceptando la derrota. La idea de hacer un dibujo a modo de diario, un dibujo que resuma todo el mes se me está haciendo bola. Sobre todo, porque en lugar de garabatear me he puesto a escribir (estoy decidido a tocar mal todos los palos). (Quiero dejar constancia de que no tengo ni idea, que quede por escrito y añadir este paréntesis con el punto dentro.) Solo puedo pensar en ese espacio flotante que va del mirar al hacer, en ese punto me he quedado. Se parece al camino que tenía que hacer desde la cabaña, en la que me alojaba, a la casa principal, donde me esperaban todos para desayunar, comer, cenar y hablar por los codos. Me quedo con la añoranza profunda. Las discusiones sobre lo hermoso del lenguaje, la expresión “cagando leches” y su literalidad. También con unas múrgoles exquisitas (no sabía ni que existieran, y es posible que no lo hagan, que me lo haya imaginado porque ya ha pasado mucho tiempo desde mi estancia). Mikes, Maris, Inmas. Una cantidad intolerable de Julias, Julios, Julianas e incluso una Ari Julián. También recuerdo unos ruidos en el porche de mi casa, salir a ver qué pasaba y encontrarme con Carlos Pardo, ganador del Nobel de Literatura, acompañado por Han Kang (a la que Bonacchi le plantó dos besos en las mejillas porque así se hace en Argentina). Orloff que se comía un helado. También había un fotógrafo italiano, un tipo con una sierra mecánica y un Jesucristo bellísimo que hacía footing.
Ahora que hago, y se une el mirar con lo que va saliendo, estoy en la fase horrible de comprobar lo fácil que es perderse en el abismo de ese hueco (mind the gap). Más que una impresión del natural a partir de la memoria parece una lucha con el papel a lo Giacometti, claro que solo por los rayajos y la acumulación. Qué más quisiera yo. Cuántas veces no me habré estampado al manchar una tela, al establecer un diálogo
entre lo que ves, lo que viste, lo que pensabas que saldría, lo que querrías que saliera y lo que se va emborronando ante tus ojos. Mantenerse en la coma, en el trayecto de la cabaña a la casa, en el puente colgante que va del pensar al hacer es como flotar en una promesa. Un vicio personal, porque lo más divertido es ver cómo se disuelve todo en la acción y hacia dónde se encamina. Asumir el resultado, la propia capacidad, o incapacidad, es doloroso pero liberador.
Y ahora, que ya me he quitado el texto de encima, voy con la imagen. Abrumado por el paisaje de la Costa Brava cada noche salía un rato de mi celda y me quedaba contemplando la masa oscura que formaban las piedras, tierra, pinos y mar. A medida que la vista se acostumbraba a la falta de luz, aparecían los elementos que conformaban el escenario. Ese escenario donde ocurre la vida y todo nos recuerda a la muerte. No me pude quitar de la cabeza su parecido con una pintura renacentista por lo violento de sus pinos retorcidos y la tierra sangre de los peñones a media tarde. He sido incapaz de encontrar el cuadro, del que solo tengo una idea muy vaga y la sensación honda que deja en mí su (no) recuerdo. En esas noches de contemplación y agradecimiento tuve claro que estaba viviendo algo especial: el nacimiento de una idea de la que no quiero hablar, la convivencia con unas personas extraordinarias en un lugar extraordinario, y, sobre todo, el estar al margen de las ruedas del mecanismo. Una pausa.
Ahora toca volver al papel.
Estuvo en Sanià junto a: