Estuvo en Sanià junto a:
Hoy es domingo 29 de marzo y termina mi residencia en Sanià. Fue un mes inolvidable. En la residencia pude enfocarme mejor que en ningún otro lado, y eso que a mí la concentración no se me da tan fácilmente.
Me gustaría llevarme tantas cosas. Mi estudio, sobre todo, con su vista al mar, con su balcón y su sol, con su sofá, sus lámparas y su librero. También me gustaría llevarme el ruido del viento implacable que derribó tres árboles en los últimos días, a escasos metros de nosotros, y me ayudó con su furia a quedarme en casa escribiendo; la cálida biblioteca y esa selección de libros perfecta, que invita a sentarse ahí todo el día, en el sillón de Balzac. Cuánta delicia. A Ari y a Inma, las cocineras, también me la llevaría.
Hoy es una mañana extremadamente TDAH y esto es mala noticia porque voy a tener que tomar el tren a Barcelona en estado de desorden mental. No me resigno a entender que beber me hace daño. Me parece lo más triste del mundo. El médico me lo dijo con todas sus letras: “usted es intolerante al alcohol”. Yo no, doctor, mi cuerpo quizás. Y de ahí nuestra lucha constante. Solo que yo tengo un único argumento de peso, el placer del momento, y él tantos: el dolor de cabeza, la sensibilidad a la luz, el cerebro convertido en un crumble la mañana siguiente. Es complicado explicárselo a la gente. ¿Debería de decir de entrada que no bebo? ¿Debería decir «He dejado de beber» como una ex alcohólica con un pasado interesante? Ayer pensé que, si tomaba mucha agua y me iba caminando hasta Palamós con las chicas, eliminaría más fácilmente la cerveza de mi organismo, pero llegando a Palamós, ¿qué hice? ¡Tomarme otra cerveza e invitar una ronda para todos! ¿Puede haber alguien más terco? El alcohol es un estupefaciente, de acuerdo, pero también un ritual de amistad, de camaradería, una invitación al desmadre, al delirio colectivo, ¿cómo se puede renunciar a ello?
No soy la primera en irme. Gabi Martínez lo hizo ayer. Lo dejamos en casa al salir de excursión, sabiendo que al volver no lo encontraríamos. Avanzamos por el camino de tierra que lleva al aparcamiento y ahí fue donde nos encontramos con su mujer que venía a recogerlo. Julia le soltó una barbaridad, una de esas bromas borde que muy pronto empezaron a proliferar en este espacio de excepción y crearon de inmediato complicidad y confianza entre nosotros.
Sigue recto, le dijo, y encontrarás a Gabi en su cabaña, masturbándose.
En cuanto soltó esa boutade se puso la mano en la boca, como para evitar que siguieran saliendo más palabras descabelladas, consciente, ahora sí, de que en otros contextos es tipo de comentarios no venían en absoluto a cuento. Y aquí estoy yo de indiscreta reproduciéndolos. Me cayeron bien las chicas. Me gustaron sus poemas, sus lecturas compartidas, sus bromas cargaditas, como un buen negroni. Julia y Francisca fueron un gran descubrimiento, eso me dijo Gabi al despedirse y lo suscribo. Gabi también lo fue.
Por último, quisiera llevarme a Sam y a Ploma aunque, siendo sincera, no podría cuidarlos, y además serían muy infelices sin su bosque, sin sus senderos y sus playas, pero vendría a visitarlos como se visita a los amigos. Hacía muchos años que no me encariñaba tanto con unos perros. Sam, tan guapo y dulce, fue atacado por un pitbull el mes en que estuvimos aquí. ¡Qué sustazo nos llevamos! Se veía muy tierno dando saltitos con la pata enyesada, sin perder la alegría a pesar del dolor. Y Ploma, que al inicio me pareció un poco pesada por su insistencia en que le lanzara la pelota, acabó conquistándome por completo el día en que me puso la mitad de su enorme cuerpo gris sobre el regazo y me abrazó. Volveré a este lugar, estoy segura. No sé cómo ni de qué manera. Sé que un día sucederá.
Sobre el fantasma, ¿qué se puede decir? Definitivamente hay una presencia en esta casa, pero se mantuvo bastante educada con nosotros. Sólo dos veces se manifestó conmigo, tocando insistentemente la ventana de mi cuarto durante la noche. Lo hizo al principio, cuando llegué, y volvió a hacerlo hoy a las cinco de la mañana —que en realidad eran las cuatro porque cambió la hora—, de modo que me pregunto si su intención no era únicamente darme la bienvenida y despedirse de mí. Adiós, Sanià. Adiós, Nico, Pablo, Michele. Adios Inma, Ari y Mike. Gracias por todo.
Hoy es domingo 29 de marzo y termina mi residencia en Sanià. Fue un mes inolvidable. En la residencia pude enfocarme mejor que en ningún otro lado, y eso que a mí la concentración no se me da tan fácilmente.
Me gustaría llevarme tantas cosas. Mi estudio, sobre todo, con su vista al mar, con su balcón y su sol, con su sofá, sus lámparas y su librero. También me gustaría llevarme el ruido del viento implacable que derribó tres árboles en los últimos días, a escasos metros de nosotros, y me ayudó con su furia a quedarme en casa escribiendo; la cálida biblioteca y esa selección de libros perfecta, que invita a sentarse ahí todo el día, en el sillón de Balzac. Cuánta delicia. A Ari y a Inma, las cocineras, también me la llevaría.
Hoy es una mañana extremadamente TDAH y esto es mala noticia porque voy a tener que tomar el tren a Barcelona en estado de desorden mental. No me resigno a entender que beber me hace daño. Me parece lo más triste del mundo. El médico me lo dijo con todas sus letras: “usted es intolerante al alcohol”. Yo no, doctor, mi cuerpo quizás. Y de ahí nuestra lucha constante. Solo que yo tengo un único argumento de peso, el placer del momento, y él tantos: el dolor de cabeza, la sensibilidad a la luz, el cerebro convertido en un crumble la mañana siguiente. Es complicado explicárselo a la gente. ¿Debería de decir de entrada que no bebo? ¿Debería decir «He dejado de beber» como una ex alcohólica con un pasado interesante? Ayer pensé que, si tomaba mucha agua y me iba caminando hasta Palamós con las chicas, eliminaría más fácilmente la cerveza de mi organismo, pero llegando a Palamós, ¿qué hice? ¡Tomarme otra cerveza e invitar una ronda para todos! ¿Puede haber alguien más terco? El alcohol es un estupefaciente, de acuerdo, pero también un ritual de amistad, de camaradería, una invitación al desmadre, al delirio colectivo, ¿cómo se puede renunciar a ello?
No soy la primera en irme. Gabi Martínez lo hizo ayer. Lo dejamos en casa al salir de excursión, sabiendo que al volver no lo encontraríamos. Avanzamos por el camino de tierra que lleva al aparcamiento y ahí fue donde nos encontramos con su mujer que venía a recogerlo. Julia le soltó una barbaridad, una de esas bromas borde que muy pronto empezaron a proliferar en este espacio de excepción y crearon de inmediato complicidad y confianza entre nosotros.
Sigue recto, le dijo, y encontrarás a Gabi en su cabaña, masturbándose.
En cuanto soltó esa boutade se puso la mano en la boca, como para evitar que siguieran saliendo más palabras descabelladas, consciente, ahora sí, de que en otros contextos es tipo de comentarios no venían en absoluto a cuento. Y aquí estoy yo de indiscreta reproduciéndolos. Me cayeron bien las chicas. Me gustaron sus poemas, sus lecturas compartidas, sus bromas cargaditas, como un buen negroni. Julia y Francisca fueron un gran descubrimiento, eso me dijo Gabi al despedirse y lo suscribo. Gabi también lo fue.
Por último, quisiera llevarme a Sam y a Ploma aunque, siendo sincera, no podría cuidarlos, y además serían muy infelices sin su bosque, sin sus senderos y sus playas, pero vendría a visitarlos como se visita a los amigos. Hacía muchos años que no me encariñaba tanto con unos perros. Sam, tan guapo y dulce, fue atacado por un pitbull el mes en que estuvimos aquí. ¡Qué sustazo nos llevamos! Se veía muy tierno dando saltitos con la pata enyesada, sin perder la alegría a pesar del dolor. Y Ploma, que al inicio me pareció un poco pesada por su insistencia en que le lanzara la pelota, acabó conquistándome por completo el día en que me puso la mitad de su enorme cuerpo gris sobre el regazo y me abrazó. Volveré a este lugar, estoy segura. No sé cómo ni de qué manera. Sé que un día sucederá.
Sobre el fantasma, ¿qué se puede decir? Definitivamente hay una presencia en esta casa, pero se mantuvo bastante educada con nosotros. Sólo dos veces se manifestó conmigo, tocando insistentemente la ventana de mi cuarto durante la noche. Lo hizo al principio, cuando llegué, y volvió a hacerlo hoy a las cinco de la mañana —que en realidad eran las cuatro porque cambió la hora—, de modo que me pregunto si su intención no era únicamente darme la bienvenida y despedirse de mí. Adiós, Sanià. Adiós, Nico, Pablo, Michele. Adios Inma, Ari y Mike. Gracias por todo.
Estuvo en Sanià junto a: