Estuvo en Sanià junto a:
Vago como nunca. Julio dice que en catalán hay una palabra para referirse al acto de no hacer nada: «badar». Dejarse ser, dejarse estar, quedarse mirando algo con la boca abierta. Hace años no habitaba el presente. Hace años no me permitía habitar el presente. Hace años no me sentaba en un muro cualquiera sin la intención de convertir eso, eso que veía, en otra cosa. Es que no se puede. Es que no es posible traducir todo esto que siento. Y parece que tampoco quiero.
Sucede por primera vez: jamás la confluencia de tantos ruidos me había parecido tan silenciosa. ¿Soy yo, que he conseguido acallarme? Voces en el bosque, revoloteo de los insectos, risa burlona de las gaviotas, traqueteo de las ollas en la cocina. Un avión, la marca de su paso en el cielo. Una puerta que se cierra repentinamente. Estas últimas noches: el ulular de los búhos entre los pinos. Apago la luz de la habitación y abro la puerta para mirar afuera. Quiero verlos volar. Juan Pablo dijo que el tamaño «uno no puede imaginárselo». Abrió los brazos. «Es así de grande», aseguró, y las garras causan tal impresión que, cuando voló sobre él, él tuvo que agacharse. Veo al búho en sus ojos.
En esta casa de espejos infinitos siempre alguien mira a quien está mirando. «Creo que estamos de acuerdo —dijo Julio — en que es un asunto de miradas», y sí. En el cómic que Julio está escribiendo cuatro escritores farsantes se encuentran en la residencia y terminan destrozando la casa en busca de los escritores reales: nos contó eso el primer día, mientras veníamos con Nico desde Barcelona. Por momentos me lo pregunto: si lo descubriremos al final, cómo termina la historia, quién la escribe. Hemos bromeado diciéndole a Julio que, así como él hace un cómic sobre nosotras, nosotras escribiremos sobre él. Vero trabaja en un perfil, yo tomo notas en mi diario, Caro lleva siempre su pequeña agenda. Pasa que no sabemos quién mira al que mira.
Más que intentar ver, ver-me, aprendo a ver a través de los otros. Convivimos así. Por un momento (un momento que se alarga hacia adelante y hacia atrás, y se detiene ahora) somos familia. Estamos nosotros y los fantasmas con los que cargamos: los sentamos a la mesa en nuestras conversaciones, a veces dicen algo. Luego, sin importar qué tan brumoso sea eso que aparece ahí, entre una oración y otra encontramos una excusa para reírnos, nos reímos mucho, y cuando nos despedimos («Bona nit», «Que te rinda», «¿Que me rinda qué?», «Que te rinda el sueño»), cuando suspendemos la conversación y volvemos a las habitaciones, lo que se siente es felicidad, no tristeza. Lo que siento, al encontrarnos de nuevo al día siguiente, es también felicidad, una felicidad real, de estar ahí, acá, detenida en el presente: no hace falta nada más.
Me pregunto cómo medir el tiempo en este lugar. ¿Por horas, por minutos? He olvidado qué día es: hay momentos. Una idea que pasa, otra que persiste: en el desayuno, en el almuerzo, durante la cena. Entre más nos contamos cosas el uno del otro, más puertas se abren. Dice Elias Canetti: «Narrar, narrar hasta que nadie muera». Miro a mi alrededor. Voy al afuera del afuera y vuelvo: al adentro del adentro que es la hoja. Rayo algunos libros de la biblioteca. Bajo a la cocina y me preparo un café. De vez en cuando, en la orilla del mar, me quedo escuchando el chocar del agua contra las piedras. Habito temporalmente este espacio como si lo conociera de siempre. Me siento viva, creo que me siento viva, aunque es verdad que parece un sueño, que tal vez en un tiempo nos preguntaremos si algo de todo esto sucedió en realidad, o si solo lo imaginamos.
Entramos al ritmo de la casa: le lanzo la pelota primero a Ploma, luego a Sam; espero a Caro y a Vero para tomar un té; Julio nos cuenta una historia, comparte algunos de sus dibujos; Julia prepara el yogurt para las dos; elogiamos la memoria prodigiosa de Carlos; nos acostumbramos al orden de las cosas; nos reunimos en la mesa de afuera después de cenar: pienso, mientras les observo, que yo los quiero en mi vida siempre. Intentamos alargar las horas, alargarlas todo lo posible, y sucede de pronto: la sensación de que no nos iremos, de que no terminará.
El contagio es inevitable. La casa, el mar, los sabores, el viento, las personas (sobre todo las personas), entran al ritmo de las palabras, el ritmo de los otros toca el mío. Sin forzar nada, sin tener ninguna intención: así ocurre. La consciencia de que estamos solo de paso, de que este encuentro durará poco, y sin embargo. Por un momento, en este momento, todo resuena.
En esta caja de resonancia que es la casa siempre alguien es mirado por otro que, a su vez, está siendo mirado. Vamos, con Juan Pablo, a buscar al búho: está ahí, detrás de la rama, a la derecha. El color del búho y de las rocas es el mismo. Nico y Vero lo espían con los binoculares. Michele les toma una foto. Sam y Ploma caminan junto a Juan Pablo como preguntándole qué hacer. Julio tal vez nos adivina a la distancia.
En el dibujo que Julio nos muestra («Ya lo tengo», dice) creo que puedo reconocernos.
—La línea no existe.
Ni tampoco el tiempo. En esta casa suspendida en el aire, ¿cómo quedarnos? Aquí, en estas páginas, Caro no se va. Nosotros no nos vamos. Julia nos acompaña desde el principio. Vivimos en el otro, en los otros, en vida nostra: eso no existe, pero lo inventamos. La sensación de presente es absoluta. Y nos reímos mucho, los cinco (a veces los seis, a veces siete): nos gusta la vida, sí. Y si pensamos en la muerte es solo para reírnos también de eso. Para imaginar qué canción escucharíamos en nuestro entierro: idea de Carlos. Para elegir, respondiendo a Nico, cuál sería nuestra «última cena». Para preguntarnos, mientras caminamos hacia Palamós, qué es lo que, para nosotros, en realidad importa. Si el último día de mi vida fuera como un día cualquiera acá, puedo suponer que moriría feliz.
¿Por qué volvió tantas veces esa palabra que arrojó Carlos como un presagio de lo que sentiríamos al partir? ¿Será que él, con sus poderes adivinatorios, intentaba acercarnos a un lenguaje para nombrar esto, este que será siempre el anhelo de lo que fue, de lo que vivimos, el dolor de pensar que no volverá a ser nunca, el miedo de que no vuelva a ser nunca? Solastalgia: ¿cómo detener el tiempo? ¿Cómo volver palabras lo que fue tantas cosas? En este lugar del que ya nos vamos, del que ya nos fuímonos: todo lo que pasa cuando parece que nada pasa.
Es solo un espectro, los nombres son una convención, los colores (reflejo de la luz) no existen. ¿Cómo detener aquí la sonrisa infinita de Caro, la mirada honda de Vero, la capacidad de ver —de ver distinto— de Julio, la paz de Julia, las carcajadas estridentes de Nico, las imágenes de Michele, la nobleza de Mike, la profundidad encantadora de Ari, la pasión de Inma, la generosidad de Mari, las historias de Juan Pablo, la felicidad de Ploma, el misterio de Sam? ¿Cómo no traicionar lo que fue? ¿Qué hacer con las palabras cuando no son suficientes, las palabras? ¿Dónde diremos y a quién todo lo que se quedó sin decir, lo que pensamos mientras bajábamos las escaleras?
¿Será este nuestro museo secreto, nuestro museo de las águilas, Julio?
(Ahora creo que tenías razón: lo mejor es saltarse las últimas páginas.)
Vago como nunca. Julio dice que en catalán hay una palabra para referirse al acto de no hacer nada: «badar». Dejarse ser, dejarse estar, quedarse mirando algo con la boca abierta. Hace años no habitaba el presente. Hace años no me permitía habitar el presente. Hace años no me sentaba en un muro cualquiera sin la intención de convertir eso, eso que veía, en otra cosa. Es que no se puede. Es que no es posible traducir todo esto que siento. Y parece que tampoco quiero.
Sucede por primera vez: jamás la confluencia de tantos ruidos me había parecido tan silenciosa. ¿Soy yo, que he conseguido acallarme? Voces en el bosque, revoloteo de los insectos, risa burlona de las gaviotas, traqueteo de las ollas en la cocina. Un avión, la marca de su paso en el cielo. Una puerta que se cierra repentinamente. Estas últimas noches: el ulular de los búhos entre los pinos. Apago la luz de la habitación y abro la puerta para mirar afuera. Quiero verlos volar. Juan Pablo dijo que el tamaño «uno no puede imaginárselo». Abrió los brazos. «Es así de grande», aseguró, y las garras causan tal impresión que, cuando voló sobre él, él tuvo que agacharse. Veo al búho en sus ojos.
En esta casa de espejos infinitos siempre alguien mira a quien está mirando. «Creo que estamos de acuerdo —dijo Julio — en que es un asunto de miradas», y sí. En el cómic que Julio está escribiendo cuatro escritores farsantes se encuentran en la residencia y terminan destrozando la casa en busca de los escritores reales: nos contó eso el primer día, mientras veníamos con Nico desde Barcelona. Por momentos me lo pregunto: si lo descubriremos al final, cómo termina la historia, quién la escribe. Hemos bromeado diciéndole a Julio que, así como él hace un cómic sobre nosotras, nosotras escribiremos sobre él. Vero trabaja en un perfil, yo tomo notas en mi diario, Caro lleva siempre su pequeña agenda. Pasa que no sabemos quién mira al que mira.
Más que intentar ver, ver-me, aprendo a ver a través de los otros. Convivimos así. Por un momento (un momento que se alarga hacia adelante y hacia atrás, y se detiene ahora) somos familia. Estamos nosotros y los fantasmas con los que cargamos: los sentamos a la mesa en nuestras conversaciones, a veces dicen algo. Luego, sin importar qué tan brumoso sea eso que aparece ahí, entre una oración y otra encontramos una excusa para reírnos, nos reímos mucho, y cuando nos despedimos («Bona nit», «Que te rinda», «¿Que me rinda qué?», «Que te rinda el sueño»), cuando suspendemos la conversación y volvemos a las habitaciones, lo que se siente es felicidad, no tristeza. Lo que siento, al encontrarnos de nuevo al día siguiente, es también felicidad, una felicidad real, de estar ahí, acá, detenida en el presente: no hace falta nada más.
Me pregunto cómo medir el tiempo en este lugar. ¿Por horas, por minutos? He olvidado qué día es: hay momentos. Una idea que pasa, otra que persiste: en el desayuno, en el almuerzo, durante la cena. Entre más nos contamos cosas el uno del otro, más puertas se abren. Dice Elias Canetti: «Narrar, narrar hasta que nadie muera». Miro a mi alrededor. Voy al afuera del afuera y vuelvo: al adentro del adentro que es la hoja. Rayo algunos libros de la biblioteca. Bajo a la cocina y me preparo un café. De vez en cuando, en la orilla del mar, me quedo escuchando el chocar del agua contra las piedras. Habito temporalmente este espacio como si lo conociera de siempre. Me siento viva, creo que me siento viva, aunque es verdad que parece un sueño, que tal vez en un tiempo nos preguntaremos si algo de todo esto sucedió en realidad, o si solo lo imaginamos.
Entramos al ritmo de la casa: le lanzo la pelota primero a Ploma, luego a Sam; espero a Caro y a Vero para tomar un té; Julio nos cuenta una historia, comparte algunos de sus dibujos; Julia prepara el yogurt para las dos; elogiamos la memoria prodigiosa de Carlos; nos acostumbramos al orden de las cosas; nos reunimos en la mesa de afuera después de cenar: pienso, mientras les observo, que yo los quiero en mi vida siempre. Intentamos alargar las horas, alargarlas todo lo posible, y sucede de pronto: la sensación de que no nos iremos, de que no terminará.
El contagio es inevitable. La casa, el mar, los sabores, el viento, las personas (sobre todo las personas), entran al ritmo de las palabras, el ritmo de los otros toca el mío. Sin forzar nada, sin tener ninguna intención: así ocurre. La consciencia de que estamos solo de paso, de que este encuentro durará poco, y sin embargo. Por un momento, en este momento, todo resuena.
En esta caja de resonancia que es la casa siempre alguien es mirado por otro que, a su vez, está siendo mirado. Vamos, con Juan Pablo, a buscar al búho: está ahí, detrás de la rama, a la derecha. El color del búho y de las rocas es el mismo. Nico y Vero lo espían con los binoculares. Michele les toma una foto. Sam y Ploma caminan junto a Juan Pablo como preguntándole qué hacer. Julio tal vez nos adivina a la distancia.
En el dibujo que Julio nos muestra («Ya lo tengo», dice) creo que puedo reconocernos.
—La línea no existe.
Ni tampoco el tiempo. En esta casa suspendida en el aire, ¿cómo quedarnos? Aquí, en estas páginas, Caro no se va. Nosotros no nos vamos. Julia nos acompaña desde el principio. Vivimos en el otro, en los otros, en vida nostra: eso no existe, pero lo inventamos. La sensación de presente es absoluta. Y nos reímos mucho, los cinco (a veces los seis, a veces siete): nos gusta la vida, sí. Y si pensamos en la muerte es solo para reírnos también de eso. Para imaginar qué canción escucharíamos en nuestro entierro: idea de Carlos. Para elegir, respondiendo a Nico, cuál sería nuestra «última cena». Para preguntarnos, mientras caminamos hacia Palamós, qué es lo que, para nosotros, en realidad importa. Si el último día de mi vida fuera como un día cualquiera acá, puedo suponer que moriría feliz.
¿Por qué volvió tantas veces esa palabra que arrojó Carlos como un presagio de lo que sentiríamos al partir? ¿Será que él, con sus poderes adivinatorios, intentaba acercarnos a un lenguaje para nombrar esto, este que será siempre el anhelo de lo que fue, de lo que vivimos, el dolor de pensar que no volverá a ser nunca, el miedo de que no vuelva a ser nunca? Solastalgia: ¿cómo detener el tiempo? ¿Cómo volver palabras lo que fue tantas cosas? En este lugar del que ya nos vamos, del que ya nos fuímonos: todo lo que pasa cuando parece que nada pasa.
Es solo un espectro, los nombres son una convención, los colores (reflejo de la luz) no existen. ¿Cómo detener aquí la sonrisa infinita de Caro, la mirada honda de Vero, la capacidad de ver —de ver distinto— de Julio, la paz de Julia, las carcajadas estridentes de Nico, las imágenes de Michele, la nobleza de Mike, la profundidad encantadora de Ari, la pasión de Inma, la generosidad de Mari, las historias de Juan Pablo, la felicidad de Ploma, el misterio de Sam? ¿Cómo no traicionar lo que fue? ¿Qué hacer con las palabras cuando no son suficientes, las palabras? ¿Dónde diremos y a quién todo lo que se quedó sin decir, lo que pensamos mientras bajábamos las escaleras?
¿Será este nuestro museo secreto, nuestro museo de las águilas, Julio?
(Ahora creo que tenías razón: lo mejor es saltarse las últimas páginas.)
Estuvo en Sanià junto a: