Estuvo en Sanià junto a:
Andrés Franco Harnache
“The sun had not yet risen. The sea was indistinguishable from the sky, except that the sea was slightly creased as if a cloth had wrinkles in it. Gradually as the sky whitened a dark line lay on the horizon dividing the sea from the sky and the grey cloth became barred with thick strokes moving, one after another, beneath the surface, following each other, pursuing each other, perpetually.” Viginia Woolf, The Waves.
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3 de febrero de 2026. 8.30 am.
¿Cuánto cuesta retratar un paisaje? El agua clara del Mediterráneo. No soy de mar, pero cuando estoy frente a él, me deslumbro, como me deslumbro ante la nieve. El sol comienza a bañar las rocas del acantilado que el agua y el viento bañaron toda la noche. La luz cambia. Son las ocho y treinta de la mañana en la Costa Brava.
4 de febrero de 2026. 8.30 am.
Sin sol, el agua reclama su verdadero tono. Turquesa opaco. Y las rocas, compulsivas, tratan de salir y arañar el cielo. No podrán ya, incluso en bajamar, pero podrán ver, desde el fondo, cuando el agua exija su verdadero color, turquesa opaco, el gris del cielo, turquesa opaco.
5 de febrero de 2026. 8.30 am.
Primera señal de vida. Un pato de agua salada, si tal cosa existiera. El pato de agua salada se zambulle y se confunde con el agua opalina y sale metros más allá. El solo pato de agua salada, orondo, vuela. Caigo en la cuenta de que a nada huele. Salitre, pescado o alga podrida. Huele a los pinos que rodean la cala. ¿A qué huele un pato de agua salada, mojado, empecinado?
6 de febrero de 2026. 8.30 am.
El árbol muerto en la roca, la trompa de un hormiguero que bebe del mar. Y regurgita en la espuma. ¿Qué tan sediento se puede estar, cuando sólo se bebe agua salada, cuando día y noche, las olas golpean y llenan cada agujero, cada intersticio, lavando toda traza de impureza, una y otra vez, humedeciendo y penetrando cada rendija, puliendo, amansando el árbol muerto junto al mar, en la roca, junto al mar?
7 de febrero de 2026. 8.30 am.
A lo lejos, un cúmulo de rocas lucha contra el oleaje. Patea y alborota el mar creando reflujos y borbotones espumados, que retumban contra nuevas olas y caras fracturadas. No ahora, sino más adelante, mucho más tarde, cuando el sol cruce el cielo y se ponga del lado opuesto, la luz bañará ese mismo cúmulo, que se bate contra el oleaje, y hará de ese alboroto un baño dorado.
8 de febrero de 2026. 8.30 am.
El mar se derrama en las vetas. Vetas que se han formado… ¿cómo se han formado las vetas? El mar se derrama en las venas del granito y, furioso, busca el camino de regreso a sí mismo. El mar se derrama en las vetas, en las venas de la piedra, blanco y furioso. El mar se derrama en la fractura, como si se vengara de una indiferencia lejana, de un rechazo en la rambla, de un sí pero no, querido. El mar, hoy de un color oscuro, se derrama en las vetas de la piedra oscura, verdirroja.
9 de febrero de 2026. 8.30 am.
En un día de calma, un cangrejo y una bolsa plástica. Azul la bolsa, nadando hacia la superficie y hundiéndose de nuevo como la ballena del futuro. Gris el cangrejo en la piedra gris, un milagro.
10 de febrero de 2026. 8.30 am.
Prefiero la furia a la calma. O la furia me calma y la calma me deja en ascuas. Hoy las olas apenas llegan a la orilla donde espero sentado. Y cuando llegan, lo hacen perezosas, sin riesgo ni sobresalto. Queremos más, las rocas y yo, malacostumbrados. El cielo es azul cobalto, única esperanza.
11 de febrero de 2026. 8.30 am.
Si cierro los ojos, puedo escuchar los picos del mar carcomiendo al pájaro muerto. No es el pato de agua salada. Es una garza. La misma, aunque peninsular, de Duras en la enfermedad de la muerte. La misma ave que chilla, carcomida por los picos del mar. Si cierro los ojos.
12 de febrero de 2026. 8.30 am.
Alerta, aviso de tormenta. Los árboles, contra toda expectativa, crecen en la roca y toman la forma del viento. Peligro, tancat, deslizamientos. Los árboles crecen en la roca yerma y se alimentan de sal y de viento. Alerta, aviso de tormenta. Los árboles, rebeldes, crecen en la roca, la fracturan y se la dan al mar, miqueta a miqueta. Tancat, peligro, aviso de tormenta.
13 de febrero de 2026. 8.30 am.
Se avista en el horizonte el bote del agente secreto, o del traqueto. Dicen que en verano la cala de ellos se llena. Y que agentes secretos, o traquetos, desnudos se juntan en el agua con poetas muertos (de hambre) que recitan, como pericos, los siguientes versos: “Desnudo el joven, cuanto ya el vestido / Océano ha bebido, / restituir le hace a las arenas; / y al Sol lo extiende luego, / que, lamiéndolo apenas / su dulce lengua de templado fuego, / lento lo embiste, y con suave estilo / la menor onda chupa al menor hilo.”
14 de febrero de 2026. 8.30 am.
Allo scoglio, dice Alice en italiano. Los pies desnudos, tentando el agua sobre la roca afilada. A la comida, arroz con gambas. Los músculos tensos, la piel agallinada. Hay que chupar las cabezas, dice Ari, regalarse. El agua escupe, retando y alborotando. A ver, muchacho, al agua. Las cáscaras se deshacen y escurren caldo. Hay que moverse para no congelarse. Chupar, regalarse. Allo scoglio, dice Alice en italiano. Las conchas abiertas. El grano de arroz reventando. Los calamares, en los entresijos apretujados. El oleaje fuerte. Las rocas afiladas. No hay mucho que hacer sino entregarse. Sal y sangre. Allo scoglio, dice Alice en italiano. Lamer el plato, regalarse.
15 de febrero de 2026. 8.30 am.
Un bosque calcinado es un cementerio. Un bosque calcinado, junto al mar, junto a un acantilado, es un infierno de placeres dudosos. El perro, Virgilio, me guía por entre las cenizas y los cadáveres de árboles jóvenes que, obstinados, se alzan. Ya hace dos meses que una línea eléctrica casi quema el bosque. La tierra negra; los árboles, esqueletos incinerados. La cala, desde arriba, es una media luna de cara oscura bañada de baba y sombra. El perro, Virgilio, saca la lengua, se limpia, me mira y baja hondo hacia la perra que lo agüeita, la boca abierta, hecha agua.
16 de febrero de 2026. 8.30 am.
Noche de chismes e historias de fantasmas. Al día siguiente, junto a las rocas que batallan, una gruta imperceptible se abre. Allí los piratas agüeitan la madrugada. Borrachos de mar, famélicos, arrasan la cocina y suben para completar la pillada. Los perros ladran furiosos hasta desangrarse al unísono de aldabas, portazos y gritos metálicos. Una vez idos, el viento entra y sacude papeles, sábanas y teclados pegajosos. Es nuestro turno de despertar y espantar, de reírnos a mandíbula batiente hasta que no se oiga más que esta carcajada sobre la furia de la Tramontana.
17 de febrero de 2026. 8.30 am.
Arcano diecisiete. Estrella. En 1944, André Breton se escapa con su amante chilena a un peñasco canadiense. Piel y roca. Sangre y semen. Arcano diecisiete. Una mujer desnuda vierte dos cántaros de agua. Uno al río y otro a la tierra. Al fondo, por entresijos, un pájaro y Venus miran. La imagen del vertiente, del agua que se derrama fecunda. El mar que, en la mañana, se derrama sobre la roca, por ejemplo. Y que vuelve a la mar, segundo a segundo, por ejemplo. Me despierta empapado y tembloroso, por ejemplo.
18 de febrero de 2026. 8.30 am.
Todavía hoy me asombro al pensar que se trata de la ballena del futuro, a punto de saltar. Pero son las rocas que luchan y patalean ofendidas por el asecho constante e insidioso del padre de las aguas. No es sorpresa que los griegos pensaran que el mar, este mar calmo y cristalino, era un dios caprichoso y vengativo.
19 de febrero de 2026. 8.30 am.
Piñas hay cada tanto sobre el suelo árido, bajo el follaje nebuloso del Pinus halepensis. En forma cónica, los pétalos de cada piña se abren como lenguas calcificadas, que crecen una junto a otra, como almas en pena, la boca abierta y la lengua afuera, suplicando por una gota de lo que sea. Baba, orina, semen, vómito. Calcificadas, las almas en pena, tiradas por el suelo, bajo el follaje nebuloso del Pinus halepensis, de tallo alto y follaje nebuloso, esperan.
20 de febrero de 2026. 8.30 am.
Leo que durante los incendios las piñas estallan y las semillas se expanden, fecundas, sobre la tierra. Donde el fuego aún no ha llegado, junto al nudista que pesca con su caña inhiesta, un pino muerto, cargado de piñas abiertas. La última esperanza, sembrarse en otro lugar, en otra piedra. Junto al mar. En otra piedra yerma.
21 de febrero de 2026. 8.30 am.
¿Cómo se le dice al brillo del mar, los intensos picos de luz que duran el segundo de una ola y se deshacen para formarse de nuevo, rutilantes, en el mismo sitio? Debe de haber una palabra. Glaukos, dice Alana que decía Homero. Palabra que, como toda palabra en griego antiguo, tiene mil significados. Color: gris azulado, verde azulado, blanquecino. Adjetivo: resplandeciente. Y relativo a personas, animales o dioses: el brillo de los ojos. Por ejemplo, los ojos claros y brillantes de Atenea, la de los ojos de lechuza. Los tuyos, también, caigo en cuanta, cuando me miras después de recibirme y los abres anhelante. También, para los menos afortunados, los ojos vedados por cataratas, glaucoma. Me estoy quedando ciega, dice Alana entre chanza y chanza, cuando han bajado las luces y el silencio sobre la mesa cae y el mar se escucha de fondo. El glauko que se posará en sus ojos. La línea entre el mar, el brillo y la noche.
22 de febrero de 2026. 8.30 am.
Glauco es también una deidad menor del panteón griego. Pescador, según Ovidio, comió de una hierba mágica que le hizo crecer aletas y escamas verdiazules, glaucas. Según Ovidio, Glauco erraba por el mar, como el brillo de los picos del oleaje, cuando vio a Escila nadando desnuda en una cala parecida a esta en el estrecho de Mesina. Encantado, le pidió que no temiera, porque él era un dios y no un monstruo, y le contó los pormenores de su historia. Escila, espantada, huyó dejándolo con la palabra y el corazón en la boca. Cuenta Ovidio que Glauco fue a buscar a la bruja Circe y le pidió que le diera una pócima para ganarse a Escila. La bruja, enamorada de Glauco, vengativa, conjuró el hechizo, pero en vez de enamorar a Escila, la convirtió en un monstruo de cuyas caderas nacían fieros perros. Escila hizo cuanto pudo para vengarse de Circe, hasta que fue transformada en una roca, como la de esta cala, que los marineros rehúyen hasta hoy día.
23 de febrero de 2026. 8.30 am.
Como una abeja, me atrae el olor que termina en un bosque de mimosas. Mimosas caídas como sauces sobre el agua que escuchan y no beben. Es el temprano año de la estación florida, y el sol se reproduce en los pompones minúsculos que nacen de las ramas leguminosas. Me robo un gajo, esperando no atraer a los abejorros que comienzan a acumularse en la ventana, junto al romero y la albahaca. El cuarto huele al dulce de infancia, al jabón de tierra caliente, al tinto hirviendo en una mañana de eterna primavera, a faldas arremolinadas y taconeos sobre el suelo embaldosado, al sudor dulce atrapado en…, huele a todo menos a champán y naranja.
24 de febrero de 2026. 8.30 am.
Si fuera el tronco pulido por el mar, si el agua me bañara a cada instante, me alegraría de la marea baja. Si fuera el tronco pulido por el mar, quebrado, de colores grises, glaucos, torneado de fibras musculares, nerviosas, al que le nace la pelusa blanca del recién nacido, me alegraría cuando el mar volviera a bañarme, espuma ultramarina, chispeante.
25 de febrero de 2026. 8.30 am.
De noche, este mismo paisaje es un juego de sombras. Árboles que se intuyen se mueven con el viento y el sonido de olas fantasma chocando contra riscos y peñas. Negro contra negro, brisa gélida salina, labios resecos. Cuando los ojos se han acostumbrado, el paisaje es de luces frías y de estrellas, y de aviones y satélites que emulan astros agonizantes que entristecen con su velocidad el cenit. La luz del día, esta de ahora que tiñe el horizonte de rojo y más tarde de turquesa, y esa de la noche urbana, es excepción, porque la oscuridad, la distancia y el frío son la norma a la que el universo tiende. Sombras y destellos en la noche que ahora de día son sombra.
26 de febrero de 2026. 8.30 am.
El cielo y el mar son un muro de concreto. El mar en la orilla es un anuncio publicitario. Se le alcanzan a ver las costuras, los píxeles detrás del mosquitero. Y los pájaros, que no se ven, pero se escuchan, cantan mientras con sus picos engluten el néctar de las flores del futuro.
27 de febrero de 2026. 8.30 am.
Desde la casa, las rocas bajo el mar parecen las monedas de un pozo de los deseos. Tiro el último día una moneda de diez centavos con un león batallando en la cara. Un león fiero, con espada en mano y lengua de llamas.

Andrés Franco Harnache
“The sun had not yet risen. The sea was indistinguishable from the sky, except that the sea was slightly creased as if a cloth had wrinkles in it. Gradually as the sky whitened a dark line lay on the horizon dividing the sea from the sky and the grey cloth became barred with thick strokes moving, one after another, beneath the surface, following each other, pursuing each other, perpetually.” Viginia Woolf, The Waves.
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3 de febrero de 2026. 8.30 am.
¿Cuánto cuesta retratar un paisaje? El agua clara del Mediterráneo. No soy de mar, pero cuando estoy frente a él, me deslumbro, como me deslumbro ante la nieve. El sol comienza a bañar las rocas del acantilado que el agua y el viento bañaron toda la noche. La luz cambia. Son las ocho y treinta de la mañana en la Costa Brava.
4 de febrero de 2026. 8.30 am.
Sin sol, el agua reclama su verdadero tono. Turquesa opaco. Y las rocas, compulsivas, tratan de salir y arañar el cielo. No podrán ya, incluso en bajamar, pero podrán ver, desde el fondo, cuando el agua exija su verdadero color, turquesa opaco, el gris del cielo, turquesa opaco.
5 de febrero de 2026. 8.30 am.
Primera señal de vida. Un pato de agua salada, si tal cosa existiera. El pato de agua salada se zambulle y se confunde con el agua opalina y sale metros más allá. El solo pato de agua salada, orondo, vuela. Caigo en la cuenta de que a nada huele. Salitre, pescado o alga podrida. Huele a los pinos que rodean la cala. ¿A qué huele un pato de agua salada, mojado, empecinado?
6 de febrero de 2026. 8.30 am.
El árbol muerto en la roca, la trompa de un hormiguero que bebe del mar. Y regurgita en la espuma. ¿Qué tan sediento se puede estar, cuando sólo se bebe agua salada, cuando día y noche, las olas golpean y llenan cada agujero, cada intersticio, lavando toda traza de impureza, una y otra vez, humedeciendo y penetrando cada rendija, puliendo, amansando el árbol muerto junto al mar, en la roca, junto al mar?
7 de febrero de 2026. 8.30 am.
A lo lejos, un cúmulo de rocas lucha contra el oleaje. Patea y alborota el mar creando reflujos y borbotones espumados, que retumban contra nuevas olas y caras fracturadas. No ahora, sino más adelante, mucho más tarde, cuando el sol cruce el cielo y se ponga del lado opuesto, la luz bañará ese mismo cúmulo, que se bate contra el oleaje, y hará de ese alboroto un baño dorado.
8 de febrero de 2026. 8.30 am.
El mar se derrama en las vetas. Vetas que se han formado… ¿cómo se han formado las vetas? El mar se derrama en las venas del granito y, furioso, busca el camino de regreso a sí mismo. El mar se derrama en las vetas, en las venas de la piedra, blanco y furioso. El mar se derrama en la fractura, como si se vengara de una indiferencia lejana, de un rechazo en la rambla, de un sí pero no, querido. El mar, hoy de un color oscuro, se derrama en las vetas de la piedra oscura, verdirroja.
9 de febrero de 2026. 8.30 am.
En un día de calma, un cangrejo y una bolsa plástica. Azul la bolsa, nadando hacia la superficie y hundiéndose de nuevo como la ballena del futuro. Gris el cangrejo en la piedra gris, un milagro.
10 de febrero de 2026. 8.30 am.
Prefiero la furia a la calma. O la furia me calma y la calma me deja en ascuas. Hoy las olas apenas llegan a la orilla donde espero sentado. Y cuando llegan, lo hacen perezosas, sin riesgo ni sobresalto. Queremos más, las rocas y yo, malacostumbrados. El cielo es azul cobalto, única esperanza.
11 de febrero de 2026. 8.30 am.
Si cierro los ojos, puedo escuchar los picos del mar carcomiendo al pájaro muerto. No es el pato de agua salada. Es una garza. La misma, aunque peninsular, de Duras en la enfermedad de la muerte. La misma ave que chilla, carcomida por los picos del mar. Si cierro los ojos.
12 de febrero de 2026. 8.30 am.
Alerta, aviso de tormenta. Los árboles, contra toda expectativa, crecen en la roca y toman la forma del viento. Peligro, tancat, deslizamientos. Los árboles crecen en la roca yerma y se alimentan de sal y de viento. Alerta, aviso de tormenta. Los árboles, rebeldes, crecen en la roca, la fracturan y se la dan al mar, miqueta a miqueta. Tancat, peligro, aviso de tormenta.
13 de febrero de 2026. 8.30 am.
Se avista en el horizonte el bote del agente secreto, o del traqueto. Dicen que en verano la cala de ellos se llena. Y que agentes secretos, o traquetos, desnudos se juntan en el agua con poetas muertos (de hambre) que recitan, como pericos, los siguientes versos: “Desnudo el joven, cuanto ya el vestido / Océano ha bebido, / restituir le hace a las arenas; / y al Sol lo extiende luego, / que, lamiéndolo apenas / su dulce lengua de templado fuego, / lento lo embiste, y con suave estilo / la menor onda chupa al menor hilo.”
14 de febrero de 2026. 8.30 am.
Allo scoglio, dice Alice en italiano. Los pies desnudos, tentando el agua sobre la roca afilada. A la comida, arroz con gambas. Los músculos tensos, la piel agallinada. Hay que chupar las cabezas, dice Ari, regalarse. El agua escupe, retando y alborotando. A ver, muchacho, al agua. Las cáscaras se deshacen y escurren caldo. Hay que moverse para no congelarse. Chupar, regalarse. Allo scoglio, dice Alice en italiano. Las conchas abiertas. El grano de arroz reventando. Los calamares, en los entresijos apretujados. El oleaje fuerte. Las rocas afiladas. No hay mucho que hacer sino entregarse. Sal y sangre. Allo scoglio, dice Alice en italiano. Lamer el plato, regalarse.
15 de febrero de 2026. 8.30 am.
Un bosque calcinado es un cementerio. Un bosque calcinado, junto al mar, junto a un acantilado, es un infierno de placeres dudosos. El perro, Virgilio, me guía por entre las cenizas y los cadáveres de árboles jóvenes que, obstinados, se alzan. Ya hace dos meses que una línea eléctrica casi quema el bosque. La tierra negra; los árboles, esqueletos incinerados. La cala, desde arriba, es una media luna de cara oscura bañada de baba y sombra. El perro, Virgilio, saca la lengua, se limpia, me mira y baja hondo hacia la perra que lo agüeita, la boca abierta, hecha agua.
16 de febrero de 2026. 8.30 am.
Noche de chismes e historias de fantasmas. Al día siguiente, junto a las rocas que batallan, una gruta imperceptible se abre. Allí los piratas agüeitan la madrugada. Borrachos de mar, famélicos, arrasan la cocina y suben para completar la pillada. Los perros ladran furiosos hasta desangrarse al unísono de aldabas, portazos y gritos metálicos. Una vez idos, el viento entra y sacude papeles, sábanas y teclados pegajosos. Es nuestro turno de despertar y espantar, de reírnos a mandíbula batiente hasta que no se oiga más que esta carcajada sobre la furia de la Tramontana.
17 de febrero de 2026. 8.30 am.
Arcano diecisiete. Estrella. En 1944, André Breton se escapa con su amante chilena a un peñasco canadiense. Piel y roca. Sangre y semen. Arcano diecisiete. Una mujer desnuda vierte dos cántaros de agua. Uno al río y otro a la tierra. Al fondo, por entresijos, un pájaro y Venus miran. La imagen del vertiente, del agua que se derrama fecunda. El mar que, en la mañana, se derrama sobre la roca, por ejemplo. Y que vuelve a la mar, segundo a segundo, por ejemplo. Me despierta empapado y tembloroso, por ejemplo.
18 de febrero de 2026. 8.30 am.
Todavía hoy me asombro al pensar que se trata de la ballena del futuro, a punto de saltar. Pero son las rocas que luchan y patalean ofendidas por el asecho constante e insidioso del padre de las aguas. No es sorpresa que los griegos pensaran que el mar, este mar calmo y cristalino, era un dios caprichoso y vengativo.
19 de febrero de 2026. 8.30 am.
Piñas hay cada tanto sobre el suelo árido, bajo el follaje nebuloso del Pinus halepensis. En forma cónica, los pétalos de cada piña se abren como lenguas calcificadas, que crecen una junto a otra, como almas en pena, la boca abierta y la lengua afuera, suplicando por una gota de lo que sea. Baba, orina, semen, vómito. Calcificadas, las almas en pena, tiradas por el suelo, bajo el follaje nebuloso del Pinus halepensis, de tallo alto y follaje nebuloso, esperan.
20 de febrero de 2026. 8.30 am.
Leo que durante los incendios las piñas estallan y las semillas se expanden, fecundas, sobre la tierra. Donde el fuego aún no ha llegado, junto al nudista que pesca con su caña inhiesta, un pino muerto, cargado de piñas abiertas. La última esperanza, sembrarse en otro lugar, en otra piedra. Junto al mar. En otra piedra yerma.
21 de febrero de 2026. 8.30 am.
¿Cómo se le dice al brillo del mar, los intensos picos de luz que duran el segundo de una ola y se deshacen para formarse de nuevo, rutilantes, en el mismo sitio? Debe de haber una palabra. Glaukos, dice Alana que decía Homero. Palabra que, como toda palabra en griego antiguo, tiene mil significados. Color: gris azulado, verde azulado, blanquecino. Adjetivo: resplandeciente. Y relativo a personas, animales o dioses: el brillo de los ojos. Por ejemplo, los ojos claros y brillantes de Atenea, la de los ojos de lechuza. Los tuyos, también, caigo en cuanta, cuando me miras después de recibirme y los abres anhelante. También, para los menos afortunados, los ojos vedados por cataratas, glaucoma. Me estoy quedando ciega, dice Alana entre chanza y chanza, cuando han bajado las luces y el silencio sobre la mesa cae y el mar se escucha de fondo. El glauko que se posará en sus ojos. La línea entre el mar, el brillo y la noche.
22 de febrero de 2026. 8.30 am.
Glauco es también una deidad menor del panteón griego. Pescador, según Ovidio, comió de una hierba mágica que le hizo crecer aletas y escamas verdiazules, glaucas. Según Ovidio, Glauco erraba por el mar, como el brillo de los picos del oleaje, cuando vio a Escila nadando desnuda en una cala parecida a esta en el estrecho de Mesina. Encantado, le pidió que no temiera, porque él era un dios y no un monstruo, y le contó los pormenores de su historia. Escila, espantada, huyó dejándolo con la palabra y el corazón en la boca. Cuenta Ovidio que Glauco fue a buscar a la bruja Circe y le pidió que le diera una pócima para ganarse a Escila. La bruja, enamorada de Glauco, vengativa, conjuró el hechizo, pero en vez de enamorar a Escila, la convirtió en un monstruo de cuyas caderas nacían fieros perros. Escila hizo cuanto pudo para vengarse de Circe, hasta que fue transformada en una roca, como la de esta cala, que los marineros rehúyen hasta hoy día.
23 de febrero de 2026. 8.30 am.
Como una abeja, me atrae el olor que termina en un bosque de mimosas. Mimosas caídas como sauces sobre el agua que escuchan y no beben. Es el temprano año de la estación florida, y el sol se reproduce en los pompones minúsculos que nacen de las ramas leguminosas. Me robo un gajo, esperando no atraer a los abejorros que comienzan a acumularse en la ventana, junto al romero y la albahaca. El cuarto huele al dulce de infancia, al jabón de tierra caliente, al tinto hirviendo en una mañana de eterna primavera, a faldas arremolinadas y taconeos sobre el suelo embaldosado, al sudor dulce atrapado en…, huele a todo menos a champán y naranja.
24 de febrero de 2026. 8.30 am.
Si fuera el tronco pulido por el mar, si el agua me bañara a cada instante, me alegraría de la marea baja. Si fuera el tronco pulido por el mar, quebrado, de colores grises, glaucos, torneado de fibras musculares, nerviosas, al que le nace la pelusa blanca del recién nacido, me alegraría cuando el mar volviera a bañarme, espuma ultramarina, chispeante.
25 de febrero de 2026. 8.30 am.
De noche, este mismo paisaje es un juego de sombras. Árboles que se intuyen se mueven con el viento y el sonido de olas fantasma chocando contra riscos y peñas. Negro contra negro, brisa gélida salina, labios resecos. Cuando los ojos se han acostumbrado, el paisaje es de luces frías y de estrellas, y de aviones y satélites que emulan astros agonizantes que entristecen con su velocidad el cenit. La luz del día, esta de ahora que tiñe el horizonte de rojo y más tarde de turquesa, y esa de la noche urbana, es excepción, porque la oscuridad, la distancia y el frío son la norma a la que el universo tiende. Sombras y destellos en la noche que ahora de día son sombra.
26 de febrero de 2026. 8.30 am.
El cielo y el mar son un muro de concreto. El mar en la orilla es un anuncio publicitario. Se le alcanzan a ver las costuras, los píxeles detrás del mosquitero. Y los pájaros, que no se ven, pero se escuchan, cantan mientras con sus picos engluten el néctar de las flores del futuro.
27 de febrero de 2026. 8.30 am.
Desde la casa, las rocas bajo el mar parecen las monedas de un pozo de los deseos. Tiro el último día una moneda de diez centavos con un león batallando en la cara. Un león fiero, con espada en mano y lengua de llamas.

Estuvo en Sanià junto a: