Estuvo en Sanià junto a:
Novela, relato y poesía, mis compañeras de residencia escriben de todo. Julia, Fran y Guadalupe. España, Chile y México. Cuando llegamos, el mar, las calas y el parque natural, además de las casas que componen la residencia, escuchan cómo se dice bonito, hermoso, espectacular con distintas palabras y acentos, y en catalán.
Me instalo en La Casa del Mar, frente a cala Canyers. En Sanià la llaman La cabaña. Está separada de la casa grande, a pocos escalones de la arena, aunque ahí abajo casi todo son piedras. Desde la mesa donde escribiré estos días veo desplegarse al mar en una gran uve azul matizada por dos farallones tan bien puestos que se antojan falsos. Intentaré no mirar demasiado adelante, concentrarme en la novela que estoy acabando de corregir, aunque las olas ondulan y reclaman como sirenas, y el bosque y la costa susurran “paséame”. Por suerte, las predicciones anuncian borrasca durante casi una semana.
Estos días confluirán voces y susurros muy distintos. Mi novela va de gritar.
La meteorología colabora: la lluvia repiquetea, cuando no ametralla, desatada y con estrépito. El mar brama y hasta ruge. La jornada es un fragor de olas rompiendo a toda espuma. La insonorización de la casa es buena pero, aun así, la vibración se cuela hasta el escritorio calentado por una cercana estufa de pellets y alcanza mi pantalla atestada de gente que grita, el cielo y el mar sumándose al escándalo. Se agradece la complicidad. Cómo atruenan los elementos. Son días de exclamación.
*Una semana de grito y rugido y ronquera y mar brava.
*Con la noche bien cerrada, termino las correcciones. Falta escribir el título. Quiero hacerlo con luz diurna de modo que esperaré a mañana. El pronóstico es Despejado.
*Al alba, salgo a correr en dirección a la playa de Castell. De regreso, echo un vistazo a un poste indicador con un mapa que señala las calas cercanas. El último nombre que leo me parece fruto de la sugestión, de modo que vuelvo a leerlo. El Crit. En catalán, El Grito. Me traspasa un trallazo de emoción, un eufórico asombro que me lleva sonriendo y como sobre alfombra voladora a La cabaña. Me ducho, desayuno y tomo el Camí de Ronda, que bordea la costa.
El Crit es la última playa de un paseo deslumbrante que encadena varias calas y exige cuidado para no despeñarse. Debido a su orientación, las olas suelen llegar veloces y baten con estruendo, a veces propinan fuertes golpes secos que intimidan como una explosión. Mientras cocinaba en Sanià, Imma ha contado que El Crit debe su nombre a la acción de unos piratas. Secuestraron a la hija de los masovers que habitaban las inmediaciones de la cala, la decapitaron, y su cabeza, ya separada del cuerpo, mantuvo el grito de horror un rato.
Paso la mañana en la arena. Vuelvo bajo un sol radiante, entro en casa y titulo.
*Después de comer pez limón, Fran, Guadalupe y Julia se apuntan a conocer El Crit. El camino está lleno de avisos de desprendimiento. Sorteamos rocas caídas, a centímetros del abismo. Es menos peligroso de lo que parece, pero mejor no te despistes.
Cuando mis colegas se perfilan majestuosas en lo alto de algún filo, es fácil pensar en El señor de los anillos. Julia observa que, en toda la saga fílmica, solo hay una escena en la que una mujer le habla otra. ¿Y qué le dice? ¡Corre! Aquí no se recomienda correr.
En el hueco de la roca que lleva a El Crit, ponemos las manos en altavoz y simulamos gritar. Cuando saltamos al otro lado, ya estamos en El Crit. La playa no admite medias tintas, hay nombres que casi obligan. Es lunes, más o menos las tres, esta cala es la última practicable a pie, a la siguiente hay que llegar en barca o nadando, en todo el trayecto no hemos visto a nadie y no se intuyen más humanos. Además, el paseo se planteó para digerir bien el pez limón, y un cierto esfuerzo torácico-pulmonar seguro que ayuda al proceso.
Guadalupe, Julia y yo ensayamos gritos, uno después de otro. Fran se reserva para el coral. Todas de cara al agua. ¿Vamos los cuatro? Nos reunimos formando un semicírculo, Julia cuenta con los dedos un, dos, tres. Duramos cinco segundos, excepto Fran, que se alarga casi dos más. ¿Qué tiene esa mujer ahí? Vaya fondo. Es nuestra plusmarquista.
*Dos torcaces y un cormorán con las alas extendidas al sol son la compañía visible esta mañana, además del mar, siempre el mar, hoy planicie de lentejuelas. ¿Estado del tráfico a esta hora? Luminosas olas flojas avanzan con fluidez hacia el sur.
¿Y ahora qué?
Abro la carpeta con las fichas ya escritas para la novela nueva. Hace meses que perfilo personajes, y ahora empieza la fase ardua: encontrar el tono, el carácter de cada cual, la tensión de las relaciones. Pero las lentejuelas me emboban. Hace un buen tiempo horrible. Ahí fuera, cormoranes como sirenas murmuran ven ven ven. ¡Qué alguien traiga una tormenta! La Costa Brava, cuando renuncia a su nombre, no es sitio para escritores (recién llegados).
*Frente a la casa, coronilla glauca, pino, romero, y abejorros y abejas bañándose en cortinas de polen que nos amarillean, listos para ser libados. Somos bombones de preprimavera, otra delicatessen local. A media tarde menudean las tormentas de polen y los ángulos perfumados donde solo puedes detenerte nariz en alto, hecho un yonki del aire, las fosas empolvadas al estilo de Cap Roig.
*Guadalupe tiene una cita por zoom para hablar del TDH que le acaban de diagnosticar, y como es coherente se olvida. Julia come kiwis con piel, ha leído que favorece al intestino. Fran nos regala fancinitos elaborados por ella y cuenta cómo llegó a Blanes siguiendo el rastro de Bolaño, del que es fan.
Después de la Semana Brava hay algún pino más jorobado que antes, ramas desperdigadas. Las olas compiten con tanta cabriola que parece postureo. Se escuchan gorjeos recreativos, hay alguien exultante ahí. El orden es un misterio. Desde este balcón es más fácil pensar en la posibilidad de organizar distinto nuestro mundo, el humano. Recuerdo declaraciones de gente que reivindica cambiar el ritmo sin dar ejemplo. Es curioso el supuesto afán de lentitud en esta vertiginosa actualidad en la que casi nadie escribe a un ritmo natural, ni sobre naturaleza. Quizás es que se dicen cosas que no se piensan, aspiramos a cimas falsas, que no estamos dispuestos a escalar, pero las mencionas, te las pones en la boca porque quedan bien, como queda bien contar sueños.
*Tengo una pesadilla: desde una colina de mi ciudad, veo una especie de misil atravesar el firmamento para explotar en la zona donde crecí y aún vive parte de mi familia. Solo otra vez en mi vida desperté con tanto desasosiego.
Cuando subo a desayunar informan que a Sam le atacó un perro y le ha roto una pata. Entra un mensaje de mi hermano. Mi tía, la única que tengo, la única que ha ejercido como tía de verdad, ha muerto. Durante largas estancias en sitios preciosos frente al mar he recibido noticias de pérdidas nucleares. Es la tercera vez que ocurre. Como si la maravilla insistiera en matizarse, en recordar que existe el otro lado. Eh, tú, no te relajes demasiado, más allá del paraíso, las tensiones continúan en alto.
Viajo a Sevilla con mi familia.
*Regreso a Sanià un día de tramuntana fiera. Me traen Ilse y Katia. “Es más bonito que en foto”. Cuando caminamos hacia la salida, el suelo cruje, un gran pino se inclina, las raíces emergen y se derrumba a pocos metros. Pienso en mi tía. Ha querido despedirse aquí. Me ha sorprendido la velocidad del tronco al caer.
Por la tarde, el viento arranca uno de los árboles más gruesos, y cae sobre el camino que recorro a diario como mínimo seis veces. Por ahora el azar me acompaña.
Millones de crestas blancas se desplazan en manada hacia el sur, llenando la plancha de espuma. Mi cala queda intocada, tribuna bastante calma para contemplar la estampida. La tramuntana está desatada y, como el camino que lleva de la cabaña a la casa ha quedado interrumpido por el árbol, cuando atravieso el bosquete busco la ruta de copas más ralas o troncos de apariencia más fuerte, los casi inmóviles, afinando el oído, atento a cualquier crujido o vibración.
Días que subrayan la fragilidad de la vida, la inseguridad del paraíso. El Crit del Bosc. Porque sin peligro quién siente éxtasis. Sin final no habría euforia. Todo sería como mudo, de un contento sostenido que se iría oxidando, degradando, hasta aburrir. Versatilidad es el gran valor de primavera, dispuesta a zarandearnos del placer al temor.
Lista de bajas y heridas: maceta, dos pinos, Sam, mi tía.
*Josep Pla escribió que la tramuntana es liberadora y sana. Que no es meteorología, sino un elemento que define el paisaje, la luz y la psicología de la gente. Promueve el carácter tónico y eixelebrat, que viene a significar tarambana, porque crea un ambiente propicio para el ímpetu y la vehemencia. La gente de aquí es de rauxa. Gabriel García Márquez dijo que la tramuntana lleva los gérmenes de la locura. “Un fabricante de claridad”, lo bordó Xavier Fabrés, “un viento que se ve”.
*Ari, la chef, observa impresionada cómo Sam vuelve a correr con la pata tiesa y vendada. A veces salta desde alturas inquietantes para seguir jugando con Ploma, la perra de Sanià. Imma, Marisa, Mike y sobre todo Nico también lo cuidan, hasta donde Sam se deja cuidar.
*¿Por qué caen los árboles tan cerca? ¿Qué quieren expresar? De acuerdo, si queríais ser escritos, aquí estáis. Escuchemos el lenguaje de la tierra, las olas y el viento. ¿Algo se acerca? El cambio climático también ha llegado a Sanià, ni el Edén se libra. ¿Caer es su forma de gritar? De decir no te equivoques, que Capote y Josep Pla y Rodoreda y Martín Gaite están muy bien pero aquí hay alguien muy muy viejo que importa más, que durará tanto que no imaginas, y es hora de recordarlo. ¿Cómo vas a actuar?
El viento ha derribado, roto, esparcido y movido, ha reconfigurado y barrido, pero el polen ha vuelto. Dos días después.
*Bon dia, cormorán. Cormoranes, hoy son tres. La especie está volviendo a estas calas donde una vez fueron comunes. Parece que desaparecieron durante años y desde no hace tanto, dos o tres veranos, disfrutan de nuevo aquí. Habrá que preguntar por qué. Y cómo les puede afectar la avalancha de turistas que va a traer el calor. El récord de barcos anclados frente a Sanià es de 87. ¨Hicimos fotos, se las dimos a la policía”.
*Segunda pesadilla, algo muy irregular en mí. Dicen que el insomnio y los sueños raros son recurrentes en la casa y La Cabaña. Identifico las razones del insomnio, porque siempre me asalta cuando empiezo libro. Las razones de las pesadillas, no.
La toalla que pongo a secar en la terraza a diario huele poderosamente a bosque, barnizada por el polen que la impregna durante horas. Por la mañana, cuando salgo de la ducha, me envuelvo en el polen de ayer, vuelvo a colgar la toalla y abandono La Cabaña hecho bosque.
*Primera línea de la nueva novela. Vendrán días más graves, tratando de hallar el tono, el ritmo, de entender a los protagonistas mejor. Meses de sueño aún más irregular. Un gato negro ha comenzado a asomar por el porche. Se detiene muy tranquilo ante la puerta corredera, sobre todo al final de la mañana o a media tarde, me mira arrimándose a centímetros del cristal, le saludo, me sigue mirando un rato y se va. Durante sus visitas no puedo escribir, me siento observado, y el intercambio es demasiado interesante.
*Pablo me lleva de tour vegetal. Dieciséis años en la finca le convierten en autoridad de los pinos y el lentisco. Él conoció la selva de mimosas en Sanià, los hermosos puentes amarillos creados por sus doseles. Hasta que hace año y medio las talaron a discreción, porque las mimosas son invasoras. Tan bonitas, estaban exterminando la biodiversidad local. La nueva apuesta es la encina. Solo hay algunas bien visibles, pero han plantado más.
Después del fuego provocado por una torre eléctrica cercana a la casa donde vive, en la parte alta de la finca y al lado del corral de las gallinas, Pablo aprecia aún más la vegetación ignífuga. Mira, un espárrago. Y otro. Otro más. De vez en cuando, se cocina tortillitas estupendas.
La última apuesta de Pablo son las colmenas. Ha habilitado dos y José, un apicultor vecino, de esos que ponen las manos en cuenco y apartan docenas de abejas como si fueran agua sin recibir un picotazo, le está enseñando a lograr miel. Este año las abejas deberían ofrecer su primera ronda. Para ello, deberán protegerlas del avispón asiático, otra nueva plaga, que pronto va a reaparecer. “Lo bueno es que en invierno se muere. Pero ya vuelve, habrá que vigilarlo”. Pablo ha visto cómo ocho o nueve avispones zumbaban delante de la colmena a la espera de que una abeja se aventurara al exterior. En cuanto sale, la agrede y la devora. Con los humanos no llegan a tanto, pero no les intimidamos, su veneno es de gran calidad. “Si eres alérgico y te pica, tienes cinco minutos”. Sin alergias, con tres picaduras, sal corriendo al hospital. Junto a la colmena, Pablo tiene un cazamariposas reconvertido en cazavispones. Da mandobles en el aire. Que vengan que vengan.
Nos movemos amparados por arbustos a un par de metros de las colmenas, sin sentir amenaza. En esta época todo son zánganos, “y a mí me conocen”, pero las obreras están a punto de ponerse manos a lo suyo, y sus aguijones sí existen para ser clavados. Aunque te conozcan, según el día que tengan, también.
De vuelta a la casa vemos brezos floreciendo, de los que han servido para hacer pipas de fumar. Un madroño. Lavanda, romero y milenrama. Las fragancias emergen gracias al sol. Se escucha el zureo de tórtolas tan robustas que, si tienes en mente a sus homónimas urbanas, parecen otro animal. El gris de su plumaje evoca más a tormentas vigorosas que a tubos de escape. “En Argentina, al escabeche están exquisitas”. En el barranco que desciende hasta cala Sanià hay un búho real hembra que vela por dos huevos. Cuando los biólogos vayan a verlos, Pablo les acompañará.
*Tercera pesadilla. Un rascacielos empieza a caer y corro hacia donde calculo que está su punta, para que no me aplaste. Como si el impacto no fuera a proyectar cascotes como torpedos. Pero es un sueño, y el rascacielos también cae lo bastante lento para darme la opción de alcanzar el límite de su azotea. Lo logro. Cuando el edificio impacta, la cúpula, tipo Empire State sin aguja ni gorila, se queda tal cual, solo tiembla el suelo. Mucho, pero solo tiembla. Pienso en los árboles derribados hace días.
*Julia también ha tenido un malson. Lo protagonizábamos sus compañeros de residencia y una tarántula gigante. Fran suele lucir un broche de tamaño considerable con forma de polilla. Guadalupe pregunta si sabemos qué animales somos, en el plano espiritual. Después de una jornada de hongos acompañada por una chamana, ella averigüó que su animal de poder es el lobo blanco. Lo dice en masculino. En pleno viaje, vio manadas de lobos corriendo, y la chamana también los vio, de modo que confirmó. Sí, sí, Guadalupe eres un lobo. ¿Los habrá con TDH? Yo no sé qué animal soy.
De ser lobo, aullaría por tener que abandonar este espacio. Que al menos quede el sonido.
Novela, relato y poesía, mis compañeras de residencia escriben de todo. Julia, Fran y Guadalupe. España, Chile y México. Cuando llegamos, el mar, las calas y el parque natural, además de las casas que componen la residencia, escuchan cómo se dice bonito, hermoso, espectacular con distintas palabras y acentos, y en catalán.
Me instalo en La Casa del Mar, frente a cala Canyers. En Sanià la llaman La cabaña. Está separada de la casa grande, a pocos escalones de la arena, aunque ahí abajo casi todo son piedras. Desde la mesa donde escribiré estos días veo desplegarse al mar en una gran uve azul matizada por dos farallones tan bien puestos que se antojan falsos. Intentaré no mirar demasiado adelante, concentrarme en la novela que estoy acabando de corregir, aunque las olas ondulan y reclaman como sirenas, y el bosque y la costa susurran “paséame”. Por suerte, las predicciones anuncian borrasca durante casi una semana.
Estos días confluirán voces y susurros muy distintos. Mi novela va de gritar.
La meteorología colabora: la lluvia repiquetea, cuando no ametralla, desatada y con estrépito. El mar brama y hasta ruge. La jornada es un fragor de olas rompiendo a toda espuma. La insonorización de la casa es buena pero, aun así, la vibración se cuela hasta el escritorio calentado por una cercana estufa de pellets y alcanza mi pantalla atestada de gente que grita, el cielo y el mar sumándose al escándalo. Se agradece la complicidad. Cómo atruenan los elementos. Son días de exclamación.
*Una semana de grito y rugido y ronquera y mar brava.
*Con la noche bien cerrada, termino las correcciones. Falta escribir el título. Quiero hacerlo con luz diurna de modo que esperaré a mañana. El pronóstico es Despejado.
*Al alba, salgo a correr en dirección a la playa de Castell. De regreso, echo un vistazo a un poste indicador con un mapa que señala las calas cercanas. El último nombre que leo me parece fruto de la sugestión, de modo que vuelvo a leerlo. El Crit. En catalán, El Grito. Me traspasa un trallazo de emoción, un eufórico asombro que me lleva sonriendo y como sobre alfombra voladora a La cabaña. Me ducho, desayuno y tomo el Camí de Ronda, que bordea la costa.
El Crit es la última playa de un paseo deslumbrante que encadena varias calas y exige cuidado para no despeñarse. Debido a su orientación, las olas suelen llegar veloces y baten con estruendo, a veces propinan fuertes golpes secos que intimidan como una explosión. Mientras cocinaba en Sanià, Imma ha contado que El Crit debe su nombre a la acción de unos piratas. Secuestraron a la hija de los masovers que habitaban las inmediaciones de la cala, la decapitaron, y su cabeza, ya separada del cuerpo, mantuvo el grito de horror un rato.
Paso la mañana en la arena. Vuelvo bajo un sol radiante, entro en casa y titulo.
*Después de comer pez limón, Fran, Guadalupe y Julia se apuntan a conocer El Crit. El camino está lleno de avisos de desprendimiento. Sorteamos rocas caídas, a centímetros del abismo. Es menos peligroso de lo que parece, pero mejor no te despistes.
Cuando mis colegas se perfilan majestuosas en lo alto de algún filo, es fácil pensar en El señor de los anillos. Julia observa que, en toda la saga fílmica, solo hay una escena en la que una mujer le habla otra. ¿Y qué le dice? ¡Corre! Aquí no se recomienda correr.
En el hueco de la roca que lleva a El Crit, ponemos las manos en altavoz y simulamos gritar. Cuando saltamos al otro lado, ya estamos en El Crit. La playa no admite medias tintas, hay nombres que casi obligan. Es lunes, más o menos las tres, esta cala es la última practicable a pie, a la siguiente hay que llegar en barca o nadando, en todo el trayecto no hemos visto a nadie y no se intuyen más humanos. Además, el paseo se planteó para digerir bien el pez limón, y un cierto esfuerzo torácico-pulmonar seguro que ayuda al proceso.
Guadalupe, Julia y yo ensayamos gritos, uno después de otro. Fran se reserva para el coral. Todas de cara al agua. ¿Vamos los cuatro? Nos reunimos formando un semicírculo, Julia cuenta con los dedos un, dos, tres. Duramos cinco segundos, excepto Fran, que se alarga casi dos más. ¿Qué tiene esa mujer ahí? Vaya fondo. Es nuestra plusmarquista.
*Dos torcaces y un cormorán con las alas extendidas al sol son la compañía visible esta mañana, además del mar, siempre el mar, hoy planicie de lentejuelas. ¿Estado del tráfico a esta hora? Luminosas olas flojas avanzan con fluidez hacia el sur.
¿Y ahora qué?
Abro la carpeta con las fichas ya escritas para la novela nueva. Hace meses que perfilo personajes, y ahora empieza la fase ardua: encontrar el tono, el carácter de cada cual, la tensión de las relaciones. Pero las lentejuelas me emboban. Hace un buen tiempo horrible. Ahí fuera, cormoranes como sirenas murmuran ven ven ven. ¡Qué alguien traiga una tormenta! La Costa Brava, cuando renuncia a su nombre, no es sitio para escritores (recién llegados).
*Frente a la casa, coronilla glauca, pino, romero, y abejorros y abejas bañándose en cortinas de polen que nos amarillean, listos para ser libados. Somos bombones de preprimavera, otra delicatessen local. A media tarde menudean las tormentas de polen y los ángulos perfumados donde solo puedes detenerte nariz en alto, hecho un yonki del aire, las fosas empolvadas al estilo de Cap Roig.
*Guadalupe tiene una cita por zoom para hablar del TDH que le acaban de diagnosticar, y como es coherente se olvida. Julia come kiwis con piel, ha leído que favorece al intestino. Fran nos regala fancinitos elaborados por ella y cuenta cómo llegó a Blanes siguiendo el rastro de Bolaño, del que es fan.
Después de la Semana Brava hay algún pino más jorobado que antes, ramas desperdigadas. Las olas compiten con tanta cabriola que parece postureo. Se escuchan gorjeos recreativos, hay alguien exultante ahí. El orden es un misterio. Desde este balcón es más fácil pensar en la posibilidad de organizar distinto nuestro mundo, el humano. Recuerdo declaraciones de gente que reivindica cambiar el ritmo sin dar ejemplo. Es curioso el supuesto afán de lentitud en esta vertiginosa actualidad en la que casi nadie escribe a un ritmo natural, ni sobre naturaleza. Quizás es que se dicen cosas que no se piensan, aspiramos a cimas falsas, que no estamos dispuestos a escalar, pero las mencionas, te las pones en la boca porque quedan bien, como queda bien contar sueños.
*Tengo una pesadilla: desde una colina de mi ciudad, veo una especie de misil atravesar el firmamento para explotar en la zona donde crecí y aún vive parte de mi familia. Solo otra vez en mi vida desperté con tanto desasosiego.
Cuando subo a desayunar informan que a Sam le atacó un perro y le ha roto una pata. Entra un mensaje de mi hermano. Mi tía, la única que tengo, la única que ha ejercido como tía de verdad, ha muerto. Durante largas estancias en sitios preciosos frente al mar he recibido noticias de pérdidas nucleares. Es la tercera vez que ocurre. Como si la maravilla insistiera en matizarse, en recordar que existe el otro lado. Eh, tú, no te relajes demasiado, más allá del paraíso, las tensiones continúan en alto.
Viajo a Sevilla con mi familia.
*Regreso a Sanià un día de tramuntana fiera. Me traen Ilse y Katia. “Es más bonito que en foto”. Cuando caminamos hacia la salida, el suelo cruje, un gran pino se inclina, las raíces emergen y se derrumba a pocos metros. Pienso en mi tía. Ha querido despedirse aquí. Me ha sorprendido la velocidad del tronco al caer.
Por la tarde, el viento arranca uno de los árboles más gruesos, y cae sobre el camino que recorro a diario como mínimo seis veces. Por ahora el azar me acompaña.
Millones de crestas blancas se desplazan en manada hacia el sur, llenando la plancha de espuma. Mi cala queda intocada, tribuna bastante calma para contemplar la estampida. La tramuntana está desatada y, como el camino que lleva de la cabaña a la casa ha quedado interrumpido por el árbol, cuando atravieso el bosquete busco la ruta de copas más ralas o troncos de apariencia más fuerte, los casi inmóviles, afinando el oído, atento a cualquier crujido o vibración.
Días que subrayan la fragilidad de la vida, la inseguridad del paraíso. El Crit del Bosc. Porque sin peligro quién siente éxtasis. Sin final no habría euforia. Todo sería como mudo, de un contento sostenido que se iría oxidando, degradando, hasta aburrir. Versatilidad es el gran valor de primavera, dispuesta a zarandearnos del placer al temor.
Lista de bajas y heridas: maceta, dos pinos, Sam, mi tía.
*Josep Pla escribió que la tramuntana es liberadora y sana. Que no es meteorología, sino un elemento que define el paisaje, la luz y la psicología de la gente. Promueve el carácter tónico y eixelebrat, que viene a significar tarambana, porque crea un ambiente propicio para el ímpetu y la vehemencia. La gente de aquí es de rauxa. Gabriel García Márquez dijo que la tramuntana lleva los gérmenes de la locura. “Un fabricante de claridad”, lo bordó Xavier Fabrés, “un viento que se ve”.
*Ari, la chef, observa impresionada cómo Sam vuelve a correr con la pata tiesa y vendada. A veces salta desde alturas inquietantes para seguir jugando con Ploma, la perra de Sanià. Imma, Marisa, Mike y sobre todo Nico también lo cuidan, hasta donde Sam se deja cuidar.
*¿Por qué caen los árboles tan cerca? ¿Qué quieren expresar? De acuerdo, si queríais ser escritos, aquí estáis. Escuchemos el lenguaje de la tierra, las olas y el viento. ¿Algo se acerca? El cambio climático también ha llegado a Sanià, ni el Edén se libra. ¿Caer es su forma de gritar? De decir no te equivoques, que Capote y Josep Pla y Rodoreda y Martín Gaite están muy bien pero aquí hay alguien muy muy viejo que importa más, que durará tanto que no imaginas, y es hora de recordarlo. ¿Cómo vas a actuar?
El viento ha derribado, roto, esparcido y movido, ha reconfigurado y barrido, pero el polen ha vuelto. Dos días después.
*Bon dia, cormorán. Cormoranes, hoy son tres. La especie está volviendo a estas calas donde una vez fueron comunes. Parece que desaparecieron durante años y desde no hace tanto, dos o tres veranos, disfrutan de nuevo aquí. Habrá que preguntar por qué. Y cómo les puede afectar la avalancha de turistas que va a traer el calor. El récord de barcos anclados frente a Sanià es de 87. ¨Hicimos fotos, se las dimos a la policía”.
*Segunda pesadilla, algo muy irregular en mí. Dicen que el insomnio y los sueños raros son recurrentes en la casa y La Cabaña. Identifico las razones del insomnio, porque siempre me asalta cuando empiezo libro. Las razones de las pesadillas, no.
La toalla que pongo a secar en la terraza a diario huele poderosamente a bosque, barnizada por el polen que la impregna durante horas. Por la mañana, cuando salgo de la ducha, me envuelvo en el polen de ayer, vuelvo a colgar la toalla y abandono La Cabaña hecho bosque.
*Primera línea de la nueva novela. Vendrán días más graves, tratando de hallar el tono, el ritmo, de entender a los protagonistas mejor. Meses de sueño aún más irregular. Un gato negro ha comenzado a asomar por el porche. Se detiene muy tranquilo ante la puerta corredera, sobre todo al final de la mañana o a media tarde, me mira arrimándose a centímetros del cristal, le saludo, me sigue mirando un rato y se va. Durante sus visitas no puedo escribir, me siento observado, y el intercambio es demasiado interesante.
*Pablo me lleva de tour vegetal. Dieciséis años en la finca le convierten en autoridad de los pinos y el lentisco. Él conoció la selva de mimosas en Sanià, los hermosos puentes amarillos creados por sus doseles. Hasta que hace año y medio las talaron a discreción, porque las mimosas son invasoras. Tan bonitas, estaban exterminando la biodiversidad local. La nueva apuesta es la encina. Solo hay algunas bien visibles, pero han plantado más.
Después del fuego provocado por una torre eléctrica cercana a la casa donde vive, en la parte alta de la finca y al lado del corral de las gallinas, Pablo aprecia aún más la vegetación ignífuga. Mira, un espárrago. Y otro. Otro más. De vez en cuando, se cocina tortillitas estupendas.
La última apuesta de Pablo son las colmenas. Ha habilitado dos y José, un apicultor vecino, de esos que ponen las manos en cuenco y apartan docenas de abejas como si fueran agua sin recibir un picotazo, le está enseñando a lograr miel. Este año las abejas deberían ofrecer su primera ronda. Para ello, deberán protegerlas del avispón asiático, otra nueva plaga, que pronto va a reaparecer. “Lo bueno es que en invierno se muere. Pero ya vuelve, habrá que vigilarlo”. Pablo ha visto cómo ocho o nueve avispones zumbaban delante de la colmena a la espera de que una abeja se aventurara al exterior. En cuanto sale, la agrede y la devora. Con los humanos no llegan a tanto, pero no les intimidamos, su veneno es de gran calidad. “Si eres alérgico y te pica, tienes cinco minutos”. Sin alergias, con tres picaduras, sal corriendo al hospital. Junto a la colmena, Pablo tiene un cazamariposas reconvertido en cazavispones. Da mandobles en el aire. Que vengan que vengan.
Nos movemos amparados por arbustos a un par de metros de las colmenas, sin sentir amenaza. En esta época todo son zánganos, “y a mí me conocen”, pero las obreras están a punto de ponerse manos a lo suyo, y sus aguijones sí existen para ser clavados. Aunque te conozcan, según el día que tengan, también.
De vuelta a la casa vemos brezos floreciendo, de los que han servido para hacer pipas de fumar. Un madroño. Lavanda, romero y milenrama. Las fragancias emergen gracias al sol. Se escucha el zureo de tórtolas tan robustas que, si tienes en mente a sus homónimas urbanas, parecen otro animal. El gris de su plumaje evoca más a tormentas vigorosas que a tubos de escape. “En Argentina, al escabeche están exquisitas”. En el barranco que desciende hasta cala Sanià hay un búho real hembra que vela por dos huevos. Cuando los biólogos vayan a verlos, Pablo les acompañará.
*Tercera pesadilla. Un rascacielos empieza a caer y corro hacia donde calculo que está su punta, para que no me aplaste. Como si el impacto no fuera a proyectar cascotes como torpedos. Pero es un sueño, y el rascacielos también cae lo bastante lento para darme la opción de alcanzar el límite de su azotea. Lo logro. Cuando el edificio impacta, la cúpula, tipo Empire State sin aguja ni gorila, se queda tal cual, solo tiembla el suelo. Mucho, pero solo tiembla. Pienso en los árboles derribados hace días.
*Julia también ha tenido un malson. Lo protagonizábamos sus compañeros de residencia y una tarántula gigante. Fran suele lucir un broche de tamaño considerable con forma de polilla. Guadalupe pregunta si sabemos qué animales somos, en el plano espiritual. Después de una jornada de hongos acompañada por una chamana, ella averigüó que su animal de poder es el lobo blanco. Lo dice en masculino. En pleno viaje, vio manadas de lobos corriendo, y la chamana también los vio, de modo que confirmó. Sí, sí, Guadalupe eres un lobo. ¿Los habrá con TDH? Yo no sé qué animal soy.
De ser lobo, aullaría por tener que abandonar este espacio. Que al menos quede el sonido.
Estuvo en Sanià junto a: