Estuvo en Sanià junto a:
SOBRE ACTUACIÓN y CINE
They are sick of each old romance, returning,
of each old revolving dance, the music
like a euphony in a museum
of euphonies
Wallace Stevens
Parte de aquel bosque estaba muerto. Dominaban las plantas secas y sus ramas tétricas se extendían bajo el manto verde que la primavera apenas había generado. Salía por la puerta del norte y me internaba a través de la colina sobre los senderos de tierra. Podía ver el mar a través de la arboleda y el camino se bifurcaba y yo descendía hacia una cala habitada por un anciano. Un hombre inmóvil sentado ante una roca obsesionado por las formas brillantes del mar, me dijeron, y lo había visto y lo había grabado con mi móvil escondido detrás de un arbusto.
Luego, regresaba a pie por el camino de la costa hasta llegar a la cala prohibida, antesala de la zona sur de la casa. En ocasiones al final de ese recorrido la escritora V. L. me ofrecía conversación. Solía encontrarla enfrascada en herméticos manuscritos. Intercambiábamos algunas palabras en torno a temas como el animismo, o bien comentábamos el aspecto de las rocas ese día y luego yo seguía el camino hasta mi habitación.
Mis disposiciones eran siniestras aunque mi carácter pretendía ser afable. Las cenas eran a las ocho y media: procuraba que el final del paseo se solapara. Había conocido pocos meses antes la muerte en el sótano de un hospital y me encontraba todavía débil, por lo que mis constantes paseos carecían de contenido claro y de alguna forma, pensaba, había de enmascarar ese vacío en la hora de la cena hablando. Y hablaba demasiado. Esa noche me habían anunciado la llegada de la escritora de terror M., a la que yo admiraba, y en efecto pude verla ya desde el sendero sentada en la mesa con mis colegas, detrás de las ventanas. Al llegar por el empedrado me recibió el cachorro de la cocinera, con quien tenía buen trato: le lancé la pelota hacia el bosque oscuro y me interné en la casa. Ary cortaba una lechuga en silencio, levantó la vista y asintió dándome la bienvenida: ella había purificado
meses antes el lugar con sagrados rituales. En la mesa M. hablaba de magia negra.
Quienes la practican son fácilmente identificables, dijo mirándome por primera vez mientras yo tomaba asiento.
Buenas noches, disculpen el retraso.
Son fácilmente identificables, dijo, Por la palidez del rostro y porque, por lo general, sacrifican a sus amigos.
¿Usted sabe de tales temas?, pregunté mientras me llevaba a la boca un caldo de colores.
Yo solo investigo, dijo.
Yo también solo investigo, dije.
No fuimos más allá porque el resto de comensales tenía ganas de parranda y se propuso un brindis por la llegada de M. y a su vez V.L. declaró que esa misma tarde había escrito diez páginas y N.C. confirmó que en su caso habían sido catorce. Mis colegas me observaron. Media página, dije.
¿Sobre qué tema?, preguntó M.
Cadenas de montaje, contesté protegido tras el babero. Tomé la decisión de defenestrar el viejo Mac y de adquirir un Pentium Gaming poco antes de salir de la ciudad. Fallaron los fusibles y la producción industrial había quedado detenida y las factorías de uranio del norte faltaron a sus compromisos y no tenía claro que Satisfactory fuera a funcionar en el viejo Mac de mi abuelo y yo le decía a Cormoran Dadme unas semanas y os lo tengo arreglado. ¿Unas semanas? Lo necesito en dos días, había contestado Cormoran desde su atalaya que yo apenas veía como un punto pixelado por el antialiasing en el horizonte. La operación implicaba la restauración de las viejas centrales térmicas junto al polvoriento lago del desierto. Ocho torres alimentadas por tres bombas de agua sostendrían la factoría de Uranio empaquetado.
Mis explicaciones técnicas convencieron a los comensales y pasaron por raros intentos de literatura. Que yo solo hubiese escrito media página sobre temas industriales en los últimos días todavía no suponía un problema. Conservaba mi Pentium Gaming en la habitación de la azotea a resguardo de todos, menos de Wendy, encargada de la limpieza del lugar y buena conversadora, por lo que no podía fiarme tampoco de su inocencia. Ya en el transporte hacia la residencia el conductor y escritor secreto Mathieu Nickols se había fijado en mi Pentium Gaming. ¿Llevas contigo un Pentium Gaming?, había preguntado y yo había tratado de ocultarlo bajo mis piernas; Nickols conducía y no tenía total seguridad de haberlo visto No, no es un Pentium Gaming; es el viejo Mac de mi abuelo que uso para escribir, contesté abrochado al cinturón. Seguimos en silencio. Yo trabajaba entre las comidas y los paseos en la edificación de la logística bajo las órdenes de Cormoran escondido en la azotea que me había otorgado Nickols.
¿En quién piensas cuando se trata de magia negra?, pregunté a M. ya con un cóctel de coliflores en la mano retirados ambos en la terraza abocada al mar. Ella me mencionó un artículo que había escrito acerca de Paulo Coelho y su relación con los círculos mágicos oscuros de Inglaterra. Cómo al parecer se dice que el escritor había vendido el alma de su mejor amigo a cambio de fama. Hablamos de ellos con el cóctel de coliflores en la mano frente a las tempestuosas rocas. La luna opaca tras las nubes. Los demás comensales se habían retirado y nuestro tono ahora era confidencial o bien maquiavélico. Yo no confiaba, a pesar de mi admiración, totalmente en M. y en ese momento tuve mis dudas acerca de sus intenciones ¿Nunca has hecho lo que hizo Coelho?, le pregunté ahora que estábamos solos. Me refería al sacrificio. Ella estaba distraída en la contemplación de las olas que solo se escuchaban: miraba a la negrura y lo que contestó lo dijo para sí. Tomé un sorbo decepcionado de mi cóctel y di algunos pasos titubeantes atrás de nuevo hacia la casa. Bien, me retiro, dije ya enfilando la escalera.
– ¡Corten!
Cuando Ferran Forbes Daba el alto nosotros dejábamos de actuar. El rodaje del documental esotérico empezaba al arrancar la cena y había de terminar siempre en una conversación entre M. y yo frente al mar en la noche con un cóctel en la mano. Luego de despedirnos hasta el día siguiente en que nos esperaba jornada de cementerio, subí hacia la azotea donde había dejado mi Pentium Gaming encendido y procesando diferentes series de kilotones de materia prima que había que refinar y luego ensamblar materialmente en algo consumible. Junto al ordenador el último libro de M. leído en paralelo al hecho de conocerla y de rodar con ella aquel documental esotérico para Forbes Y Nickols: se mezclaban la literatura y la realidad y la actuación en mi cabeza sumado a que por las mañanas Cormoran solicitara puntual el informe de datos de procesamiento industrial de nuestra fábrica. Las conversaciones empezaban ya sin preámbulo ni excursos emocionales. Tras años de videollamadas nuestra realidad mutua se había convertido en una parodia y nos evitábamos el trámite de fingir que éramos amigos. La producción se restablecerá en pocas horas, le dije esa mañana a Cormoran, Cuando termine de añadir a la red eléctrica los cuatro generadores de carbón estaremos listos. Con ellos recuperaremos el déficit y dispondremos de espacio para la nueva línea de vigas de metal que hace tiempo planeamos. Con el excedente energético será posible, señalé en mi robótico informe aquella mañana en mi azotea desde mi Pentium Gaming, ampliar la producción. Acabada la videollamada y todavía en calzoncillos me dirigía a la ducha para refrescarme. Esa mañana el placer acuático fue breve y yo bajé dando saltos desde mi azotea dado que F.Forbes y Mathieu Nickols me gritaban desde el coche en marcha, esperándome.
Mi conocimiento del lugar y los alrededores quedaba ampliado más allá de los paseos con esos viajes que hacíamos con el set de rodaje en busca de sitios esotéricos reseñables de la comarca. Montado en la furgoneta descapotable de Nickols, dejaba que el aire recorriera mis cabellos y gozaba de aquel derroche. Siempre y cuando mi Pentium Gaming siguiera enchufado a la corriente yo podría dar las vueltas que quisiera por el mundo. Conducía Nickols y nos hablaba de su pasado remoto en Colombia, donde había sido abogado experto y preciso dictador de sentencias penales. Yo pensé en todos los escritores que son abogados y que viven en los bosques. Salíamos de la espesura y entrábamos de nuevo en parajes habitados: entrábamos en los pueblos y yo quedaba absorto por tales condensaciones de personajes y cimientos. Nos apeamos junto a una roca al pie de la carretera en la que había sido degollada una bruja en época antigua. Mientras actuábamos dando un rodeo en torno a la roca del degollamiento y emitíamos comentarios entre absortos y divertidos sobre la naturaleza nigromante de lo que veíamos, Forbes Nos grababa con su precisa cámara y nosotros actuábamos. Yo al mismo tiempo sacaba mi móvil y grababa mis propios planos. Mis ojos cansados. Acumulaba en el móvil secciones y fragmentos de la realidad desde hacía años. Ahora un bosque selvático con una roca donde había sido degollada una bruja y M. parecía fascinada por la magnitud del pedrusco y la corona de iridiscencias sangrientas que evocaban su tétrico pasado. Buscábamos las mejores frases y fluíamos en la impostura de los personajes que nos habían determinado, por lo que yo no podía saber realmente cómo era ella ni ella cómo era yo y así nos dimos a conocer en aquellos venturosos desplazamientos, quedando ambos en suspenso de quiénes éramos realmente. Aquella tarde visitamos unos menhires prehistóricos donde tuvo lugar la práctica milenaria de la magia y por la tarde escalamos las paredes por fin de un cementerio cerrado en cuyo interior yacían las ruinas de la mítica escritora catalana M.R.
Era ya de noche cuando regresamos a la casa bajo la lluvia tras la profanación. Los faros de la furgoneta, fundidos, nos obligaron a penetrar de nuevo en el bosque sin visión alguna de los surcos y los fangos y por ello quedamos pronto embarrados en el camino con los neumáticos del vehículo que resbalaban en vano suaves y sin fricción en el aire. Salimos del coche y F. Tomó su cámara para grabar nuestras reacciones bajo la lluvia. Nos habían pedido que saliéramos sin paraguas y a falta de protecciones en los pies quedamos embarrados M. y yo cavilantes ante la furgoneta.
– La casa está a solo cien metros -sugirió el genial director de cine F.Forbes para que mantuviésemos la dimensión cinematográfica de la circunstancia-: Podríais volver a pie y yo os sigo en travelling bajo la lluvia.
Así emprendimos la marcha al cobijo de los maltrechos árboles en parte muertos. Andábamos cubriéndonos con las manos y M. me hablaba de Tarot mientras F. Nos grababa. Yo quise decirle que mi carta acostumbrada hasta la fecha era El Colgado. Ella, creo, me habló todo el tiempo del poder del símbolo del Diablo, que yo aprecié, mientras enfilábamos el camino empedrado y a lo lejos descubríamos las cálidas luces del comedor de la casa. Grabé una toma con mi móvil en 16:9 mientras nos acercábamos porque una gallina se nos atravesó en el camino con sus plumajes húmedos. Entré en el zaguán chorreante. Nos recibió el cachorro de la cocinera excelsa, quien ahora cortaba una zanahoria sobre la mesa severa y perturbada por nuestra fangosa disposición. Avergonzado y perseguido por la cámara en travelling de Forbes me escabullí y retiré hasta mis aposentos de la azotea. Al llegar al último peldaño noté la quietud, la falta de vibración en el aire. Me asomé al estudio y encontré mi Pentium Gaming desenchufado lejos de la toma de corriente, apagado. Me arrojé sobre el computador para conectarlo de inmediato, cogí mi teléfono, que vibraba.
– El mundo ha colapsado -me dijo Cormoran con voz lúgubre al otro lado de la línea.
– Reiniciando, no sé cómo…
– ¡Cuatro horas sin mundo!
– La lluvia… el fango nos ha impedido… -No sabía cómo expresar mi decepción por el incidente. La voz de Cormoran no sonaba ya dispuesta al perdón y yo demasiado ya me había arrastrado como una sabandija de error en error en los últimos tiempos faltando a las entregas incluso más fáciles. Trataba de calmarlo detenido junto a la ventana, mientras mis ojos se posaban abajo en la rumbosa cala privada de nuestra casa, a la que nos asomábamos cada noche con nuestros cócteles para decir algunas frases impostadas para la película sobre cuestiones esotéricas en las que, en el fondo, no creíamos. Colgué el teléfono al restaurar el Mundo y al comprobar la presencia del avatar de Cormoran en su atalaya lejana y pixelada. Solo Wendy podía haber desconectado mi ordenador. Ella en un descontrolado acto de limpieza, o bien un enemigo desconocido. Se decía entre los residentes de la casa que Wendy también escribía en secreto obras maestras con pseudónimo Marino. Me di una ducha y cambié mis ropajes y descendí caviloso de mi azotea, temeroso de mi Pentium Gaming.
La biblioteca estaba vacía. Sobre los sofás, el aparatoso equipo de grabación de Forbes impedía tomar asiento. Paseé la vista por las estanterías, sección de esoterismo y di con un libro de Marie Louise Von Franz titulado Sobre adivinación y sincronicidad. Lo abrí al azar y leí. En ocasiones, cuando la persona se encuentra en estado de posesión emocional, la única forma de prevenir que se rompa es golpeándola antes, verbal o físicamente. Todo ello depende de la medida y requiere de la participación de la función sensorial. Así que el sentimiento tiene que ver con la medida: ¿por qué no tendría también que ver con el número? Yo no conocía la respuesta, pero tenía mis intuiciones. Así que dejé de nuevo el libro en la balda y sorteando las mochilas y bolsas de equipo cinematográfico salí al zaguán y luego al porche embaldosado de la parte trasera, que también daba al mar. Allí encontré de espaldas y junto a la barandilla a F.Forbes Fumando con la vista fija en el horizonte. El mar se había calmado. Escuché el sonido de la placentera expiración del tabaco en su boca.
Dime, me dijo todavía dándome la espalda: yo me acerqué, Te he visto grabando planos con el móvil.
Sí, contesté, en mis paseos colecciono planos.
¿Has pensado hacer algo con ellos?
No sé. Pienso en hacer una película, dije.
¿Una película?
Volvió a aspirar el cigarrillo para mi consumado deleite de ex-fumador; ahora yo estaba al lado del mítico director Forbes y él parecía dispuesto a escucharme. Le dije que pensaba en grabar un plano secuencia y lograr en el movimiento el placer estético de algún buen encuadre. Le dije que pensaba rodarlo en la cala habitada por el anciano. El plano empezaría con dos amigos que caminan por la arena y charlan acerca de una fábrica de empaquetado de uranio que han construido entre ambos. Los fusibles de la corriente eléctrica han saltado y la producción ha quedado detenida y ahora ellos han decidido salir a dar un paseo para afrontar el tema del suministro eléctrico y planear los próximos pasos. Salir a pasear los ayuda a evitar el bucle, los libera, otorga de nuevo un sentido a su existencia encerrada. Ahora pasean por la playa y la cámara los sigue mientras elaboran el plan de construir centrales térmicas y turbinas de agua. En esas disquisiciones siguen cuando la cámara se desplaza por la arena hacia otro grupo de personas reunidas por el motivo de una fiesta. Suena una cumbia sobre la arena a medida que la cámara se acerca a contraluz, de forma que solo se ven el sol y las sombras. Luego la cámara se desplaza lateral y graba atenta los movimientos de los bailarines cumbieros, el derroche, la placidez de sus sinuosos movimientos. Hemos reducido a la mitad la velocidad de la cinta para que el baile aparezca en slow motion y luego volveremos a acelerar una vez la cámara pierda de vista la fiesta y avance hacia otra pareja que yace sentada en la arena delante de las olas. Es una película sencilla, un plano secuencia playero que se mueve de una situación a otra y solo capta fragmentos de lo que ocurre en la playa. La pareja habla sobre objetos de poder y la fuerza y el aura que estos tienen, ella menciona la sagrada espada de Bolívar y el un pañuelo mítico de su escritora favorita, Hertha Müller. Ella pregunta si alguna vez ha practicado magia negra. La cámara ahora lenta gira en torno a ellos de forma casi imperceptible para dar la espalda al mar. Él dice que en una ocasión se sentó ante un espejo a oscuras rodeado de velas y ante su imagen inmóvil invocó el desdoblamiento de su reflejo, su autonomía, la gestación de un doble espíritu que abriera un portal y le permitiera pasar al otro lado hacia otra vida. Y que estuvo con los ojos fijos en su propia imagen minutos u horas mientras las velas se consumían y que en un momento dado la imagen en el espejo levantó la ceja y efectuó movimientos que no eran ningún reflejo. Él dice que cree que entonces abrió un portal y que no sabe si eso fue o no fue una magia negra ni si llegó a atravesarlo. Se hace un silencio. Lo que la cámara enfoca detrás de ellos son las ramas retorcidas y resecas por las tempestades de viento que acontecen en ese lugar en invierno. La cámara sigue su movimiento y vemos entonces al anciano sentado sobre una pequeña roca. Su obsesión son las formas brillantes que ofrece el mar.
SOBRE ACTUACIÓN y CINE
They are sick of each old romance, returning,
of each old revolving dance, the music
like a euphony in a museum
of euphonies
Wallace Stevens
Parte de aquel bosque estaba muerto. Dominaban las plantas secas y sus ramas tétricas se extendían bajo el manto verde que la primavera apenas había generado. Salía por la puerta del norte y me internaba a través de la colina sobre los senderos de tierra. Podía ver el mar a través de la arboleda y el camino se bifurcaba y yo descendía hacia una cala habitada por un anciano. Un hombre inmóvil sentado ante una roca obsesionado por las formas brillantes del mar, me dijeron, y lo había visto y lo había grabado con mi móvil escondido detrás de un arbusto.
Luego, regresaba a pie por el camino de la costa hasta llegar a la cala prohibida, antesala de la zona sur de la casa. En ocasiones al final de ese recorrido la escritora V. L. me ofrecía conversación. Solía encontrarla enfrascada en herméticos manuscritos. Intercambiábamos algunas palabras en torno a temas como el animismo, o bien comentábamos el aspecto de las rocas ese día y luego yo seguía el camino hasta mi habitación.
Mis disposiciones eran siniestras aunque mi carácter pretendía ser afable. Las cenas eran a las ocho y media: procuraba que el final del paseo se solapara. Había conocido pocos meses antes la muerte en el sótano de un hospital y me encontraba todavía débil, por lo que mis constantes paseos carecían de contenido claro y de alguna forma, pensaba, había de enmascarar ese vacío en la hora de la cena hablando. Y hablaba demasiado. Esa noche me habían anunciado la llegada de la escritora de terror M., a la que yo admiraba, y en efecto pude verla ya desde el sendero sentada en la mesa con mis colegas, detrás de las ventanas. Al llegar por el empedrado me recibió el cachorro de la cocinera, con quien tenía buen trato: le lancé la pelota hacia el bosque oscuro y me interné en la casa. Ary cortaba una lechuga en silencio, levantó la vista y asintió dándome la bienvenida: ella había purificado
meses antes el lugar con sagrados rituales. En la mesa M. hablaba de magia negra.
Quienes la practican son fácilmente identificables, dijo mirándome por primera vez mientras yo tomaba asiento.
Buenas noches, disculpen el retraso.
Son fácilmente identificables, dijo, Por la palidez del rostro y porque, por lo general, sacrifican a sus amigos.
¿Usted sabe de tales temas?, pregunté mientras me llevaba a la boca un caldo de colores.
Yo solo investigo, dijo.
Yo también solo investigo, dije.
No fuimos más allá porque el resto de comensales tenía ganas de parranda y se propuso un brindis por la llegada de M. y a su vez V.L. declaró que esa misma tarde había escrito diez páginas y N.C. confirmó que en su caso habían sido catorce. Mis colegas me observaron. Media página, dije.
¿Sobre qué tema?, preguntó M.
Cadenas de montaje, contesté protegido tras el babero. Tomé la decisión de defenestrar el viejo Mac y de adquirir un Pentium Gaming poco antes de salir de la ciudad. Fallaron los fusibles y la producción industrial había quedado detenida y las factorías de uranio del norte faltaron a sus compromisos y no tenía claro que Satisfactory fuera a funcionar en el viejo Mac de mi abuelo y yo le decía a Cormoran Dadme unas semanas y os lo tengo arreglado. ¿Unas semanas? Lo necesito en dos días, había contestado Cormoran desde su atalaya que yo apenas veía como un punto pixelado por el antialiasing en el horizonte. La operación implicaba la restauración de las viejas centrales térmicas junto al polvoriento lago del desierto. Ocho torres alimentadas por tres bombas de agua sostendrían la factoría de Uranio empaquetado.
Mis explicaciones técnicas convencieron a los comensales y pasaron por raros intentos de literatura. Que yo solo hubiese escrito media página sobre temas industriales en los últimos días todavía no suponía un problema. Conservaba mi Pentium Gaming en la habitación de la azotea a resguardo de todos, menos de Wendy, encargada de la limpieza del lugar y buena conversadora, por lo que no podía fiarme tampoco de su inocencia. Ya en el transporte hacia la residencia el conductor y escritor secreto Mathieu Nickols se había fijado en mi Pentium Gaming. ¿Llevas contigo un Pentium Gaming?, había preguntado y yo había tratado de ocultarlo bajo mis piernas; Nickols conducía y no tenía total seguridad de haberlo visto No, no es un Pentium Gaming; es el viejo Mac de mi abuelo que uso para escribir, contesté abrochado al cinturón. Seguimos en silencio. Yo trabajaba entre las comidas y los paseos en la edificación de la logística bajo las órdenes de Cormoran escondido en la azotea que me había otorgado Nickols.
¿En quién piensas cuando se trata de magia negra?, pregunté a M. ya con un cóctel de coliflores en la mano retirados ambos en la terraza abocada al mar. Ella me mencionó un artículo que había escrito acerca de Paulo Coelho y su relación con los círculos mágicos oscuros de Inglaterra. Cómo al parecer se dice que el escritor había vendido el alma de su mejor amigo a cambio de fama. Hablamos de ellos con el cóctel de coliflores en la mano frente a las tempestuosas rocas. La luna opaca tras las nubes. Los demás comensales se habían retirado y nuestro tono ahora era confidencial o bien maquiavélico. Yo no confiaba, a pesar de mi admiración, totalmente en M. y en ese momento tuve mis dudas acerca de sus intenciones ¿Nunca has hecho lo que hizo Coelho?, le pregunté ahora que estábamos solos. Me refería al sacrificio. Ella estaba distraída en la contemplación de las olas que solo se escuchaban: miraba a la negrura y lo que contestó lo dijo para sí. Tomé un sorbo decepcionado de mi cóctel y di algunos pasos titubeantes atrás de nuevo hacia la casa. Bien, me retiro, dije ya enfilando la escalera.
– ¡Corten!
Cuando Ferran Forbes Daba el alto nosotros dejábamos de actuar. El rodaje del documental esotérico empezaba al arrancar la cena y había de terminar siempre en una conversación entre M. y yo frente al mar en la noche con un cóctel en la mano. Luego de despedirnos hasta el día siguiente en que nos esperaba jornada de cementerio, subí hacia la azotea donde había dejado mi Pentium Gaming encendido y procesando diferentes series de kilotones de materia prima que había que refinar y luego ensamblar materialmente en algo consumible. Junto al ordenador el último libro de M. leído en paralelo al hecho de conocerla y de rodar con ella aquel documental esotérico para Forbes Y Nickols: se mezclaban la literatura y la realidad y la actuación en mi cabeza sumado a que por las mañanas Cormoran solicitara puntual el informe de datos de procesamiento industrial de nuestra fábrica. Las conversaciones empezaban ya sin preámbulo ni excursos emocionales. Tras años de videollamadas nuestra realidad mutua se había convertido en una parodia y nos evitábamos el trámite de fingir que éramos amigos. La producción se restablecerá en pocas horas, le dije esa mañana a Cormoran, Cuando termine de añadir a la red eléctrica los cuatro generadores de carbón estaremos listos. Con ellos recuperaremos el déficit y dispondremos de espacio para la nueva línea de vigas de metal que hace tiempo planeamos. Con el excedente energético será posible, señalé en mi robótico informe aquella mañana en mi azotea desde mi Pentium Gaming, ampliar la producción. Acabada la videollamada y todavía en calzoncillos me dirigía a la ducha para refrescarme. Esa mañana el placer acuático fue breve y yo bajé dando saltos desde mi azotea dado que F.Forbes y Mathieu Nickols me gritaban desde el coche en marcha, esperándome.
Mi conocimiento del lugar y los alrededores quedaba ampliado más allá de los paseos con esos viajes que hacíamos con el set de rodaje en busca de sitios esotéricos reseñables de la comarca. Montado en la furgoneta descapotable de Nickols, dejaba que el aire recorriera mis cabellos y gozaba de aquel derroche. Siempre y cuando mi Pentium Gaming siguiera enchufado a la corriente yo podría dar las vueltas que quisiera por el mundo. Conducía Nickols y nos hablaba de su pasado remoto en Colombia, donde había sido abogado experto y preciso dictador de sentencias penales. Yo pensé en todos los escritores que son abogados y que viven en los bosques. Salíamos de la espesura y entrábamos de nuevo en parajes habitados: entrábamos en los pueblos y yo quedaba absorto por tales condensaciones de personajes y cimientos. Nos apeamos junto a una roca al pie de la carretera en la que había sido degollada una bruja en época antigua. Mientras actuábamos dando un rodeo en torno a la roca del degollamiento y emitíamos comentarios entre absortos y divertidos sobre la naturaleza nigromante de lo que veíamos, Forbes Nos grababa con su precisa cámara y nosotros actuábamos. Yo al mismo tiempo sacaba mi móvil y grababa mis propios planos. Mis ojos cansados. Acumulaba en el móvil secciones y fragmentos de la realidad desde hacía años. Ahora un bosque selvático con una roca donde había sido degollada una bruja y M. parecía fascinada por la magnitud del pedrusco y la corona de iridiscencias sangrientas que evocaban su tétrico pasado. Buscábamos las mejores frases y fluíamos en la impostura de los personajes que nos habían determinado, por lo que yo no podía saber realmente cómo era ella ni ella cómo era yo y así nos dimos a conocer en aquellos venturosos desplazamientos, quedando ambos en suspenso de quiénes éramos realmente. Aquella tarde visitamos unos menhires prehistóricos donde tuvo lugar la práctica milenaria de la magia y por la tarde escalamos las paredes por fin de un cementerio cerrado en cuyo interior yacían las ruinas de la mítica escritora catalana M.R.
Era ya de noche cuando regresamos a la casa bajo la lluvia tras la profanación. Los faros de la furgoneta, fundidos, nos obligaron a penetrar de nuevo en el bosque sin visión alguna de los surcos y los fangos y por ello quedamos pronto embarrados en el camino con los neumáticos del vehículo que resbalaban en vano suaves y sin fricción en el aire. Salimos del coche y F. Tomó su cámara para grabar nuestras reacciones bajo la lluvia. Nos habían pedido que saliéramos sin paraguas y a falta de protecciones en los pies quedamos embarrados M. y yo cavilantes ante la furgoneta.
– La casa está a solo cien metros -sugirió el genial director de cine F.Forbes para que mantuviésemos la dimensión cinematográfica de la circunstancia-: Podríais volver a pie y yo os sigo en travelling bajo la lluvia.
Así emprendimos la marcha al cobijo de los maltrechos árboles en parte muertos. Andábamos cubriéndonos con las manos y M. me hablaba de Tarot mientras F. Nos grababa. Yo quise decirle que mi carta acostumbrada hasta la fecha era El Colgado. Ella, creo, me habló todo el tiempo del poder del símbolo del Diablo, que yo aprecié, mientras enfilábamos el camino empedrado y a lo lejos descubríamos las cálidas luces del comedor de la casa. Grabé una toma con mi móvil en 16:9 mientras nos acercábamos porque una gallina se nos atravesó en el camino con sus plumajes húmedos. Entré en el zaguán chorreante. Nos recibió el cachorro de la cocinera excelsa, quien ahora cortaba una zanahoria sobre la mesa severa y perturbada por nuestra fangosa disposición. Avergonzado y perseguido por la cámara en travelling de Forbes me escabullí y retiré hasta mis aposentos de la azotea. Al llegar al último peldaño noté la quietud, la falta de vibración en el aire. Me asomé al estudio y encontré mi Pentium Gaming desenchufado lejos de la toma de corriente, apagado. Me arrojé sobre el computador para conectarlo de inmediato, cogí mi teléfono, que vibraba.
– El mundo ha colapsado -me dijo Cormoran con voz lúgubre al otro lado de la línea.
– Reiniciando, no sé cómo…
– ¡Cuatro horas sin mundo!
– La lluvia… el fango nos ha impedido… -No sabía cómo expresar mi decepción por el incidente. La voz de Cormoran no sonaba ya dispuesta al perdón y yo demasiado ya me había arrastrado como una sabandija de error en error en los últimos tiempos faltando a las entregas incluso más fáciles. Trataba de calmarlo detenido junto a la ventana, mientras mis ojos se posaban abajo en la rumbosa cala privada de nuestra casa, a la que nos asomábamos cada noche con nuestros cócteles para decir algunas frases impostadas para la película sobre cuestiones esotéricas en las que, en el fondo, no creíamos. Colgué el teléfono al restaurar el Mundo y al comprobar la presencia del avatar de Cormoran en su atalaya lejana y pixelada. Solo Wendy podía haber desconectado mi ordenador. Ella en un descontrolado acto de limpieza, o bien un enemigo desconocido. Se decía entre los residentes de la casa que Wendy también escribía en secreto obras maestras con pseudónimo Marino. Me di una ducha y cambié mis ropajes y descendí caviloso de mi azotea, temeroso de mi Pentium Gaming.
La biblioteca estaba vacía. Sobre los sofás, el aparatoso equipo de grabación de Forbes impedía tomar asiento. Paseé la vista por las estanterías, sección de esoterismo y di con un libro de Marie Louise Von Franz titulado Sobre adivinación y sincronicidad. Lo abrí al azar y leí. En ocasiones, cuando la persona se encuentra en estado de posesión emocional, la única forma de prevenir que se rompa es golpeándola antes, verbal o físicamente. Todo ello depende de la medida y requiere de la participación de la función sensorial. Así que el sentimiento tiene que ver con la medida: ¿por qué no tendría también que ver con el número? Yo no conocía la respuesta, pero tenía mis intuiciones. Así que dejé de nuevo el libro en la balda y sorteando las mochilas y bolsas de equipo cinematográfico salí al zaguán y luego al porche embaldosado de la parte trasera, que también daba al mar. Allí encontré de espaldas y junto a la barandilla a F.Forbes Fumando con la vista fija en el horizonte. El mar se había calmado. Escuché el sonido de la placentera expiración del tabaco en su boca.
Dime, me dijo todavía dándome la espalda: yo me acerqué, Te he visto grabando planos con el móvil.
Sí, contesté, en mis paseos colecciono planos.
¿Has pensado hacer algo con ellos?
No sé. Pienso en hacer una película, dije.
¿Una película?
Volvió a aspirar el cigarrillo para mi consumado deleite de ex-fumador; ahora yo estaba al lado del mítico director Forbes y él parecía dispuesto a escucharme. Le dije que pensaba en grabar un plano secuencia y lograr en el movimiento el placer estético de algún buen encuadre. Le dije que pensaba rodarlo en la cala habitada por el anciano. El plano empezaría con dos amigos que caminan por la arena y charlan acerca de una fábrica de empaquetado de uranio que han construido entre ambos. Los fusibles de la corriente eléctrica han saltado y la producción ha quedado detenida y ahora ellos han decidido salir a dar un paseo para afrontar el tema del suministro eléctrico y planear los próximos pasos. Salir a pasear los ayuda a evitar el bucle, los libera, otorga de nuevo un sentido a su existencia encerrada. Ahora pasean por la playa y la cámara los sigue mientras elaboran el plan de construir centrales térmicas y turbinas de agua. En esas disquisiciones siguen cuando la cámara se desplaza por la arena hacia otro grupo de personas reunidas por el motivo de una fiesta. Suena una cumbia sobre la arena a medida que la cámara se acerca a contraluz, de forma que solo se ven el sol y las sombras. Luego la cámara se desplaza lateral y graba atenta los movimientos de los bailarines cumbieros, el derroche, la placidez de sus sinuosos movimientos. Hemos reducido a la mitad la velocidad de la cinta para que el baile aparezca en slow motion y luego volveremos a acelerar una vez la cámara pierda de vista la fiesta y avance hacia otra pareja que yace sentada en la arena delante de las olas. Es una película sencilla, un plano secuencia playero que se mueve de una situación a otra y solo capta fragmentos de lo que ocurre en la playa. La pareja habla sobre objetos de poder y la fuerza y el aura que estos tienen, ella menciona la sagrada espada de Bolívar y el un pañuelo mítico de su escritora favorita, Hertha Müller. Ella pregunta si alguna vez ha practicado magia negra. La cámara ahora lenta gira en torno a ellos de forma casi imperceptible para dar la espalda al mar. Él dice que en una ocasión se sentó ante un espejo a oscuras rodeado de velas y ante su imagen inmóvil invocó el desdoblamiento de su reflejo, su autonomía, la gestación de un doble espíritu que abriera un portal y le permitiera pasar al otro lado hacia otra vida. Y que estuvo con los ojos fijos en su propia imagen minutos u horas mientras las velas se consumían y que en un momento dado la imagen en el espejo levantó la ceja y efectuó movimientos que no eran ningún reflejo. Él dice que cree que entonces abrió un portal y que no sabe si eso fue o no fue una magia negra ni si llegó a atravesarlo. Se hace un silencio. Lo que la cámara enfoca detrás de ellos son las ramas retorcidas y resecas por las tempestades de viento que acontecen en ese lugar en invierno. La cámara sigue su movimiento y vemos entonces al anciano sentado sobre una pequeña roca. Su obsesión son las formas brillantes que ofrece el mar.
Estuvo en Sanià junto a: