Caballos de fuerza
Sobre vivir y morir en tiempo récord
Camila Fabbri
noviembre 2024
En un cuestionario de la revista infantil Billiken preguntaban cuál era el deporte más riesgoso. Entre otras cosas que tenían que ver con tópicos de la vida adulta, este formulario nos hacía pensar en el futuro. Instantáneamente respondí que el deporte más peligroso del mundo era el boxeo, porque ahí el daño era evidente: dos hombres se golpean hasta sangrar o hasta quedar semi inconscientes. Cuando le mostré a mi padre que había terminado de responder las preguntas, en este punto él no estuvo de acuerdo. Me dijo que el boxeo no era tanto así, que el malestar era más una cosecha a futuro, que el riesgo palpable estaba más bien en el automovilismo. A juzgar por lo poco que había visto ese deporte a mis once años, tenía una idea abstracta al respecto: unos tipos con trajes antiflama dando vueltas alrededor de un circuito redondo durante horas. Ahí no parecía haber riesgo alguno. Pero había algo que enmarañaba todo y yo no estaba contemplando: la velocidad. Es que los kilómetros por hora no son algo visible y las trompadas, sí. Me pareció que tenía que discutir esto con mi padre porque el peligro, a mis pocos años, ya era algo que me interesaba mucho. Pero lo dejé pasar.
¡Bienvenidos y bienvenidas, apasionados del motor y la velocidad! Hoy nos embarcamos en un emocionante viaje por el asfalto. Te vamos a explicar cómo ser piloto de carreras. Este no es solo un trayecto de adrenalina y motores rugientes, es una ruta marcada por la disciplina, la formación y el incansable espíritu de superación. Y por el dinero, por supuesto, muchísimo dinero. Un niño de ocho años puede empezar sus prácticas en karting si tiene ya el deseo puesto en las carreras de velocidad. Es ese el famoso potrero del corredor. Existe algo así como una primera licencia de karting, en la que se evalúa la resistencia, la fuerza y la capacidad de reacción de la criatura. Y no solo las técnicas de conducción son evaluadas, sino que también se le imparten cursos de ingeniería en escuelas de pilotaje. La criatura después puede conseguir su título de Federado en Karts, en su región, en su país, o incluso en la Federación Europea. Con esta última, la criatura quizás ya adolescente, puede competir en todos los niveles menos en la Fórmula 1. Para acceder a esos grandes circuitos y competir con los más grandes del mundo, la criatura –o su padre, tío, o abuelo, muchas veces, automovilista retirado– tiene que conseguir una Superlicencia otorgada después de que el crío en cuestión gane campeonatos en diferentes niveles. Otra forma de conseguirla si no, es pagándole a la Federación Internacional de Automovilismo (FIA) algo así como once mil Euros.
Además de ser un apasionado, el niño tiene que ser un heredero.
Llegué a la Costa Brava, más precisamente a la Residència Literària Finestres, a comienzos del mes de octubre. El grupo de residentes estaba conformado por un poeta madrileño muy joven, Juan de Salas, Aleksandra Lun, una escritora y traductora polaca que hablaba a la perfección el español, y un novelista sudafricano, Damon Galgut. Tuve tardes enteras para escribir y leer. Algo que no hacía, así de ese modo, hacía muchísimo tiempo. Hay algo de culpa en leer desprejuiciadamente para un tercermundista. Como si equivaliera a mirar tv abierta, a dar paseos sin destino, a perder el tiempo. Nos cuesta trabajo reconocer que en la lectura de narrativa, ensayo o poesía, estamos también haciendo un trabajo de estudio. Es importante ponerlo en esos términos, para no quedarnos con la culpa, pero es difícil. Todo este tiempo que estuve leyendo podría haber salvado a mi país, a mi economía, a la economía de mis padres, o cosechando a futuro para, algún día, tener una casa, un auto, un hijo. Es agotador. Agradezco a la casa a la vera del Mediterráneo por ofrecerme horas de lectura a cambio de nada.
A raíz de esos días, surgió la oportunidad de acercarnos a una pista de karts que quedaba en la ruta C-31, en las afueras de Palamós, Comunidad de Catalunya. Una pista que parecía estar más pensada para turistas o con fines recreativos que para preparar a futuros corredores. Pero una pista al fin, en toda su extensión y su estricta norma. Con kartings que conducen hasta 60 km/hora y bidones de nafta al costado del manubrio, como bolsas de hidratación. Un mes en una residencia de escritura genera una sensación de supremacía: de que podría escribir sobre lo que quiera. De que podría sentarme en un banquito en cualquier vereda y vender textos a colaboración. Ustedes simplemente díganme la palabra clave: amor, destino, salud, y yo les escribiré algo que les cambiará la vida para siempre. Pero no. Por supuesto que no haría eso. Al menos no por ahora. De todos modos, en esa falsa ilusión en que la escritura es algo totalmente al alcance, decidimos acercarnos a la pista de karts con los otros escritores residentes, a ver si la experiencia anómala tenía algo extra para darle a nuestra imaginación ahora tan expansiva.
Contábamos con poco tiempo porque la pista se ocuparía por un grupo de veinte personas que la habían alquilado para festejar un cumpleaños de treintaypico. Curioso. Teníamos un turno a las cuatro de la tarde. Llegamos hasta ahí en autos porque no podía ser de otra manera. Fuimos en autos a conducir otros autos. La fiesta de la redundancia. Éramos Joseph Zárate –un cronista peruano que estaba de paso a raíz del desarrollo de una crónica por encargo, y se sumó a la aventura–, Aleksandra, Nicolás Botero –el director de la Residencia–, Damon, Juan y yo. Seis personas que en su vida habían pisado una pista de karts. Solamente conocíamos el género por películas que ni siquiera nos habían interesado tanto. Las vueltas duraban diez minutos. Con eso me sentí estafada. ¿Nada más? ¿Diez minutos por veinticinco euros? Después entendí que tenía sentido. Que estábamos frente a una de las disciplinas más caras del mundo y que si queríamos acercar apenas las narices, teníamos que gastar algo de dinero. Como cualquier ciudadano de a pie.
Dejamos nuestros abrigos en lockers y nos ofrecieron cascos. A mí me tocó el más pequeño. Me sentí orgullosa con el tamaño de mi crisma. Lo mismo Aleksandra. Las mujeres estamos diseñadas de otra forma. Primero nos pusimos unos gorros de plástico, símil gorra de baño, y encima iban bien colocados los cascos que parecían no permitir el ingreso de oxígeno. Seguramente alguien pensó en ese detalle, así que no me preocupé de más. En ese instante, mientras nos sacábamos fotografías para dejar registro de una hazaña más bien ridícula en vistas de que éramos gente que se dedicaba a algo que tenía que ver, más que nada, con estar sentados frente a una computadora, llegó una criatura con su padre. El hombre que estaba a cargo de la pista –era argentino, por cierto– nos preguntó si no teníamos problema en sumar a alguien más. Creo que los demás no escucharon su pregunta, entonces yo le contesté que no. Que no teníamos problema. Miré al niño: era castaño, lacio y traía urgencia. No tendría más de trece años y un padre muy alto que miraba la pantalla de su celular. Al instante le ofrecieron un casco. No llegué a oír si era de tamaño chico o mediano. Me hubiera gustado saber. Creo que fue Joseph el que me preguntó quién era el niño, si iba a correr con nosotros. Le respondí que sí. Que no había tenido más opción que decir que no teníamos problema en sumarlo a nuestra hazaña absurda.
La última Polaroid del rollo la saqué cuando estaban todos dentro de sus monoplazas. Los escritores y el púber. La foto salió totalmente oscura así que no tengo ningún registro de lo que estoy diciendo.
Nadie nos instruyó, en absoluto. Un chico de veintipico, asistente del argentino que llevaba el lugar, encendió nuestros autitos con un cordón y nos echó a andar. Hasta ese momento, yo no había conducido un auto en toda mi vida. Solamente bicicletas y alguna canoa en vacaciones. El kart tenía vida propia. De mi dependía frenar, acelerar, o que el autito se detuviera por completo. Todo lo demás venía resuelto, como una cámara en automático. Allá adelante iban los hombres, sin dudarlo, aquí detrás estábamos nosotras. Un poco más dudosas. Desde el primer instante entendí que el género era algo que determinaba algo en la pista. La velocidad no era algo que quisiéramos perseguir. O incluso que nos preocupara. Nosotras íbamos despacio, más bien mirando el mapa. Ellos iban adelante, como si tuvieran que llegar a alguna cita a la que no nos habían invitado. Yo no quería acelerar. Me daba miedo. Sentía que equivalía a tomar un litro de vino en un instante y quedar totalmente alcoholizada. Fuera de control. Pero la celeridad de los otros provocó algunos choques con mi karting y entendí que estar frenada tampoco era algo bueno. Quedé incrustada en una pila de neumáticos puestos ahí, yo creo que más como decoración, pero también como amortiguación. Si quedaba detenida no tenía problema en quedarme ahí. Pero esas no eran las reglas del juego. Al instante, llegaba el veinteañero asistente y me quitaba de la detención para permitirme aprovechar el disfrute que todavía me quedaba. Por el que había pagado. Varios minutos por delante. En ese instante vi pasar al niño. Hasta ese momento no lo había notado, preocupada por mi integridad. El niño sí tenía un destino. Nosotros, en cambio, no.
Iba adelante, rapidísimo, quizás a 65 km/h, lo máximo a lo que esos autitos podían aspirar. Que era bastante, por cierto. Iba y volvía, como si fuera sencillo, como si ya hubiera aprendido a volar. Sus curvas eran livianas y hasta elegantes. Gracias a la velocidad, su cuerpo parecía despegarse de sí mismo. Su cabeza iba por un lado y su torso por el otro, como una ilusión óptica. El niño era de verdad pero no parecía de verdad. Ir despacio me permitió examinarlo, lo poco que me permitía la falta de estabilidad. Allá adelante estaba su padre, sentado en una silla plástica, mirando su celular. Ya ni siquiera miraba a su hijo. Tan acostumbrado a traerlo hasta ahí, poniendo toda su existencia dentro de un kart alquilado, protegido por un casco también alquilado, avanzando tan pero tan rápido con una vocación que quizás su padre no deseaba, pero que ya había tomado a su hijo por completo.
Fue imposible no pensar en el tricampeón Internacional de Fórmula 1, Ayrton Senna. El único piloto que conocí gracias al documental de Asif Kapadia. Senna du Brasil. Ese galán de atuendos rojos con mirada triste que murió a los treinta y cuatro años en un accidente épico, en una curva del Gran Premio de San Marino, Italia. Destacado más que nada por sus desempeños en pistas mojadas –no sabía que existía eso– teniendo, incluso, competidores con mejores coches que el suyo. Este también fue un niño poseído por la velocidad. Empezó a correr a los cuatro años, seguramente comandado por un deseo más familiar que genuino, en un pequeño kart de un caballo de potencia que le regaló su padre. En una entrevista que le hicieron muchos años después, narró su primera vuelta en ese karting. Dijo: Tenía solo ocho años y la mayoría de los otros tenía 15, 18 e incluso 20. Las posiciones en la parrilla se determinaban por sorteo. Ponían unos papelitos con números dentro de un casco. Por ser recién llegado, fui el primero en agarrar un papel al azar. Saqué el número 1. Y así empezó a ganar.
A los trece años entró a competir oficialmente en Karting. En 1973 ganó el Campeonato Paulista de Karting y a los diecisiete años ganó el máximo trofeo en el Campeonato Sudamericano de Karting, en Uruguay. Los monoplazas llegaron un par de años después, la Fórmula Ford, los títulos mundiales y la muerte transmitida en vivo, con un helicóptero sanitario llevándoselo por los aires, en una huida también veloz. La dilación no parece haber tenido lugar en ningún rincón de su existencia. ¿Fue esto lo que sintió Senna la primera vez que se subió a un kart, esto mismo que me estaba pasando a mí? ¿Este cuerpo rígido, estas piernas que pareciera que ya no me pertenecen? ¿Este circuito monótono que parece no tener fin, como una cinta de Moebius, que no me permite pensar en nada? ¿Habrá habido alguna tentación con la conquista de abandonar el pensamiento? ¿Puede alguien enamorarse perdidamente de este sinfín acelerado en el que empieza a desaparecer el mundo externo y lo único que perdura es uno mismo?
Y las vueltas seguían y seguían. Ya íbamos por la cuarta y yo empecé a dejar de sentir los brazos. Los había dejado tiesos, presa del pánico de cualquier rasguño fatal. Iba tan lento que parecía que me había quedado dormida dentro del coche, pero no. Ahí estaba. Con todos mis sentidos mamíferos listos para sobrevivir. Pensaba en los deportes peligrosos y en aquel cuestionario que respondí cuando era mínima. ¿Existiría algo así como pistas de karts pero para boxear? Quiero decir, esa etapa de prueba antes de la gran pelea ¿Podría experimentar también el boxeo, para medir entonces qué me parecía más extremo?
Y las vueltas seguían. Miraba cada tanto a los empleados del circuito que no nos prestaban atención ya. No parecía que les estábamos robando el tiempo. No podía hacer ningún movimiento excepto mirar hacia adelante y apretar el acelerador. No sabía cómo salir de ahí. Necesitaría ayuda para detener el kart e incluso para estacionarme en algún lugar guarecido. Estaba atrapada dentro de los diez minutos más largos de mi vida. Y allá adelante iban los escritores, compenetrados en su vínculo con el kilometraje por hora. Yo no sabía que esto era algo que realmente les podía importar. Noté que sí. Pero también vi que Aleksandra, la que se movía siempre de acá para allá con su perrita de más de siete años, había abandonado el juego. La vi quitándose el casco y dándoselo al asistente veinteañero. Claro. Por algo no existen pilotas. Hay algo en desaparecer completamente dentro de un aparato raudo que pareciera no coincidir con algún tipo de hormonaje más estrogénico que testosterónico.
Ella había podido huir de la pista infinita. Yo no.
La potencia de un karting se aplica con las ruedas traseras, por eso tienden a derrapar y a girar sobre sí cuando se les da mucha. O al menos eso le oí decir al piloto de rallys y youtuber español, Guilerm Serna. Lo mismo con los frenos, si se les da de lleno el impacto es mucho más grande. El equivalente a activar un freno de mano, por ejemplo. Es muy fácil perder el control en un kart porque las ruedas delanteras siguen funcionando pese a que las traseras disminuyan. Es una cuestión de equilibrio permanente. Es muy importante mantener el tono muscular del torso para que el cuerpo no se bandee hacia los costados como una bandera. Por eso hay que estar tan firme. Para generar el mejor tiempo en estos circuitos y ser el ganador –porque aunque seamos adultos responsables y finjamos que eso no nos importa, lo que los escritores y el niño están intentando conquistar acá, esta tarde, es algún tipo de dominación– lo esencial no es ser el más rápido, sino la elegancia que se pueda obtener en el franqueo de las curvas. Obtener un balance muy fino entre frenar y acelerar para que el conflicto geográfico curvo no altere nuestro destino. Algo que, a juzgar por el oficio que elegimos, parecería que tenemos controlado: habitar el drama. Al menos para la ficción. Es evidente que acá no. En esta pista, derrapar es perder tiempo. Perder tiempo es perder la carrera. Es quedar disminuido ante el otro. Es reconocer que el otro es mejor humano y que tal vez, en el peor de los casos, hasta sea mejor escritor.
En Fórmula 1, los monoplazas funcionan hasta a trescientos kilómetros por hora. ¿Qué pasa si se acelera un cuerpo, como lo dicta la segunda ley de Newton? La fuerza es igual a la masa por la aceleración. Esto lleva a algo que se llama la Fuerza G, la medida que determina la aceleración producida por la gravedad terrestre en un objeto o en una persona. En la tierra esto simboliza 1 G. Los pilotos suelen experimentarla cinco veces más, al frenar, al acelerar, o al tomar una curva. Algo así como desafiar las leyes del tiempo y del espacio. Sería algo así como tener el control sobre tu propio cuerpo al mando de una montaña rusa. Es importante que un piloto tenga una preparación física y mental para hacerle frente a esa demanda excesiva. Su sistema cardiovascular tiene que estar preparado para no colapsar, su musculatura tiene que ser óptima para poder maniobrar el vehículo, y también debe tener una especie de resistencia mental. Si diez minutos en una pista de kart fueron algo así como la noción de una hora, al menos para mí, ¿cuánto tiempo cabrá en dos horas de un circuito profesional? No es solo una cuestión de talento neumático. Los pilotos también entrenan sus cuellos, por ejemplo. Y para eso existen máquinas encargadas de generar resistencia en los músculos cervicales, espalda y hombros, porque si el corredor tiene algún accidente, es importante que esa masa muscular pueda absorber el impacto y disminuir el riesgo de lesión.
Correr también es un deporte mental.
El tiempo de reacción de un piloto es superior al de la media. Sus reflejos deben ser monstruosos para impedir, también, cualquier impacto. Y también pueden perder hasta tres kilos en una carrera, debido al calor que genera la velocidad en sus cuerpos. Tienen que tener un buen tejido muscular y adiposo, para poder generar una buena termorregulación. Como un aire acondicionado íntimo. Los pilotos no son personas. Son luciérnagas.
Ya falta menos. Una vuelta más. Soy una cobarde. No puedo abandonar la pista antes de tiempo. Aunque juro que lo haría. Estoy agotada. Mi torso es muy débil para estar acá sentada, yendo en contra de la fuerza de atracción. Con el mismo dinero que gasté en estos diez minutos me hubiera comprado un pantalón. Y lo hubiera hecho valer. Diría: miren qué prenda única me compré. En ninguna cuota, todo en efectivo. Porque acá en Europa la compraventa es algo liviano, que pareciera no traer amenaza alguna. Algo sin efectos adversos. Un distinguido pantalón de lycra. Pero no. Estaría traicionando la aventura que nos propusieron para pasar la tarde. No voy a abandonar y menos ahora. El niño ya dio una infinita cantidad de vueltas. Verlo es como mirar el centrifugado de un lavarropas antiguo. Algo que se mueve mucho y que hace un ruido que no debería. El padre, por fin, lo busca con la mirada. Y después mira su reloj también. Debe estar harto. Debe ser la tercera vez en la semana que su hijo le pide por favor venir a la pista de karts. Por favor. Que se está aburriendo como una ostra. Me gusta esa comparación. Sobre todo porque la palabra ostra es muy usada acá en España. Y que un niño se aburra como una ostra me parece preciso. Un niño, algo pequeño y rígido, sucumbido totalmente en la monotonía de la casa familiar. Hijo único, tal vez. De padre y madre todavía juntos, tal vez. Con un televisor de infinitas pulgadas y una familia con dinero, me arriesgaría a decir. Devoto de los karts, quién sabe por qué. Algún tío lejano de Sevilla. Algún primo erradicado al sur de Italia, en Sorrento tal vez. Gira y gira. Es asombrosa la peligrosidad que trae consigo. Toda juntada y agolpada en sus aparentes doce, trece años.
Al fin el asistente veinteañero levanta el brazo, indicándonos que queda una sola vuelta. Esta sí que es una buena ilustración del alivio. Joseph y Nicolás se baten en un duelo íntimo, como una conversación que pasa a mayores. Nicolás se le adelanta a Joseph y viceversa. Noto que en estos diez minutos han logrado algo. Una pequeña perfección en las curvas. Ya no pierden tanto el tiempo. Aunque sean civiles poco preparados, esta tarde ganaron un saber. Damon y Juan, en cambio, mantienen invicta la esperanza del disfrute. No están apurados pero tampoco aburridos. Seguirían dando vueltas sobre sí, es evidente. Quizás ni siquiera hayan notado que el asistente nos invita a detenernos. Allá detrás puedo ver a todo el grupo de treintañeros que asistirá al cumpleaños de uno de ellos. Para ellos, venir hasta acá, es sinónimo de festejo. Curioso. Lo que me permite ver todo esto es esa potestad que conquisté, tan torpe pero permisiva, de frenar a cada instante impidiendo que mi auto avance demasiado. Frenar me permite mirarlos a todos ellos. Como dice la canción: vamos a dar algunas vueltas por ahí, a mirar de cerca. Quizás mañana viaje alguien para este país, lo podremos saludar.
Los treintañeros tienen los colmillos afuera. Vampiros o tiburones. Desde mi kart, diría que mueren de ganas de que nos vayamos. Somos pésimos. ¿Quién querría ver esto que estamos haciendo acá? Pero hay algo que nos destaca, por supuesto, y es el niño.
Al rato los autos se desactivan o eso parece. Como si estuvieran recargados para moverse cada diez minutos. Perdón. No puedo parar de repetir que todo esto se trató de unos benditos diez minutos. El kart se detiene y yo lo dejo donde queda. No tengo que hacerme cargo de su posición. Apenas siento el cuerpo ni bien empiezo a caminar los primeros pasos. Como si estuviera haciendo una especie de caminata lunar. La atmósfera es un invento. No puedo sacarme el casco y veo como los otros escritores se los quitan sin problemas. Por favor. Que alguien se apiade de mí. Siento como si me acabara de despertar de una anestesia. No puedo ver a Aleksandra por ningún lado. Probablemente se haya ido a pasear a su perra por ahí. Probablemente la perra sea siempre una excusa para escapar. Finalmente Damon me ayuda. Help me, please. Solamente hablamos en inglés con él. I need this helmet out. Ahí veo que el niño se lo quita rapidísimo, como si el casco levitara. Su padre ya está parado. Abandonó la silla. Está listo para irse a la casa, o al supermercado, o a seguir con su vida medianamente normal. El niño anda como si nada de lo que acaba de hacer recién hubiera sucedido. Su cuerpo camina como si fuera un civil, que para mí no es, aunque lo es. Damon me quita el casco. Ahora todo toma otro tenor. Quizás la sensación atmosférica tenía que ver con tener la cabeza ahí dentro. Cómo no se me ocurrió. Estoy atontada. No siento las extremidades. ¿Todo esto es normal? El niño le cuenta algo al padre. Él le responde: sí, te he visto. Muy bien. Y al instante regresa la mirada a la pantalla de su celular. ¿Qué serán diez minutos en la vida de una persona que estuvo sentada scrolleando redes sociales? ¿Cómo puede cambiar tanto la noción del tiempo estando dentro de un kart?
La sensación en mí perdura. No puedo socializar ya mismo. Nicolás, Juan, Joseph, ya todos están sacando conclusiones. Me gustó. Me atrapó. Qué bueno. Me sentí un niño. No sabía que me iba a gustar tanto. Qué graciosa Cami, cómo no se movía. ¿y Aleksandra, qué pasó, dónde está? ¿Se fue? ¿Volvemos a la casa o quieren ir a tomar algo? ¿qué quieren hacer? ¿Saben, ahora mismo, qué quieren hacer el resto del tiempo que les queda del día? ¿Qué quieren tomar? ¿Café, whisky, cerveza? ¿Vamos, o no vamos?
No puedo responder nada. No siento los pies.
Finalmente decidimos volver a la Residencia. Nos repartimos en dos autos. Joseph, Damon y Nicolás van en una pseudo camioneta y Juan, Aleksandra y yo vamos en el Audi blanco de ella, con su perrita que viaja en un asiento especial, como si fuera un bebé, que a esta altura creo que lo es. A mí me duele la cabeza y no tengo ganas de conversar sobre nada. Por suerte Juan y Aleksandra hacen todo el trabajo. Encaramos la ruta por un trayecto que es corto pero esa tarde, por algún motivo que no es el tránsito, se hace bastante más largo. Oscurece cuando estamos llegando al camino de tierra. En un instante ya no vemos casi nada. Los otros todavía no nos alcanzaron. Entramos en el bosque mientras oímos en la radio a un músico actual que emula ser de otra época. Mi dolor de cabeza se torna insoportable. Noto que, como casi siempre, es la parte derecha de la cervical la que está pulsando para hacerme doler así. Necesito llegar y cerrar los ojos. A lo lejos vemos unas luces. Podría ser un concierto en el medio de la nada, pero no. Es la guardia civil, acompañada de bomberos. Son varios autos, amarillos, negros, azules. No distingo las fuerzas de poder de un país que no es el mío. El coro de luces forma una batalla en el cielo.
¿Qué habrá pasado? Dice Aleksandra con la mirada, pero Juan lo dice con la voz. La perra está inquieta. A mí se me parte el cráneo del lado derecho y también la espalda. Vemos que el auto de los demás llega también. Todos queremos llegar a la casa que nos aleja en la cala de Saniá. Los del otro auto parecen más animados que nosotras. La velocidad de los karts parece haberles iluminado un rasgo que intentaban dormir. ¿Saben qué pasó? Nos pregunta Nicolás mientras bajamos la ventanilla. Le respondemos que no. Él es el director de la Residencia de escritores. El debería saber todo lo que pasa en la casa, en la región, en el condado. Probablemente se haya incendiado el bosque, dice también, y al instante se ríe. Nota que nadie lo acompaña en la gracia. Las fuerzas policiales impiden totalmente el paso y los únicos que quieren avanzar somos nosotros. Nada grave, entonces. Se tomarán su tiempo. Tengo ganas de vomitar. El dolor cervical, algunas veces, puede manifestarse así. Siento el cuerpo como una prenda de ropa recién sacada de la lavadora. Estoy recta e inanimada.
Delante nuestro podemos ver a un bombero llevándose la rueda delantera de una bicicleta, y al instante, el caño, de un color blanco blanquísimo. A juzgar por lo poco que sé, diría que es una bicicleta de competición, de esas que lucen expertas y no tanto de paseo de fin de semana. Por el grosor del caño, el tamaño de las ruedas. Lo poco que me permite ver la oscuridad de la noche y los faroles de todos estos vehículos. Evidentemente alguien arrolló a una persona que la conducía y la bicicleta quedó hecha añicos. Pero la negrura no nos deja ver lo que realmente queremos: el accidentado. Estamos tan urgidos por llegar. Aleksandra apaga la radio porque ya no tenemos tolerancia para la expresión artística ajena. Yo cierro los ojos porque la cabeza me va a explotar, lo sé. Si no cierro compuertas, implosionará. Ahí oigo que Juan nos dice ¡miren! Y unos tipos que sospecho serán enfermeros o médicos, cargan una camilla con algo o alguien dentro. Al instante cierran la puerta trasera de la ambulancia y empiezan a desaparecer. Lo mismo ocurre con el resto de los vehículos. Están haciendo su trabajo. El show de luces se desactiva en un instante, dando paso a una oscuridad tremenda. Ni bien se alejan, nos adelantamos hacia la casa. Conducimos en silencio. Me imagino que mi dolor de cabeza se les trasladó a los demás. A Juan, a Aleksandra, a la perra. Quizás a los que viajan en el otro auto, también. Que los siete somos un gran cúmulo de malestar inexplicable. Arrancamos el día con un ímpetu irreconocible. Como un niño que va de compras. Y lo terminamos así. En la oscuridad, preguntándonos cosas. Al bajar del auto y caminar hacia la casa noto que, en efecto, las piernas y los brazos se me resienten. ¿Habrá sido el kart? Sin duda.
Veo a un hombre (¿o es un niño?) conduciendo una bicicleta por un camino de tierra en plena oscuridad, y también veo a un niño en un kart a una velocidad inexplicable, dispuesto a todo. Sin ningún temor. Los dos corren el mismo peligro. Podrían ser hermanos o primos, podrían haberse cruzado alguna vez, por las calles de la ciudad de Palamós o en las afueras de la costa. Quizás se cruzaron en un Mercadona, cuando coincidieron en la misma góndola, seguramente la de lácteos. Esa góndola infinita que puede retenerte más de veinte minutos ahí, con la vista de gacela, intentando decodificar la diferencia entre un yogur griego y el otro. ¿Se habrán chocado las manos? Quizás hasta se reconocieron, en la más absoluta extranjería, vieron en la luz pequeñita de sus ojos que había algo que podía unirlos más allá del cotidiano. Algo como la velocidad. La fascinación por creer que podrían estrellarse, pero no. La certeza de que tienen el poder de evitarlo, el poder es todo suyo, aunque no sea del todo cierto. ¿Cómo se traduce todo eso a un simple diálogo que no recordarán jamás?
–¿Eres de por aquí?
–Si. Y tú también
–¿Cómo lo sabes?
–No lo sé
–¿Tienes trece años?
–Sí. Y tú también
–¿Cómo lo sabes?
–No lo sé
–¿Hay algo que quieras decirme?
–¿En relación a qué?
–¿Estás aquí por los yogures o hay algo más? Porque apareces así, como un brujo que todo lo sabe.
–¿Te gusta la velocidad?
–Sí. Yo corro karts. Hace años. ¿A ti también te gusta?
–Claro que sí. Y probablemente lo sepas.
–Sí, lo sabía. Pero no entiendo por qué.
–Hay algo que nos une.
–¿En qué sentido?
–Es difícil de explicar. Yo prefiero las bicicletas. Suelen ser medios de transporte fríos y rígidos. Nobles. Tú tienes todo el poder. El vehículo es solamente una prolongación de tu cuerpo.
–Hablas muy rápido.
–Lo siento. Es parte de mi estructura.
–También de la mía, no te culpo.
–Yo prefiero los monoplazas. La velocidad es infinitamente superior y el mundo que conocías desaparece.
–¿Por qué querrías hacerlo desaparecer?
–Pues porque no me está gustando tanto. Mi padre me lleva todas las semanas al circuito de la C-31. Alguna vez me hizo el favor de llevarme más de una vez por semana. Un lunes y un jueves. Le estaré eternamente agradecido. Pero él ya está cansado de eso. Dice que es solamente una fascinación pasajera y que pronto se irá para siempre.
–Está tan equivocado.
–Cierto que sí. ¿Y qué bicicleta tienes?
–Una Canyon Lux Trail blanca, blanquísima. Es capaz de luchar contra un cronómetro. Es la bicicleta más rápida del mundo en este momento. O al menos está fabricada para serlo. ¡y juro que lo es!
–Te creo.
–Y puedo tenerla en mi casa. No tengo que ir a un circuito todas las semanas. Mi padre no sería capaz de acompañarme. No lo entiende.
–No lo entienden. Nosotros somos mejores.
–Somos mejores.
–¿Y estás enojado con tu padre?
–Un poco, ya. Pero entiendo que tema que en un futuro muera en un fatal accidente. No lo culpo. También yo creo que eso podría pasarme. Pero no tengo miedo. Ni nada que se le parezca. Cuando corro siento un imán, como si estuviera ahí afuera en el medio del Universo y un agujero negro me quisiera envolver y yo tuviera que impedirlo. Pero puede que un día ya no lo pueda impedir más.
–Hemos nacido para ser imantados
–Sí. Lo entiendes.
–Lo entiendo. Lo vi en tus ojos.
–¿Qué karts prefieres?
–No tengo mucha opción. Por ahora solo uso de alquiler. Pero en algún momento quisiera tener uno de velocidad. Con motores más grandes, mayores caballos de fuerza. Uno que pueda ir a más de 150 k/hora.
–Te entiendo.
–Gracias, me entiendes todo. Me siento muy comprendido. ¿Y por dónde andas con tu bicicleta?
–Me gusta hacer prácticas en el bosque. Batir mis propios récords. Sobre todo de noche. Me gusta cuando apenas veo el camino. Es como si volara en una habitación a oscuras.
–Peligroso.
–Muy peligroso.
–Oye, tengo que irme. Mi madre me espera en la caja registradora.
–¿Han venido a hacer una compra grande?
–Sí. Ella prefiere hacerlo así. Así no tenemos que venir tan seguido.
–Mi madre es igual. Pero la perdí en alguna góndola de por allí. Y comprar no me entusiasma.
–Suerte. Cuídate. O no.
–Tú también.