Estuvo en Sanià junto a:
CUADERNO DE RODAJE.
Cuánto mide el radio de acción en el que te mueves cuando llegas a un sitio nuevo dice de ti más que tu análisis de sangre, tu genética, tu carta astral, el olor de tu cuerpo.
El mar en Sanià está a la vista y lo puedo alcanzar de cualquier modo, pero no sé el modo, así que lo primero que hago al llegar a la Residencia Literaria Finestres, una semana más tarde que el resto de participantes, es pedir ayuda.
Y quien responde es Matías. Me ha recogido esa mañana en la estación de tren de Caldes de Malavella, me ha presentado a todos al llegar, me ha ayudado a subir las maletas a mi dormitorio, me ha mostrado los horarios de comidas y cenas y las normas básicas de convivencia, pero cuando al final del día le pido que me enseñe el camino por donde todos pasean, solo sé de él que es argentino de una forma contenida.
Por ahí —me señala el lado izquierdo del cruce en el que se detiene al salir de la finca— llegas a la Playa del Castell. Por alguna razón vamos hacia la derecha. Caminamos fingiendo normalidad. Él cree que me está enseñando el camino, pero me está quitando ese miedo preverbal que tengo a perderme en todos los sentidos de la palabra. Obvio que no se lo digo porque es un temor íntimo, categórico, capaz de mediatizar hasta lo que escribo, así que solo le confieso que soy capaz de perderme en un pasillo. Matías se ríe porque aún no sabe a qué atenerse: no sabe si soy bromista o una histérica, si soy cínica, si soy de fiar, si soy ingenua, pesimista, si le amargaré las próximas tres semanas con peticiones estrafalarias, si seré trabajadora.
Me pregunto cómo hacen él y Nicolás, el director de la Residencia al que le debo estar aquí, para recibir cada mes a autores nuevos después de haber dicho adiós a los autores con los que han convivido tan de cerca durante el mes precedente; cómo deshacen los vínculos para poder establecer unos vínculos nuevos. Cuando yo hago un nudo, soy capaz de tropezar con él toda la vida, por eso esta duda me hará verlos, a ellos y al equipo que nos va a cuidar a diario en la casa, con cierta admiración.
Apenas hay señales en el camino que discurre paralelo al mar y que, a medida que recorremos, me distancia de la noción de lo real: pienso en la estación de Sants esa misma mañana, pienso en Barcelona y en el AVE, el ruido de los aviones pasando por encima y el olor a Burguer King y las personas hechas multitud, pienso en lo lejos que queda la dársena donde había tantos cuerpos similares cuando ahora lo que repiten idénticos son los árboles en este camino que hacemos, con los olores asaltando a cada tanto, entre pinos y unos arbustos que desconozco su nombre y que tienen en las puntas unas flores amarillas. Le digo que son las flores que les dábamos de comer mis primos y yo a los grillos, pero no le digo que el personaje de mi novela cazaba grillos cuando era pequeño y que en algún pasaje cuando hable de la infancia de mi personaje volveré a este paseo, a esa flor amarilla, a la luz que precede a una calma nueva mientras me señala que tenga cuidado con una raíz profunda que emerge entre la tierra para hacerme la zancadilla.
Aparecen varios ciclistas con sus ruedas gruesas, los cascos, su ropa centelleante. Al verlos pasar me parecen astronautas. O científicos interestelares. Qué es el poliéster aquí.
El camino es de grava, diminutas piedras marrones, casi blancas, dibujan el sendero. Al pisarlo suena como cascar huevos diminutos, es posible sentir que a cada paso algo se rompe, se abre. Ese mismo paseo, días más tarde, sonará como un cementerio de cangrejos cuando lo escrito no suceda, cuando el tono de lo escrito no funcione. Pasará siempre las próximas tres semanas: cuando descarrille la novela, el paseo sonará como una acumulación de moluscos vacíos, varados, olorosos.
Pero eso será más tarde. El primer día es posible escuchar ponerse el sol.
Lo bueno de llegar más tarde a la residencia es que hay algo construido, lo malo es todo lo demás. Durante el principio de la residencia he sido para Vicente, Mateo y Megan la que llega una semana más tarde; un nombre con apellido, con una primera novela publicada en Asteroide, una presencia de 42 años que ocupará una de las sillas en la mesa redonda donde ellos han desayunado y comido y cenado siete días juntos.
Imagino que comparten un lenguaje que yo aún no hablo. Llegar después supone asumir que han establecido ciertos códigos y corrientes con los que relacionan entre ellos, que se saben y se intuyen.
¿Cuánto tardas en conocer a alguien, cuánto es tiempo suficiente para nombrar tus miedos, por ejemplo a perderte, a los fantasmas, a los osos, a perder el tiempo? ¿Cuándo es demasiado pronto? ¿Una semana, veinte años, un parpadeo? En la primera cena que compartimos, tengo a Megan al lado, que con una frase disipa cualquier duda y me hace sentir en casa, a salvo, aunque luego me lleve de la mano a los límites del terror. Pero eso también será más tarde, ahora, en esta primera cena, cuando aún no sé bien dónde mirar mientras sirven el agua, alguien cuenta una anécdota que todos conocen, salvo yo.
Eso sucedió en la época pre-Marta, dice Megan, y empieza a completar la historia, le da contexto, los demás se suman, me lo cuentan entre todos, me ponen al día y me tienden la mano no para hacerme un hueco, sino para sacarme de mi propio hueco.
Eso tardamos.
La casa está llena de ventanas que proyectan su luz por lugares insospechados. Por ejemplo, estás en el baño y la luz que entra por la ventana dibuja una forma rectangular dorada sobre la pared: es otra ventana en la pared, la ficción de la ventana. Lo mismo me pasa en la pared del despacho donde escribo, en las escaleras que separan el ático, en la biblioteca. La casa se empeña en recordarte dónde estás porque el primer día solo ves ventanas, ventanas, ventanas. Hasta las puertas son ventanas. Tú mismo te vuelves una ventana abierta en la mesa hacia la que todos se abren en las comidas y en las cenas, dejando ver tan solo algo, mucho o poco, de sí, según el menú, el ánimo, las horas dormidas, lo escrito.
El aire que sacude las ramas de los árboles delante de la ventana en la que trabajo me hace creer que la sudadera que llevo puesta es necesaria también afuera, pero lo que sucede en las ventanas de esta casa no es creíble. Estas ventanas son ambiguas. Un velero cruza por delante de mí y separa a su paso el cielo del agua, y tienes que creértelo.
Cada mañana es el mismo paisaje, la misma luz, la misma quietud, los mismos horarios, y sin embargo, se abren y se cierran ventanas a mi alrededor constantemente. Es el mismo ordenador, la misma historia que traigo en la mente desde casa —redefine casa, ¿qué lugar doméstico es esa idea aquí?—, es el mismo desayuno en la misma mesa donde nadie tiene un sitio asignado.
Llevo dos días aquí, el ritmo siempre es el mismo y, sin embargo, todo cambia a diario como cambia el número de palabras escritas en el documento.
De día me tapo los ojos con gafas de sol y de noche con la manga de la sudadera cuando vemos todos juntos una película de terror en el sofá del ático, un sofá grande como una lancha. Así esquivo el miedo.
Ellos han visto muchas películas, pero la mía es la primera, y no solo de la residencia. Les divierte el miedo, sobre todo a Megan y a Mateo, pero yo llevo media vida eludiendo las películas de terror y la otra media saliéndome del cine porque no lo aguanto. ¿El qué no aguantas?, me preguntan. Y no tengo ni idea de cómo explicarles que no encuentro placer en sentir que cualquier cosa terrorífica que salga en la pantalla la siento real, posible, que el miedo puede abrir puertas que prefiero dejar cerradas en mi cabeza, que prefiero no saber hasta dónde puedes tolerar el horror y seguir con tu vida después, que el temblor de pecho que me provoca me puede durar días, como comprobarán.
Subimos las escaleras hasta al estudio donde trabaja Vicente, que es donde está la televisión, y después de haber abandonado el cine con ‘El Resplandor’ siendo adolescente, me vuelvo a sentar a ver una película de miedo. No entiendo por qué el terror atrae a tantos, por qué es adictivo, supongo que la curiosidad hace que me siente, que acceda.
Veremos ‘Talk to me’. Veremos ‘El Exorcista’. Pero ese primer día vemos ‘Lake Mungo’, un falso documental que quiere dar miedo, pero se queda en una intención.
En los instantes en los que la peli quiere asustar, esquivo el miedo tapándome los ojos con el brazo como nos enseñaron a hacer en la pandemia con la boca; pongo el codo así, hacia arriba, y evito el contagio de la tensión que provocan las imágenes en la pantalla. Se me escapan gritos en algunas escenas que provocan carcajadas a Mateo y a Megan. Me escondo en los hombros de Vicente bajo una manta que huele a jabón y me pregunto si puedo contagiar mis miedos a mis compañeros. El miedo se puede contagiar como la histeria, la ignorancia, el dogmatismo, los catarros. Pero a ellos, no. Son ellos los que acaban contagiándome a mí otra cosa. Quizá este miedo a los fantasmas y a los muertos sea artificial, pero abre algo real que se propaga entre nosotros.
La presencia del agua delante de la casa cada día, cada hora, hasta cuando duermes, supone convivir con una tentación constante. Es como el deseo físico: aunque dejas de mirar lo que deseas, sigue ahí, inevitablemente dentro.
Uno no puede evitar desear una piel concreta como no puede evitar la atracción del mar cuando lo ve brillar, o moverse, o encabronarse contra las rocas. El primer sábado hace tanto calor que Megan y yo nos ponemos el bañador y bajamos a la cala. Vemos gente, gente real, no escritores, están tumbados tomando el sol, y nos miran salir de donde nadie sale: el acceso privado.
El agua es tan bella que da impresión meter en ella tu cuerpo, estropear los brillos turquesas al remover el fondo con los pies. El mar del norte del que procedo está tan frío como ese Mediterráneo y hay medusas inmóviles y rosas, pero las ganas acumuladas durante toda la semana hacen del deseo un movimiento. Megan es la primera. Se sumerge con las gafas de sol puestas y empieza a nadar. Después, meto la cabeza y saboreo al fin.
‘Sin qué funciona una persona como el mar funciona sin mí’. Escribo este verso de Lyn Hejinian en el manuscrito, que suma ya más de una docena de páginas. Los escritores miramos el número de palabras como hacen los corredores con las pulsaciones por minuto.
En la cena alguien confiesa que ha tenido una mala tarde de escritura, que no sabe hacia dónde seguir con su libro (sin saberlo enumera los terrores minúsculos que se acumulan en las teclas de mi teclado como lo hacen los trozos de piel muerta, de galletas, de mugre). Dice que no sabe hacia dónde ir y quiero responderle que ese es el terror de todos, no solo de los escritores. Hacia dónde iremos los cuatro en lo que tenemos ahora entre manos y que es apenas espuma en nuestra mente. Solo sabes lo que viene después cuando vas a morirte, y no es una opción que manejemos. Me gusta esta navegación colectiva, que el mar funcione con nosotros.
Cada vez que Leila Guerriero publica un texto, una columna o un libro, lo leo con la intención de convertir ese rato en una lección de anatomía. Es lo más parecido a escribir un diario personal. No es que repase la actualidad, no es que su vida sea una transmutación de lo que anhelo sea la mía, es que sencillamente su forma de anclar los detalles que la rodean hacen que tu realidad sea menos leve. Es como si te volvieras un poco boxeadora como ella, y en el tiempo que dura la lectura, tumbaras ese muro de cristal que nos vuelve a todos más sordos, estériles al tacto, ineficaces.
No recuerdo todo lo que leo suyo, pero varios textos se me han quedado flotando en la cabeza con la extrañeza con la que flota en la orilla una chancla.
El camino a Cala Estreta transcurre entre troncos rebosantes de sombras y arbustos pinchudos y amarillos, con ese olor que Juan Pablo, el guardés, dice que le recuerda a los cementerios porque las flores de los muertos se van pudriendo así, a cada poco. Recorro un sendero marcado por miles de pasos previos a los míos. A veces es demasiado estrecho el paso, otras veces parece resbalar y tienes que agarrarte. La luz es horizontal a esas horas de la tarde y un rayo te subraya la base de las pestañas hasta que accedes a una nueva sombra y vuelves a ver. Esa tarde me encuentro con Matías en su paseo y me muestra un camino nuevo. Allí vive un pescador, me dice al llegar a un recodo desde donde se ve una playa.
A medida que nos acercamos veo la cubierta abovedada. Luego, todo sucede muy rápido, cuando enseguida aparece el pescador que se llama Quico y empieza a hablarnos con su cara morena o sus ojos tan azules, no sé qué provoca el qué. Ellos hablan en catalán y me escurro hacia la orilla. Huele a algas calientes, a mar que se mueve poco. No hay arena sino piedras pulverizadas. Miro de lejos y me fijo en una roca solitaria que tiene encima una especie de faro. Qué es un faro apagado. Cuando regreso Quico me estrecha la mano, me pregunta mi nombre, de dónde soy, me dice que soy escritora, que estoy en la casa de Sanià. No lo pregunta, lo afirma. Y algo me resulta familiar. Estoy pisando lo que sería la casa de un extraño, que no es una casa, pero sí es extraño.
Nos da un papel a cada uno y nos pide que escribamos un deseo, que lo colgará en un panel bajo esa bóveda donde nuestras voces hacen un eco prehistórico. Lo quemaré el último día del año, dice. Y escribimos. Y lo colgamos. Y es ahí, en ese instante, cuando encuentro flotando la otra chancla.
Usted es el señor Q, le digo. Así le llamó Leila en su columna. Y él sonríe. Ah, la Leila. Conocí al señor Q. en la columna que escribió justo un año atrás, cuando era ella y no yo la que recorría estos paisajes y lo contaba en el periódico El País, cuando la leía imaginando un universo por el que ella corría y yo me entretenía en sus descripciones de la luz y las flores y las vivencias que enmarcaba en un lugar de la Costa Brava.
“La idea de dejar un deseo ‘colgado’ de una pared me pareció tenebrosa. Decliné, dije: “No, gracias”. Pero no le dije que bajo este cielo, junto a este mar, todos mis deseos son posibles porque están hechos de la materia de los sueños. Que no necesito escribir nada, que ya lo escribí todo con una tinta que nadie puede ver”.
Vuelvo a leer la columna cuando me meto en la cama esa noche. Leo todo lo que leí. Y algo se renueva en la memoria.
El agua también puede ser morada. Esta mañana lo es. Tiene la consistencia de un zumo de arándanos como los que Ari, Mike o Imma nos ponen por las mañanas en esos platillos de cerámica madura.
Como el mar, la mesa redonda es inamovible y también cambia. En la mesa redonda cada mañana aparecen los mismos tarros de cristal con sus tapas de madera, los mismos platos, los zumos y mermeladas, embutidos y quesos… Cada uno escribe su menú, todo aquí tiene que ver con la escritura, sobre todo cuando ves en bruto los ingredientes que serán horas más tarde la comida.
Cada mañana, sobre la isla central donde está la placa de inducción de seis fuegos, aparecen a diario alimentos vivos, recién sacados de la tierra o el mar. Una vez, el rodaballo que estaba tumbado en una fuente de metal me miró a los ojos con sus ojos paralelos y me quiso decir algo; cuando me alejé, me siguió hasta quedarse bizco. La lechuga tenía entre las hojas un gusano oscuro, estaba ahí como si tendiera la ropa, en el borde mismo del tallo. En una caja de fruta, esta mañana había varios kilos de alcachofas frescas pero ninguna se aplastaba entre sí. Esconde algo esta verdura, las hojas no se atreven a separarse entre sí y se sonrojan por los extremos como si les dijeras que son guapas, que se abran a ti, que te muestren lo que llevan dentro.
En un recipiente metálico hay legumbres a remojo. En una olla, algo parecido a mantequilla deshecha aguarda como un endecasílabo al que le falta la última palabra. Tomates. Una sepia que se intuye que lo es porque la tinta negra tiñe el papel y transforma el blanco. Cebollas y nabos. Todo lo que está en esa isla central tiene una forma bruta, natural y perfecta, y sin embargo, al cabo de unas horas, cuando bajemos, ya no estará. Estará, seguro, el nombre, la enumeración de ingredientes recordará el origen primigenio de las cosas, pero lo que aparece ante nosotros cuando soltamos nuestros teclados y bajamos es la transformación de la naturaleza en una narración física. Aquí todo escribe. Masticamos versos, tragamos una trama asada, emplatada con moldes que hacen que no se desparrame la historia sino que se quede contenida en lo importante, con el aliño y sus hierbas, un adorno sin el cual el sabor no existe.
El mar hoy es morado porque el cielo está tratando de encontrar un color, como los alimentos cuando los sometes al calor de la cocina de Ari.
Los gatos que rondan la casa de Quico tienen la oreja cortada. Son gatos de orejas trapecio, pequeños, ruidosos. Maúllan incluso cuando comen, no les molesta el olor a medusas azules que se pudren en la orilla como parte de un accidente colosal; un vertido de pellets llamaría menos la atención que esta acumulación de viscosidades resecas. Me pregunto qué harán durante todo el día esos gatos, si se asomarán a las rocas para ver pasar los peces que son más grandes que ellos, qué parte de sus bigotes les advierten de lo que no pueden comer aunque flote.
A los gatos castrados les cortan las orejas para que todo el mundo sepa que están castrados, me cuenta Quico con espanto. Cuando un escritor es incapaz de reproducir ideas y párrafos, le falta media oreja, le falta un diente, le cuelga un metatarso, la lengua se nos mete para adentro, como un ojo al que le sobra medio párpado. No sé qué opera en nuestra corteza frontal para que las páginas dejen de generar vidas, diálogos, espacios. El escritor que no escribe sufre una grosería física que nadie ve, salvo los gatos de Quico. 9. La mosquitera
En la habitación en la que escribo, la mesa está colocada ante la ventana, como enmarcada entre dos postigos blancos que transmiten la cualidad de un abrazo al que te entregas. Al otro lado del cristal, limpio, nuevo, están el mar y las copas de los árboles del jardín, pero a pesar de la cercanía, no se ve nítido del todo. Por delante, en la fachada exterior, hay instalada una mosquitera fija, de tal manera que el paisaje está atravesado por el filtro de un colador.
Es posible tamizar el mar, y aunque el primer día pregunto la posibilidad de abrir esa reja aun sabiendo que está fija, ahora me resulta necesaria porque amortigua la belleza tan brutal que tengo enfrente. Me apabulla el horizonte, las piñas como cascabeles cuando el viento agita las ramas de los pinos, el seductor movimiento que tienen los árboles cuando se dejan ir por la fuerza del aire, como uno se dejar ir cuando le frotan la cabeza en el lavabo. Me pregunto qué pasa si miramos lo que nos gusta sin protección, hasta dónde nos dejamos ir cuando sucede.
El borde de la encimera del baño, como todo lo que hay en la casa de Sanià, tiene la estética de la elegancia descuidada. Son líneas rectas sin pulir del todo, es decir, cuidadosamente sin pulir del todo, como la naturaleza en estado puro, que no necesita adornos.
El día que viene la fotógrafa María Ródenas a hacernos una foto para el archivo de la residencia es fácil aspirar a fundirse con el paisaje en los retratos que va a sacarnos, ¿pero cómo se mira al objetivo si aquí cualquier pose resulta artificial? Aquí todo es perfecto casi sin querer; las hamacas, los cactus, la luz indirecta de las lámparas de la pared cubiertas por telas, los pestillos de forja negra de las puertas. Así que me peino sin alisar demasiado el pelo, me perfilo el párpado del ojo con una línea que no pulo del todo; para eso me quito las gafas, para pintarlo; por eso me agacho a desatarme los cordones para ponerme mejor unas alpargatas; por eso me golpeo con la línea recta sin pulir de la encimera del baño en mitad de la frente. Por eso mi foto, mi huella en Finestres, tendrá una pequeña herida, una media luna roja y colosal en la frente, por aquello de dar aspecto natural, descuidado, como si no pasara nada porque en el fondo está pasándome de todo en esta casa.
Dije la palabra envergadura al primer día que llegué a la casa y algo pasó, aunque no me diera cuenta. Definí así, con los brazos abiertos, el tamaño de mi cuerpo y cómo encajaba perfectamente en la mesa y la silla de la habitación que me asignaron. En ese momento debí de añadir a mi gesto de entusiasmo que en mi primera novela había un capítulo dedicado precisamente a eso, a mi incapacidad de encontrar un sitio donde escribir durante veinte años y lo que me sucedió en Ikea para comprobar la importancia que tiene tener una mesa propia. En vez de eso, dije envergadura sin saber qué significaba fuera de mi contexto y lo que iba a provocar.
En Sanià escribo en una mesa que parece tallada para alguien de mi tamaño, también la silla y la altura del respaldo; hasta el asiento tiene una dureza precisa, exacta. La superficie de la mesa está cubierta de estrías: la madera tiene marcas de aureolas, espirales de savia, como una mujer madura que ha creado vida con su cuerpo.
Un día, la perfección de mi mesa se acaba. La mesa ha empezado a cojear cuando escribo, como si de pronto tuviera una pata más corta que otra. Busco algún taco que hubiera movido sin darme cuenta, pero no hay nada alrededor. Pienso en que he dañado la mesa, que la he achicado al apoyarme. Pienso en la cama de detrás, que a veces me mira escribir como si hubiera alguien tumbado, si también la he dañado, pero la cama sigue férrea, sólida. Pienso de todo menos que he empezado a escribir tan rápido y golpeo el teclado con tanta fuerza que he acabado por mover la mesa y el gres irregular del suelo ha hecho lo demás, que unas patas queden más altas que otra al resbalarse entre las juntas.
Hasta que lo descubra, pensaré que el árbol de esa mesa está tratando de decirme algo cuando toco sus estrías.
Se lo cuento durante la cena, que mi mesa de envergadura perfecta ha empezado a cojear. Y es entonces Mateo cuando soltará al fin la carcajada, el chiste que le hace reír por dentro desde hace una semana cuando dije nada más llegar esa palabra, envergadura, una de las muchas que provocan equívocos grotescos, porque aunque suene a lo mismo, el idioma de Vicente y mío no es el de México, ni el de Chile, ni el de Colombia, ni el de Argentina. Por eso empezamos a escribir entre todos en una libreta verde que dejamos en el alfeizar de la cocina nuestra mejor obra de la residencia literaria: el Diccionario Panhispánico de Sanià.
Desde ese día rectifico sobre la marcha cuando uso el verbo coger. Desde ese día, envergadura será otra cosa. Y pochoclos. Y cuchufleta. Y bacán. Y goblin chingón. A veces diremos ustedes, en vez de vosotros, y algunas cosas serán fome y otras estarán chido, y me enseñarán a respirar con la guata para aliviar el temblor que me causa el miedo, un temblor que persigo cuando estamos todos juntos como una yonki que se cuela en un hotel abandonado para sentir algo más fuerte que una psicofonía.
A última hora, la casa se empeña en cubrirse con una luz que no es luz sino pintura o esmalte o algo parecido a la textura crujiente de la crema catalana.
La luz llega desde el oeste y por alguna razón, cuando atardece en Sanià, a veces me da por pensar en los carros del supermercado, los semáforos, el número pin, las rotondas, los cines, los aparcamientos subterráneos. Los enumero para afianzarme. Al otro lado del acantilado que nos protege y a la vez agita el sueño con ese golpear de olas constante, como poseído, pienso en ese mundo que nos espera porque el que nos rodea a veces no es creíble.
Cada tarde salgo a caminar para ver brillar el mar hasta que cae la última gota de luz. Es el punto final de la escritura. Entonces regreso a la cena que ha preparado Mike, o Imma o Ari, al cuidadoso aroma de la mesa puesta, al sonido de la madera donde colocan los platos que llevan su firma, aunque no la veamos, porque hay dedicatorias que se escriben con otra tinta. Afuera anochece, pero aquí no importa.
Los pinos que flanquean el paseo hacia Cala Estreta tienen la cualidad de la piel madura: toco las cortezas como toco mi mesa y veo en ellos la transformación del cuerpo que se nutre de lo vivido y se transforma en grietas que segregan resina, ramas flácidas y flexibles, capaces de sobrevivir a los temblores. Cada árbol aquí tiembla diferente a pesar de que el viento que soportan sea el mismo, de hecho, cada árbol está torcido a su manera, con la copa doblada como una cabeza que se agacha para saludarte.
El camino es estrecho y está lleno de posibles tropiezos. Avanza entre rocas, entre escalones que son demasiado amplios para dar una zancada y demasiado cortos para dar dos, entre las raíces de los árboles que se asoman para recordarte que ese pedazo de tierra que pisas lo están sosteniendo también ellos.
Un día descubro que una de las raíces sobresale fuera del suelo y se asoma hacia el acantilado, como si la tierra no fuera suficiente y se hubiera salido del camino para hurgar más allá, curiosa, insaciable. Me la quedo mirando hasta que descubro en ella la forma de matar a un personaje que no sabía cómo morirse en mi manuscrito. Al fin. Ese alivio. Me doy la vuelta para volver a casa a escribirlo y subo los escalones de una zancada, casi corriendo.
Mientras cenamos, me pregunto qué de todo lo que les está sucediendo a Vicente, a Mateo y a Megan se estará filtrando en lo que escriben, si a ellos también se les están colando entre las líneas de sus documentos las raíces de los árboles, las raíces de las historias que nos contamos, de los juegos infantiles a los que nos entregamos con una baraja de cartas, las historias de las constelaciones, de las némesis, de los libros que nos recomendamos y que nos abren una vía en la vena al leerlos.
Empiezo a notar que me va a faltar algo para siempre cuando los deje.
No es que vaya a ver el atardecer cada tarde, es que la escritura se completa cuando apago la luz de la pantalla y se enciende todo lo demás. Es cursi así dicho, pero es como sucede.
En el capítulo que he escrito esta mañana, mi personaje se pregunta precisamente eso; qué diferencia hay entre lo emocional y lo sentimental. Yo se lo pregunto a mis fantasmas, y cuando después de cenar salimos todos al jardín a buscar a Casiopea, se lo pregunto también a Mateo, que es más preciso en sus respuestas, y porque su escritura y la mía ocupan los puntos cardinales opuestos de la brújula que lleva en su teléfono. Todos los teléfonos la tienen, me advierte cuando me asombro porque lleve un utensilio que supuestamente evita que nos perdamos. Miro la pantalla de mi teléfono y veo las aplicaciones de siempre, que no funcionan porque donde estamos no hay cobertura ni conexión. En este instante mi teléfono solo es una linterna.
Es imposible que en este entorno se pueda hablar de belleza sin que algo emocional se cuele. Es un caladero de metáforas sugerentes, empalagosas, improbables, surrealistas, cursis, pertinentes, excesivas. Salimos a pescar cada vez que ponemos un pie afuera, la mirada afuera de las ventanas, el olor afuera, cuando tocamos las ramas, las cortezas, la madera de la mesa donde cada día nos aman en la comida que nos ponen. Mateo en su cabaña sale a buscar palabras afuera porque solo ahí tiene conexión a internet y pienso que todos salimos a nuestras íntimas afueras a buscar el relato, el camino sin demagogia de la escritura a veces con brújula, a veces con mapa, a veces sin nada.
Estoy leyendo en el mirador del paseo y entre el silencio habitual de los árboles me llegan voces, algo como un grito, el éxtasis de un orgasmo que no lo es, pero que lo pretende.
En el siguiente saliente de la costa, paralelo al saliente de mi mirador, encaramado sobre una lengua de tierra que penetra en el mar, hay un hombre con los brazos abiertos, abrazando el universo o dejando que el universo le abrace a él, con la cabeza hacia atrás y mirando al cielo. Me da pudor asistir a esa entrega hiperbólica, sobre todo cuando veo que su pareja le está haciendo fotos desde el camino. Él corre un riesgo relativo al estar ahí arriba encaramado, casi parece caminar sobre el agua; se siente poderoso, pero yo solo veo a un pequeño Neptuno vestido de Decathlon. Se gira y vuelve a emitir ese sonido de gozo casi sexual, esta vez mirando a la cámara de su mujer a unos diez metros de la punta donde él se encuentra, combando la espalda para acoger todo el cielo que le entre en su pecho. Lo que parece estar sintiendo es colosal. Ridículo, quizá, pero tremendo.
Hasta que lo veo.
El hombre está de pie sobre un acantilado del que pende un enorme árbol muerto, con el tronco partido y sus ramas desparramadas hasta casi rozar el mar. Es como un ahorcado en el cadalso, tieso y seco. Él desde arriba no lo ve, pero desde donde yo estoy, su pedestal es un elogio a la destrucción y a la muerte, a lo inhóspito, y sobre todo, a la noción de que nunca estamos seguros de dónde estamos pinados ni de la validez de nuestro suelo. Pienso que cuando escribimos somos un poco como ese tipo; a veces neptunos, a veces paseantes vestidos de Quechua, a veces curiosos, aventureros, osados.
¿Dejar leer lo que escribimos es eso? ¿Es que alguien nos mire desde lejos y vea sobre qué sostenemos en realidad nuestra historia, los presagios, los anhelos de los personajes, los propios? Me pregunto si las páginas que escribo en Sanià están sobre un lugar así, si me sostengo sobre un cadáver.
Escucho cada día el piano de Albéniz, el de Granados, el de Keith Jarrett, el de Philip Glass, los conciertos de piano de Beethoven, los de Rachmaninov, Chopin y Tchaikovsky, los solos de Bach, el descubrimiento de Agathe Backer Grøndahl, el de Wim Mertens, las fantasías de Schubert, los fantasmas de Schumann. También escucho Tool, Royal Blood, ‘The Decline’ de Nofx, ‘Grace’ de Jeff Buckley. Pero esta mañana se cuela entre las notas el zumbido de una motosierra.
Juan Pablo tiene la capacidad de hacer mutar el paisaje de Sanià para que permanezca inmutable, a pesar de que todo cambie, hasta quienes la admiramos cada mes. Desde que llegué a la residencia, cada mañana a la misma hora hago una foto desde la ventana de mi habitación. La vista y el encuadre son idénticos, pero cada día el retrato es distinto porque cambia todo lo demás: la luz según las nubes, la inclinación de los árboles según el viento, las sombras de la piscina. Y el jardín, claro.
Ahí abajo, en la terraza, Juan Pablo está cortando una viga redonda de madera que tiene el diámetro de un vaso de sidra. Vuelvo al teclado y escribo párrafos mientras él trocea la viga en distintas longitudes. Bajo a comer. Sigo escribiendo por la tarde pero el zumbido ya no está. Y cuando termino las páginas del día y apago y me asomo a la ventana, ahí abajo tampoco está Juan Pablo, sino lo que ha hecho.
En esa especie de jardín en altura que bordea la terraza, ahora hay una huerta creada por esas maderas que separan la tierra con el mimo de un jardín japonés. En los huecos que delimitan, las macetas que llevaban un par de días ahí posadas son ahora tallos plantados, cada uno en su espacio, dispuestos a crecer. Observo esa huerta aromática con una nostalgia futura. Pienso en los próximos residentes, en el cebollino que ahora son tallos casi líquidos, en los platos que adornarán las hojas de albahaca, el tomillo que se dorará sobre el lomo de qué pescado; pienso en quién degustará ese verdor que ahora crece bajo el balcón donde escribo, si sabrán que todo crece aquí precisamente por eso, porque cambias.
Nico nos cuenta qué hacen otros escritores cuando se van a poner a trabajar para desbloquear la mente creativa. Quizá usa otro verbo, quizá dice activar, quizá dice proceso creativo, no lo sé, pero sean cuales sean las palabras exactas, nombra de repente esa incómoda sensación que a todos nos sobreviene cuando sabemos que tenemos que empezar a escribir y necesitamos entrar en ese estado mental.
¿Cómo te pones delante del ordenador y en vez de ver una pantalla, te metes en la nebulosa que borra lo reciente? ¿Cómo se transforma la mente pragmática, rutinaria, perezosa en un proyector de imágenes y personajes que no existen?
Pienso en esa expresión de Nico durante todo el día. Esa noche, después de cenar, cuando todos se marchan a su dormitorio, me iré sola a la biblioteca a leer por esa incapacidad que tengo en Sanià de meterme en la cama y quedarme dormida. En mi casa cojo —he aquí el verbo sonrojante— el sueño nada más tumbarme, pero aquí cierro los ojos y sigo viendo imágenes. Supongo que tiene que ver con la sobreestimulación de la quietud (bendita paradoja), supongo que tiene que ver con todo lo que sucede en la escritura, y después, en la mesa redonda donde nos reencontramos. En la biblioteca me hago un ovillo en la esquina del sofá blanco y espero al sueño bajo la manta que huele a jabón, bajo la lámpara de pie que alumbra lo justo, bajo los libros de otros residentes que ocupan las estanterías a mi espalda, y con la infusión de frutos rojos para inducir no sé qué tipo de relajación, empiezo a leer. Leer en Sanià tiene ese sabor.
Cuando nos despedimos, a veces les digo no os vayáis aún, pero en el fondo les estoy diciendo no me dejéis sola. Se me hace bola la soledad aquí, porque dormir aquí tiene algo de pérdida de tiempo. Y como si Vicente lo supiera, o viera el tamaño de la bola, a veces se apiada y se queda un rato conmigo en la biblioteca.
Esa noche le pregunto cómo hace él para desbloquear su mente creativa —parafraseo vilmente a Nico con mi acento español al preguntárselo— y me cuenta su método. Ahora sé más cosas de mi compañero, de su vida en Berlín y en Barcelona; de cómo se asoma al proceso creativo, a su formación como escritor, a su apetito de lector. Tras escucharle, ahora también sé que esa manía mía de leer toda la prensa antes de empezar a escribir cada mañana tiene algo de huida, aunque yo lo llame calentamiento; que cada vez que aprieto el botón de Spotify busco un ritmo y una longitud de pensamiento, pero también provocarme un ánimo; sé más cosas cuando me meto en la cama esta noche después de conversar, y claro, no me duermo.
Compartir este tiempo de comidas y cenas es vivir con ventaja, es como tener un Google incorporado detrás de la oreja y apretarte el lóbulo cuando no tienes ni idea de qué demonios te está pasando, un Google emocional y sofisticado que te explica tus contradicciones, tus ataques de júbilo o tu incapacidad para encontrar esas palabras que a Leila Guerriero, por ejemplo, parecen brotarle como las agujas a los pinos.
Cada noche, cuando apago la luz de la biblioteca, cuento los días que nos faltan para que se acabe la residencia, cuento las noches que aún me quedan para seguir ahí, echa un ovillo, leyendo.
No sé cómo han hecho otros residentes para irse de aquí y volver a apretar botones en lo que llamamos la vida real; cómo salen de sus cabezas y vuelven a ocupar las cabezas que tenían antes, con su peso y sus caricias, con esos escenarios cotidianos que fueron verdad pero que ahora son un territorio paralelo y viscoso. Me pregunto cómo desbloquearemos el proceso creativo, si será posible, y ante la duda, esa noche entro en Amazon y busco infusiones de frutos rojos; amplío la imagen de los frutos deshidratados para que se parezcan lo máximo posible a los que tenemos en el tarro de cristal del que nos servimos aquí. Le doy a comprar. Enviar a casa. Santander.
Sanià está llena de bancos de madera estratégicamente dispuestos para mirar. La tarde que llego, fue lo primero que escribí en los mensajes que envié, cuando salí a conocer la finca. Los asientos tenían algo de símbolo y me senté en todos, temiendo que algún residente me pillara probando la estabilidad de la madera, las vistas, la propia fascinación, porque entonces Megan, Vicente y Mateo eran solo eso, los otros residentes, dos escritores y una traductora con los que iba a pasar tres semanas en una casa donde podías escuchar la cadena del fantasma de nuestros libros nonatos.
Ese día me senté en todos los bancos. Pensaba en ti, en ellos, en ella, en vosotros. Hacía fotos para enviarlas pero ninguna alcanzaba a enviar la mitad del amor que sentía en ese instante. Amor, sí.
Desde entonces, a diario, he vuelto a sentarme en algunos de esos bancos. Elijo según el viento y la luz, pero mi preferido es el que está al lado de la casa subiendo una cuesta cubierta de una trepadera; una planta que en vez de hojas tiene gajos verdes que se desparraman por la tierra y la adornan con flores malvas, abiertas como bocas que piden un beso. Esta tarde, sin embargo, voy al banco de enfrente, al que tiene una hamaca colgando entre dos árboles y en la que aún no me he tumbado por el estúpido temor a no lograr levantarme. Ese es el banco donde escribí los primeros mensajes y a veces tiene cobertura, como esta tarde, cuando al sentarme y estirar las piernas sobre el muro que rodea la finca, suena un pitido.
Olga Merino fue residente en enero y en febrero nos vimos en Barcelona. Yo estaba preparando la documentación de la novela y ella acababa de regresar de Sanià, o lo intentaba.
Nena, qué tal sigues.
Escucho su voz de sabia guerrera celta cuando leo su mensaje y le mando una foto desde donde estoy. Se ve el horizonte azul partido en dos, el libro que voy a leer sobre mis piernas, el suelo lleno de agujas marrones. Es fácil para ella saber en qué banco estoy y enseguida sale bajo su nombre escribiendo. Sonrío y poso el teléfono para dar un trago al café. Suena de vuelta el pitido, levanto el teléfono y cuando lo voy a desbloquear, noto algo líquido en el dedo, quizá he derramado algo de café.
¡Cuidado con la resina de ese árbol!
Me miro los dedos de la mano derecha y algo invisible y viscoso me moja las yemas. Cuanto más los muevo, más pegajoso se vuelve. Lo toco con los otros dedos, los dedos libres y limpios de la mano izquierda, y en apenas unos segundos, en vez de manos tengo dos muñones. Paso el nudillo por la pantalla para volver a los mensajes de Olga: aunque quisiera, no podría escribirle.
Solo se quita con alcohol de 90º…
Echo a correr a la cocina, donde Imma está inmersa en su conjuro diario en los fogones.
¿Tienes alcohol?
Y antes de que me dé una cerveza o vino, le enseño mis muñones, le enseño mi incredulidad, le enseño lo que pasa cuando quieres escribir y no puedes porque hay algo que te mantiene pegados los dedos y sería más fácil teclear con la nariz que con los índices, se lo enseño riéndome tanto que no puedo hablar por esa incapacidad con la que lidiamos los escritores que no sabemos dónde sentarnos porque hasta en el paraíso la posibilidad de quedarnos callados nos paraliza, le enseño la ridícula postura en la que se me han quedado las manos y nos reímos juntas, a la vez, hasta la lágrima.
Mejor que no te haya caído en la ropa, porque de ahí no sale
Hay alcohol de 90º y me meto en el baño a frotar. No tardo en recuperar la movilidad de los dedos, pero lo que me ha advertido ese árbol no lo despegaré jamás.
Cada tanto, algunas mañanas, internet se cae y nos quedamos sin conexión durante un rato. Al principio lo veía como un mal menor, algo sin importancia que traía consigo una pequeña inconveniencia si tenías que buscar una palabra o estabas en medio de una videollamada, como me ocurrió el segundo día de estar aquí. Ahora, en cambio, en la recta final, cuando se cae el wifi y veo que en la pantalla del ordenador sale la bola del mundo tachada, me alegra.
Entre las cosas que descubro al final de la estancia está el paseo que lleva hasta la casa de Dalí y que escribir con las ventanas abiertas de par en par frente a mi mosquitera convierte el escritorio en una prolongación del cielo.
Hoy el mar suena mucho más alto en la bañera de la rusa, la cala a la que bajamos de noche o a media tarde, pero no a bañarnos porque hay demasiadas rocas, sino a verlo. Las olas rompiendo contra las rocas suenan hoy más fuerte que de costumbre y de pronto me interesa esta idea: el mar no suena, suena lo que hace al llegar a la costa, al estrellar su fuerza contra algo. Hasta el mar necesita algo que lo haga ser, que lo haga rugir. Soy el mar y os necesito.
Retiro el ordenador de la mesa, la lámpara, el atril con los libros que estoy usando, y en vez de abrir una rendija como hago cada mañana para ventilar antes de sentarme a escribir, abro las ventanas completamente a todo lo que dan las bisagras. La mesa es una extensión hacia las copas de los árboles. Vuelvo a colocar encima el portátil y el atril, la lámpara, el bote de los lápices y me siento. Es lo más parecido a estar en el aire.
Cristina Rivera Garza nos visita una tarde. La miramos así, como si estuviéramos ante lo que es, la narradora impresionante que unas semanas después se llevará el Pulitzer por ‘El invencible verano de Liliana’. Lleva el pelo cano recogido con una belleza que admiro, pero me fijo en sus gafas azules, porque la forma en que se posan en su cara vuelven las mías un objeto pesado. Miro las gafas de Vicente. El primer día cuando se las vi pensé en Fernando Pessoa y me pareció buena señal. La escritora Laura Fernández, el día que nos visita, no lleva gafas, pero tiene en la mirada varios heterónimos y la atención de un reportero, y es una mezcla sólida y vertiginosa que escribe mientras ve. Megan y Mateo llevan gafas de sol, pero hace días que no las usan. Nico y Matías tampoco llevan gafas. Ni Ari ni Imma. Ni Wendy. A veces, Mike sí.
Antes de su visita, hemos hablado de las horas a las que salen los Rodalies y a dónde iremos después de llegar a Barcelona, porque esto se termina. Hemos hablado de repartir las plazas del coche. Hoy nos hemos despedido de Nico. Desde hoy, cada día nos despediremos de alguien que, cuando vuelva a la casa en el turno correspondiente, ya no nos verá a nosotros sino a los que vienen después, a los residentes de mayo.
Claro que hay fantasmas en esta casa, los hemos percibido desde el primer día, aunque la leyenda empiece en Truman Capote y termine en los juegos esotéricos que nos han dado horas de entretenimiento. Son los fantasmas de los residentes que han estado antes y que dejan algo de sí mismos: una piedra en el alfeizar, un suspiro, lágrimas en la almohada sobre la que dormimos, su postura en el sofá, su forma de arrastrar los pies por las piedras de afuera, el olor del tabaco en el jardín, partículas de su ropa en el armario, su amor por las paredes de la casa, su voz pegada a esas paredes, el peso de su cuerpo en el mimbre de las sillas de la cocina.
Qué fantasmas seremos nosotros cuatro, tan vivos ahora, mirando a Cristina Rivera Garza, escuchándola, respondiéndola, mientras tomamos pedazos del bizcocho de arándonos que Imma nos deja nuestro último fin de semana. Cómo recordaremos el privilegio de este rato que terminamos con una foto colectiva, ¿recordaremos la conversación, el sabor del bizcocho, el frío de afuera? Me pregunto si los fantasmas tienen memoria.
Si hubiera sabido que aquel iba a ser el último paseo al sol que haríamos juntos, no habría cambiado nada.
Me enseñan a jugar al Black Jack. Me enseñan a tener miedo. Me enseñan a sentir miedo y a expresarlo. Me enseñan trucos de magia con cartas. Me enseñan a reírme del demonio en el cuerpo de la niña de ‘El Exorcista’. Me enseñan a leerlos a ellos. Me enseñan a hacer yoga y respirar hasta marearme. Me enseñan a beber de la botella. Me enseñan a orientarme por el bosque. Me enseñan sus casas de infancia en sus relatos. Me enseñan a contar historias de terror. Me enseñan grupos de música. Me enseñan qué son los sueños lúcidos. Me enseñan a caminar de noche con la única luz de la luna. Me enseñan a colarme en sitios prohibidos. Me enseñan a tener agujetas en los costados de reírme. Me enseñan que agujetas son también cordones.
La mesa cojea, pero no siempre. Ya no hace sol. Mi mesa, mi envergadura, mi hueco total acogido entre la madera y el aire y el agua.
Esta es la última entrada que hago en el diario. Son las seis y cuarto de la tarde del lunes, 29 de abril. Mañana nos vamos y no sé cómo se cierra algo así. Esta estancia. Este documento. El manuscrito, en cambio, está totalmente abierto: es un cuerpo abierto en plena operación que tengo que mover a otro quirófano y no sé qué va a pasar en el transcurso. Así lo siento. Hago una foto al borde de la pantalla en la que sale el número de páginas y de palabras del documento de Word que creé el día que empecé mi residencia. Lo llamé ‘Lo que suena’. Entonces era una hoja en blanco al que le puse un nombre ambiguo para que no tuviera obligaciones ni límites. Lo que suena es una resonancia, puede ser también un juego de palabras con lo que te suena bien de algo que escribes, quizá lo que suena de un piano. Hoy he escrito la última frase en Sanià en ese documento y no he puesto punto final sino una coma. El manuscrito tiene 32.256 palabras. No sé cuántas palabras sobrevivirán. Pero el mar suena al otro lado de la ventana.
Y es verdad. Lo que suena siempre lo es.
CUADERNO DE RODAJE.
Cuánto mide el radio de acción en el que te mueves cuando llegas a un sitio nuevo dice de ti más que tu análisis de sangre, tu genética, tu carta astral, el olor de tu cuerpo.
El mar en Sanià está a la vista y lo puedo alcanzar de cualquier modo, pero no sé el modo, así que lo primero que hago al llegar a la Residencia Literaria Finestres, una semana más tarde que el resto de participantes, es pedir ayuda.
Y quien responde es Matías. Me ha recogido esa mañana en la estación de tren de Caldes de Malavella, me ha presentado a todos al llegar, me ha ayudado a subir las maletas a mi dormitorio, me ha mostrado los horarios de comidas y cenas y las normas básicas de convivencia, pero cuando al final del día le pido que me enseñe el camino por donde todos pasean, solo sé de él que es argentino de una forma contenida.
Por ahí —me señala el lado izquierdo del cruce en el que se detiene al salir de la finca— llegas a la Playa del Castell. Por alguna razón vamos hacia la derecha. Caminamos fingiendo normalidad. Él cree que me está enseñando el camino, pero me está quitando ese miedo preverbal que tengo a perderme en todos los sentidos de la palabra. Obvio que no se lo digo porque es un temor íntimo, categórico, capaz de mediatizar hasta lo que escribo, así que solo le confieso que soy capaz de perderme en un pasillo. Matías se ríe porque aún no sabe a qué atenerse: no sabe si soy bromista o una histérica, si soy cínica, si soy de fiar, si soy ingenua, pesimista, si le amargaré las próximas tres semanas con peticiones estrafalarias, si seré trabajadora.
Me pregunto cómo hacen él y Nicolás, el director de la Residencia al que le debo estar aquí, para recibir cada mes a autores nuevos después de haber dicho adiós a los autores con los que han convivido tan de cerca durante el mes precedente; cómo deshacen los vínculos para poder establecer unos vínculos nuevos. Cuando yo hago un nudo, soy capaz de tropezar con él toda la vida, por eso esta duda me hará verlos, a ellos y al equipo que nos va a cuidar a diario en la casa, con cierta admiración.
Apenas hay señales en el camino que discurre paralelo al mar y que, a medida que recorremos, me distancia de la noción de lo real: pienso en la estación de Sants esa misma mañana, pienso en Barcelona y en el AVE, el ruido de los aviones pasando por encima y el olor a Burguer King y las personas hechas multitud, pienso en lo lejos que queda la dársena donde había tantos cuerpos similares cuando ahora lo que repiten idénticos son los árboles en este camino que hacemos, con los olores asaltando a cada tanto, entre pinos y unos arbustos que desconozco su nombre y que tienen en las puntas unas flores amarillas. Le digo que son las flores que les dábamos de comer mis primos y yo a los grillos, pero no le digo que el personaje de mi novela cazaba grillos cuando era pequeño y que en algún pasaje cuando hable de la infancia de mi personaje volveré a este paseo, a esa flor amarilla, a la luz que precede a una calma nueva mientras me señala que tenga cuidado con una raíz profunda que emerge entre la tierra para hacerme la zancadilla.
Aparecen varios ciclistas con sus ruedas gruesas, los cascos, su ropa centelleante. Al verlos pasar me parecen astronautas. O científicos interestelares. Qué es el poliéster aquí.
El camino es de grava, diminutas piedras marrones, casi blancas, dibujan el sendero. Al pisarlo suena como cascar huevos diminutos, es posible sentir que a cada paso algo se rompe, se abre. Ese mismo paseo, días más tarde, sonará como un cementerio de cangrejos cuando lo escrito no suceda, cuando el tono de lo escrito no funcione. Pasará siempre las próximas tres semanas: cuando descarrille la novela, el paseo sonará como una acumulación de moluscos vacíos, varados, olorosos.
Pero eso será más tarde. El primer día es posible escuchar ponerse el sol.
Lo bueno de llegar más tarde a la residencia es que hay algo construido, lo malo es todo lo demás. Durante el principio de la residencia he sido para Vicente, Mateo y Megan la que llega una semana más tarde; un nombre con apellido, con una primera novela publicada en Asteroide, una presencia de 42 años que ocupará una de las sillas en la mesa redonda donde ellos han desayunado y comido y cenado siete días juntos.
Imagino que comparten un lenguaje que yo aún no hablo. Llegar después supone asumir que han establecido ciertos códigos y corrientes con los que relacionan entre ellos, que se saben y se intuyen.
¿Cuánto tardas en conocer a alguien, cuánto es tiempo suficiente para nombrar tus miedos, por ejemplo a perderte, a los fantasmas, a los osos, a perder el tiempo? ¿Cuándo es demasiado pronto? ¿Una semana, veinte años, un parpadeo? En la primera cena que compartimos, tengo a Megan al lado, que con una frase disipa cualquier duda y me hace sentir en casa, a salvo, aunque luego me lleve de la mano a los límites del terror. Pero eso también será más tarde, ahora, en esta primera cena, cuando aún no sé bien dónde mirar mientras sirven el agua, alguien cuenta una anécdota que todos conocen, salvo yo.
Eso sucedió en la época pre-Marta, dice Megan, y empieza a completar la historia, le da contexto, los demás se suman, me lo cuentan entre todos, me ponen al día y me tienden la mano no para hacerme un hueco, sino para sacarme de mi propio hueco.
Eso tardamos.
La casa está llena de ventanas que proyectan su luz por lugares insospechados. Por ejemplo, estás en el baño y la luz que entra por la ventana dibuja una forma rectangular dorada sobre la pared: es otra ventana en la pared, la ficción de la ventana. Lo mismo me pasa en la pared del despacho donde escribo, en las escaleras que separan el ático, en la biblioteca. La casa se empeña en recordarte dónde estás porque el primer día solo ves ventanas, ventanas, ventanas. Hasta las puertas son ventanas. Tú mismo te vuelves una ventana abierta en la mesa hacia la que todos se abren en las comidas y en las cenas, dejando ver tan solo algo, mucho o poco, de sí, según el menú, el ánimo, las horas dormidas, lo escrito.
El aire que sacude las ramas de los árboles delante de la ventana en la que trabajo me hace creer que la sudadera que llevo puesta es necesaria también afuera, pero lo que sucede en las ventanas de esta casa no es creíble. Estas ventanas son ambiguas. Un velero cruza por delante de mí y separa a su paso el cielo del agua, y tienes que creértelo.
Cada mañana es el mismo paisaje, la misma luz, la misma quietud, los mismos horarios, y sin embargo, se abren y se cierran ventanas a mi alrededor constantemente. Es el mismo ordenador, la misma historia que traigo en la mente desde casa —redefine casa, ¿qué lugar doméstico es esa idea aquí?—, es el mismo desayuno en la misma mesa donde nadie tiene un sitio asignado.
Llevo dos días aquí, el ritmo siempre es el mismo y, sin embargo, todo cambia a diario como cambia el número de palabras escritas en el documento.
De día me tapo los ojos con gafas de sol y de noche con la manga de la sudadera cuando vemos todos juntos una película de terror en el sofá del ático, un sofá grande como una lancha. Así esquivo el miedo.
Ellos han visto muchas películas, pero la mía es la primera, y no solo de la residencia. Les divierte el miedo, sobre todo a Megan y a Mateo, pero yo llevo media vida eludiendo las películas de terror y la otra media saliéndome del cine porque no lo aguanto. ¿El qué no aguantas?, me preguntan. Y no tengo ni idea de cómo explicarles que no encuentro placer en sentir que cualquier cosa terrorífica que salga en la pantalla la siento real, posible, que el miedo puede abrir puertas que prefiero dejar cerradas en mi cabeza, que prefiero no saber hasta dónde puedes tolerar el horror y seguir con tu vida después, que el temblor de pecho que me provoca me puede durar días, como comprobarán.
Subimos las escaleras hasta al estudio donde trabaja Vicente, que es donde está la televisión, y después de haber abandonado el cine con ‘El Resplandor’ siendo adolescente, me vuelvo a sentar a ver una película de miedo. No entiendo por qué el terror atrae a tantos, por qué es adictivo, supongo que la curiosidad hace que me siente, que acceda.
Veremos ‘Talk to me’. Veremos ‘El Exorcista’. Pero ese primer día vemos ‘Lake Mungo’, un falso documental que quiere dar miedo, pero se queda en una intención.
En los instantes en los que la peli quiere asustar, esquivo el miedo tapándome los ojos con el brazo como nos enseñaron a hacer en la pandemia con la boca; pongo el codo así, hacia arriba, y evito el contagio de la tensión que provocan las imágenes en la pantalla. Se me escapan gritos en algunas escenas que provocan carcajadas a Mateo y a Megan. Me escondo en los hombros de Vicente bajo una manta que huele a jabón y me pregunto si puedo contagiar mis miedos a mis compañeros. El miedo se puede contagiar como la histeria, la ignorancia, el dogmatismo, los catarros. Pero a ellos, no. Son ellos los que acaban contagiándome a mí otra cosa. Quizá este miedo a los fantasmas y a los muertos sea artificial, pero abre algo real que se propaga entre nosotros.
La presencia del agua delante de la casa cada día, cada hora, hasta cuando duermes, supone convivir con una tentación constante. Es como el deseo físico: aunque dejas de mirar lo que deseas, sigue ahí, inevitablemente dentro.
Uno no puede evitar desear una piel concreta como no puede evitar la atracción del mar cuando lo ve brillar, o moverse, o encabronarse contra las rocas. El primer sábado hace tanto calor que Megan y yo nos ponemos el bañador y bajamos a la cala. Vemos gente, gente real, no escritores, están tumbados tomando el sol, y nos miran salir de donde nadie sale: el acceso privado.
El agua es tan bella que da impresión meter en ella tu cuerpo, estropear los brillos turquesas al remover el fondo con los pies. El mar del norte del que procedo está tan frío como ese Mediterráneo y hay medusas inmóviles y rosas, pero las ganas acumuladas durante toda la semana hacen del deseo un movimiento. Megan es la primera. Se sumerge con las gafas de sol puestas y empieza a nadar. Después, meto la cabeza y saboreo al fin.
‘Sin qué funciona una persona como el mar funciona sin mí’. Escribo este verso de Lyn Hejinian en el manuscrito, que suma ya más de una docena de páginas. Los escritores miramos el número de palabras como hacen los corredores con las pulsaciones por minuto.
En la cena alguien confiesa que ha tenido una mala tarde de escritura, que no sabe hacia dónde seguir con su libro (sin saberlo enumera los terrores minúsculos que se acumulan en las teclas de mi teclado como lo hacen los trozos de piel muerta, de galletas, de mugre). Dice que no sabe hacia dónde ir y quiero responderle que ese es el terror de todos, no solo de los escritores. Hacia dónde iremos los cuatro en lo que tenemos ahora entre manos y que es apenas espuma en nuestra mente. Solo sabes lo que viene después cuando vas a morirte, y no es una opción que manejemos. Me gusta esta navegación colectiva, que el mar funcione con nosotros.
Cada vez que Leila Guerriero publica un texto, una columna o un libro, lo leo con la intención de convertir ese rato en una lección de anatomía. Es lo más parecido a escribir un diario personal. No es que repase la actualidad, no es que su vida sea una transmutación de lo que anhelo sea la mía, es que sencillamente su forma de anclar los detalles que la rodean hacen que tu realidad sea menos leve. Es como si te volvieras un poco boxeadora como ella, y en el tiempo que dura la lectura, tumbaras ese muro de cristal que nos vuelve a todos más sordos, estériles al tacto, ineficaces.
No recuerdo todo lo que leo suyo, pero varios textos se me han quedado flotando en la cabeza con la extrañeza con la que flota en la orilla una chancla.
El camino a Cala Estreta transcurre entre troncos rebosantes de sombras y arbustos pinchudos y amarillos, con ese olor que Juan Pablo, el guardés, dice que le recuerda a los cementerios porque las flores de los muertos se van pudriendo así, a cada poco. Recorro un sendero marcado por miles de pasos previos a los míos. A veces es demasiado estrecho el paso, otras veces parece resbalar y tienes que agarrarte. La luz es horizontal a esas horas de la tarde y un rayo te subraya la base de las pestañas hasta que accedes a una nueva sombra y vuelves a ver. Esa tarde me encuentro con Matías en su paseo y me muestra un camino nuevo. Allí vive un pescador, me dice al llegar a un recodo desde donde se ve una playa.
A medida que nos acercamos veo la cubierta abovedada. Luego, todo sucede muy rápido, cuando enseguida aparece el pescador que se llama Quico y empieza a hablarnos con su cara morena o sus ojos tan azules, no sé qué provoca el qué. Ellos hablan en catalán y me escurro hacia la orilla. Huele a algas calientes, a mar que se mueve poco. No hay arena sino piedras pulverizadas. Miro de lejos y me fijo en una roca solitaria que tiene encima una especie de faro. Qué es un faro apagado. Cuando regreso Quico me estrecha la mano, me pregunta mi nombre, de dónde soy, me dice que soy escritora, que estoy en la casa de Sanià. No lo pregunta, lo afirma. Y algo me resulta familiar. Estoy pisando lo que sería la casa de un extraño, que no es una casa, pero sí es extraño.
Nos da un papel a cada uno y nos pide que escribamos un deseo, que lo colgará en un panel bajo esa bóveda donde nuestras voces hacen un eco prehistórico. Lo quemaré el último día del año, dice. Y escribimos. Y lo colgamos. Y es ahí, en ese instante, cuando encuentro flotando la otra chancla.
Usted es el señor Q, le digo. Así le llamó Leila en su columna. Y él sonríe. Ah, la Leila. Conocí al señor Q. en la columna que escribió justo un año atrás, cuando era ella y no yo la que recorría estos paisajes y lo contaba en el periódico El País, cuando la leía imaginando un universo por el que ella corría y yo me entretenía en sus descripciones de la luz y las flores y las vivencias que enmarcaba en un lugar de la Costa Brava.
“La idea de dejar un deseo ‘colgado’ de una pared me pareció tenebrosa. Decliné, dije: “No, gracias”. Pero no le dije que bajo este cielo, junto a este mar, todos mis deseos son posibles porque están hechos de la materia de los sueños. Que no necesito escribir nada, que ya lo escribí todo con una tinta que nadie puede ver”.
Vuelvo a leer la columna cuando me meto en la cama esa noche. Leo todo lo que leí. Y algo se renueva en la memoria.
El agua también puede ser morada. Esta mañana lo es. Tiene la consistencia de un zumo de arándanos como los que Ari, Mike o Imma nos ponen por las mañanas en esos platillos de cerámica madura.
Como el mar, la mesa redonda es inamovible y también cambia. En la mesa redonda cada mañana aparecen los mismos tarros de cristal con sus tapas de madera, los mismos platos, los zumos y mermeladas, embutidos y quesos… Cada uno escribe su menú, todo aquí tiene que ver con la escritura, sobre todo cuando ves en bruto los ingredientes que serán horas más tarde la comida.
Cada mañana, sobre la isla central donde está la placa de inducción de seis fuegos, aparecen a diario alimentos vivos, recién sacados de la tierra o el mar. Una vez, el rodaballo que estaba tumbado en una fuente de metal me miró a los ojos con sus ojos paralelos y me quiso decir algo; cuando me alejé, me siguió hasta quedarse bizco. La lechuga tenía entre las hojas un gusano oscuro, estaba ahí como si tendiera la ropa, en el borde mismo del tallo. En una caja de fruta, esta mañana había varios kilos de alcachofas frescas pero ninguna se aplastaba entre sí. Esconde algo esta verdura, las hojas no se atreven a separarse entre sí y se sonrojan por los extremos como si les dijeras que son guapas, que se abran a ti, que te muestren lo que llevan dentro.
En un recipiente metálico hay legumbres a remojo. En una olla, algo parecido a mantequilla deshecha aguarda como un endecasílabo al que le falta la última palabra. Tomates. Una sepia que se intuye que lo es porque la tinta negra tiñe el papel y transforma el blanco. Cebollas y nabos. Todo lo que está en esa isla central tiene una forma bruta, natural y perfecta, y sin embargo, al cabo de unas horas, cuando bajemos, ya no estará. Estará, seguro, el nombre, la enumeración de ingredientes recordará el origen primigenio de las cosas, pero lo que aparece ante nosotros cuando soltamos nuestros teclados y bajamos es la transformación de la naturaleza en una narración física. Aquí todo escribe. Masticamos versos, tragamos una trama asada, emplatada con moldes que hacen que no se desparrame la historia sino que se quede contenida en lo importante, con el aliño y sus hierbas, un adorno sin el cual el sabor no existe.
El mar hoy es morado porque el cielo está tratando de encontrar un color, como los alimentos cuando los sometes al calor de la cocina de Ari.
Los gatos que rondan la casa de Quico tienen la oreja cortada. Son gatos de orejas trapecio, pequeños, ruidosos. Maúllan incluso cuando comen, no les molesta el olor a medusas azules que se pudren en la orilla como parte de un accidente colosal; un vertido de pellets llamaría menos la atención que esta acumulación de viscosidades resecas. Me pregunto qué harán durante todo el día esos gatos, si se asomarán a las rocas para ver pasar los peces que son más grandes que ellos, qué parte de sus bigotes les advierten de lo que no pueden comer aunque flote.
A los gatos castrados les cortan las orejas para que todo el mundo sepa que están castrados, me cuenta Quico con espanto. Cuando un escritor es incapaz de reproducir ideas y párrafos, le falta media oreja, le falta un diente, le cuelga un metatarso, la lengua se nos mete para adentro, como un ojo al que le sobra medio párpado. No sé qué opera en nuestra corteza frontal para que las páginas dejen de generar vidas, diálogos, espacios. El escritor que no escribe sufre una grosería física que nadie ve, salvo los gatos de Quico. 9. La mosquitera
En la habitación en la que escribo, la mesa está colocada ante la ventana, como enmarcada entre dos postigos blancos que transmiten la cualidad de un abrazo al que te entregas. Al otro lado del cristal, limpio, nuevo, están el mar y las copas de los árboles del jardín, pero a pesar de la cercanía, no se ve nítido del todo. Por delante, en la fachada exterior, hay instalada una mosquitera fija, de tal manera que el paisaje está atravesado por el filtro de un colador.
Es posible tamizar el mar, y aunque el primer día pregunto la posibilidad de abrir esa reja aun sabiendo que está fija, ahora me resulta necesaria porque amortigua la belleza tan brutal que tengo enfrente. Me apabulla el horizonte, las piñas como cascabeles cuando el viento agita las ramas de los pinos, el seductor movimiento que tienen los árboles cuando se dejan ir por la fuerza del aire, como uno se dejar ir cuando le frotan la cabeza en el lavabo. Me pregunto qué pasa si miramos lo que nos gusta sin protección, hasta dónde nos dejamos ir cuando sucede.
El borde de la encimera del baño, como todo lo que hay en la casa de Sanià, tiene la estética de la elegancia descuidada. Son líneas rectas sin pulir del todo, es decir, cuidadosamente sin pulir del todo, como la naturaleza en estado puro, que no necesita adornos.
El día que viene la fotógrafa María Ródenas a hacernos una foto para el archivo de la residencia es fácil aspirar a fundirse con el paisaje en los retratos que va a sacarnos, ¿pero cómo se mira al objetivo si aquí cualquier pose resulta artificial? Aquí todo es perfecto casi sin querer; las hamacas, los cactus, la luz indirecta de las lámparas de la pared cubiertas por telas, los pestillos de forja negra de las puertas. Así que me peino sin alisar demasiado el pelo, me perfilo el párpado del ojo con una línea que no pulo del todo; para eso me quito las gafas, para pintarlo; por eso me agacho a desatarme los cordones para ponerme mejor unas alpargatas; por eso me golpeo con la línea recta sin pulir de la encimera del baño en mitad de la frente. Por eso mi foto, mi huella en Finestres, tendrá una pequeña herida, una media luna roja y colosal en la frente, por aquello de dar aspecto natural, descuidado, como si no pasara nada porque en el fondo está pasándome de todo en esta casa.
Dije la palabra envergadura al primer día que llegué a la casa y algo pasó, aunque no me diera cuenta. Definí así, con los brazos abiertos, el tamaño de mi cuerpo y cómo encajaba perfectamente en la mesa y la silla de la habitación que me asignaron. En ese momento debí de añadir a mi gesto de entusiasmo que en mi primera novela había un capítulo dedicado precisamente a eso, a mi incapacidad de encontrar un sitio donde escribir durante veinte años y lo que me sucedió en Ikea para comprobar la importancia que tiene tener una mesa propia. En vez de eso, dije envergadura sin saber qué significaba fuera de mi contexto y lo que iba a provocar.
En Sanià escribo en una mesa que parece tallada para alguien de mi tamaño, también la silla y la altura del respaldo; hasta el asiento tiene una dureza precisa, exacta. La superficie de la mesa está cubierta de estrías: la madera tiene marcas de aureolas, espirales de savia, como una mujer madura que ha creado vida con su cuerpo.
Un día, la perfección de mi mesa se acaba. La mesa ha empezado a cojear cuando escribo, como si de pronto tuviera una pata más corta que otra. Busco algún taco que hubiera movido sin darme cuenta, pero no hay nada alrededor. Pienso en que he dañado la mesa, que la he achicado al apoyarme. Pienso en la cama de detrás, que a veces me mira escribir como si hubiera alguien tumbado, si también la he dañado, pero la cama sigue férrea, sólida. Pienso de todo menos que he empezado a escribir tan rápido y golpeo el teclado con tanta fuerza que he acabado por mover la mesa y el gres irregular del suelo ha hecho lo demás, que unas patas queden más altas que otra al resbalarse entre las juntas.
Hasta que lo descubra, pensaré que el árbol de esa mesa está tratando de decirme algo cuando toco sus estrías.
Se lo cuento durante la cena, que mi mesa de envergadura perfecta ha empezado a cojear. Y es entonces Mateo cuando soltará al fin la carcajada, el chiste que le hace reír por dentro desde hace una semana cuando dije nada más llegar esa palabra, envergadura, una de las muchas que provocan equívocos grotescos, porque aunque suene a lo mismo, el idioma de Vicente y mío no es el de México, ni el de Chile, ni el de Colombia, ni el de Argentina. Por eso empezamos a escribir entre todos en una libreta verde que dejamos en el alfeizar de la cocina nuestra mejor obra de la residencia literaria: el Diccionario Panhispánico de Sanià.
Desde ese día rectifico sobre la marcha cuando uso el verbo coger. Desde ese día, envergadura será otra cosa. Y pochoclos. Y cuchufleta. Y bacán. Y goblin chingón. A veces diremos ustedes, en vez de vosotros, y algunas cosas serán fome y otras estarán chido, y me enseñarán a respirar con la guata para aliviar el temblor que me causa el miedo, un temblor que persigo cuando estamos todos juntos como una yonki que se cuela en un hotel abandonado para sentir algo más fuerte que una psicofonía.
A última hora, la casa se empeña en cubrirse con una luz que no es luz sino pintura o esmalte o algo parecido a la textura crujiente de la crema catalana.
La luz llega desde el oeste y por alguna razón, cuando atardece en Sanià, a veces me da por pensar en los carros del supermercado, los semáforos, el número pin, las rotondas, los cines, los aparcamientos subterráneos. Los enumero para afianzarme. Al otro lado del acantilado que nos protege y a la vez agita el sueño con ese golpear de olas constante, como poseído, pienso en ese mundo que nos espera porque el que nos rodea a veces no es creíble.
Cada tarde salgo a caminar para ver brillar el mar hasta que cae la última gota de luz. Es el punto final de la escritura. Entonces regreso a la cena que ha preparado Mike, o Imma o Ari, al cuidadoso aroma de la mesa puesta, al sonido de la madera donde colocan los platos que llevan su firma, aunque no la veamos, porque hay dedicatorias que se escriben con otra tinta. Afuera anochece, pero aquí no importa.
Los pinos que flanquean el paseo hacia Cala Estreta tienen la cualidad de la piel madura: toco las cortezas como toco mi mesa y veo en ellos la transformación del cuerpo que se nutre de lo vivido y se transforma en grietas que segregan resina, ramas flácidas y flexibles, capaces de sobrevivir a los temblores. Cada árbol aquí tiembla diferente a pesar de que el viento que soportan sea el mismo, de hecho, cada árbol está torcido a su manera, con la copa doblada como una cabeza que se agacha para saludarte.
El camino es estrecho y está lleno de posibles tropiezos. Avanza entre rocas, entre escalones que son demasiado amplios para dar una zancada y demasiado cortos para dar dos, entre las raíces de los árboles que se asoman para recordarte que ese pedazo de tierra que pisas lo están sosteniendo también ellos.
Un día descubro que una de las raíces sobresale fuera del suelo y se asoma hacia el acantilado, como si la tierra no fuera suficiente y se hubiera salido del camino para hurgar más allá, curiosa, insaciable. Me la quedo mirando hasta que descubro en ella la forma de matar a un personaje que no sabía cómo morirse en mi manuscrito. Al fin. Ese alivio. Me doy la vuelta para volver a casa a escribirlo y subo los escalones de una zancada, casi corriendo.
Mientras cenamos, me pregunto qué de todo lo que les está sucediendo a Vicente, a Mateo y a Megan se estará filtrando en lo que escriben, si a ellos también se les están colando entre las líneas de sus documentos las raíces de los árboles, las raíces de las historias que nos contamos, de los juegos infantiles a los que nos entregamos con una baraja de cartas, las historias de las constelaciones, de las némesis, de los libros que nos recomendamos y que nos abren una vía en la vena al leerlos.
Empiezo a notar que me va a faltar algo para siempre cuando los deje.
No es que vaya a ver el atardecer cada tarde, es que la escritura se completa cuando apago la luz de la pantalla y se enciende todo lo demás. Es cursi así dicho, pero es como sucede.
En el capítulo que he escrito esta mañana, mi personaje se pregunta precisamente eso; qué diferencia hay entre lo emocional y lo sentimental. Yo se lo pregunto a mis fantasmas, y cuando después de cenar salimos todos al jardín a buscar a Casiopea, se lo pregunto también a Mateo, que es más preciso en sus respuestas, y porque su escritura y la mía ocupan los puntos cardinales opuestos de la brújula que lleva en su teléfono. Todos los teléfonos la tienen, me advierte cuando me asombro porque lleve un utensilio que supuestamente evita que nos perdamos. Miro la pantalla de mi teléfono y veo las aplicaciones de siempre, que no funcionan porque donde estamos no hay cobertura ni conexión. En este instante mi teléfono solo es una linterna.
Es imposible que en este entorno se pueda hablar de belleza sin que algo emocional se cuele. Es un caladero de metáforas sugerentes, empalagosas, improbables, surrealistas, cursis, pertinentes, excesivas. Salimos a pescar cada vez que ponemos un pie afuera, la mirada afuera de las ventanas, el olor afuera, cuando tocamos las ramas, las cortezas, la madera de la mesa donde cada día nos aman en la comida que nos ponen. Mateo en su cabaña sale a buscar palabras afuera porque solo ahí tiene conexión a internet y pienso que todos salimos a nuestras íntimas afueras a buscar el relato, el camino sin demagogia de la escritura a veces con brújula, a veces con mapa, a veces sin nada.
Estoy leyendo en el mirador del paseo y entre el silencio habitual de los árboles me llegan voces, algo como un grito, el éxtasis de un orgasmo que no lo es, pero que lo pretende.
En el siguiente saliente de la costa, paralelo al saliente de mi mirador, encaramado sobre una lengua de tierra que penetra en el mar, hay un hombre con los brazos abiertos, abrazando el universo o dejando que el universo le abrace a él, con la cabeza hacia atrás y mirando al cielo. Me da pudor asistir a esa entrega hiperbólica, sobre todo cuando veo que su pareja le está haciendo fotos desde el camino. Él corre un riesgo relativo al estar ahí arriba encaramado, casi parece caminar sobre el agua; se siente poderoso, pero yo solo veo a un pequeño Neptuno vestido de Decathlon. Se gira y vuelve a emitir ese sonido de gozo casi sexual, esta vez mirando a la cámara de su mujer a unos diez metros de la punta donde él se encuentra, combando la espalda para acoger todo el cielo que le entre en su pecho. Lo que parece estar sintiendo es colosal. Ridículo, quizá, pero tremendo.
Hasta que lo veo.
El hombre está de pie sobre un acantilado del que pende un enorme árbol muerto, con el tronco partido y sus ramas desparramadas hasta casi rozar el mar. Es como un ahorcado en el cadalso, tieso y seco. Él desde arriba no lo ve, pero desde donde yo estoy, su pedestal es un elogio a la destrucción y a la muerte, a lo inhóspito, y sobre todo, a la noción de que nunca estamos seguros de dónde estamos pinados ni de la validez de nuestro suelo. Pienso que cuando escribimos somos un poco como ese tipo; a veces neptunos, a veces paseantes vestidos de Quechua, a veces curiosos, aventureros, osados.
¿Dejar leer lo que escribimos es eso? ¿Es que alguien nos mire desde lejos y vea sobre qué sostenemos en realidad nuestra historia, los presagios, los anhelos de los personajes, los propios? Me pregunto si las páginas que escribo en Sanià están sobre un lugar así, si me sostengo sobre un cadáver.
Escucho cada día el piano de Albéniz, el de Granados, el de Keith Jarrett, el de Philip Glass, los conciertos de piano de Beethoven, los de Rachmaninov, Chopin y Tchaikovsky, los solos de Bach, el descubrimiento de Agathe Backer Grøndahl, el de Wim Mertens, las fantasías de Schubert, los fantasmas de Schumann. También escucho Tool, Royal Blood, ‘The Decline’ de Nofx, ‘Grace’ de Jeff Buckley. Pero esta mañana se cuela entre las notas el zumbido de una motosierra.
Juan Pablo tiene la capacidad de hacer mutar el paisaje de Sanià para que permanezca inmutable, a pesar de que todo cambie, hasta quienes la admiramos cada mes. Desde que llegué a la residencia, cada mañana a la misma hora hago una foto desde la ventana de mi habitación. La vista y el encuadre son idénticos, pero cada día el retrato es distinto porque cambia todo lo demás: la luz según las nubes, la inclinación de los árboles según el viento, las sombras de la piscina. Y el jardín, claro.
Ahí abajo, en la terraza, Juan Pablo está cortando una viga redonda de madera que tiene el diámetro de un vaso de sidra. Vuelvo al teclado y escribo párrafos mientras él trocea la viga en distintas longitudes. Bajo a comer. Sigo escribiendo por la tarde pero el zumbido ya no está. Y cuando termino las páginas del día y apago y me asomo a la ventana, ahí abajo tampoco está Juan Pablo, sino lo que ha hecho.
En esa especie de jardín en altura que bordea la terraza, ahora hay una huerta creada por esas maderas que separan la tierra con el mimo de un jardín japonés. En los huecos que delimitan, las macetas que llevaban un par de días ahí posadas son ahora tallos plantados, cada uno en su espacio, dispuestos a crecer. Observo esa huerta aromática con una nostalgia futura. Pienso en los próximos residentes, en el cebollino que ahora son tallos casi líquidos, en los platos que adornarán las hojas de albahaca, el tomillo que se dorará sobre el lomo de qué pescado; pienso en quién degustará ese verdor que ahora crece bajo el balcón donde escribo, si sabrán que todo crece aquí precisamente por eso, porque cambias.
Nico nos cuenta qué hacen otros escritores cuando se van a poner a trabajar para desbloquear la mente creativa. Quizá usa otro verbo, quizá dice activar, quizá dice proceso creativo, no lo sé, pero sean cuales sean las palabras exactas, nombra de repente esa incómoda sensación que a todos nos sobreviene cuando sabemos que tenemos que empezar a escribir y necesitamos entrar en ese estado mental.
¿Cómo te pones delante del ordenador y en vez de ver una pantalla, te metes en la nebulosa que borra lo reciente? ¿Cómo se transforma la mente pragmática, rutinaria, perezosa en un proyector de imágenes y personajes que no existen?
Pienso en esa expresión de Nico durante todo el día. Esa noche, después de cenar, cuando todos se marchan a su dormitorio, me iré sola a la biblioteca a leer por esa incapacidad que tengo en Sanià de meterme en la cama y quedarme dormida. En mi casa cojo —he aquí el verbo sonrojante— el sueño nada más tumbarme, pero aquí cierro los ojos y sigo viendo imágenes. Supongo que tiene que ver con la sobreestimulación de la quietud (bendita paradoja), supongo que tiene que ver con todo lo que sucede en la escritura, y después, en la mesa redonda donde nos reencontramos. En la biblioteca me hago un ovillo en la esquina del sofá blanco y espero al sueño bajo la manta que huele a jabón, bajo la lámpara de pie que alumbra lo justo, bajo los libros de otros residentes que ocupan las estanterías a mi espalda, y con la infusión de frutos rojos para inducir no sé qué tipo de relajación, empiezo a leer. Leer en Sanià tiene ese sabor.
Cuando nos despedimos, a veces les digo no os vayáis aún, pero en el fondo les estoy diciendo no me dejéis sola. Se me hace bola la soledad aquí, porque dormir aquí tiene algo de pérdida de tiempo. Y como si Vicente lo supiera, o viera el tamaño de la bola, a veces se apiada y se queda un rato conmigo en la biblioteca.
Esa noche le pregunto cómo hace él para desbloquear su mente creativa —parafraseo vilmente a Nico con mi acento español al preguntárselo— y me cuenta su método. Ahora sé más cosas de mi compañero, de su vida en Berlín y en Barcelona; de cómo se asoma al proceso creativo, a su formación como escritor, a su apetito de lector. Tras escucharle, ahora también sé que esa manía mía de leer toda la prensa antes de empezar a escribir cada mañana tiene algo de huida, aunque yo lo llame calentamiento; que cada vez que aprieto el botón de Spotify busco un ritmo y una longitud de pensamiento, pero también provocarme un ánimo; sé más cosas cuando me meto en la cama esta noche después de conversar, y claro, no me duermo.
Compartir este tiempo de comidas y cenas es vivir con ventaja, es como tener un Google incorporado detrás de la oreja y apretarte el lóbulo cuando no tienes ni idea de qué demonios te está pasando, un Google emocional y sofisticado que te explica tus contradicciones, tus ataques de júbilo o tu incapacidad para encontrar esas palabras que a Leila Guerriero, por ejemplo, parecen brotarle como las agujas a los pinos.
Cada noche, cuando apago la luz de la biblioteca, cuento los días que nos faltan para que se acabe la residencia, cuento las noches que aún me quedan para seguir ahí, echa un ovillo, leyendo.
No sé cómo han hecho otros residentes para irse de aquí y volver a apretar botones en lo que llamamos la vida real; cómo salen de sus cabezas y vuelven a ocupar las cabezas que tenían antes, con su peso y sus caricias, con esos escenarios cotidianos que fueron verdad pero que ahora son un territorio paralelo y viscoso. Me pregunto cómo desbloquearemos el proceso creativo, si será posible, y ante la duda, esa noche entro en Amazon y busco infusiones de frutos rojos; amplío la imagen de los frutos deshidratados para que se parezcan lo máximo posible a los que tenemos en el tarro de cristal del que nos servimos aquí. Le doy a comprar. Enviar a casa. Santander.
Sanià está llena de bancos de madera estratégicamente dispuestos para mirar. La tarde que llego, fue lo primero que escribí en los mensajes que envié, cuando salí a conocer la finca. Los asientos tenían algo de símbolo y me senté en todos, temiendo que algún residente me pillara probando la estabilidad de la madera, las vistas, la propia fascinación, porque entonces Megan, Vicente y Mateo eran solo eso, los otros residentes, dos escritores y una traductora con los que iba a pasar tres semanas en una casa donde podías escuchar la cadena del fantasma de nuestros libros nonatos.
Ese día me senté en todos los bancos. Pensaba en ti, en ellos, en ella, en vosotros. Hacía fotos para enviarlas pero ninguna alcanzaba a enviar la mitad del amor que sentía en ese instante. Amor, sí.
Desde entonces, a diario, he vuelto a sentarme en algunos de esos bancos. Elijo según el viento y la luz, pero mi preferido es el que está al lado de la casa subiendo una cuesta cubierta de una trepadera; una planta que en vez de hojas tiene gajos verdes que se desparraman por la tierra y la adornan con flores malvas, abiertas como bocas que piden un beso. Esta tarde, sin embargo, voy al banco de enfrente, al que tiene una hamaca colgando entre dos árboles y en la que aún no me he tumbado por el estúpido temor a no lograr levantarme. Ese es el banco donde escribí los primeros mensajes y a veces tiene cobertura, como esta tarde, cuando al sentarme y estirar las piernas sobre el muro que rodea la finca, suena un pitido.
Olga Merino fue residente en enero y en febrero nos vimos en Barcelona. Yo estaba preparando la documentación de la novela y ella acababa de regresar de Sanià, o lo intentaba.
Nena, qué tal sigues.
Escucho su voz de sabia guerrera celta cuando leo su mensaje y le mando una foto desde donde estoy. Se ve el horizonte azul partido en dos, el libro que voy a leer sobre mis piernas, el suelo lleno de agujas marrones. Es fácil para ella saber en qué banco estoy y enseguida sale bajo su nombre escribiendo. Sonrío y poso el teléfono para dar un trago al café. Suena de vuelta el pitido, levanto el teléfono y cuando lo voy a desbloquear, noto algo líquido en el dedo, quizá he derramado algo de café.
¡Cuidado con la resina de ese árbol!
Me miro los dedos de la mano derecha y algo invisible y viscoso me moja las yemas. Cuanto más los muevo, más pegajoso se vuelve. Lo toco con los otros dedos, los dedos libres y limpios de la mano izquierda, y en apenas unos segundos, en vez de manos tengo dos muñones. Paso el nudillo por la pantalla para volver a los mensajes de Olga: aunque quisiera, no podría escribirle.
Solo se quita con alcohol de 90º…
Echo a correr a la cocina, donde Imma está inmersa en su conjuro diario en los fogones.
¿Tienes alcohol?
Y antes de que me dé una cerveza o vino, le enseño mis muñones, le enseño mi incredulidad, le enseño lo que pasa cuando quieres escribir y no puedes porque hay algo que te mantiene pegados los dedos y sería más fácil teclear con la nariz que con los índices, se lo enseño riéndome tanto que no puedo hablar por esa incapacidad con la que lidiamos los escritores que no sabemos dónde sentarnos porque hasta en el paraíso la posibilidad de quedarnos callados nos paraliza, le enseño la ridícula postura en la que se me han quedado las manos y nos reímos juntas, a la vez, hasta la lágrima.
Mejor que no te haya caído en la ropa, porque de ahí no sale
Hay alcohol de 90º y me meto en el baño a frotar. No tardo en recuperar la movilidad de los dedos, pero lo que me ha advertido ese árbol no lo despegaré jamás.
Cada tanto, algunas mañanas, internet se cae y nos quedamos sin conexión durante un rato. Al principio lo veía como un mal menor, algo sin importancia que traía consigo una pequeña inconveniencia si tenías que buscar una palabra o estabas en medio de una videollamada, como me ocurrió el segundo día de estar aquí. Ahora, en cambio, en la recta final, cuando se cae el wifi y veo que en la pantalla del ordenador sale la bola del mundo tachada, me alegra.
Entre las cosas que descubro al final de la estancia está el paseo que lleva hasta la casa de Dalí y que escribir con las ventanas abiertas de par en par frente a mi mosquitera convierte el escritorio en una prolongación del cielo.
Hoy el mar suena mucho más alto en la bañera de la rusa, la cala a la que bajamos de noche o a media tarde, pero no a bañarnos porque hay demasiadas rocas, sino a verlo. Las olas rompiendo contra las rocas suenan hoy más fuerte que de costumbre y de pronto me interesa esta idea: el mar no suena, suena lo que hace al llegar a la costa, al estrellar su fuerza contra algo. Hasta el mar necesita algo que lo haga ser, que lo haga rugir. Soy el mar y os necesito.
Retiro el ordenador de la mesa, la lámpara, el atril con los libros que estoy usando, y en vez de abrir una rendija como hago cada mañana para ventilar antes de sentarme a escribir, abro las ventanas completamente a todo lo que dan las bisagras. La mesa es una extensión hacia las copas de los árboles. Vuelvo a colocar encima el portátil y el atril, la lámpara, el bote de los lápices y me siento. Es lo más parecido a estar en el aire.
Cristina Rivera Garza nos visita una tarde. La miramos así, como si estuviéramos ante lo que es, la narradora impresionante que unas semanas después se llevará el Pulitzer por ‘El invencible verano de Liliana’. Lleva el pelo cano recogido con una belleza que admiro, pero me fijo en sus gafas azules, porque la forma en que se posan en su cara vuelven las mías un objeto pesado. Miro las gafas de Vicente. El primer día cuando se las vi pensé en Fernando Pessoa y me pareció buena señal. La escritora Laura Fernández, el día que nos visita, no lleva gafas, pero tiene en la mirada varios heterónimos y la atención de un reportero, y es una mezcla sólida y vertiginosa que escribe mientras ve. Megan y Mateo llevan gafas de sol, pero hace días que no las usan. Nico y Matías tampoco llevan gafas. Ni Ari ni Imma. Ni Wendy. A veces, Mike sí.
Antes de su visita, hemos hablado de las horas a las que salen los Rodalies y a dónde iremos después de llegar a Barcelona, porque esto se termina. Hemos hablado de repartir las plazas del coche. Hoy nos hemos despedido de Nico. Desde hoy, cada día nos despediremos de alguien que, cuando vuelva a la casa en el turno correspondiente, ya no nos verá a nosotros sino a los que vienen después, a los residentes de mayo.
Claro que hay fantasmas en esta casa, los hemos percibido desde el primer día, aunque la leyenda empiece en Truman Capote y termine en los juegos esotéricos que nos han dado horas de entretenimiento. Son los fantasmas de los residentes que han estado antes y que dejan algo de sí mismos: una piedra en el alfeizar, un suspiro, lágrimas en la almohada sobre la que dormimos, su postura en el sofá, su forma de arrastrar los pies por las piedras de afuera, el olor del tabaco en el jardín, partículas de su ropa en el armario, su amor por las paredes de la casa, su voz pegada a esas paredes, el peso de su cuerpo en el mimbre de las sillas de la cocina.
Qué fantasmas seremos nosotros cuatro, tan vivos ahora, mirando a Cristina Rivera Garza, escuchándola, respondiéndola, mientras tomamos pedazos del bizcocho de arándonos que Imma nos deja nuestro último fin de semana. Cómo recordaremos el privilegio de este rato que terminamos con una foto colectiva, ¿recordaremos la conversación, el sabor del bizcocho, el frío de afuera? Me pregunto si los fantasmas tienen memoria.
Si hubiera sabido que aquel iba a ser el último paseo al sol que haríamos juntos, no habría cambiado nada.
Me enseñan a jugar al Black Jack. Me enseñan a tener miedo. Me enseñan a sentir miedo y a expresarlo. Me enseñan trucos de magia con cartas. Me enseñan a reírme del demonio en el cuerpo de la niña de ‘El Exorcista’. Me enseñan a leerlos a ellos. Me enseñan a hacer yoga y respirar hasta marearme. Me enseñan a beber de la botella. Me enseñan a orientarme por el bosque. Me enseñan sus casas de infancia en sus relatos. Me enseñan a contar historias de terror. Me enseñan grupos de música. Me enseñan qué son los sueños lúcidos. Me enseñan a caminar de noche con la única luz de la luna. Me enseñan a colarme en sitios prohibidos. Me enseñan a tener agujetas en los costados de reírme. Me enseñan que agujetas son también cordones.
La mesa cojea, pero no siempre. Ya no hace sol. Mi mesa, mi envergadura, mi hueco total acogido entre la madera y el aire y el agua.
Esta es la última entrada que hago en el diario. Son las seis y cuarto de la tarde del lunes, 29 de abril. Mañana nos vamos y no sé cómo se cierra algo así. Esta estancia. Este documento. El manuscrito, en cambio, está totalmente abierto: es un cuerpo abierto en plena operación que tengo que mover a otro quirófano y no sé qué va a pasar en el transcurso. Así lo siento. Hago una foto al borde de la pantalla en la que sale el número de páginas y de palabras del documento de Word que creé el día que empecé mi residencia. Lo llamé ‘Lo que suena’. Entonces era una hoja en blanco al que le puse un nombre ambiguo para que no tuviera obligaciones ni límites. Lo que suena es una resonancia, puede ser también un juego de palabras con lo que te suena bien de algo que escribes, quizá lo que suena de un piano. Hoy he escrito la última frase en Sanià en ese documento y no he puesto punto final sino una coma. El manuscrito tiene 32.256 palabras. No sé cuántas palabras sobrevivirán. Pero el mar suena al otro lado de la ventana.
Y es verdad. Lo que suena siempre lo es.
Estuvo en Sanià junto a: