“Aquí escribí sobre la casa de mi infancia, una casa embrujada”
Mateo García Elizondo pasó un mes en la cabaña aislada de Sanià, a la que llegó con una novela sobre la locura en mente, y, después de experimentar con el terror, un terror real, la visita a lugares abandonados y supuestamente encantados, decidió que iba a centrarse en contar la historia de cómo los recuerdos dan forma no sólo a lo que somos sino también a los sitios que habitamos, y cómo esos sitios acaban poseídos por todo lo que en ellos ha pasado y lo que se dice que en ellos ha pasado, es decir, las historias que nos contamos.
Por Laura Fernández
Ante la cabaña en la que ha estado escribiendo este último mes, sentado distraída y cómodamente en lo que parece una hamaca nada ostentosa, Mateo García Elizondo (Ciudad de México, 37 años) confiesa que necesita caminar cuando escribe. Caminar en círculos. Como si invocara algún tipo de cosa, o se fundiese en ella, o mejor, necesitara hacerlo para alejarse de la realidad impuesta, la realidad que está por todas partes, para crear la suya propia. Una realidad repleta de visiones, y una percepción a menudo adulterada del mundo. Adulterada únicamente, o sobre todo, por la idea del yo, y sus fantasmas. «Es curioso», dice, «llegué aquí con una idea muy distinta a la que acabó brotando, pero los fantasmas ya estaban ahí». El aquí es la casa de Sanià, la Residencia Finestres, en su versión más pura y salvaje, la cabaña aislada frente a una, aún en abril, solitaria cala de aguas cristalinas, y poderosamente cambiantes. «Llegué con una ficción pura en mente, o la idea de una ficción pura, pero aquí me di cuenta de que lo que más me interesaba era la no ficción que había en ella», asegura. Está fumando un cigarrillo. Se le apaga. Lo enciende. «Me prometí que no escribiría autoficción porque, no sé, no me fío de la autoficción. Creo que a todos se nos hace interesante nuestra vida, pero no necesariamente tiene por qué serlo para los demás. ¿No es un poco complaciente? Me parece un poco complaciente», dice. Y sin embargo, «terminé embarcándome en un proyecto que es un poco de no ficción, y me incluye a mí como personaje. Ciertos miembros de mi familia son un poco más centrales, eso es cierto. Pero yo estoy ahí como testigo de algunas de las cosas que pasan», añade.
A Mateo García Elizondo le llegaron a pesar tanto ese par de apellidos, su par de apellidos, los apellidos de sus abuelos escritores —dos gigantes, Gabriel García Márquez y Salvador Elizondo—, que, cuando decidió que él también sería escritor, pensó que podría ser, con facilidad, por qué no, un escritor británico. «Fue una decisión adolescente. Pensé que podía escribir en inglés. México está tan cerca de Estados Unidos que el inglés con el que crecí me permitía llegar a creer que podía escribir novelas en ese idioma. Por eso estudié en Inglaterra, y estudié Literatura Inglesa. Mi familia entonces vivía en Francia, en París. Nos fuimos de México cuando mi hermana y yo llegamos a la adolescencia. Yo tenía 16 años. A mis padres les pareció que necesitábamos un lugar menos intenso, más seguro, más manejable para todos. Así que Londres no me quedaba lejos», recuerda. En aquella primera época, en la que Londres se le apareció como un ente «oscuro» y, en cierto sentido, hermético, pero también «mágico», sobre todo leía, y pasaba mucho tiempo solo. También escribía, claro, en inglés, pero «nunca funcionaba», confiesa. «No fue hasta que me puse a escribir en español que encontré voces mías, que me llevaban a otros lugares», dice. Pero, sobre todo, en aquella época, se nutrió. De la campiña inglesa, y sus escritores, de sus leyendas, y de los cómics de tipos siniestros, escritores «rarísimos», como Alan Moore y Grant Morrison. Y de la poesía, que en Inglaterra, dice, «fue, durante mucho tiempo, una forma de magia». «La poesía inglesa fue, en parte, mi entrada a toda esa manera de pensar», añade. Y se refiere a pensar la literatura como un tipo de magia, o el vaso comunicante entre lo que imaginamos y lo que vemos.
Su primera novela, Una cita con la Lady (Anagrama), publicada en 2019, aborda, desde un nihilismo absurdista, o mejor, un absurdismo —y lo del absurdismo es cosa suya, le encanta— fantasmal, el abandono de este mundo de un personaje por completo entregado a aquello que le da placer, la Lady, la droga, la heroína, en último término, el escape, una forma instantánea de huida del mundo. Se ha comparado su deambular onírico, repleto de visiones, ese caminar por la borrosa frontera entre los vivos y los muertos, con Pedro Páramo, el clásico de Juan Rulfo, pero el peregrinaje de esa voz que se quiere muerta, y que ya existe al margen del mundo, tiene mucho que ver con Albert Camus y El extranjero. «Camus es un autor que me encanta. Para esta novela fue muy influyente. Me gusta el personaje que está fuera de la vida. En el caso de mi novela, tan enfocado en su adicción que no puede ver nada más. La adicción te lleva a un progresivo estrechamiento de las cosas que te traen placer. Para él sólo había una cosa que le daba placer. Y eso lo volvía un extranjero de la vida», dice el escritor que, si bien empezó tratando de ser un novelista inglés, se decantó al poco por el cine, y el guion, terreno en el que echaba de menos eso que tanto la interesa: la percepción íntima de la realidad.
«Escribí cine durante mucho tiempo y me parecía una manera de contar limitada porque permite poco acceso a los personajes. En el cine estás contando desde el punto de vista de una cámara y un sonidista, y todo lo cuentas desde lo que se ve y lo que se escucha. Para entrar a los pensamientos tienes que recurrir a ciertos mecanismos del cine que pueden ser torpes o incómodos, como las voz en off», relata. Sigue en la hamaca. A veces se echa hacia adelante, para enfatizar aquello que quiere decir, o para volver a encender el cigarrillo, que se apaga a menudo. El viento es moderado. Brilla el sol. «Cuando di el salto a la literatura tuve acceso por primera vez a la interioridad de los personajes. A lo que verdaderamente me interesa como creador. El cómo percibimos las cosas y cómo pensamos sobre las cosas. Porque el bagaje de memoria y de trauma que cada uno tiene colorea la realidad que vive», dice. Y añade: «La conciencia altera o afecta la realidad. La propia realidad es, de hecho, un producto de la conciencia». Y dice a continuación que, en ese sentido, le interesan sobremanera «la locura y el delirio», y la manera en que lo sobrenatural, a menudo, explica una y el otro. Y aquí confiesa que algo le ocurrió en Londres que cambió esa percepción para siempre en él, y es algo sobre lo que pensaba escribir aquí, en Sanià, pero de repente la cosa viró hacia la casa. ¿Y qué es lo que ocurrió en Londres? «Un amigo con el que hablaba de historias, y de libros, y de teorías paranoicas y conspiraciones, un muy buen amigo al que sentía como yo, tuvo un brote esquizofrénico. Se fue del otro lado de la moneda. Yo me creía todo aquello de lo que hablábamos pero no me lo tomaba en serio. Y me di cuenta de que él se lo creía y se lo tomaba en serio. Fue muy sutil, muy tenue su paso de ser una persona como yo a estar del otro lado de las cosas. Y eso me marcó mucho», contesta.
¿Cree que eso dio inicio a su obsesión por la frontera? Porque en todo lo que escribe hay siempre una frontera. «Es cierto que la hay. Lo primero que escribía, las cosas de cine, se centraban en la frontera física. La frontera que hay entre Estados Unidos y México, y cómo estar de uno u otro lado te marca. Pero es verdad que cuando entré en la literatura, la frontera pasó a ser una frontera imaginaria. La que hay entre realidad y ficción, o la que se da entre lo que percibimos y lo que existe. La novela que quería escribir antes de dar comienzo a la que estoy escribiendo ahora iba a tratar sobre esa frontera, y sobre ese amigo. Pero todavía no es el momento. Aunque me interesa muchísimo. Qué tanto es locura y qué tanto sólo es tomarse en serio cosas que la gente no se toma en serio», dice. Y habla de Philip K. Dick, y su Exégesis, y del mundo que dio por cierto. «Dick habla con naturalidad, erudición y cordura de ciertos temas que, si los empiezas a hilar y a verlos con un poco más de seriedad, te llevan a lo que en esta sociedad se consideraría la locura pero en otras tendría más que ver con la brujería, el chamanismo, o el simple iluminado», apunta. «Hace tres o cuatro libros leí Valis —la historia de Amacaballo Fat, un detective que busca desesperadamente a Dios en un mundo en el que la realidad se revela a través de un rayo láser de color rosa—, y es impresionante la erudición con la que habla de pensamiento budista, tradición inglesa medieval, ciencia, extraterrestres, cómo lo mezcla todo para contarte, en realidad, el desdoblamiento de una persona», dice. «Nadie ha logrado hacer lo que él hacía. Nadie ha jugado a especular así con la realidad cotidiana. Nadie ha expresado mejor cómo todo depende de tus sentidos», añade.
Vuelve a la casa, y a estos días en ese rincón perdido cercano a Palamós en el que Truman Capote escribió parte de A sangre fría. Vuelve a los fantasmas, y a eso que está escribiendo, que nada tiene que ver con la locura, pero sí mucho con la percepción. «Toda casa es una casa embrujada por aquel que la habita», dice. «Antes de llegar aquí, estaba en México, haciendo un poco de todo, y lejos de la idea de la novela. Este lugar ha sido mi centro de reflexión intensiva», asegura. ¿Dirías que ha sido un poco como mudarte a tu propio cerebro? «Exacto, ha sido algo así. Aquí estás todo el tiempo contigo, para bien o para mal. Hay momentos muy buenos, de reflexión. Mucho silencio. Sólo alterado por el sonido de la naturaleza. Es muy estimulante», contesta. «Estoy triste de tener que irme, no sé qué va a ser de mi vida después. Durante meses, lo que me mantenía andando era que venía para acá. Y ahora que me voy no sé qué será lo que me mantendrá andando», dice. ¿No se lleva la novela en marcha? «Eso sí», contesta. ¿Qué clase de fantasmas hay en ella? «Recuerdos. Los recuerdos son fantasmas en cierto sentido. Me interesa mucho cómo los recuerdos se transforman con el tiempo y crean narrativas que uno no percibía en ese momento. Y cómo los rumores y las leyendas forjan una especie de historia que se vuelve cierta», responde. Y concreta, al fin: «Estoy escribiendo sobre mi casa de infancia. He estado investigando los últimos meses. Resulta que es una casa muy vieja. Tiene mucha historia. Está en un barrio del sur de México, cerca de Coyoacán. Siempre había escuchado leyendas y rumores del barrio y de la casa, y de una hacienda que hay enfrente de la casa. La cosa es que, investigando, me he ido enterando de que esas leyendas tienen una base de realidad alterada, completada por esas mismas leyendas». Lo que va a hacer, dice, es contar lo que vivió en esa casa y cómo lo vivió, y cómo ha ido reconstruyendo la historia —cómo está ahora mismo haciéndolo— de la casa en sí, y cómo esa reconstrucción está cambiando por completo su relación con el lugar y el lugar en sí.
Dice, Mateo García Elizondo, que hay lugares en el planeta Tierra que conviven mejor que otros con la imaginación. México es uno de ellos. «En México se vive entre la realidad y la ficción», sentencia. También habla de las drogas. De cómo los psicodélicos fueron el experimento perfecto, que te dejaban —te dejan— «a medio camino entre un mundo mental y el mundo real». Vuelve a la idea de la frontera. «Fue en la adolescencia cuando empecé a tomarme un poco en serio el hecho de escribir, y también fue entonces cuando empecé a consumir drogas psicodélicas, y descubrí un lado mágico, que no era únicamente fantasía. Entendemos fantasía como algo que no es real, como algo que no existe. Pero no es así. Las fantasías existen y son reales como fantasías. Tendemos a quitarles importancia. Pero el concepto de que algo imaginario no sea real es algo muy nuevo. Tiene poco más de un siglo de historia. La gente, antes, convivía mucho con su imaginación. Lo que uno imaginaba, las leyendas, tenían un efecto en el mundo real», dice. De sí mismo asegura que tuvo una infancia «muy particular». «Vengo de una familia de escritores y de gente que trabaja con su imaginación. Mis padres son artistas. Mi mamá es fotógrafa, pero la suya es una fotografía muy poética, que se interesa por la interioridad de las personas. Mi padre es diseñador gráfico y pintor, y mis abuelos eran ambos escritores. Y uno era una persona que sí convivía en el día a día con su imaginación. Yo se lo atribuyo mucho a que su familia, sus abuelos, venían como de etnias colombianas en las que había una participación mucho más activa con, por ejemplo, los sueños. La tribu de los wayús. Tienen la costumbre de contarse los sueños todas las mañanas, porque creen que da mala suerte no contarlos. Es una superstición que mi abuelo tenía muy presente. Y que refleja muy bien el poder que damos de manera imaginaria a los símbolos. Y todos ellos eran gente que se decía atea, pero sí creían en algo. Nos educaron ateos, pero nos educaron con esta cosa interna, esa necesidad de sí creer en algo, y hemos estado buscando en qué creer donde hemos podido», confiesa.
Ha dejado de fumar, y mira, de vez en cuando, al mar, y a los árboles, y dice que el contacto con el resto de habitantes de la casa —los otros escritores de su residencia, Vicente Ferrer, Marta San Miguel y la traductora Megan McDowell— ha dado sus frutos en ese sentido, en el sentido de explorar otras realidades, y de no fijar ninguna. De preguntarse por esa frontera entre lo real y lo mágico que hoy en día, para él, conservan los libros. «La literatura es valiosa porque es el espacio en el que nos permitimos escapar de la realidad sin caer en la locura. Y la sociedad no la sanciona. La ve con buenos ojos. Hay una necesidad de participar en lo imaginario que la sociedad moderna no nos deja ejercer con total libertad. Por suerte, a través de la literatura podemos volver aquello que imaginamos algo más cotidiano y real. Es nuestro trabajo, jugar con la realidad. A mí me parece un proceso mágico. Los libros son de los pocos objetos mágicos que tenemos, porque nos permiten hablar con gente que ya murió o comunicarnos con gente que no ha nacido, o hablar con seres que no existen en esta dimensión, o viajar a otros mundos», argumenta. Cuando algo así, es decir, cruzar el límite, o la frontera, entre lo que existe y lo que podría existir, lo que vemos y lo que podríamos ver, ocurre fuera de la página, es cuando, asegura, puede volverse peligroso. «Lo hemos descubierto aquí mismo. Durante nuestra estancia aquí —y aquí es Sanià, por supuesto—, hemos intentado provocarnos miedo. Cruzar ese límite. Ha sido un juego un poco peligroso. No es sólo que viéramos películas de terror cada noche, sino que fuimos a ver sitios embrujados, o supuestamente embrujados. Un hospital en Sant Feliu de Guíxols, que se convirtió en un hotel y que ahora está abandonado. Y es curioso, pero de lo que más miedo teníamos era de encontrarnos a alguien vivo, no a un muerto», dice. ¿Qué vieron? Oh, algo pasó, pero sacude la cabeza, sonríe. No dice nada. Pero algo pasó.
Y ese algo hizo virar esa idea original con la que llegó aquí. «Venía pensando en escribir sobre una casa embrujada. Pero era algo totalmente de ficción, como ya he dicho. Pensaba mucho en Shirley Jackson. Pero entonces pensaba más en Siempre hemos vivido en el castillo que en La maldición de Hill House, y después de lo que pasó aquí, me di cuenta de que lo que quería era escribir La maldición de Hill House. Escribir sobre la casa, sobre su historia, y su personalidad», dice. Cuenta que a los 16 leyó Las enseñanzas de Don Juan, de Carlos Castaneda, y que, en parte, le cambió la vida, también en su relación con esa magia. ¿Otras lecturas fundamentales? Mishima, Bruno Traven, Camus, Kurt Vonnegut, Franz Kafka, Tanizaki, Yasunari Kawabata. De entre todo lo que se lleva de Sanià, hay una frase, o una máxima, a la que llegaron juntos, sus compañeros y él, y tiene que ver con ese asunto de la realidad como algo que se fija, y de lo imaginario como algo que no puede fijarse, porque no es compartido. «La diferencia entre la realidad y los sueños es que los sueños sólo los has vivido tú, y por lo tanto, no pueden cotejarse, nadie más puede certificar cómo fueron, y en ese sentido, no existen. Pero la literatura es algo a medio camino. Porque es una especie de sueño que compartimos, una fantasía que podemos cotejar», dice. Oh, y luego dice muchas otras cosas. Por ejemplo, que le interesa muchísimo la literatura especulativa, y que algún día escribirá una novela especulativa, a su muy hipnótica, y personalísima manera, pero antes no. Antes va a encerrarnos en una casa encantada. Repleta de fantasmas reales.