«Estoy en un momento expansivo de mi carrera, quiero que la euforia y la audacia contagien todo lo que hago»

25/10/2024

“Estoy en un momento expansivo de mi carrera, quiero que la euforia y la audacia contagien todo lo que hago»

 

Claudia Durastanti llegó a Sanià «exhausta» después de haber batallado, durante cinco años, con Missitalia, su última y monumental, devoradora, novela monstruo, y, de alguna forma, encontró su centro: un lugar desde el que pensar el mundo que había dejado de entender, y desde el que reconciliarse con las «muchas voces» que todo escritor lleva dentro, a la vez que volvía a escribir diarios, y se decía a sí misma que así es como lo recordará en el futuro, como el sitio en el que volvió a contar sus días.

Por Laura Fernández

 

Dice que no ha pensado en Truman Capote ni un solo día. Y que se siente ligeramente culpable. En parte, porque se aloja en la habitación que fue supuestamente la suya. La habitación que aquel tórrido de verano de 1962 —el verano del incendio que le obligó a salir de la casa con el manuscrito de A sangre fría bajo el brazo, temiéndose lo peor— escuchó a Capote parlotear hasta quedarse dormido. La habitación en la que debió lamentarse, tal vez dando vueltas por la estancia, ante la atenta mirada de su entonces pareja, el comprensivo Jack Dunphy, también escritor, y sus dos perros, la gata, todas aquellas maletas con las que supuestamente llegaron. No llegó ella, Claudia Durastanti (Brooklyn, Nueva York, 40 años), con tanta maleta, apenas lo justo, dice, sin poder imaginar que hacerlo iba a liberarla, a ordenarla. Porque, al hecho de que no trajo consigo demasiadas cosas, se le unió enseguida la rutina de la casa, ese monástico cuidar de sus huéspedes —las comidas, las cenas, el día de la colada, siempre una nada extensa colada, y siempre la misma—, que le ha permitido vivir prácticamente en su cabeza. «Es como un espacio en blanco», dice. Ideal para alguien que atraviesa el momento en el que se encuentra. Hace tan sólo cinco meses que publicó Missitalia, un artefacto monumental, mayestático, «tres novelas en una», que la dejó exhausta. «Fueron cinco años. Cinco años soñando lo mismo», dice. Cuando Durastanti dice soñar se está refiriendo a no poder quitarse la historia de la cabeza. A vivir en ese otro mundo, esos otros mundos —hay tres tiempos en la novela, un pasado remoto, 1860, un pasado algo menos remoto, los años 50 del siglo XX, y un futuro no tan lejano, 2050— que estaba construyendo. «Llegué aquí como una veterana —en su acepción de soldado retirado—, y jamás pensé que iba a encontrar esta calma, que era justo lo que necesitaba», dice. Está sentada a la mesa, en la terraza, brilla el sol, el mar se agita ahí abajo.

«Estoy ahora mismo en mi propio Eras Tour literario. Aunque aquí llegué de mi casa en Roma, lo que seguirá será otra residencia, de tres meses, en Alemania, y, bueno, últimamente es lo que he estado haciendo. Escribir lejos», señala. ¿Y qué escribe? ¿Está ya inmersa en algún otro proyecto? «Sí, pero no es una novela. Ahora sólo puedo escribir cosas cortas. Estoy escribiendo cuentos, y ensayos. Lo siguiente será un libro de ensayos», contesta. La cosa es que, normalmente, dice, en las residencias, todo es más caótico. «Eres tú, allí, en otro lugar, sin poder dejar fuera todo lo que representas, tu mundo», asegura. «Aquí, en Sanià, está siendo muy distinto. El lugar es en sí un micromundo del que formas partes, y realmente todo lo demás queda fuera. Lejos», dice. Ploma, la omnipresente alma de la casa, una jovencísima e hiperactiva braco, se acerca con la pelota. «Estando aquí he entendido el concepto de sanatorio. Las cosas resuenan más. Pero eres capaz de volver a tu centro. Lo que pienso del mundo es más potente aquí, y lo que pienso sobre mi trabajo también. Ahí fuera estamos siempre pendientes de lo que pasa, y todo cambia a una velocidad de vértigo, y en realidad no tienes la sensación de la imagen completa. Desde aquí la tienes. No sé, es una experiencia interesante. Y no tienes por qué escupir sangre. Ni estás en rehabilitación. Porque también podría tener un aire de eso. Imagino que eso era justo lo que sentían los escritores que se apartaban, que estaban volviendo a su centro, y a la vez, viendo la imagen completa, desde fuera, de aquello que había quedado lejos».

Se siente como una «veterana de guerra». Hace sólo cinco meses que se publicó su última novela, Missitalia, tremendísimo, monumental tour de force, impecable artefacto narrativo mutante, novela monstruo —tres partes que podrían ser tres novelas distintas, o la historia de un mismo personaje escrita por tres escritoras distintas, como dijo una crítica, cosa que a Durastanti le encantó—, en la que viaja del pasado remoto —1862— a un futuro no tan lejano —2056—, de la Tierra a la Luna, de la comunidad, o la compañía controlada, e intoxicante, o con probabilidades intoxicantes, a la autonomía, o una soledad no solitaria, expansiva, imprescindible para dar forma a aquello que somos sin los demás. «Me pasé cinco años pensando únicamente en esa historia. Soñando despierta con ella. Lo que me consumió un ingente cantidad de energía psíquica», dice. Necesitaba, sin saberlo, la clase de «espacio en blanco», o «micromundo», que le ha permitido la residencia. Un lugar desde que el ha podido centrarse por fin, en todo. «Es curioso, pero cuando estás ahí fuera, controlándolo todo, hasta la última tendencia, crees que estás en el mundo, y en realidad, no tienes tiempo de procesar todo lo que pasa. Me he dado cuenta, al llegar aquí, que hace mucho que ya no sé qué está pasando en política, ni cómo entendemos hoy las guerras. En el día a día es fácil perderse, porque tu propia vida te distrae, todo eso de estar a la última, pero aquí me noto centrada. La rutina me mantiene a la vez conectada con mi yo creativo y consciente de lo que pienso sobre lo que pasa en el mundo», dice, y vuelve a preguntarse si no sería eso lo que les pasaba a los escritores que se instalaban en sanatorios, «no casualmente en tiempos de guerra, o en tiempos en los que el mundo estaba patas arriba».

El único de sus libros (aún) publicado en español, La extranjera (Anagrama), es un memoir que no es exactamente un memoir, una muy peculiar non fiction novel, que parte de una voz que tardó años en encontrar. «Ese libro jamás habría existido si no hubiera dado con esa voz», dice. Con el tono, más bien, añade. «El tono lo es todo. Creo que tiene la dosis justa de todo lo que buscaba. Es a la vez meditativo, melancólico, irónico. Consigue esquivar el dramatismo. No estoy de acuerdo con esos escritores que dicen que debes ser cruel y despiadada, joder a tus padres, todo eso, porque debes ser libre cuando escribes. La libertad no consiste en eso. Hay muchas maneras de contar tu historia. Y seguro que puedes encontrar una en la que no hagas daño a nadie. Pero tienes que quererlo. Y yo quería que el libro fuese una experiencia para la gente que está dentro, gente a la que amo», cuenta. La sinopsis del libro da comienzo así: «La protagonista de esta historia –la propia autora– se siente extranjera por varios motivos: es hija de padres mudos, lo cual la apartó del mundo normal; desciende de una familia de emigrantes que salieron de Italia rumbo a Estados Unidos y nació en Brooklyn, en un país extranjero. Después, cuando con seis años regresó a Italia con su madre al pueblo de la familia, fue extranjera en su país de origen, por no haber nacido allí, y sigue siéndolo cuando decide marcharse a vivir a Londres». Y habla del tormentoso matrimonio de sus padres, y de que probablemente se conocieran cuando el padre intentaba suicidarse, y de que fue la madre quien le salvó, y también de una adolescencia solitaria en la que la literatura jugó un papel esencial. «Siempre me ha fascinado lo que hacía Joan Didion. Eso de que copiaba, literalmente, palabra por palabra, cuentos de Hemingway, para, de alguna forma, contagiarse del estilo, y la gramática, incluso los músculos —lo hacía a máquina de escribir, claro— del escritor, ¡transcribía con la intención de absorberlo todo!», dice. «Yo no hacía nada parecido», dice también.

Lo que ella hacía era leer un libro y luego escribir un relato que siempre estaba basado en aquello que acababa de leer. «Si leía Drácula, de repente escribía un relato en el que había vampiros por todas partes y en el que todas las chicas eran Mina. Si leía un libro de Kerouac o uno de Allen Ginsberg, salía gente en la carretera, borracha y alienada», recuerda. Fue a los «11 o 12» que por fin escribió, dice, el primer cuento que no tenía nada que ver con nada de lo que había leído, «¡ni siquiera con Stephen King!». «No era gran cosa, ni siquiera lo recuerdo, pero sí recuerdo que era distinto, y que me permitió sentir el entusiasmo de haber creado algo nuevo», dice. Algo que sin ella no hubiese existido. Como la voz —o el tono— fascinantemente inmersivo —casi capaz de hacerte entrar en cada una de las escenas que describe, y aquello que de ellas se piensa, como si un libro pudiese viajarte bajo la piel— de La extranjera. Y sin embargo, admite que, mientras escribe —y no sólo mientras escribe— necesita rodearse de «tantos creadores como sea mejor». Ver películas, leer libros. «Es lo que llamo mi fase contagio. Necesito contagiarme de todo, y luego empezar a notar, como una especie de erupción, el deseo de ser yo la que cuenta. Realmente es algo casi físico. Lo notas. Bajo la piel. Como si estuviese caldeándose, y finalmente, explotara», dice. También dice que su escritor favorito es Don DeLillo. «Era una persona antes de leerlo, y luego fui otra», dice. Submundo y Libra son sus libros favoritos. Aunque los ha leído todos. Y lo tiene siempre cerca, como un amuleto. También tiene cerca a Joan Didion. Y a Francis Scott Fitzgerald. «Habría muerto por escribir una página de Suave es la noche«, dice. Añade a Cesare Pavese. Y a Clarice Lispector. La lista podría continuar. En Missitalia, por ejemplo, es fundamental Elizabeth Hardwick.

«Traducir Noches insomnes de Elizabeth Hardwick me sumió en una especie de sonambulismo literario, y escribí la primera parte de Missitalia completamente embebida del ritmo de esa especie de cuaderno de notas, por completo anómalo. Hardwick es como el Flaubert de la lengua inglesa. Me impregnó tanto, porque me fascinaba tanto, que no me la podía quitar de encima. La traductora de Missitalia al inglés lo notó enseguida. Me escribió y me dijo: ¡Pero esto es Elizabeth Hardwick! ¡Se nota que has traducido Noches insomnes!», explica. No siempre, de todas formas, su otra vida como traductora, influye en su trabajo. «Ahora mismo estoy traduciendo a Dickens, y traduje Grandes esperanzas, que son como ocho novelas en una, y me fascina lo que hizo, pero nada me impactó al nivel en el que lo hizo Hardwick», admite. Cree que, cuando escribe, invoca espíritus, eso sí. Los espíritus de los escritores a los que necesita para que lo que sea que está escribiendo vaya a buen puerto. «Es como si les invitara a unirse al banquete», dice. Es algo que va más allá de la influencia, dice también. «Es una idea de cercanía de la que no me avergüenzo en absoluto, al contrario. Tal vez esa esa la única comunidad que importa. La que formas con los escritores que admiras», asegura. Y menciona la idea de comunidad porque es una obsesión en Missitalia, que, en definitiva, es un viaje hacia la autonomía, o la soledad, pero no la del que se siente solo, sino la de aquel que busca estarlo. «Como en esa escena de Heat, de Michael Mann, en la que le preguntan a De Niro si se siente solo, y él dice que sólo lo está, que es la diferencia, en inglés, entre las palabras alone y lonely«, añade.

Habla de comunidad —eso que está más allá de tu familia, pero que también, de alguna forma, te condiciona y te moldea, que puede convertirse en una especie de cárcel—, y de adicción, y de la necesidad de algo tóxico —que en la novela es un recurso energético: el petróleo— que, en el fondo, y en ese viaje en el que acabó convirtiéndose la novela, se desveló como aquello que el ser humano —y en concreto, Occidente— hace con los recuerdos. «De pequeña y adolescente fui siempre muy nostálgica. Le he dado una importancia enorme a los recuerdos. Y a la Historia, con mayúsculas, tal y como la aprendimos en el colegio. El orden, de mayor a menor, de las cosas. Y vivimos en un mundo que lo ha desordenado todo. Hay un día que conmemora cada cosa que existe. Hago una sátira de eso en la novela. No somos máquinas perfectas, no podemos mantener todo eso y procesar lo que está pasando. Deberíamos podernos librar del pasado. Nuestra civilización occidental está basada en la memoria, y sin embargo, cuando algo que ya ha pasado, de la misma exacta forma, vuelve a ocurrir, parece que no podemos detenerlo, como pasa con el genocidio en Gaza. Deberíamos podernos librar de todo para procesar lo que pasa de forma completamente distinta, como si fuese algo que jamás nos hubiese pasado, para no repetir los errores que ya cometimos», sentencia. Hay liberación en Missitalia, y también mito —todo lo que queda de lo que fue— porque, en realidad, de lo que habla, es de una relación larguísima, y lo que queda cuando se acaba, y una vuelve a ser una.

Llegó a Missitalia con todo lo aprendido en La extranjera. «La extranjera bordeó el libro de ideas, es un memoir, sí, pero entraron un montón de ideas sobre la identidad, la pertenencia, el pasado, el feminismo, y creo que buscaba un marco para ellas, y ese marco era esta novela», dice. Una novela que es un híbrido —histórica, ciencia ficción, y a la vez tan pensante como La extranjera, de hecho, la parte central es prácticamente, dice, La extranjera 2— por completo audaz, otra versión de sí misma. «Es lo que más echo de menos. La audacia. Estos días, mientras escribo, los relatos y los ensayos, trato de recuperarla. Si empecé Missitalia con lo aprendido en el anterior libro, quiero que éste tenga la euforia con la que escribí Missitalia«, dice. «Me estoy divirtiendo ahora. Como dice la famosa frase de Fitzgerald, la cita que más me define, I was always saving or being saved —Siempre estoy salvando a alguien, o siendo salvado—. Es de El Crack-Up. Y lo que hago ahora me está salvando. Missitalia me demostró que los caminos son muchos, y que un escritor tiene su estilo, y más de una voz, ¡tiene voces!, y puede hacerlo todo, y probar es lo más divertido. Estoy en un momento expansivo de mi carrera, quiero que la euforia y la audacia contagien todo lo que hago», dice, y añade: «No me basta con lo que creía que podía hacer. Te diviertes cuando te das cuenta de que puedes hacer cosas distintas. Que no tienes una única voz. Yo quiero ser reconocible, que mis libros resulten familiares entre sí, pero a la vez sean únicos». Teme la voz narcótica, dice, en la que el mundo se estaba sumiendo, «con todos esos ensayos en primera persona, que hablaban de cosas que les habían pasado a sus autores, y que se parecen un poco a lo que cuentas a un amigo cuando estás borracha, ese tono monótono y compasivo», dice.

De ahí lo de la audacia y la euforia. El tono con el que quiere «romper» con el anestesiado narrar contemporáneo en la no ficción pasa por ser necesariamente desestabilizante, «inconformista, nada tranquilizador». Porque cree que la no ficción está domesticándose a una velocidad terrible. Que ya lo está, de hecho. «Vivimos en un mundo que está perdiendo el consenso. ¿Está pasando lo que creemos que pasa? ¿Hay genocidio en Ucrania? La microrrealidad se ha impuesto, y el efecto narcótico de esos ensayos ha contribuido a que lo haga», dice. Cita a Anne Sexton cuando dice que un escritor es esencialmente un espía. Alguien que vive en dos mundos. Uno sin sentido. Otro con un sentido único. Su forma de no abandonar nunca el centro que ha encontrado en Sanià, confiesa, antes de subir a su habitación —tiene una llamada que hacer, es algo relacionado con una entrevista—, es volver a escribir diarios. «Es por lo que siempre recordaré este sitio, en el futuro. Porque me devolvió a los diarios. Dejé de escribirlos hace cinco años. De repente pensé que los libros podían ser suficiente. Pero ahora me doy cuenta de que no. Quiero volver a ellos, porque creo que es un espacio de pensamiento importante, incluso cuando nada te pasa. Quiero entrenarme en eso. En el pensamiento. Y quiero hacerlo escribiendo a mano, como antes», dice. Todo cambia, pero al final, lo que para el escritor queda es ese otro que le espera ante el cuaderno. «Siempre busqué algo que nunca me dejase, algo que nunca fuese a irse, y quizá ese algo es la escritura. Sin duda, lo es», dice y sigue brillando el sol, y es aún un día de septiembre, apenas ligeramente más tarde, y sin embargo, algo ha pasado, siempre lo hace.

«Estoy en un momento expansivo de mi carrera, quiero que la euforia y la audacia contagien todo lo que hago»

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