Panorama Park
Llegamos a Sant Feliù poco antes del anochecer. Éramos Marta San Miguel, Vicente Ferrer, Megan McDowell, Matías Medici y yo. Llevábamos días en una especie de furor sobrenatural, viendo películas y contando historias de terror, e invocando fantasmas medio en broma para ver si lográbamos asustarnos unos a otros. Llegamos incluso a jugar a las escondidas en la casa, a obscuras, repitiendo el mantra: “Truman Capote, Truman Capote…”. Ya no sabíamos muy bien qué inventarnos para seguir asustándonos, cuando Matías propuso hacer una visita guiada de los lugares embrujados de la zona. Aceptamos, pero al final nos cancelaron el tour al último momento, y decidimos visitar los sitios por nuestra cuenta. Quizás porque ya íbamos sugestionados, la llegada a Sant Feliù fue bastante fantasmagórica. Caminamos varias cuadras de edificios con los postigos de las ventanas cerrados, y había muy poca gente en la calle, como si el pueblo estuviera deshabitado. Los ocasionales ancianos que caminaban junto a nosotros nos miraban con rostros cetrinos y ojos saltones de desconfianza. Era como ingresar en una especie de Transilvania ibérica a la caída del sol.
Luego de una parada en un hospital medieval al que no pudimos entrar y en el que supuestamente aún se oían las voces suplicantes de los moribundos, fuimos al Hotel Panorama Park, en las faldas de la montaña Sant Elm. El hospital medieval había sido un poco aburrido, y creo que para entonces le teníamos muy poca fe a nuestro “tour sobrenatural”. Llegamos luego de diez minutos de caminata cuesta arriba por un barrio residencial de casas modernas y lujosas, entre las cuales el hotel abandonado sobresalía como un vestigio de otra era. Era un edificio alargado de cuatro pisos, derruido y sin ventanas, con corredores en los que se sucedían docenas de habitaciones sin puertas. Debía ser lujoso cuando estaba en uso, pero ahora estaba destrozado, cubierto de grafiti. Las entradas más accesibles al inmueble estaban selladas con muros de tabique y hormigón. Los jardines estaban invadidos de maleza, llenos de basura y cascajo, y en la alberca solo quedaba un charco de agua verduzco en el que un par de ranas croaban al atardecer.
Según la leyenda, desde su fundación a principios del siglo XX, los dueños del predio habían tenido vidas trágicas y casi siempre morían de enfermedades fulminantes al poco tiempo de adquirirlo. Los últimos murieron intestados a principios de los años 2000, y como los proyectos para remodelar el edificio jamás prosperaron, poco a poco nació el rumor de que las ruinas del hotel estaban malditas. Se dice que por sus pasillos se pasea el espectro de un aristócrata catalán del siglo 17, y que todos los cuartos han sido abiertos para saquear muebles y tubería de cobre salvo uno: el cuarto 313.
Rodeamos el edificio hasta un portón de herrería oxidada, y sin contemplarlo demasiado, Megan empezó a escalarlo. La situación habría podido terminar en brocheta de traductor, pero antes de que lograra cruzar al otro lado, Marta y Matías nos llamaron hacia una pequeña cúpula con vista al muelle de Sant Feliù. Ahí había otro portón, más pequeño, cerrado solamente con una cadena de hierro sin candado. El terreno estaba abierto; era un buen pretexto para la guardia civil si amenazaban con multarnos por allanamiento. Así que, aunque no era parte del plan, decidimos colarnos. Cruzamos por la maleza y encontramos un puente hecho de puertas y tablones de madera que permitía el acceso al balcón de una de las habitaciones del primer piso, y al poco tiempo, estábamos deambulando por un pasillo cubierto de grafitis satánicos, entrando y saliendo de unas habitaciones llenas de basura y con las paredes destrozadas. No quedaba una sola puerta ni rastro alguno de los muebles; todo había sido desvalijado.
A mí me preocupaba un poco que tuviéramos un accidente ahí dentro y termináramos en la primera plana de algún periódico amarillista catalán. Pasábamos junto a grafitis que decían “no entres”, “no subas”, “no pases por aquí”. Sabía, por mis exploraciones urbanas previas, que a veces la gente deja grafitis con advertencias sobre las fallas estructurales del edificio. Me daba miedo que en cualquier momento nos cayera un trozo de techo encima, o el piso se derrumbara. Donde antes habían estado los elevadores, ahora había precipicios, bocas abiertas y tenebrosas que iban a dar varios pisos abajo hasta el subsuelo del edificio. Si alguien tropezaba por ahí íbamos a vivir una verdadera historia de terror. Así que avanzábamos tentando en la oscuridad con las linternas de los celulares, nerviosos por la posibilidad de encontrarnos no tanto con un fantasma, sino con lo que en ese momento resultaba mucho más aterrador: a un ser vivo; quizás a un chatarrero, o a algún yonqui o indigente que resintiera nuestra intrusión en su hogar.
Entre bromas sobre cuánto nos parecíamos al grupo de Scooby Doo, nuestra misión se volvió encontrar el cuarto 313. Recorrimos las plantas superiores del edificio de un extremo a otro, subiendo escaleras hasta una azotea en la cual contemplamos una vista panorámica de Sant Feliù. Nunca encontramos el supuesto cuarto maldito, así que empezamos el descenso a las plantas inferiores por un tramo de escaleras de concreto sin revestimiento, estrechas y a veces bloqueadas por vigas y tablones de madera que saltábamos sin preguntarnos por qué alguien las habría puesto ahí.
El paseo por esta casa del terror sobrepasaba todas nuestras expectativas. Jugábamos a asustarnos, aunque a veces no sabíamos si el miedo que sentíamos era parte del juego, o si era el presentimiento de algún peligro real. En una situación como esta, la mente le hace bromas a uno. La adrenalina actúa como un narcótico; provoca un cosquilleo nervioso en el vientre, y la visión se enfoca y se hace más nítida. Vicente y Marta soltaban alaridos cada vez que pisaban o veían algo que no reconocían. Teníamos ataques de risa nerviosos, contagiosos. Al cabo de un rato inmersos en el silencio y la oscuridad, empezamos a tener algo parecido a alucinaciones. Cualquier ruido o forma extraña cobraba vida. Se oían gritos lejanos, y susurros: eran los motores de coches que recorrían la carretera aledaña, o el siseo del viento soplando entre las grietas de las paredes. El hueco de una puerta sobre una pared blanca se asemejaba, de lejos, a una silueta humana. Al poco tiempo nos dimos cuenta de algo mucho más extraño: no parecía haber ninguna forma de vida en todo el edificio, ni siquiera las de esperarse; gatos, insectos o ratas. Nada respiraba ni se movía ahí dentro.
Megan, sobre todo, parecía cada vez más poseída por una especie de frenesí. Por momentos se perdía, y volvía a aparecer en lugares improbables. Cuando encontrábamos escaleras, se aventuraba por ellas sin consultar a nadie, soltando carcajadas macabras. Quizás estaba poseída por algo que la atraía, engatusándola a base de risas y juegos, haciéndose pasar por un ente inofensivo. No nos quedaba más opción que seguirla, aunque solo fuera por afán de no dividir al grupo. Cada vez que llegábamos a un nivel inferior lo explorábamos, y luego seguíamos bajando por un tramo de escaleras distinto, incapaces de elaborar un mapa mental del recinto. El hotel parecía grande desde afuera, pero por dentro daba la impresión de ser inmenso, enrevesado. Me cruzó por la mente que quizás sí estaba realmente maldito. Quizás tenía voluntad propia y nos estaba devorando, atrayéndonos y perdiéndonos por sus pasadizos laberínticos.
—¿Pero qué necesidad?— gemía Marta, que se aferraba temblorosa al brazo de Matías, al de Vicente, al mío— qué necesidad, Dios mío…
Pero nosotros insistíamos en arrastrarla con nosotros hacia el subsuelo. Quizás los demás habíamos entrado en el juego del hotel embrujado, también. Las plantas inferiores se veían recién habitadas; había sillas y tumbonas de plástico dispuestas en semi-círculo, rodeadas de botellas de cerveza vacías y colillas de cigarro, como si hubiera habido una fiesta ahí recientemente. Cada vez entraba menos luz de afuera, y el ambiente se hacía más húmedo y opresivo. Los pisos estaban encharcados, quizás por la lluvia o por alguna fuga de agua, y el suelo crujía por los fragmentos de vidrio que pisábamos con cada paso. Las paredes estaban negras, cubiertas de hollín por los múltiples incendios que se habían desatado ahí en los últimos años. Paseando a tientas por uno de esos sótanos, Matías señalo a un par de ojos brillantes que nos observaban desde la penumbra.
—¿Alguien más los ve?
Yo los veía. Parecían ojos de animal. También podría haber sido el brillo de un celular sostenido por una persona acuclillada en el piso, filmándonos. Nos acercamos: eran dos huecos mellizos en la pared por los cuales se colaba una tenue luz crepuscular de afuera, tan juntos que simulaban un par de ojos.
Las escaleras nunca terminaban, como si el edificio no tuviera fondo, o como si sus cimientos se extendieran hasta al inframundo. Seguimos bajando, unas escaleras de caracol primero, que nos condujeron a una serie de sótanos, y luego unas últimas escaleras de concreto hasta un cuarto de calderas averiadas. En el piso, había un colchón con una bolsa de dormir y una chamarra, recientemente abandonados. Llegué a preguntarme qué clase de persona escoge un lugar tan tétrico e inhóspito para instalar su guarida.
—Quizás uno de esos yonquis de los que te gusta escribir —me dijo Vicente.
Nos paseamos por los sótanos, tomando fotos de grupo y videos del lugar, especulamos sobre la posibilidad de que hubiera alguien escondido en la penumbra, observándonos, y bromeamos sobre tener la locación ideal para rodar una película de terror de bajo presupuesto. Cuando por fin decidimos salir vino lo más extraño. No teníamos puntos de referencia ni habíamos trazado nuestro recorrido al entrar, así que buscábamos escaleras para volver a subir, pero las únicas que encontrábamos bajaban. Durante tres o cuatro minutos que parecieron infinitos, estuvimos perdidos. La batería de los celulares se agotaba y pronto se haría de noche, pero volvíamos siempre a los mismos sótanos y escaleras, como si estuviéramos dando vueltas en círculo. Más angustiante aún, creíamos haber recorrido cada sección del edificio, pero en nuestro deambular cíclico y cada vez más aprensivo, nos encontrábamos con partes del hotel que no habíamos visto antes. Llegamos a un rincón intacto del hotel, con un cuadro bucólico del muelle de San Feliú y dos sillones de felpa en perfecto estado, enfrentados. Quizás por el miedo, o porque estábamos ingresando a una dimensión liminal más allá de esta realidad, los grafitis parecían adoptar un tono más siniestro. Uno de ellos decía: “Mamá, no me quiero ir a casa”.
Justo cuando el pánico podría habernos empujado a hacer algo estúpido, como separarnos, subimos un tramo escaleras que desembocaron en uno de los corredores de las plantas superiores. De ahí ya se veía la carretera que corría a un lado del edificio, y del otro lado, los jardines llenos de maleza y cascajo. Al final de un pasillo, encontramos el puente hecho de puertas y tablones por el que volvimos a cruzar para salir del terreno justo antes del anochecer.
El hotel nos había soltado por fin, pero el efecto narcótico de la adrenalina no se disipó de inmediato. Se transformó en una especie de borrachera, una sensación de alivio que rayaba con la euforia. Uno vuelve a apreciar el cielo abierto encima de su cabeza, el privilegio del alumbrado público, la tranquilidad reconfortante de un barrio residencial de clase alta en un pueblo costero catalán. Cuando llegamos a la terraza de un bar en el centro de Sant Feliù, nos bebimos nuestras cervezas con las manos aún temblorosas. No habíamos estado más de cuarenta y cinco minutos en el hotel, pero daba la impresión de que habían pasado días. Estábamos agotados, como si hubiéramos corrido un maratón, y no sabíamos si el extraño fenómeno de los últimos minutos ahí adentro había sucedido realmente, o si solo había sido producto de nuestra imaginación alborotada. Y estábamos demasiado exhaustos para entenderlo.
Esa noche no pudimos dormir. La experiencia nos dejó una especie de vacío adentro que nos impedía estar quietos. Todavía después, nos emborrachamos con vino de Bruxas y salimos a caminar al bosque sin linternas, guiándonos por la luz de una luna llena tan brillante que parecía de día cuando llegamos a la playa del Castell a las cuatro de la mañana. Caímos rendidos poco antes del amanecer, y al día siguiente todavía despertamos en un estado de shock catatónico.
Nadie dijo una sola palabra durante el desayuno.