Érase una vez una mejor amiga en la pequeña, lejana, terrícola Monroeville
Nelle Harper Lee y su paso por Sanià, y el mundo
Existieron, en otro tiempo, en la pequeña y lejana Monroeville, Alabama, Estados Unidos, la Tierra, Vía Láctea, dos amigos escritores. Sus nombres eran Nelle y Truman. Cuando se conocieron, eran tan diminutos, tan pequeños, estaban, aún, tan poco golpeados por el mundo, que ninguno de ellos sabía que, tarde o temprano, acabaría siendo escritor. Quizá lo sospechaban. O sospechaban que no eran como el resto. Oh, eso, en realidad, lo sabían. Fue eso lo que les convirtió, en cierto sentido, en inseparables. Los iguales se reconocen, y a la vez, se repelen. Pero siempre encajan, porque saben, sabios, que sin el otro, de alguna impensable forma, no existirían. Es decir, uno tiene un amigo escritor para que su mundo quede fijado. En realidad, no importa que ese amigo sea escritor —aunque siempre es mejor si lo es— lo que importa es que ese amigo exista. Y te vea y te acepte exactamente como eres. Porque eso es lo que te permite decirte (BIEN) (ASÍ ES CÓMO FUNCIONA LA COSA) y (PUEDE QUE NO SEAMOS COMO EL RESTO) (PERO NO ESTAMOS SOLOS) y (NOS ESTAMOS VIENDO Y ES SUFICIENTE). Es suficiente porque al verte, el otro te fija. Te da un sentido. Como si en vez de un alguien, fueses un algo.
Una historia.
Algo que alguien puede, por fin, contar.
No es habitual, sin embargo, que en un lugar tan pequeño como Monroeville, Alabama, cuya población, por entonces, y entonces es principios de los años 30 del siglo pasado, era apenas de 1.300 habitantes, aparezcan dos niños, un niño y una niña, dos amigos, llamados a convertirse en estrellas de la literatura mundial de la forma en que lo hicieron el encantadora y repelentemente vanidoso Truman Capote y la introvertida y tenaz, la inteligentísima Harper Lee. Oh, quise decir, Nelle. Siempre la llamaron, en realidad, Nelle. Observénles. Juegan en el jardín de una pequeña casa. Probablemente al principio desconfiaron el uno del otro. Lo hicieron, sin duda. ¿Recuerdan quién es el pequeño Truman en Matar a un ruiseñor? El pequeño y engreído Charles Baker Barry. Un niño que, sentado en el suelo, «no era más alto que las coles».
La primera vez que él y Scout, la narradora, se ven, el tal Charles, a quien, por cierto, llaman Dill, lleva «unos pantalones cortos azules de hilo abrochados a la camisa», y de él se dice que «tenía el cabello blanco como la nieve y pegado a la cabeza como si fuera plumón de pato». Scout dice que tiene un año más que ella, pero que ella parece «un gigante» a su lado. Lo primero que les dice a ella y a su hermano, al verles —es un vecino nuevo, en realidad, es el sobrino de su vecina, que pasa el verano con ella—, es que sabe leer. A ellos les trae sin cuidado que sepa leer. Y él les dice que, en cualquier caso, sigue sabiendo leer y que si tienen que leer algo, él puede leerlo por ellos. También, que, aunque parezca tener cuatro años y medio, tiene siete. Entonces el hermano de Scout le dice que ella sabe leer desde que nació, y que ni siquiera ha ido a la escuela aún. «Soy pequeño pero soy mayor», replica el forastero, que, a continuación, les cuenta una historia. Y mientras lo hace, «sus ojos azules se iluminaban y se oscurecían» y «tenía una risa repentina y feliz, y solía tirarse de un mechón de cabello que le caía sobre el centro de la frente».
Lo más probable es que eso que Scout Finch cuenta ocurriera de alguna forma cuando se conocieron. La impresión debió ser exactamente esa. A ella debió de fascinarle su desvergüenza, su extroversión, su necesidad de concentrar todas las miradas. A él, el hecho de que fuese tan pequeña y ya supiese tanto como él. Incluso puede que mucho más que él. La escena, relatada en las primeras páginas de Matar a un ruiseñor, la única novela que Harper Lee escribió —pensando en publicar, pues la secuela que se publicó en 2015, Ve y pon un centinela, no fue en realidad una secuela, no era más que algo que había escrito antes, una novela que había dado por fallida antes de dar comienzo a Matar a un ruiseñor—, es tan vívida que, al leerla, se presencia, como si en vez de a este lado de la página, el lector estuviera del otro. Es decir, con ellos, dentro de la escena misma. He aquí lo poderoso de la escritura de Harper Lee, tan exultantemente interior y a la vez tan descriptivamente apabullante que es capaz de transportarte al lugar en el que las cosas que imagina. Como si todo eso estuviera aún ocurriendo. Y, de hecho, es lo que hace. Ocurre, y ocurrirá para siempre, dentro de esa única novela.
Publicada en 1960, Matar a un ruiseñor es una pequeña —una enorme, en realidad— colección de cosas, como todo clásico que se precie, en su caso, un clásico instantáneo e inesperado, deliciosamente frondoso, un algo que nada a contracorriente desde un lugar en extremo firme, el de la escritura, como la definió un crítico en su momento, decididamente «táctil» de Lee. Sí, hay en ella un alegato feroz contra el racismo en el Profundísimo y Temible Sur norteamericano —fue ese alegato, valiente y frontal, lo que acabó de convencer al jurado del Pulitzer, porque ¿acaso podía una novela de una desconocida autora de la pequeña y remota Monroeville dar, a la primera, en el clavo? ¿Cómo no iba a hacerlo? ¡Era perfecta!—, pero también hay un fascinante coming of age, encerrado en lo que casi parece, por momento, una novela de fantasmas —sí, el gótico sureño es gótico por novelas como Matar a un ruiseñor, en la que los vecinos son vistos, a menudo, como monstruos a los que temer, ante los que nunca nadie está a salvo, porque el otro es el otro, y no hay forma de controlar lo que piensa, ni lo que hará, y por lo tanto, lo tememos—, pues Boo Radley, y los Radley, suponen, desde su casa en ruinas, una amenaza, pero una no del todo real, una amenaza infantil, y sin embargo, desde la fantasía —de Jem, Scout y Dill— la inocencia va quebrándose, y de alguna forma, los va insertando en el mundo adulto en el que nada parece jamás justo. El propio encaje de Jean Louise —Scout— en tanto niña, y adolescente —transcurren tres años en la novela, y las cosas, poco a poco, cambian—, nada femenina en un mundo en el que el rol de género resulta tremendamente rígido, asfixiante, por completo performativo, irreal, es también parte importante de una novela en la que las mujeres exigen, y juzgan, sobre todo, a otras mujeres. Aunque lo verdaderamente poderoso de la novela es el alegato contra el racismo en el Profundísimo Sur Norteamericano, encarnado por la figura de Atticus Finch —la novela, de hecho, iba a llamarse Atticus—, un abogado viudo de mediana edad encargado de defender a un hombre negro, Tom Robinson, acusado de violar a una mujer blanca, Mayella Ewell. Atticus es el padre de Scout, y está basado en el padre de Harper, que, como Finch, era abogado. Y no sólo eso, sino que, en la misma época en la que ocurre lo que ocurre en Matar a un ruiseñor, defendió a dos hombres negros, en su caso, acusados de asesinato. Como Atticus Finch se enfrentó a una comunidad que no entendía qué demonios estaba intentando demostrar.
Nelle Harper Lee tenía 34 años cuando publicó Matar a un ruiseñor. Había estudiado Derecho en Alabama, siguiendo los pasos de su padre. Pero cuando decidió que aquello que había vivido de niña, que las historias de Monroeville, en general, merecían existir, un poco a la manera en que existían los relatos de Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson, trabajaba para una aerolínea. No, no como abogada. Era empleada de reservas en la British Overseas Airways Corporation. Vivía en Nueva York. En su bloque de apartamentos, nadie sabía quién era. Siguieron sin saberlo cuando se convirtió en una escritora famosa. La escritora de un solo libro más famosa de la Historia hasta el momento, y puede que aún —pese a que ese único libro ya no sea único, aunque en realidad, lo es—. Seguía hablando con Capote. Lo veía de vez en cuando. Fue él, de hecho, quien le recomendó que enviara algunos de esos relatos a un agente. Lo hizo y, al poco, Joshua Ballinger Lippincott, de J. B. Lippincott & Co., le recomendó dejar el trabajo y dedicarse únicamente a escribir. Fue lo que hizo. Fueron sus amigos quienes la sostuvieron económicamente durante los dos años que tardó en tener listo el manuscrito de Matar a un ruiseñor. Mientras escribía, pensó que no podría hacerlo, que no iba a poder acabar aquella cosa. Que aquella cosa iba a acabar con ella. Alguien contó en una ocasión que llegó a tirar el manuscrito por la ventana. Fuera estaba nevando. Lo recuperó, y su agente insistió e insistió. Cuando el libro se publicó, la editorial le dijo que no vendería más de un par de miles de ejemplares. Oh, a veces ocurre. Ocurre a menudo los clásicos. Que nadie los espera, y simplemente ahí están. Crecen, se diría, en el momento indicado. El libro no sólo se convirtió en un best seller instantáneo sino que ganó el Premio Pulitzer de ese año. El año es, hemos dicho, 1960.
El año en el que Truman Capote llegó a Palamós.
Oh, sí, para entonces Harper Lee ya había acompañado a Capote a los juzgados —tomaron nota juntos de lo que ocurrió en el caso que ocupaba al escritor entonces, el caso de los Clutter, el caso de A sangre fría—, y había vuelto a esconderse en su apartamento. Como J. D. Salinger, Harper Lee evitó toda exposición pública. Era aún, como había sido de niña, extremadamente introvertida. No son sus palabras las que explican de qué forma debió pesarle el éxito de Matar a un ruiseñor, pero debió hacerlo hasta el punto de que no fue capaz de publicar nada más hasta 2015. En 2015 quedaba un año para su muerte. En 2015 tenía 88 años. Ven y pon un centinela, esa supuesta segunda novela, no es más que, como hemos dicho, un primer acercamiento a Matar a un ruiseñor, algo así como las páginas perdidas de aquella. Haper Lee siempre firmó como Nelle Lee. Probablemente, la persona que mejor la conoció fue el propio Truman Capote. No tanto por el grado de intimidad que pudieron llegar a tener en su vida, las veces que se vieron o se dejaron de ver, lo al día que estaban el uno del otro, como por la conexión instantánea, y casi vital, la clase de conexión que te hace sentirte parte del mundo, que debió producirse en aquel jardín trasero, de una casa de Monroeville, Alabama, cuando no eran más que un par de niños fuera de lugar. Es una experiencia extremadamente tierna, y poderosa, hermosísima, leer Matar a un ruiseñor buscando a ese par de niños que se encontraron. Porque ahí están. Todas las obras que escribieron juntos, en una vieja Underwood, y que luego representaban, y la manera en que creían que estaban llegando cada vez más lejos en el apasionante mundo de los otros mundos, es decir, todo eso que contienen los libros, porque los dos leían muchísimo, leían más que cualquiera que conocieran. Capote hablaba de Nelle y de él como «otro tipo de gente», o «gente distinta», a todos los demás. Él era refinado, y cuidadoso, y ella se enfrascaba en peleas con otros niños, y le importaba un pimiento su aspecto. No eran nada como el resto, en un sentido social, pero tampoco lo eran por dentro. Estaban llenándose de historias. Vivían a través de ellas. Y siguieron haciéndolo hasta el final. Y de la forma en que lo hacían ya de niños. Ella, reservada e introvertidamente. Él, tan llamativa y extrovertidamente como pudo.
¿Y qué hay del tiempo que pasaron juntos en Sanià? Porque, sí, Nelle Lee —así era como firmaba, por cierto— pasó unos días en Sanià. Lo hizo en el verano de 1962. El único verano que Capote pasó en la casa de Sanià y el último de los tres que pasó en Palamós. Ese año se había estrenado la adaptación cinematográfica de Matar a un ruiseñor y tal vez Nelle, como su buen amigo de infancia, necesitaba estar lejos de Nueva York. Aquel verano pasaron por la casa una pequeña colección de amigos del escritor. Entre ellos, el matrimonio Paley —aún no se había peleado con su amiga Babe, personaje fundamental en la vida de Capote, casi un alma gemela, en un sentido muy distinto al que lo fue Nelle—, el fotógrafo Cecil Beaton; la hermana de Jackie Kennedy, Lee Radziwill, y la millonaria Gloria Vanderbilt. Cuentan que Harper Lee se dejó allí unos vestidos, y que Capote se los regaló a la chica que servía en la casa. No cuentan nada más. Lo más probable es que la escritora y su amigo hablasen de aquel libro aún en marcha. Lee había estado dentro del mismo desde el principio. Fue con Nelle que Truman fue a cenar a casa del inspector del caso. Capote había conocido de casualidad a su mujer y cuando ella había descubierto que ambos habían crecido en Nueva Orleans —Capote sólo pasaba los veranos en Monroeville—, les había invitado a los dos, a Nelle y a él, a cenar. Fue en esa cena donde el escritor conquistó —con su millón de anécdotas sobre Hollywood y su innata y magnética capacidad para narrar cualquier cosa— al inspector, que le dio acceso a los detenidos, y le permitió —a él y a Nelle— seguir de cerca el juicio. Probablemente hubo, desde el principio, un Truman Capote para cada una de las personas con las que se cruzó en su vida, y uno que acabó alejándose tanto del mundo —sin dejar de estar en el centro del mismo— que se convirtió en un personaje, el personaje al que se invoca hoy —atormentado y genial, y en extremo, por momentos, cruel y despiadado—, y al que, a menudo, trata de olvidarse. Harper Lee conoció al original. Aquel del que partieron todos los demás. Y él conoció a la que nadie pudo conocer en realidad. El respeto con el que debieron observarse aquel primer día por encima de la valla que separaba un jardín trasero de otro siguió intacto hasta el final. Por cierto, la casa donde vivió el escritor en Monroeville, la casa de su tía, ya no existe. Donde se encontraba el hogar de Lee hay hoy una heladería llamada Mel’s Dairy Dream. Está en el número 216 de la Alabama Avenue, en mitad de una especie de no lugar que en otro tiempo fue la casilla de salida de dos mundos iguales pero por completo distintos.