Was at Sanià with:
Antes de llegar a Sanià, una idea persistía en activarse sola, automáticamente, con respecto a la casa: que allí había vivido Truman Capote. En el tren de Barcelona a Caldes de Malavella, mientras pensaba en la forma como cultivamos y nos interesamos en ese tipo de mistificaciones —en ese tipo de exterioridades de la escritura—, recordé El ojo en la mira, el libro que Diamela Eltit escribió sobre algunas de sus lecturas fundamentales. Un fragmento es justamente sobre Capote. Diamela menciona que “siguió y persiguió” su trayectoria por las líneas de apertura con las que se comprometió el autor de A sangre fría —la obra que, en parte, escribió ahí mismo, en Sanià, adonde yo estaba llegando—. Apuntando a Música para camaleones, el libro en el que Capote se refiere, según como lo escribe Diamela, a “su obsesión con la escritura, a su manía por los detalles y a la necesidad de volver una y otra vez sobre sus materiales”, ella agrega: “Me pareció muy interesante y real porque la imagen pública del autor lo mostraba ligado a una constante frivolidad y lo revelaba como dependiente de una atención mediática incesante o insaciable”. Pensé que la mistificación autoral es muchas veces inseparable de una frivolidad fastidiosa, pero me gustó que Diamela reemplazara esa exterioridad (o se “sobrepusiera” a esa exterioridad) con el recuerdo de haber leído a Capote: que destacara la interioridad de su trabajo, “la audacia oscilante”, escribe ella, “entre realidad y ficción enclavada en su escritura”.
En el camino seguí pensando en la interioridad de la escritura y su exterioridad, y en cómo tantas veces la exterioridad termina avasallando la conversación literaria, o directamente reemplazándola. En Colombia, creo, han primado dos formas de la exterioridad: la mistificación (o digamos, la épica autoral) y la controversia mediática. García Márquez y Fernando Vallejo. Dos obras tan distintas, tan extraordinarias, y, sin embargo, tantas veces reemplazadas en la conversación pública por esa insistencia en lo épico o en lo polémico: “Gabo estaba yendo a Acapulco cuando se le ocurrió la primera línea de Cien años de soledad, y entonces se devolvió, tuvo que devolverse, la escritura llamaba”, etcétera. O también: “Vallejo renunció a la nacionalidad colombiana, pero realmente no puede renunciar a ella”, etcétera, etcétera. Más allá de que un autor participe o no en la exterioridad de la escritura, activa y decididamente, tiendo a replegarme cuando la conversación se va para allá: las renovaciones generacionales de dichas exterioridades siguen acaparando la conversación.
Cuando llegué a Sanià y pude instalarme en la habitación —tuve la suerte de estar yo solo en el tercer piso—, agradecí que, con sólo bajar las escaleras, pudiera entrar —¡entrar!— a ese paisaje inverosímil, con mar y bosque, en lo exterior de mi ventana. Que pudiera mirarlo desde lejos y caminarlo también. Observarlo y transitarlo. Pasar de la exterioridad a su interioridad.
Una noche vimos con Alba y Juan el documental Los mundos de Ursula K. LeGuin. Me pareció, digamos, informativo de la obra e ilustrativo de su interioridad. Todo el tiempo resonó su ensayo Presentación, en el que LeGuin se sitúa como una mujer blanda, mayor, lesbiana y tierna en un mundo “varonil” o, más exactamente, en un mundo de hombres en el que sólo hay “una clase de gente, los hombres”. En ese sentido, habla de unos “hombres de segunda categoría” que tratan de parecerse a los hombres. “Nací antes de que inventaran a las mujeres”, escribe, “y he vivido los pasados decenios tratando de ser un buen hombre y me he olvidado de seguir joven, así que envejecí”. Al final del ensayo, LeGuin concluye: “Si no se me da bien lo de fingir ser un hombre ni se me da bien lo de ser joven, acaso podría empezar a fingir que soy una mujer mayor. No estoy segura de que ya se hayan inventado las mujeres mayores, pero merece la pena intentarlo”. El documental me devolvió la sensación que me había dejado el ensayo la primera vez que lo leí: una sensación de apertura. Porque, al tiempo que LeGuin reconoce el orden social, y lo ironiza y ridiculiza, no deja de pensar en que hay que inventarse otra cosa. Reconoce el orden y lo critica, pero al tiempo piensa en otro mundo posible, y se pregunta, sobre todo, cómo puede ser. Así entra la búsqueda lúdica de otras estructuras narrativas, de otro lenguaje con el que se pueda escribir el mundo nuevo. En otras palabras, surge la experimentación.
A la mañana siguiente, con el documental fresquito en la cabeza, fui a dar una vuelta por Platja de Castell. Vi a una niña con bañador de la Sirenita. Y entonces pensé en esa otra Úrsula, la villana de la película: una sirena sin voz y embaucadora. La que le dice a Ariel: “Tu voz a cambio de un par de piernas”. Pensé que una Úrsula, la primera, la escritora de ciencia ficción, busca en la vida y en sí misma un lenguaje nuevo y unas estructuras narrativas inéditas para poder escribir lo que quiere escribir. Y que la otra, al no tener voz, recurre, pues, al engaño. Cada Úrsula encarna una aproximación posible a la experimentación: la primera, LeGuin, es la urgencia y la necesidad de trabajar el lenguaje y de alejarse de lo prescriptivo y de la convención para crear un mundo. La segunda es el embauque, la argucia para compensar la falta de voz.
Como estoy escribiendo un ensayo, Nicolás me recomendó tres libros magníficos con el ánimo de inspirarme: Ensayismo e Imaginemos una frase de Brian Dillon, y La obra de una vida, de Bela Hamvas —lúcidos y lúdicos, hermosamente escritos: palabra poética y palabra pensante unidas narrativamente—. Ambos autores permiten pensar la interioridad de la escritura de una manera intensa: desde el orden lógico de las oraciones a la sintaxis, pasando por la música y la puntuación, y el tipo de energía que contiene y expresa una frase. Destaco especialmente la distinción que hace Hamvas entre arte órfico y arte mágico: “El arte órfico lo coloca todo en su sitio y equilibra y modera… El arte mágico es el que evoca las honduras y desmonta el equilibrio, que actúa de un modo que excita el alma… El emblema del arte órfico es el cristal; el del mágico, el torbellino. Órfica es la frase de la Biblia: ‘En el comienzo de todo, Dios creó el cielo y la tierra’. Mágica es esta frase de Tolstói: ‘La vida sólo comienza cuando uno no sabe lo que ocurrirá’”. Leyéndolo, sentí que, cuando el texto llegaba a algún equilibrio o moderación, Hamvas pasaba a desmontarlo y a seguir excitando el pensamiento: que su escritura era, para decirlo con un oxímoron, órficamente mágica.
La última noche en Sanià repasé los veintinueve almuerzos y cenas que había podido disfrutar ese tiempo —tenía el corazón agradecido—. Recordé especialmente los callos a la catalana y la ternera asada que había hecho Ari —también su salmonete relleno—, los gazpachos de Inma y el arroz dominguero que estuvo a cargo de Mike. Me recordaba diciéndole a Ari: “¡Qué rico todo! Pero ¡qué rico!”, y ella diciéndome, risueña: “Eres un facilón”. ¿Cómo explicar lo absolutamente delicioso que comimos y lo larga que fue esa delicia, con una comida divina tras otra, tantos, tantos días? Sobre saber y sabor, Juan Cárdenas hace la siguiente reflexión en su Elástico de sombra: “El pensamiento es apenas la abertura de la razón hacia las profundidades del misterio del sabor, o sea, el misterio de lo Incomunicable. Pues, al fin y al cabo, uno no puede transmitirle a otro ser humano a qué saben las cosas, a qué sabe un chontaduro, digamos, a qué sabe un mamoncillo, eso no se puede transmitir. Eso es un misterio que no se puede romper, el sabor es el último baúl del misterio”. Quería decirles a Ari, a Inma y a Mike que son creadores de misterio, pero en la emoción de la despedida, se me olvidó hacerlo.
Esa última noche tenía insomnio, estaba acalorado. Salí, entonces, a dar una vuelta por el bosque, camino a Cala Estreta, y me impactó que hubiera (se vieran) tantas estrellas. El mar estaba oscurecido, casi del color del cielo: parecían fundirse, por fin, pero ahí seguía la línea que siempre los está separando. El agua y el viento hacían su sonido, y al rato pasó un barco mientras Palamós titilaba lejos. Recuerdo haber pensado: “¿Cómo es posible que no sepa casi nada de esto? Del mar, del cielo, de cómo ese barco puede flotar, de cómo esa luz se prende y de cómo esa otra luz llega desde lo más, más anterior”. Algún insecto me picó y de nuevo la pregunta: “¿Cómo es posible que no sepa nada, absolutamente nada de ese animal que entró en mí, que ni siquiera sepa el nombre, la especie, o qué es?”. Seguí caminando y, entre los pinos, si alzaba la vista, había más estrellas —esa noche no dejaban de estallar entre las ramas, diminutas e inconcebibles, desde lo más, más anterior—. Entonces llegué a un letrero que decía “Privat” y así terminó mi arrebato.
Gracias para siempre a Nico, a Ari, a Mari, a Inma, a Mike, a Juan Pablo, a Alba, a Juan, a Elif, a Camila y a Ploma —hermosa y mordelona— por un tiempo inolvidable.
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Antes de llegar a Sanià, una idea persistía en activarse sola, automáticamente, con respecto a la casa: que allí había vivido Truman Capote. En el tren de Barcelona a Caldes de Malavella, mientras pensaba en la forma como cultivamos y nos interesamos en ese tipo de mistificaciones —en ese tipo de exterioridades de la escritura—, recordé El ojo en la mira, el libro que Diamela Eltit escribió sobre algunas de sus lecturas fundamentales. Un fragmento es justamente sobre Capote. Diamela menciona que “siguió y persiguió” su trayectoria por las líneas de apertura con las que se comprometió el autor de A sangre fría —la obra que, en parte, escribió ahí mismo, en Sanià, adonde yo estaba llegando—. Apuntando a Música para camaleones, el libro en el que Capote se refiere, según como lo escribe Diamela, a “su obsesión con la escritura, a su manía por los detalles y a la necesidad de volver una y otra vez sobre sus materiales”, ella agrega: “Me pareció muy interesante y real porque la imagen pública del autor lo mostraba ligado a una constante frivolidad y lo revelaba como dependiente de una atención mediática incesante o insaciable”. Pensé que la mistificación autoral es muchas veces inseparable de una frivolidad fastidiosa, pero me gustó que Diamela reemplazara esa exterioridad (o se “sobrepusiera” a esa exterioridad) con el recuerdo de haber leído a Capote: que destacara la interioridad de su trabajo, “la audacia oscilante”, escribe ella, “entre realidad y ficción enclavada en su escritura”.
En el camino seguí pensando en la interioridad de la escritura y su exterioridad, y en cómo tantas veces la exterioridad termina avasallando la conversación literaria, o directamente reemplazándola. En Colombia, creo, han primado dos formas de la exterioridad: la mistificación (o digamos, la épica autoral) y la controversia mediática. García Márquez y Fernando Vallejo. Dos obras tan distintas, tan extraordinarias, y, sin embargo, tantas veces reemplazadas en la conversación pública por esa insistencia en lo épico o en lo polémico: “Gabo estaba yendo a Acapulco cuando se le ocurrió la primera línea de Cien años de soledad, y entonces se devolvió, tuvo que devolverse, la escritura llamaba”, etcétera. O también: “Vallejo renunció a la nacionalidad colombiana, pero realmente no puede renunciar a ella”, etcétera, etcétera. Más allá de que un autor participe o no en la exterioridad de la escritura, activa y decididamente, tiendo a replegarme cuando la conversación se va para allá: las renovaciones generacionales de dichas exterioridades siguen acaparando la conversación.
Cuando llegué a Sanià y pude instalarme en la habitación —tuve la suerte de estar yo solo en el tercer piso—, agradecí que, con sólo bajar las escaleras, pudiera entrar —¡entrar!— a ese paisaje inverosímil, con mar y bosque, en lo exterior de mi ventana. Que pudiera mirarlo desde lejos y caminarlo también. Observarlo y transitarlo. Pasar de la exterioridad a su interioridad.
Una noche vimos con Alba y Juan el documental Los mundos de Ursula K. LeGuin. Me pareció, digamos, informativo de la obra e ilustrativo de su interioridad. Todo el tiempo resonó su ensayo Presentación, en el que LeGuin se sitúa como una mujer blanda, mayor, lesbiana y tierna en un mundo “varonil” o, más exactamente, en un mundo de hombres en el que sólo hay “una clase de gente, los hombres”. En ese sentido, habla de unos “hombres de segunda categoría” que tratan de parecerse a los hombres. “Nací antes de que inventaran a las mujeres”, escribe, “y he vivido los pasados decenios tratando de ser un buen hombre y me he olvidado de seguir joven, así que envejecí”. Al final del ensayo, LeGuin concluye: “Si no se me da bien lo de fingir ser un hombre ni se me da bien lo de ser joven, acaso podría empezar a fingir que soy una mujer mayor. No estoy segura de que ya se hayan inventado las mujeres mayores, pero merece la pena intentarlo”. El documental me devolvió la sensación que me había dejado el ensayo la primera vez que lo leí: una sensación de apertura. Porque, al tiempo que LeGuin reconoce el orden social, y lo ironiza y ridiculiza, no deja de pensar en que hay que inventarse otra cosa. Reconoce el orden y lo critica, pero al tiempo piensa en otro mundo posible, y se pregunta, sobre todo, cómo puede ser. Así entra la búsqueda lúdica de otras estructuras narrativas, de otro lenguaje con el que se pueda escribir el mundo nuevo. En otras palabras, surge la experimentación.
A la mañana siguiente, con el documental fresquito en la cabeza, fui a dar una vuelta por Platja de Castell. Vi a una niña con bañador de la Sirenita. Y entonces pensé en esa otra Úrsula, la villana de la película: una sirena sin voz y embaucadora. La que le dice a Ariel: “Tu voz a cambio de un par de piernas”. Pensé que una Úrsula, la primera, la escritora de ciencia ficción, busca en la vida y en sí misma un lenguaje nuevo y unas estructuras narrativas inéditas para poder escribir lo que quiere escribir. Y que la otra, al no tener voz, recurre, pues, al engaño. Cada Úrsula encarna una aproximación posible a la experimentación: la primera, LeGuin, es la urgencia y la necesidad de trabajar el lenguaje y de alejarse de lo prescriptivo y de la convención para crear un mundo. La segunda es el embauque, la argucia para compensar la falta de voz.
Como estoy escribiendo un ensayo, Nicolás me recomendó tres libros magníficos con el ánimo de inspirarme: Ensayismo e Imaginemos una frase de Brian Dillon, y La obra de una vida, de Bela Hamvas —lúcidos y lúdicos, hermosamente escritos: palabra poética y palabra pensante unidas narrativamente—. Ambos autores permiten pensar la interioridad de la escritura de una manera intensa: desde el orden lógico de las oraciones a la sintaxis, pasando por la música y la puntuación, y el tipo de energía que contiene y expresa una frase. Destaco especialmente la distinción que hace Hamvas entre arte órfico y arte mágico: “El arte órfico lo coloca todo en su sitio y equilibra y modera… El arte mágico es el que evoca las honduras y desmonta el equilibrio, que actúa de un modo que excita el alma… El emblema del arte órfico es el cristal; el del mágico, el torbellino. Órfica es la frase de la Biblia: ‘En el comienzo de todo, Dios creó el cielo y la tierra’. Mágica es esta frase de Tolstói: ‘La vida sólo comienza cuando uno no sabe lo que ocurrirá’”. Leyéndolo, sentí que, cuando el texto llegaba a algún equilibrio o moderación, Hamvas pasaba a desmontarlo y a seguir excitando el pensamiento: que su escritura era, para decirlo con un oxímoron, órficamente mágica.
La última noche en Sanià repasé los veintinueve almuerzos y cenas que había podido disfrutar ese tiempo —tenía el corazón agradecido—. Recordé especialmente los callos a la catalana y la ternera asada que había hecho Ari —también su salmonete relleno—, los gazpachos de Inma y el arroz dominguero que estuvo a cargo de Mike. Me recordaba diciéndole a Ari: “¡Qué rico todo! Pero ¡qué rico!”, y ella diciéndome, risueña: “Eres un facilón”. ¿Cómo explicar lo absolutamente delicioso que comimos y lo larga que fue esa delicia, con una comida divina tras otra, tantos, tantos días? Sobre saber y sabor, Juan Cárdenas hace la siguiente reflexión en su Elástico de sombra: “El pensamiento es apenas la abertura de la razón hacia las profundidades del misterio del sabor, o sea, el misterio de lo Incomunicable. Pues, al fin y al cabo, uno no puede transmitirle a otro ser humano a qué saben las cosas, a qué sabe un chontaduro, digamos, a qué sabe un mamoncillo, eso no se puede transmitir. Eso es un misterio que no se puede romper, el sabor es el último baúl del misterio”. Quería decirles a Ari, a Inma y a Mike que son creadores de misterio, pero en la emoción de la despedida, se me olvidó hacerlo.
Esa última noche tenía insomnio, estaba acalorado. Salí, entonces, a dar una vuelta por el bosque, camino a Cala Estreta, y me impactó que hubiera (se vieran) tantas estrellas. El mar estaba oscurecido, casi del color del cielo: parecían fundirse, por fin, pero ahí seguía la línea que siempre los está separando. El agua y el viento hacían su sonido, y al rato pasó un barco mientras Palamós titilaba lejos. Recuerdo haber pensado: “¿Cómo es posible que no sepa casi nada de esto? Del mar, del cielo, de cómo ese barco puede flotar, de cómo esa luz se prende y de cómo esa otra luz llega desde lo más, más anterior”. Algún insecto me picó y de nuevo la pregunta: “¿Cómo es posible que no sepa nada, absolutamente nada de ese animal que entró en mí, que ni siquiera sepa el nombre, la especie, o qué es?”. Seguí caminando y, entre los pinos, si alzaba la vista, había más estrellas —esa noche no dejaban de estallar entre las ramas, diminutas e inconcebibles, desde lo más, más anterior—. Entonces llegué a un letrero que decía “Privat” y así terminó mi arrebato.
Gracias para siempre a Nico, a Ari, a Mari, a Inma, a Mike, a Juan Pablo, a Alba, a Juan, a Elif, a Camila y a Ploma —hermosa y mordelona— por un tiempo inolvidable.
There is no extra content for this resident.
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