Was at Sanià with:
Un miedo, el mar
Domingo 2 de febrero
El asunto es el mar. No es disgusto lo que me provoca, tampoco lo que algunos definen como “respeto” hacia los elementos naturales descomunales: yo siento miedo, incluso a veces terror. Nadie de aquí lo sabe y me encargaré de que ninguno se dé cuenta. Se trata de perfeccionar la práctica del disimulo y la resistencia, que, en el caso de una persona con propensión a la enfermedad y a la paranoia es vital para el funcionamiento en el día a día. Más que un engaño, es aprender a dominar una rutina de sobrevivencia.
Lo que quiero decir es que el hecho de tener que vivir durante un mes en una cabaña al borde del Mediterráneo, cuando le temes al mar, tiene su gracia de paradoja.
Esta será mi breve aventura marina para las nerviosas.
*
Hoy por la mañana bajé a la cala de la cabaña. Antes de ir, cerré la mampara de vidrio y la puerta de madera, usando las llaves tal y como Nico me indicó. Me tomó demasiados intentos dominar la secuencia correcta.
En casa, J piensa que finjo torpeza para exonerarme de las labores de la vida cotidiana. También piensa que mi temor al mar y mis otros temores son disfuerzos propios de una mujer que fue demasiado engreída durante su infancia. Cree que me hago pasar por desvalida para gozar de los beneficios de su amparo.
No entiende, me digo, nunca ha entendido.
En la cala hay una pequeña playa de piedras que el mar golpea en un estado más o menos tranquilo y con un semblante más o menos transparente. Me agaché a tocarlo porque creí que estaría tibio, a diferencia del mar gélido y horrible de Lima. Pero estaba frío: no conozco estas aguas.
Lunes 3 de febrero
¿Qué haces en la costa si a ti no te gusta el mar?, me preguntó un amigo hace unos meses, por chat. Yo estaba de visita en Piura, la ciudad costera donde nació mi madre: había ido para tratar de reconstruir una parte de mi historia materna. No es que no me guste, le respondí, le tengo miedo, que es distinto. Además, le dije, siempre sueño que muero ahogada en el Pacífico. No puedes soñar que te mueres, sino que te ahogas, nadie sueña que está muerto, me rebatió. Le di la razón porque me he propuesto ser menos hostil con los hombres y, sobre todo, porque me dio pereza explicarle por mensajes de texto que mis sueños son extremadamente detallados, espantosamente vívidos y el mar asesino es un tópico recurrente en ellos, y que si él no tiene esa capacidad onírica, entonces que mejor no tratara de convencerme de nada. Por eso le dije bueno, sí.
Suelo soñar con tsunamis. Olas enormes que vienen hacia mí y me engullen junto con lo que me rodea. Durante el desastre estoy sola, aunque en lugares que me resultan familiares: una casa en la playa, un edificio en un balneario, un hotel en la costa. La atmósfera es trágica y de desesperación. También sueño con el mar agitado que se retuerce a mi costado, con olas frenéticas, violentas, que parecen querer engullir la realidad. Yo escapo de la amenaza aterrada pero silente, a bordo de un auto o un bus, surcando acantilados por los que estoy a punto de caer. En casi todos los sueños muero.
*
Anoche, mientras trataba de quedarme dormida con las dos fosas nasales tapadas por los mocos de la gripe, tirada panza arriba sobre la cama, me vi reflejada en el vidrio de la claraboya del techo de la cabaña. En el cielo había unas cuantas estrellas. Entonces pensé que el cielo y el mar se parecen. Luego, pensé que esa era una comparación trillada. Después, que la cabaña era una pecera y yo, un pez, de esos pequeñitos que son tragados por especies más relevantes en la cadena alimenticia. Y por último pensé en si acaso mi temporal imposibilidad de tomar aire por la nariz me estaba anticipando las circunstancias de la inminente tragedia que según mis sueños sufriré en las inmensidades marinas.
Miércoles 5 de febrero
Si este fuera un ensayo personal tradicional, ya debería de haber explicado más arriba de dónde proviene mi temor al mar o, al menos, en qué consiste. Desmenuzar el conflicto, hurgar en su meollo: algún trauma en la niñez, un accidente fatal, un miedo heredado.
Intentaré argumentar en lo que sigue, aunque no sé muy bien qué contar.
Podría decir, por ejemplo, que anoche antes de ir a dormir miré hacia el mar por la ventana del primer piso de la cabaña. No distinguí nada, salvo una oscuridad parecida al lomo brillante de un perro muy negro y joven. Escuché las regurgitaciones coléricas de esa masa inabarcable y pensé en la cercanía de la muerte, más bien de la muerte dolorosa. Me sobrevino un escalofrió intenso. Cerré la ventana.
*
De niña me gustaba mucho ir a la playa. Al menos una vez en las vacaciones mi madre nos llevaba a mi hermano y a mí a Ancón, un otrora balneario de las clases altas de Lima devenido en el punto de encuentro veraniego de los vecinos de los barrios populares del Cono Norte. Para los noventas, Ancón se había convertido en el balneario de los “coneros” como nosotros.
No sabía nadar, pero me metía al mar hasta la altura del pecho y daba unos pataleos descoordinados para moverme. Era demasiado intrépida para lo que podía soportar mi madre, pero igual ella me dejaba pasar horas en ese plan. Al final, yo terminaba con las yemas de los dedos arrugadas como pasas y por la noche la espalda me ardía por la insolación.
Recuerdo de esas salidas los tápers con fruta picada, el pescado amarillo de juguete que mi hermano arrastraba por las veredas, las axilas recién rasuradas de mamá. Y, además del bronceador Nivea, recuerdo con nitidez el olor a marisco de la costa limeña, un aroma como de concha de abanico. Olía como un bocado de comida fresca que quieres repetir.
En cambio, el mar Mediterráneo no huele a nada. Sospecho de este mar inodoro y en apariencia tranquilo. No da muchas señales. Es sigiloso y por ello parece artero, un tanto más incierto.
*
En la adolescencia dejamos de pasear con mamá. Tal vez porque ella trabajaba duro limpiando casas y eso la ponía cada día más enferma y deprimida. Quizá porque yo estaba cada día más enferma y deprimida. Y porque sentía mucha rabia.
Comencé a rechazar el verano limeño con su humedad pegajosa, sus ropitas ajustadas y sus carnavales agresivos. Además, me intimidaba la expectativa por las vacaciones: porque prometían un tiempo de dispersión y de vida nueva que para mí no llegaba, pues en su lugar aparecían la angustia y las ganas de gustarle a los chicos de mi edad, sin éxito.
Estoy casi segura de que fue durante esa época cuando desarrollé o profundicé mis más intensos miedos y taras. Las alturas, el mar, el temor a volverme loca o perder la razón.
Dejé de ir a la playa casi por una década. (Nunca aprendí a nadar). No regresé sino hasta mis primeros veintes, con amigos de la facultad. Lo hice no por propiciar una reconciliación, sino por el impulso gregario de pertenecer a un grupo que la pasa bien, que se divierte como se supone que lo deben hacer los jóvenes de veintitantos.
Fue en ese entonces que noté que ya le temía al mar, que me sumía en la ansiedad su totalidad que emula a la infinitud.
*
La protagonista de Nada de verdad, la novela de Verónica Raimo, dice en algún momento que es incapaz de disfrutar de los efectos del alcohol y las drogas porque siempre le ha parecido extraño el concepto de “dejarse llevar”. La razón, explica, es de lo “más trivial”: no sabe adónde la lleva.
Yo, por el contrario, encuentro esa razón muy crucial y convincente. Creo que algo similar me ocurre con el mar: no sé bien qué esperar. Tampoco sé qué es capaz de detener su tamaño y su fuerza. Me resulta muy difícil confiar en algo tan vivo y tan movedizo, tan enorme y profundo, tan carente de una razón que me convenza o, por lo menos, me tranquilice.
Lunes 10 de febrero
Una sorpresa marina aparece en las noticias. Por primera vez en la historia un diablo negro fue avistado en aguas superficiales, en Tenerife, España. Se trata de un pez abisal, es decir, una especie de los abismos del mar: vive entre los 200 y 2000 metros de profundidad. Hasta hace unos días, solo había sido captado por aparatos capaces de descender en lo más hondo. Los que saben del tema dicen que es un acontecimiento.
La oenegé que hizo el hallazgo publicó un video en su cuenta de Instagram con una canción “terrorífica” de fondo. El pez diablo nada con un movimiento ondulante en las aguas azules y la tonadita pretende aumentar la impresión que despierta su presencia inusitada.
El artilugio es innecesario. Con solo mirar al animal se entiende su nombre maldito: parece un pez globo de Chernóbil. El diablo negro luce como una criatura nacida para el suplicio: para provocarlo en los demás y principalmente para autoinfligírselo.
Ese semblante devastado y devastador me hace recordar tanto a los seres humanos.
*
En X, una científica reclama que, por favor, dejen de usar los artículos y los pronombres masculinos para referirse al pez en cuestión, pues el que sale en el video es en realidad una hembra. O sea, es una diabla negra. Los machos de la especie, añadía, son pequeñísimos y solo viven una vida considerable si muerden a sus pares femeninas y se fusionan con ellas para hacer las veces de parásitos proveedores de espermatozoides. Entonces, es como si las hembras pudieran reproducirse por sí misma.
(Esto no me hace recordar a los seres humanos. O quizá sí me recuerda a ciertas parejas amorosas).
Son esta clase de hechos marinos los que me desconciertan.
Martes 11 de febrero
En la puerta de la cabaña hay un tacho con dos paraguas y un bate de béisbol. La primera vez que vi el bate me tomó unos segundos notar que no estaba ahí como un implemento deportivo, sino como un arma de defensa contra potenciales atacantes.
Maga y Ferrán se pregunta alarmados: ¡¿defenderse de quién?!
Yo recordé lo que dijo Andrew Solomon en El demonio de la depresión: que cuando ve que alguien usa el psicoanálisis para tratar una crisis depresiva, imagina a una persona que intenta detener la marea disparándole con una ametralladora.
Me imaginé enfrentando al mar, el único enemigo posible para mí durante esta estadía, con el bate de metal que en la base del mango tiene el dibujo de un hombrecito fornido, con los brazos arriba, como quien celebra una victoria que a nadie le importa.
*
Soy la tercera residente mujer que habita la cabaña. Nico me preguntó si me da miedo estar sola allí. Le dije que no. Fue una mentira a medias. Es decir, no le temo a la soledad, al aislamiento, al silencio que te lleva a pronunciar tus primeras palabras a la hora del almuerzo, a la oscuridad, a la falta de señal de internet. De hecho, me divierten. Lo que me asusta es el constante recordatorio de mi inocuidad y de mi insignificancia.
A medida que avanza el día es peor. El mar es terrorífico por las noches. Sus ruidos son más nítidos y guturales y su poderío, más evidente. Los plash, plash de las olas en la oscuridad suenan como susurros de mal augurio.
*
La cabaña tiene una miniblioteca y casi toda ella está dedicada al mar: El gran mar, de David Abulafia; El mar, el mar, de Iris Murdoch; Entre tierra y mar y El espejo del mar, de Joseph Conrad; Moby Dick, de Herman Melville, en tres ediciones: español, inglés y catalán.
Esa colección bibliográfica marina me dice que la intrusa soy yo, siempre lo he sido. En su libro Mediterranean sea, la artista Aurore de la Morinerie ilustra las presencias, las formas, las manchas marinas desde lo más profundo hasta la superficie. Esto es lo que imagino cuando imagino el mar, me digo mientras repaso sus páginas, esto mismo: una realidad de criaturas espléndidas y terribles.
Viernes 14 de febrero
Hace un par de días me enteré de que la diabla negra medía tan solo seis centímetros. Otro video de la oenegé muestra a un buzo grabándola con una cámara, muy de cerca: el animal parece un despojo enano. En una foto se le veía diminuta, mínima, sobre la palma de una mano.
Está muerta y sus dientes afilados sobresalen por su boca abierta como dando un grito —un gritito— de horror.
¿Por qué no mostraron el video en las dimensiones reales desde el inicio? Las primeras imágenes la retrataban como una bestia abominable, monstruosa. Pero mide menos que mi dedo meñique.
El descubrimiento de la inofensiva talla de la diabla negra hace que mis ideas y mis reflexiones me parezcan igual de inofensivas, una ridiculez. Tal vez todos mis miedos sean esto, me digo forzando la equivalencia: una enajenación alimentada por mis impresiones equivocadas.
Domingo 16 de febrero
Hay algunos miedos que puedes sortear mejor que otros. Por ejemplo, el miedo a las alturas. Hoy lo conseguí: llegué hasta el mirador que queda al lado de la cabaña. Ayer lo había intentado sin éxito: quise cruzar hacia él por un paso sin barandas, pero me dio terror y me paralicé. Volví a Sanià sintiéndome una perdedora.
¿Cómo lo hiciste?, me preguntó por chat J, quien sabía de mi intento fallido del día anterior. Como se atraviesan muchos momentos indeseables en la vida, le dije, disociando de la realidad y apretando un poco los ojos para no ver bien.
J escribió JAJAJAJAJA. Luego dijo que siempre lo hago reír.
Pero yo no estaba intentando ser graciosa, tal vez solo un poco ocurrente. Y en verdad quería describir cómo vencí mi parálisis.
No entiende, me digo, nunca ha entendido.
Martes 18 de febrero
Quizá estoy dando una impresión equivocada: que aquí lo paso fatal. O que mi estancia en este lugar es ante todo desagradable. No es así. También sé disfrutar del mar. Soy capaz de apreciar su belleza abundante y obscena, entiendo por qué la gente lo añora, por qué ansían ir a la playa o vivir en balnearios, y también reconozco su relevancia como objeto de inspiración literaria.
Por lo demás, todo ello me parece un lugar común.
Y aun así, lo replico. Por las mañanas, abro las puertas de la cabaña y salgo a la terraza a ver el mar por unos minutos. Luego, cierro la mampara de vidrio y me siento en el escritorio a trabajar o me recuesto en el sillón a leer un libro. Cada tanto levanto la mirada y lo observo. Ahí está: vibrante, imperecedero e imposible como un corazón que nunca dejará de palpitar. Es hermoso.
Convivir con el mar, además, me ha dado, una que otra vez, instantes de felicidad y de placer:
-Algunos de los recuerdos más tiernos de mi infancia provienen del balneario de Ancón.
-Algunos de los orgasmos más intensos de mi adultez los tuve al lado del mar de Tumbes.
*
En la tarde Maga y yo bajamos a la cala Sanià, que está delante de la casa principal y le da el nombre a toda la finca.
Nos quedamos sentadas al pie de la escalera, hablando sobre el acento de los pitucos —los chetos, los pijos— de nuestros países y de nuestra tendencia a relacionarnos con cierto tipo de hombres. Hombres, digamos, con un desarrollo de personaje inquietante.
Mientras conversábamos, me dediqué a contemplar los destellos que el sol produce sobre la superficie marina, esas chispas temblorosas que parecen fuegos artificiales estallando bajo el agua.
Sentí que era un buen día y que Maga y yo podíamos ser amigas.
Sábado 22 de febrero
Hay miedos que no podemos disimular. En la casa ya casi todos saben de mi miedo a las alturas.
Los primeros en enterarse fueron Maga y Ferrán, la noche en que fuimos juntos al mirador cercano a la cabaña y les dije que no podía cruzar hacia él a menos que uno de los dos me tomara de la mano.
Entonces Maga agarró mi mano izquierda y juntas llegamos al otro lado.
También ya saben que cierro los ojos y grito con las películas de terror. Y que después necesito compañía. Por un par de días tras ver It follows en la televisión de la casa, Maga, Ferrán y Unai me escoltaron hasta la cabaña.
¿Por qué te sometiste a eso si sabes que no te gustan las películas de terror?, me preguntó J por teléfono. Le dije que para compartir con los demás.
Sigo tratando de entender su risa escandalosa.
En cambio, mi temor al mar es discreto y puede ser imperceptible. Al menos en estos meses invernales, cuando no es casi obligatoria la interacción con la playa y sus aguas.
Ahora, desde la terraza de la cabaña, miro el mar como una mujer que mira a otra mujer que le cae muy mal, que no soporta, pero que también admira: ya sea por su inteligencia, por su talento, por su vida amorosa o por cómo le asientan los escotes.
Martes 25 de febrero
Eres más o menos valiente dependiendo de la zona horaria en la que te encuentres.
¿Por qué me empeño en esconder este miedo? ¿Cuál es el mérito, cuál es la recompensa? Más allá de la rutina de sobrevivencia, pienso en si este teatro tiene que ver con hablar menos de lo que me aqueja —los diagnósticos, los medicamentos— porque en el fondo me avergüenza.
Jueves 27 de febrero
Es mi última noche en la cabaña, mañana temprano partimos a Barcelona. La mayoría de los días de este mes regresé desde la casa principal hasta aquí oyendo y tarareando las canciones de To Pimp a Butterfly, de Kendrick Lamar, y de Alligator Bites Never Heal de Doechii. Lo hacía para evitar enfrentarme a los ruidos marinos.
Pero hoy quise caminar en silencio, atendiendo a mi miedo sin interrupciones. Atravesé las dos curvas del recorrido con los oídos atentos y la boca cerrada. Pensé en los gestos de los guerreros tras una buena batalla: despedirse del enemigo sin hipocresías, ni interferencias.
Oír sin cobardías los plash, plash.
Cuando llegué a la terraza, avancé unos pasos hasta el borde de la explanada, me quedé de pie hacia la marea y apreté los ojos. Esta vez no lo hice para dejar de ver, sino para intentar ver mejor.
En verdad quisiera poder ver mejor, todo.
Soporté unos cuatro o cinco segundos cara a cara con el adversario. Luego di media vuelta y entré a la cabaña.
Un miedo, el mar
Domingo 2 de febrero
El asunto es el mar. No es disgusto lo que me provoca, tampoco lo que algunos definen como “respeto” hacia los elementos naturales descomunales: yo siento miedo, incluso a veces terror. Nadie de aquí lo sabe y me encargaré de que ninguno se dé cuenta. Se trata de perfeccionar la práctica del disimulo y la resistencia, que, en el caso de una persona con propensión a la enfermedad y a la paranoia es vital para el funcionamiento en el día a día. Más que un engaño, es aprender a dominar una rutina de sobrevivencia.
Lo que quiero decir es que el hecho de tener que vivir durante un mes en una cabaña al borde del Mediterráneo, cuando le temes al mar, tiene su gracia de paradoja.
Esta será mi breve aventura marina para las nerviosas.
*
Hoy por la mañana bajé a la cala de la cabaña. Antes de ir, cerré la mampara de vidrio y la puerta de madera, usando las llaves tal y como Nico me indicó. Me tomó demasiados intentos dominar la secuencia correcta.
En casa, J piensa que finjo torpeza para exonerarme de las labores de la vida cotidiana. También piensa que mi temor al mar y mis otros temores son disfuerzos propios de una mujer que fue demasiado engreída durante su infancia. Cree que me hago pasar por desvalida para gozar de los beneficios de su amparo.
No entiende, me digo, nunca ha entendido.
En la cala hay una pequeña playa de piedras que el mar golpea en un estado más o menos tranquilo y con un semblante más o menos transparente. Me agaché a tocarlo porque creí que estaría tibio, a diferencia del mar gélido y horrible de Lima. Pero estaba frío: no conozco estas aguas.
Lunes 3 de febrero
¿Qué haces en la costa si a ti no te gusta el mar?, me preguntó un amigo hace unos meses, por chat. Yo estaba de visita en Piura, la ciudad costera donde nació mi madre: había ido para tratar de reconstruir una parte de mi historia materna. No es que no me guste, le respondí, le tengo miedo, que es distinto. Además, le dije, siempre sueño que muero ahogada en el Pacífico. No puedes soñar que te mueres, sino que te ahogas, nadie sueña que está muerto, me rebatió. Le di la razón porque me he propuesto ser menos hostil con los hombres y, sobre todo, porque me dio pereza explicarle por mensajes de texto que mis sueños son extremadamente detallados, espantosamente vívidos y el mar asesino es un tópico recurrente en ellos, y que si él no tiene esa capacidad onírica, entonces que mejor no tratara de convencerme de nada. Por eso le dije bueno, sí.
Suelo soñar con tsunamis. Olas enormes que vienen hacia mí y me engullen junto con lo que me rodea. Durante el desastre estoy sola, aunque en lugares que me resultan familiares: una casa en la playa, un edificio en un balneario, un hotel en la costa. La atmósfera es trágica y de desesperación. También sueño con el mar agitado que se retuerce a mi costado, con olas frenéticas, violentas, que parecen querer engullir la realidad. Yo escapo de la amenaza aterrada pero silente, a bordo de un auto o un bus, surcando acantilados por los que estoy a punto de caer. En casi todos los sueños muero.
*
Anoche, mientras trataba de quedarme dormida con las dos fosas nasales tapadas por los mocos de la gripe, tirada panza arriba sobre la cama, me vi reflejada en el vidrio de la claraboya del techo de la cabaña. En el cielo había unas cuantas estrellas. Entonces pensé que el cielo y el mar se parecen. Luego, pensé que esa era una comparación trillada. Después, que la cabaña era una pecera y yo, un pez, de esos pequeñitos que son tragados por especies más relevantes en la cadena alimenticia. Y por último pensé en si acaso mi temporal imposibilidad de tomar aire por la nariz me estaba anticipando las circunstancias de la inminente tragedia que según mis sueños sufriré en las inmensidades marinas.
Miércoles 5 de febrero
Si este fuera un ensayo personal tradicional, ya debería de haber explicado más arriba de dónde proviene mi temor al mar o, al menos, en qué consiste. Desmenuzar el conflicto, hurgar en su meollo: algún trauma en la niñez, un accidente fatal, un miedo heredado.
Intentaré argumentar en lo que sigue, aunque no sé muy bien qué contar.
Podría decir, por ejemplo, que anoche antes de ir a dormir miré hacia el mar por la ventana del primer piso de la cabaña. No distinguí nada, salvo una oscuridad parecida al lomo brillante de un perro muy negro y joven. Escuché las regurgitaciones coléricas de esa masa inabarcable y pensé en la cercanía de la muerte, más bien de la muerte dolorosa. Me sobrevino un escalofrió intenso. Cerré la ventana.
*
De niña me gustaba mucho ir a la playa. Al menos una vez en las vacaciones mi madre nos llevaba a mi hermano y a mí a Ancón, un otrora balneario de las clases altas de Lima devenido en el punto de encuentro veraniego de los vecinos de los barrios populares del Cono Norte. Para los noventas, Ancón se había convertido en el balneario de los “coneros” como nosotros.
No sabía nadar, pero me metía al mar hasta la altura del pecho y daba unos pataleos descoordinados para moverme. Era demasiado intrépida para lo que podía soportar mi madre, pero igual ella me dejaba pasar horas en ese plan. Al final, yo terminaba con las yemas de los dedos arrugadas como pasas y por la noche la espalda me ardía por la insolación.
Recuerdo de esas salidas los tápers con fruta picada, el pescado amarillo de juguete que mi hermano arrastraba por las veredas, las axilas recién rasuradas de mamá. Y, además del bronceador Nivea, recuerdo con nitidez el olor a marisco de la costa limeña, un aroma como de concha de abanico. Olía como un bocado de comida fresca que quieres repetir.
En cambio, el mar Mediterráneo no huele a nada. Sospecho de este mar inodoro y en apariencia tranquilo. No da muchas señales. Es sigiloso y por ello parece artero, un tanto más incierto.
*
En la adolescencia dejamos de pasear con mamá. Tal vez porque ella trabajaba duro limpiando casas y eso la ponía cada día más enferma y deprimida. Quizá porque yo estaba cada día más enferma y deprimida. Y porque sentía mucha rabia.
Comencé a rechazar el verano limeño con su humedad pegajosa, sus ropitas ajustadas y sus carnavales agresivos. Además, me intimidaba la expectativa por las vacaciones: porque prometían un tiempo de dispersión y de vida nueva que para mí no llegaba, pues en su lugar aparecían la angustia y las ganas de gustarle a los chicos de mi edad, sin éxito.
Estoy casi segura de que fue durante esa época cuando desarrollé o profundicé mis más intensos miedos y taras. Las alturas, el mar, el temor a volverme loca o perder la razón.
Dejé de ir a la playa casi por una década. (Nunca aprendí a nadar). No regresé sino hasta mis primeros veintes, con amigos de la facultad. Lo hice no por propiciar una reconciliación, sino por el impulso gregario de pertenecer a un grupo que la pasa bien, que se divierte como se supone que lo deben hacer los jóvenes de veintitantos.
Fue en ese entonces que noté que ya le temía al mar, que me sumía en la ansiedad su totalidad que emula a la infinitud.
*
La protagonista de Nada de verdad, la novela de Verónica Raimo, dice en algún momento que es incapaz de disfrutar de los efectos del alcohol y las drogas porque siempre le ha parecido extraño el concepto de “dejarse llevar”. La razón, explica, es de lo “más trivial”: no sabe adónde la lleva.
Yo, por el contrario, encuentro esa razón muy crucial y convincente. Creo que algo similar me ocurre con el mar: no sé bien qué esperar. Tampoco sé qué es capaz de detener su tamaño y su fuerza. Me resulta muy difícil confiar en algo tan vivo y tan movedizo, tan enorme y profundo, tan carente de una razón que me convenza o, por lo menos, me tranquilice.
Lunes 10 de febrero
Una sorpresa marina aparece en las noticias. Por primera vez en la historia un diablo negro fue avistado en aguas superficiales, en Tenerife, España. Se trata de un pez abisal, es decir, una especie de los abismos del mar: vive entre los 200 y 2000 metros de profundidad. Hasta hace unos días, solo había sido captado por aparatos capaces de descender en lo más hondo. Los que saben del tema dicen que es un acontecimiento.
La oenegé que hizo el hallazgo publicó un video en su cuenta de Instagram con una canción “terrorífica” de fondo. El pez diablo nada con un movimiento ondulante en las aguas azules y la tonadita pretende aumentar la impresión que despierta su presencia inusitada.
El artilugio es innecesario. Con solo mirar al animal se entiende su nombre maldito: parece un pez globo de Chernóbil. El diablo negro luce como una criatura nacida para el suplicio: para provocarlo en los demás y principalmente para autoinfligírselo.
Ese semblante devastado y devastador me hace recordar tanto a los seres humanos.
*
En X, una científica reclama que, por favor, dejen de usar los artículos y los pronombres masculinos para referirse al pez en cuestión, pues el que sale en el video es en realidad una hembra. O sea, es una diabla negra. Los machos de la especie, añadía, son pequeñísimos y solo viven una vida considerable si muerden a sus pares femeninas y se fusionan con ellas para hacer las veces de parásitos proveedores de espermatozoides. Entonces, es como si las hembras pudieran reproducirse por sí misma.
(Esto no me hace recordar a los seres humanos. O quizá sí me recuerda a ciertas parejas amorosas).
Son esta clase de hechos marinos los que me desconciertan.
Martes 11 de febrero
En la puerta de la cabaña hay un tacho con dos paraguas y un bate de béisbol. La primera vez que vi el bate me tomó unos segundos notar que no estaba ahí como un implemento deportivo, sino como un arma de defensa contra potenciales atacantes.
Maga y Ferrán se pregunta alarmados: ¡¿defenderse de quién?!
Yo recordé lo que dijo Andrew Solomon en El demonio de la depresión: que cuando ve que alguien usa el psicoanálisis para tratar una crisis depresiva, imagina a una persona que intenta detener la marea disparándole con una ametralladora.
Me imaginé enfrentando al mar, el único enemigo posible para mí durante esta estadía, con el bate de metal que en la base del mango tiene el dibujo de un hombrecito fornido, con los brazos arriba, como quien celebra una victoria que a nadie le importa.
*
Soy la tercera residente mujer que habita la cabaña. Nico me preguntó si me da miedo estar sola allí. Le dije que no. Fue una mentira a medias. Es decir, no le temo a la soledad, al aislamiento, al silencio que te lleva a pronunciar tus primeras palabras a la hora del almuerzo, a la oscuridad, a la falta de señal de internet. De hecho, me divierten. Lo que me asusta es el constante recordatorio de mi inocuidad y de mi insignificancia.
A medida que avanza el día es peor. El mar es terrorífico por las noches. Sus ruidos son más nítidos y guturales y su poderío, más evidente. Los plash, plash de las olas en la oscuridad suenan como susurros de mal augurio.
*
La cabaña tiene una miniblioteca y casi toda ella está dedicada al mar: El gran mar, de David Abulafia; El mar, el mar, de Iris Murdoch; Entre tierra y mar y El espejo del mar, de Joseph Conrad; Moby Dick, de Herman Melville, en tres ediciones: español, inglés y catalán.
Esa colección bibliográfica marina me dice que la intrusa soy yo, siempre lo he sido. En su libro Mediterranean sea, la artista Aurore de la Morinerie ilustra las presencias, las formas, las manchas marinas desde lo más profundo hasta la superficie. Esto es lo que imagino cuando imagino el mar, me digo mientras repaso sus páginas, esto mismo: una realidad de criaturas espléndidas y terribles.
Viernes 14 de febrero
Hace un par de días me enteré de que la diabla negra medía tan solo seis centímetros. Otro video de la oenegé muestra a un buzo grabándola con una cámara, muy de cerca: el animal parece un despojo enano. En una foto se le veía diminuta, mínima, sobre la palma de una mano.
Está muerta y sus dientes afilados sobresalen por su boca abierta como dando un grito —un gritito— de horror.
¿Por qué no mostraron el video en las dimensiones reales desde el inicio? Las primeras imágenes la retrataban como una bestia abominable, monstruosa. Pero mide menos que mi dedo meñique.
El descubrimiento de la inofensiva talla de la diabla negra hace que mis ideas y mis reflexiones me parezcan igual de inofensivas, una ridiculez. Tal vez todos mis miedos sean esto, me digo forzando la equivalencia: una enajenación alimentada por mis impresiones equivocadas.
Domingo 16 de febrero
Hay algunos miedos que puedes sortear mejor que otros. Por ejemplo, el miedo a las alturas. Hoy lo conseguí: llegué hasta el mirador que queda al lado de la cabaña. Ayer lo había intentado sin éxito: quise cruzar hacia él por un paso sin barandas, pero me dio terror y me paralicé. Volví a Sanià sintiéndome una perdedora.
¿Cómo lo hiciste?, me preguntó por chat J, quien sabía de mi intento fallido del día anterior. Como se atraviesan muchos momentos indeseables en la vida, le dije, disociando de la realidad y apretando un poco los ojos para no ver bien.
J escribió JAJAJAJAJA. Luego dijo que siempre lo hago reír.
Pero yo no estaba intentando ser graciosa, tal vez solo un poco ocurrente. Y en verdad quería describir cómo vencí mi parálisis.
No entiende, me digo, nunca ha entendido.
Martes 18 de febrero
Quizá estoy dando una impresión equivocada: que aquí lo paso fatal. O que mi estancia en este lugar es ante todo desagradable. No es así. También sé disfrutar del mar. Soy capaz de apreciar su belleza abundante y obscena, entiendo por qué la gente lo añora, por qué ansían ir a la playa o vivir en balnearios, y también reconozco su relevancia como objeto de inspiración literaria.
Por lo demás, todo ello me parece un lugar común.
Y aun así, lo replico. Por las mañanas, abro las puertas de la cabaña y salgo a la terraza a ver el mar por unos minutos. Luego, cierro la mampara de vidrio y me siento en el escritorio a trabajar o me recuesto en el sillón a leer un libro. Cada tanto levanto la mirada y lo observo. Ahí está: vibrante, imperecedero e imposible como un corazón que nunca dejará de palpitar. Es hermoso.
Convivir con el mar, además, me ha dado, una que otra vez, instantes de felicidad y de placer:
-Algunos de los recuerdos más tiernos de mi infancia provienen del balneario de Ancón.
-Algunos de los orgasmos más intensos de mi adultez los tuve al lado del mar de Tumbes.
*
En la tarde Maga y yo bajamos a la cala Sanià, que está delante de la casa principal y le da el nombre a toda la finca.
Nos quedamos sentadas al pie de la escalera, hablando sobre el acento de los pitucos —los chetos, los pijos— de nuestros países y de nuestra tendencia a relacionarnos con cierto tipo de hombres. Hombres, digamos, con un desarrollo de personaje inquietante.
Mientras conversábamos, me dediqué a contemplar los destellos que el sol produce sobre la superficie marina, esas chispas temblorosas que parecen fuegos artificiales estallando bajo el agua.
Sentí que era un buen día y que Maga y yo podíamos ser amigas.
Sábado 22 de febrero
Hay miedos que no podemos disimular. En la casa ya casi todos saben de mi miedo a las alturas.
Los primeros en enterarse fueron Maga y Ferrán, la noche en que fuimos juntos al mirador cercano a la cabaña y les dije que no podía cruzar hacia él a menos que uno de los dos me tomara de la mano.
Entonces Maga agarró mi mano izquierda y juntas llegamos al otro lado.
También ya saben que cierro los ojos y grito con las películas de terror. Y que después necesito compañía. Por un par de días tras ver It follows en la televisión de la casa, Maga, Ferrán y Unai me escoltaron hasta la cabaña.
¿Por qué te sometiste a eso si sabes que no te gustan las películas de terror?, me preguntó J por teléfono. Le dije que para compartir con los demás.
Sigo tratando de entender su risa escandalosa.
En cambio, mi temor al mar es discreto y puede ser imperceptible. Al menos en estos meses invernales, cuando no es casi obligatoria la interacción con la playa y sus aguas.
Ahora, desde la terraza de la cabaña, miro el mar como una mujer que mira a otra mujer que le cae muy mal, que no soporta, pero que también admira: ya sea por su inteligencia, por su talento, por su vida amorosa o por cómo le asientan los escotes.
Martes 25 de febrero
Eres más o menos valiente dependiendo de la zona horaria en la que te encuentres.
¿Por qué me empeño en esconder este miedo? ¿Cuál es el mérito, cuál es la recompensa? Más allá de la rutina de sobrevivencia, pienso en si este teatro tiene que ver con hablar menos de lo que me aqueja —los diagnósticos, los medicamentos— porque en el fondo me avergüenza.
Jueves 27 de febrero
Es mi última noche en la cabaña, mañana temprano partimos a Barcelona. La mayoría de los días de este mes regresé desde la casa principal hasta aquí oyendo y tarareando las canciones de To Pimp a Butterfly, de Kendrick Lamar, y de Alligator Bites Never Heal de Doechii. Lo hacía para evitar enfrentarme a los ruidos marinos.
Pero hoy quise caminar en silencio, atendiendo a mi miedo sin interrupciones. Atravesé las dos curvas del recorrido con los oídos atentos y la boca cerrada. Pensé en los gestos de los guerreros tras una buena batalla: despedirse del enemigo sin hipocresías, ni interferencias.
Oír sin cobardías los plash, plash.
Cuando llegué a la terraza, avancé unos pasos hasta el borde de la explanada, me quedé de pie hacia la marea y apreté los ojos. Esta vez no lo hice para dejar de ver, sino para intentar ver mejor.
En verdad quisiera poder ver mejor, todo.
Soporté unos cuatro o cinco segundos cara a cara con el adversario. Luego di media vuelta y entré a la cabaña.
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