Was at Sanià with:
Cuando el final empieza a acercarse, dejo la puerta ventana de mi habitación abierta. El mar, que hasta la semana pasada era un lienzo turquesa más bien sereno y silencioso, le hace honor a estas costas: se ha vuelto bravo. Parece una bestia primitiva y descomunal, que arremete contra la cala.
Dejo entrar el bramido. Que perturbe todo.
Esto -la Residencia Literaria Finestres- está a punto de terminar.
Pero antes, quiero recordar.
***
Mi valija es aparatosa y pesada. Traigo una cantidad absurda de libros para terminar un proyecto de no ficción.
Salí del otoño de la Patagonia argentina para llegar a la primavera del otro lado. En total, casi un día entero de viaje, una diferencia horaria de cinco horas, escala en Madrid y último tramo en tren, para llegar a la misma sensación térmica: 21°. Quizás la distancia sea sólo una ilusión.
Nos encontramos en la librería Finestres, en Barcelona. Venimos de Colombia, Mallorca, Edimburgo, Argentina. Nos espera Nicolás, el director de la residencia. Es mediodía. Todos somos torpemente simpáticos o simpáticamente torpes. Cuatro personas midiendo –midiéndose– la incógnita de 30 días de convivencia, llenando el silencio para que no gane la incomodidad.
Sólo Nicolás, con sus mil vidas a cuestas, sabe que todo termina por cuajar.
***
La casa Saniá queda a una hora y media de Barcelona. Cuando ya estamos cerca, el camino se vuelve tierra tostada, se ven campos de colza, pinos, manchones de amapolas bermellón, retamas florecidas. Sopla un viento vigoroso que hizo caer algunos árboles. No sé qué viento es: ¿tramontana, lebeche, siroco, mistral, gregal, levante?
El portal de ingreso a la residencia Saniá es verde, de madera y hierro.
No lo sé en ese momento, pero es eso, un portal.
Del otro lado, un camino de grava hasta la casa blanca, los perros Ploma y Sam, las gallinas; las uñas de gato fucsias, tan escandalosamente florecidas y abiertas ellas, los geranios rojos, las dimorfotecas, la zarzaparrilla con sus corazones enredados a todo; los 92 escalones que llegan hasta la cala. La casa blanca adentro: su biblioteca, su mesa en la terraza, sus habitaciones, su cocina. La cocina que nunca descansa.
Y también esto: un reloj de sol, en la pared de la casa que da al mar. El 29 de marzo, dos días antes de venir, el gobierno español dispuso el cambio de horario para ajustarse a la luz del verano. El reloj de sol, ajeno a la burocracia, no hace caso: marca un tiempo desfasado.
Es el tiempo de la casa, de otra especie.
***
Desde la primera mañana tomo fotos. Siempre el mismo encuadre: salgo al balcón y enfoco el horizonte con mi celular de baja calidad. Al final, todas juntas, muestran variaciones de los colores del cielo y de la tonalidad del mar. Será transparente, celeste, rosado, brillante, gris, de una oscuridad pasmosa. El mar se verá manso o encrespado. Habrá veleros, cruceros, barcos o nada. Habrá una bruma que asciende sigilosa por la cala. Habrá una pendiente abrupta de piedras. Estarán los pinos, los geranios, el azarero. Algo perturbadoramente manso y salvaje a la vez. ¿A quién se le puede ocurrir tanta belleza?
Si no estuviera acá y no me importara olvidar; si fueran las imágenes que me envía alguien desde otro lugar, sólo vería repetición.
Pero estoy acá.
***
Un día, muy al principio, llega un huracán. Se llama Carlos. Revoluciona la casa durante tres días, establece una dinámica, amalgama todo. Quedamos todos con una lista enorme de libros por leer, autores por conocer, música por escuchar y películas por ver. Hacemos y memorizamos un camino hasta Palamós, a 5 kilómetros de la casa blanca, por bosques, pendientes, caminos que bordean el mar, calas, calles, casas, hoteles, y al final, la librería. Será nuestra ruta de peregrinación: por el camino Pardo.
En un solo día establecemos un ritual: leer lo que escribimos en voz alta, en la biblioteca.
Lo mantenemos aunque él ya se haya ido.
Él no se va del todo. Queda como uno de los fantasmas que dicen que hay en esta casa. Lo invocamos casi todo el tiempo. Lo conjugamos: Carlos dijo, Carlos decía, Carlos diría,
Carlos lo había dicho, o lo habría dicho, o lo hubiera dicho. Carlos. Carlos. Carlos.
***
Cuajan los días, cuaja la gente. De pronto, somos una sola cosa con la casa blanca.
Un organismo vivo con los días contados. Hubo otros antes. Habrá otros después.
***
Tomo fotos. Cada día.
Un domingo viene Martha y nos tira el Tarot. Tomo otra foto, no quiero olvidar: el diavolo al centro, el rey de copas, la fuerza.
Leemos. Anoto palabras: Solastalgia. Adictus.
Aprendo expresiones, como esta, un saludo que se usa en los cumpleaños, en catalán: Molts d’anys. Y la respuesta: En vida teva.
Eso: Muchos años. Que tú los veas.
***
Quiero establecer una rutina. Escribir, pasear, leer durante las últimas horas del día en la biblioteca. Soy optimista: voy a leer muchos libros, los elijo, los aparto, los apilo: Juana Bignozzi, Fleur Jaeggy, Josep Pla, Elias Canetti, Melville, Antonio Di Benedetto, Lorrie Moore, un Foster Wallace que no había encontrado en la Argentina.
No cumplo con la rutina. La hago de manera desordenada. Sólo mantengo el despertador a las cinco de la mañana con la esperanza de que el día sea más largo, de que se duplique el tiempo.
Anoto palabras que no tienen ninguna relación con su significado en la Argentina: hostigante (empalagoso), alcahuete (el que consiente/ un abuelo alcahuete le da chocolates a su nieto).
***
Casi no leo periódicos, no sé muy bien qué pasa afuera. Salvo el 7 de abril. “Una civilización entera morirá esta noche, para no volver jamás”, amenaza el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
A la mañana siguiente, cuando me despierto, salgo al balcón que da al Mediterráneo y miro el horizonte. Pienso en la civilización que está o que podría ya no estar del otro lado. Pienso en mi familia, que está exactamente a mis espaldas. Saco la foto. Es una obviedad: está nublado.
Pienso en la civilización, en lo que significa civilización, civilizados, civilidad. Pienso en las palabras.
Me quedo con esta: Molts d’anys. En vida teva
***
No me quiero olvidar de nada. Entonces intento hacer todo: me meto al mar aunque la temperatura no pasa de los 23°, a la pileta de agua salada, aunque está congelada; me siento en un banco de madera, al borde del acantilado, frente al mar; escribo en alguno de los 92 escalones que llegan a la cala; leo en la biblioteca libros al azar; fotografío cada planta que veo como si quisiera hacer un inventario natural; anoto cada menú del día, cada uno de los platos que preparan Ari, Inma, Mike en esa cocina que es el motor de Saniá: la crema de calabaza y naranjas del maestro zen que es Mike; el fricandó y la coca de tomate y almendras con ricota, olivas y pesto de Inma, que además nos enseña cómo se hace una buena tortilla; el pollo con gambas, de la sabia silenciosa, de apariencia dura y una generosidad y humildad extrema que es Ari; la tarta Sacher, el tiramisú, el curd de limón, la milhojas de manzana y nata, la mousse de chocolate con frutos rojos, y todo así.
No me quiero olvidar de Michele, el fotógrafo italiano y su “tres, dos uno”, antes de hacer click. No me quiero olvidar de Mari y su sonrisa, y su embarazo, y de la yerba que me trajo el anteúltimo día, cuando me había quedado sin reservas y ella, argentina, sabía lo que significa eso. No me quiero olvidar de Pablo, también argentino, tucumano él, el que transformó los árboles caídos en leña, el que conoce como nadie este terreno de mar y montaña y acantilados, el que sabe dónde están las setas y dónde se ven los pájaros.
***
Dicen que hay fantasmas en la casa. ¿Truman Capote dejó aquí su alma aunque su cuerpo se fue a Estados Unidos para darle la puntada final a “A sangre fría” al pie de la tumba de Perry y Dick? Quizás. No puedo dar fe.
Pero sí hay alguna suerte de hechizo. Nos damos cuenta de que todos estamos leyendo a Melville por alguna razón inexplicable: Moby Dick, Bartleby, las cartas a Hawthorne. Hablamos de una Nobel, la Nobel pasa por la casa, el prólogo de una edición del libro de la Nobel tiene una comparación con Bartleby. Cosas así.
Todas esas coincidencias, vistas desde afuera, pueden parecer completamente anodinas.
Pero estoy acá.
***
Reviso mis apuntes. Son trastos inútiles: todos los lugares comunes sobre la belleza, el paso del tiempo y la insignificancia.
Esto no lo tengo anotado, pero desde el 20 empiezo a sentir una nostalgia anticipatoria. Se vive en presente mientras hay muchas mañanas por delante; cuando se acerca el final, se vive en pasado, o con añoranza de lo que todavía no terminó, o con la certeza de un final.
***
Vine a terminar un texto largo. Llego a un casi final sobre el final de la estadía. Lo quiero dejar descansar para volver a arremeter contra la piedra de lo que escribí, para romperlo y sacarle la forma.
***
Es jueves, es 30 de abril. El reloj de sol señala un punto entre las 7 y las 8 (¿se retrasó aún más? ¿es porque hay poca luz todavía?). En Argentina son las 3.45 de la madrugada. Aquí son casi las 10.
Ahora me preparo para cruzar el portal verde, la frontera que separa Saniá del resto del mundo.
Voy a salir del tiempo fuera del tiempo.
Voy a recordar.
Cuando el final empieza a acercarse, dejo la puerta ventana de mi habitación abierta. El mar, que hasta la semana pasada era un lienzo turquesa más bien sereno y silencioso, le hace honor a estas costas: se ha vuelto bravo. Parece una bestia primitiva y descomunal, que arremete contra la cala.
Dejo entrar el bramido. Que perturbe todo.
Esto -la Residencia Literaria Finestres- está a punto de terminar.
Pero antes, quiero recordar.
***
Mi valija es aparatosa y pesada. Traigo una cantidad absurda de libros para terminar un proyecto de no ficción.
Salí del otoño de la Patagonia argentina para llegar a la primavera del otro lado. En total, casi un día entero de viaje, una diferencia horaria de cinco horas, escala en Madrid y último tramo en tren, para llegar a la misma sensación térmica: 21°. Quizás la distancia sea sólo una ilusión.
Nos encontramos en la librería Finestres, en Barcelona. Venimos de Colombia, Mallorca, Edimburgo, Argentina. Nos espera Nicolás, el director de la residencia. Es mediodía. Todos somos torpemente simpáticos o simpáticamente torpes. Cuatro personas midiendo –midiéndose– la incógnita de 30 días de convivencia, llenando el silencio para que no gane la incomodidad.
Sólo Nicolás, con sus mil vidas a cuestas, sabe que todo termina por cuajar.
***
La casa Saniá queda a una hora y media de Barcelona. Cuando ya estamos cerca, el camino se vuelve tierra tostada, se ven campos de colza, pinos, manchones de amapolas bermellón, retamas florecidas. Sopla un viento vigoroso que hizo caer algunos árboles. No sé qué viento es: ¿tramontana, lebeche, siroco, mistral, gregal, levante?
El portal de ingreso a la residencia Saniá es verde, de madera y hierro.
No lo sé en ese momento, pero es eso, un portal.
Del otro lado, un camino de grava hasta la casa blanca, los perros Ploma y Sam, las gallinas; las uñas de gato fucsias, tan escandalosamente florecidas y abiertas ellas, los geranios rojos, las dimorfotecas, la zarzaparrilla con sus corazones enredados a todo; los 92 escalones que llegan hasta la cala. La casa blanca adentro: su biblioteca, su mesa en la terraza, sus habitaciones, su cocina. La cocina que nunca descansa.
Y también esto: un reloj de sol, en la pared de la casa que da al mar. El 29 de marzo, dos días antes de venir, el gobierno español dispuso el cambio de horario para ajustarse a la luz del verano. El reloj de sol, ajeno a la burocracia, no hace caso: marca un tiempo desfasado.
Es el tiempo de la casa, de otra especie.
***
Desde la primera mañana tomo fotos. Siempre el mismo encuadre: salgo al balcón y enfoco el horizonte con mi celular de baja calidad. Al final, todas juntas, muestran variaciones de los colores del cielo y de la tonalidad del mar. Será transparente, celeste, rosado, brillante, gris, de una oscuridad pasmosa. El mar se verá manso o encrespado. Habrá veleros, cruceros, barcos o nada. Habrá una bruma que asciende sigilosa por la cala. Habrá una pendiente abrupta de piedras. Estarán los pinos, los geranios, el azarero. Algo perturbadoramente manso y salvaje a la vez. ¿A quién se le puede ocurrir tanta belleza?
Si no estuviera acá y no me importara olvidar; si fueran las imágenes que me envía alguien desde otro lugar, sólo vería repetición.
Pero estoy acá.
***
Un día, muy al principio, llega un huracán. Se llama Carlos. Revoluciona la casa durante tres días, establece una dinámica, amalgama todo. Quedamos todos con una lista enorme de libros por leer, autores por conocer, música por escuchar y películas por ver. Hacemos y memorizamos un camino hasta Palamós, a 5 kilómetros de la casa blanca, por bosques, pendientes, caminos que bordean el mar, calas, calles, casas, hoteles, y al final, la librería. Será nuestra ruta de peregrinación: por el camino Pardo.
En un solo día establecemos un ritual: leer lo que escribimos en voz alta, en la biblioteca.
Lo mantenemos aunque él ya se haya ido.
Él no se va del todo. Queda como uno de los fantasmas que dicen que hay en esta casa. Lo invocamos casi todo el tiempo. Lo conjugamos: Carlos dijo, Carlos decía, Carlos diría,
Carlos lo había dicho, o lo habría dicho, o lo hubiera dicho. Carlos. Carlos. Carlos.
***
Cuajan los días, cuaja la gente. De pronto, somos una sola cosa con la casa blanca.
Un organismo vivo con los días contados. Hubo otros antes. Habrá otros después.
***
Tomo fotos. Cada día.
Un domingo viene Martha y nos tira el Tarot. Tomo otra foto, no quiero olvidar: el diavolo al centro, el rey de copas, la fuerza.
Leemos. Anoto palabras: Solastalgia. Adictus.
Aprendo expresiones, como esta, un saludo que se usa en los cumpleaños, en catalán: Molts d’anys. Y la respuesta: En vida teva.
Eso: Muchos años. Que tú los veas.
***
Quiero establecer una rutina. Escribir, pasear, leer durante las últimas horas del día en la biblioteca. Soy optimista: voy a leer muchos libros, los elijo, los aparto, los apilo: Juana Bignozzi, Fleur Jaeggy, Josep Pla, Elias Canetti, Melville, Antonio Di Benedetto, Lorrie Moore, un Foster Wallace que no había encontrado en la Argentina.
No cumplo con la rutina. La hago de manera desordenada. Sólo mantengo el despertador a las cinco de la mañana con la esperanza de que el día sea más largo, de que se duplique el tiempo.
Anoto palabras que no tienen ninguna relación con su significado en la Argentina: hostigante (empalagoso), alcahuete (el que consiente/ un abuelo alcahuete le da chocolates a su nieto).
***
Casi no leo periódicos, no sé muy bien qué pasa afuera. Salvo el 7 de abril. “Una civilización entera morirá esta noche, para no volver jamás”, amenaza el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
A la mañana siguiente, cuando me despierto, salgo al balcón que da al Mediterráneo y miro el horizonte. Pienso en la civilización que está o que podría ya no estar del otro lado. Pienso en mi familia, que está exactamente a mis espaldas. Saco la foto. Es una obviedad: está nublado.
Pienso en la civilización, en lo que significa civilización, civilizados, civilidad. Pienso en las palabras.
Me quedo con esta: Molts d’anys. En vida teva
***
No me quiero olvidar de nada. Entonces intento hacer todo: me meto al mar aunque la temperatura no pasa de los 23°, a la pileta de agua salada, aunque está congelada; me siento en un banco de madera, al borde del acantilado, frente al mar; escribo en alguno de los 92 escalones que llegan a la cala; leo en la biblioteca libros al azar; fotografío cada planta que veo como si quisiera hacer un inventario natural; anoto cada menú del día, cada uno de los platos que preparan Ari, Inma, Mike en esa cocina que es el motor de Saniá: la crema de calabaza y naranjas del maestro zen que es Mike; el fricandó y la coca de tomate y almendras con ricota, olivas y pesto de Inma, que además nos enseña cómo se hace una buena tortilla; el pollo con gambas, de la sabia silenciosa, de apariencia dura y una generosidad y humildad extrema que es Ari; la tarta Sacher, el tiramisú, el curd de limón, la milhojas de manzana y nata, la mousse de chocolate con frutos rojos, y todo así.
No me quiero olvidar de Michele, el fotógrafo italiano y su “tres, dos uno”, antes de hacer click. No me quiero olvidar de Mari y su sonrisa, y su embarazo, y de la yerba que me trajo el anteúltimo día, cuando me había quedado sin reservas y ella, argentina, sabía lo que significa eso. No me quiero olvidar de Pablo, también argentino, tucumano él, el que transformó los árboles caídos en leña, el que conoce como nadie este terreno de mar y montaña y acantilados, el que sabe dónde están las setas y dónde se ven los pájaros.
***
Dicen que hay fantasmas en la casa. ¿Truman Capote dejó aquí su alma aunque su cuerpo se fue a Estados Unidos para darle la puntada final a “A sangre fría” al pie de la tumba de Perry y Dick? Quizás. No puedo dar fe.
Pero sí hay alguna suerte de hechizo. Nos damos cuenta de que todos estamos leyendo a Melville por alguna razón inexplicable: Moby Dick, Bartleby, las cartas a Hawthorne. Hablamos de una Nobel, la Nobel pasa por la casa, el prólogo de una edición del libro de la Nobel tiene una comparación con Bartleby. Cosas así.
Todas esas coincidencias, vistas desde afuera, pueden parecer completamente anodinas.
Pero estoy acá.
***
Reviso mis apuntes. Son trastos inútiles: todos los lugares comunes sobre la belleza, el paso del tiempo y la insignificancia.
Esto no lo tengo anotado, pero desde el 20 empiezo a sentir una nostalgia anticipatoria. Se vive en presente mientras hay muchas mañanas por delante; cuando se acerca el final, se vive en pasado, o con añoranza de lo que todavía no terminó, o con la certeza de un final.
***
Vine a terminar un texto largo. Llego a un casi final sobre el final de la estadía. Lo quiero dejar descansar para volver a arremeter contra la piedra de lo que escribí, para romperlo y sacarle la forma.
***
Es jueves, es 30 de abril. El reloj de sol señala un punto entre las 7 y las 8 (¿se retrasó aún más? ¿es porque hay poca luz todavía?). En Argentina son las 3.45 de la madrugada. Aquí son casi las 10.
Ahora me preparo para cruzar el portal verde, la frontera que separa Saniá del resto del mundo.
Voy a salir del tiempo fuera del tiempo.
Voy a recordar.
Was at Sanià with: