«Todo tiene que ver con la poesía en mi caso. La primera persona. La idea de las epifanías. Los momentos en los que uno comprende algo. Son las mismas cosas las que me llevan a escribir poemas, y prosa»

21/01/2025

«Todo tiene que ver con la poesía en mi caso. La primera persona. La idea de las epifanías. Los momentos en los que uno comprende algo. Son las mismas cosas las que me llevan a escribir poemas, y prosa»

 

Mercedes Halfon empezó a escribir un diario en 2011, cuando nació su hijo. Pero llevaba escribiendo poemas desde la adolescencia, cuando buscaba toparse con lo absoluto en la orilla de un lago. Su paso por Sanià ha traído de vuelta esa escritura intuitiva y, ha colocado el diario en un centro en el que todo cabe: su obsesión por Grete Stern, la lectura «delirada» de Jorge Luis Borges, y hasta el peso de Juana Bignozzi, la poeta a la que admiró durante mucho tiempo, y que luego fue amiga, y de quien terminó convertida en albacea. Sobre lo complicado de definir el género en el que escribe, un híbrido entre la crónica, la autobiografía, la ficción, el ensayo sociológico, y el encaje de un desencaje en el mundo, llega a la conclusión de que podría considerarse «un ensayo íntimo».

Por Laura Fernández

 

En todo momento, lo que se escucha es el mar. «En este lugar, todos los días el mar es distinto, y el cielo es distinto», dice Mercedes Halfon (Buenos Aires, 44 años). Lleva casi un mes instalada en Sanià, donde, dice, se reencontró con el Mediterráneo. «No había querido saber nada de este sitio hasta que llegué. Ni siquiera había visto fotografías de la casa. Traté de llegar lo más virgen de preceptos posible», explica. Y eso pese a que sabe —ahora lo sabe, antes tan sólo lo sospechaba— que su proceso de adaptación a cualquier otro lugar que no sea un lugar conocido es lento. «Soy un poco inadaptada. Me cuesta un montón sentirme bien en otro sitio. Recién ahora estoy un poco cómoda», dice. Ahora, que ya está a punto de marcharse, añade. Sus respuestas son cortas, telegráficas. Como si pisase un suelo que podría desmoronarse en cualquier momento.

Ha traído consigo «unos diez libros». Cuatro o cinco libros de arte de la fotógrafa Grete Stern, alumna de la Escuela de la Bauhaus, alemana nacionalizada argentina, el volumen de la obra completa de Jorge Luis Borges —»editado en los 70, en vida de él», especifica—, una biografía canónica del mismo, y también Borges a contraluz, una biografía no tan canónica que escribió «una novia de él, Estela Canto». ¿La razón? Los dos proyectos en los que pensaba trabajar en la residencia tienen que ver con una y con el otro. El primero es una especie de perfil sobre Stern, un libro de investigación, y el segundo, un diario de lectura de Borges . En concreto, de ese tomo de la obra completa editado en los 70 con el que viaja. «Se me ocurrió durante la pandemia, y estoy con ello desde 2020. Es lento, y largo, pero interesante. Escribo y leo un par de veces por semana», dice.

Es decir, el diario es un combate, pero uno que disecciona, que enfrenta aquello con lo que se encuentra en la obra de Borges, a quien Halfon no había leído hasta entonces. Algo que, como argentina, dice, es casi imposible. Porque Borges está en todas partes. «Lo había leído sin haberlo leído», dice. «Es un proyecto un poco delirante. Como una práctica de escritura», confiesa. Y a la vez, algo que encaja como un guante con ese género propio, ese híbrido entre la crónica, la autobiografía, la ficción, el ensayo sociológico, el encaje de un desencaje en el mundo, con el que ha construido El trabajo de los ojos, Diario pinchado y Vida de Horacio, que no son toda su obra —Halfon se debe a la poesía, también, y al periodismo, pasó, como recuerda, «muchos años» escribiendo crítica de teatro—, pero sí es la que mejor representa su yo en prosa.

«Todo lo cercano se aleja, escribió Goethe en un poema». La cita está extraída de El trabajo de los ojos, ese primer memoir, o mejor, ensayo íntimo —»me gusta la idea de que sea un ensayo íntimo, porque en el fondo, lo es», dice— en el que trata de entender lo que «una condición» puede hacerle a tu identidad. La protagonista tiene problemas de visión, padece de estrabismo, y en un apasionante viaje fragmentario —los capítulos se suceden como versos, o como disparos, o como polaroids, o como breves e intensos relatos histórico biográficos, o así ocurre con el relato de la vida de Louis Braille—, trata de orientarse en el mundo. Su mundo, y también el mundo, encajando su nunca mejor dicho visión con la visión que se tiene de su condición ahí fuera, permitiéndose encajar, y encajar a su vez el problema, y lo que representa, y cómo se representa.

Y la palabra orientar es importante. En un momento dado de Diario pinchado, el diario de una escritora, o el fantasma de esa escritora —la pareja de un escritor becado que pretende pasar unos días con él en la ciudad, pero que los pasa sola, y perdida—, la extrae del contexto, y la describe etimológica y sociológicamente, y al hacerlo, la ilumina. Y, de repente, todo parece haber sido concebido con ese fin. ¿Diría que es lo que hace, cuando escribe, orientarse? «Sí. Puede ser. Qué lindo. Escribo para entenderme y para entender un poco el mundo, y determinados problemas o cosas concretas que en algún momento me despiertan mucha curiosidad», contesta. «Cuando escribí sobre mi padre —se refiere a su último libro, Vidas de Horacio— fue porque lo vi muy grande, y me despertó preguntas, y empecé a entrevistarlo para descubrir las cosas que no sé», explica.

Lo que resulta curioso es el tono confesional. ¿Cómo dio con él? «La verdad es que el que mayor tiempo me llevó fue El trabajo de los ojos, porque ahí estaba buscando una voz. Encontré algo, escribiéndolo. De repente, me sentía cómoda con mi voz, me di cuenta de que podía moverme en esa estructura, en ese registro. Luego ya todo fue sencillo. En el caso de Diario pinchado incluso pasé notas del diario que escribí en mi viaje a Berlín, que fue muy distinto, porque viajé con mi hijo, pero sí esa sensación de estar perdida estaba presente, porque siempre lo estoy. No sé orientarme. Aquí mismo. Me da miedo salir a pasear sola por si me pierdo», apunta. Y añade, sobre Berlín: «Berlín es una ciudad pero también es una constelación, de escritores que estuvieron ahí, y de cosas que han pasado. Me gusta moverme en constelaciones, porque puedo jugar, y siempre aparecen».

«Siento que los tres libros que escribí son articulaciones distintas de una misma cosa. Diario pinchado es más ficción. Inventé mucho aunque tiene base real. En el caso de los otros, es más personal», dice. Insiste en que le gusta la idea del ensayo íntimo porque aunque «no lo pienso como ensayo, creo que es un poco eso. Tengo dificultades con los nombres. Me cuesta pensar en lo que hago como autoficción», añade. No le gusta esa etiqueta, y en realidad, ninguna. Lo que tiene claro es que en esa colección de fragmentos que, de alguna forma, detienen el momento, epatan, iluminan, hay algo de poético. En el fondo, fue así cómo empezó todo. Con la poesía. Y como continúa. Porque, aunque ahora no está escribiendo poemas, siempre lo está en realidad. «Voy como por rachas», dice.

«Tuve un momento este año en que sí, pero ahora no estoy escribiendo poemas. Como he dicho, cuando llegué aquí, me costó encontrar la dinámica al principio. Quería trabajar en el libro de Grete pero es un personaje que me está costando, se me resiste. Vengo de escribir un libro sobre Gombrowicz, que es un personaje muy atractivo y del que había mucha información cálida, humana, diarios, testimonios. Lo que pasa con Grete es que hay menos de eso. La información que tengo es más dura, más académica. Y cuando me puse a escribir, medio no pude y me angustié». Habla de su llegada a Sanià, y de cómo, en parte, el hecho de tener que escribir un diario para la residencia, la salvó. «Empecé a escribir en ese diario todo lo que pensaba sobre lo que no estaba pudiendo hacer, y todo lo que estaba como disperso, y ahora siento que funciona», explica.

Llegó a pensar en llevar tres diarios durante su mes en Sanià. Porque ella siempre escribe un diario personal. Y luego estaba el diario de su lectura de Borges. Y estaba, claro, el diario de Sanià. «Me dije, no, es un delirio, hago uno solo y después selecciono partes», cuenta. Así que eso es lo que hace. Escribe en un cuaderno, y a la mañana siguiente, lo pasa a limpio en el ordenador. Lo edita. «Siento que en el diario puedo pensar. Es una conversación conmigo misma, con las cosas que estoy leyendo, las cosas que me dicen, y se me quedan. La borra del día, y un lugar para pensarme fuerte. En este caso, pienso mucho sobre la escritura. Era lo que venía a hacer. Y no me salió. Aparece la neurosis y el conflicto que uno tiene cuando escribe», cuenta. Da gracias a todo el tiempo del que dispone que permite que «las palabras salgan más precisas, la gramática más fluida».

En parte, ha vuelto a sentirse como cuando empezó a escribir. Recuerda que era adolescente y se iba a «no sé, la orilla de un lago» al encuentro de «lo absoluto». «Aquí paso mucho tiempo en la cala, sola, y un poco es como si volviera a ese momento», dice. Le recuerda un poco al sur de Argentina. Bariloche. El paisaje. «Todo es más intuitivo cuando escribes así», dice. Se sigue escuchando el mar. Sobre todo, el mar. Algún pájaro que canta. «Cuando escribía en la orilla del lago, escribía poemas. Nunca había intentado novela, ni cuentos. La prosa empezó con ese género más híbrido en el que muevo y que tiene que ver con la epifanía, como el poema. Sujetas algo de tu vida a algo que intentas explicar. Y ese trozo de tu vida se convierte en una pieza más en todo lo que estoy tratando de entender. Le pones tu cuerpo a lo que intentas explicar», dice.

«Siempre hay un presente de la escritura, que va uniendo las partes», elabora. Luego es cuando se abren «las constelaciones». «Argentina en los 70, la educación, en Vidas de Horacio, pero no son el centro, tienen que darle espesor», añade. Lo que puede decirse de su prosa es que está exenta de autocompasión. «Para mí es importantísimo que no sea autocompasiva. No me gusta cuando se utiliza la literatura para vengarse, o decir pobre de mí. Trato de evitarlo lo más que puedo. Una está escribiendo, tiene ese hermoso privilegio. ¿Por qué habría de estar ahí la parte más miserable de las cosas? No me interesa. Todo tiene que ver con la poesía en mi caso. La primera persona. La idea de las epifanías. Los momentos en los que uno comprende algo, ve una imagen muy poderosa. Son las mismas cosas las que me llevan a escribir poemas, y prosa», dice.

En un momento dado de Diario pinchado se pregunta si toda literatura es epistolar. «¿Para quién son las palabras que escribo en este cuaderno? ¿Siempre se escribe para alguien? ¿Toda literatura es epistolar?», escribe. ¿Lo es? «Yo creo que sí, que se escribe para alguien. A veces va cambiando el interlocutor. Cuando escribía el libro de mi papá, pensaba mucho en mis hermanos, en mi familia. A veces uno piensa qué diría tal amigo de esto. Pero también se dice: ‘Esto fluye, esto va bien’. Es uno el interlocutor, es el propio oído», responde. ¿Y de qué escritores diría que está hecha? Porque en Diario pinchado, el fantasma de Walter Benjamin está por todas partes. «Sí, es un fantasma recurrente. Tuve en la mesa de trabajo Infancia en Berlín y El diario de Moscú. Siempre hay libros que abres y una sola frase te inspira, y los necesitas cerca», dice.

Pero más allá de Benjamin, ¿qué? «Mucho Mario Levrero. También mucho del cineasta Jonás Mecas. Jonás Mecas también esto de mezclar. Un montaje de su vida. Películas diario», contesta. Y, por supuesto, la poeta Juana Bignozzi, de quien es albacea. «Me convertí en su albacea antes incluso de haber publicado nada. Imagínate el peso de algo así. La entrevisté para Página 12, y le gustó mucho una frase de mi bota, y me invitó a comer. Era una señora muy mayor, pero muy amiga de los jóvenes. Iba a lecturas de poesía. Y empezamos a hacernos amigas, una de esas amistades extrañas que se dan entre personas de edades muy distintas. Era muy amorosa conmigo. Y yo la ayudaba en cosas. Cuando la editorial le pidió que armara su obra completa, me pidió ayuda, y a los pocos meses, falleció. Y en la lectura del testamento nos enteramos de que me había dejado de albacea. Me lo había dicho, pero yo no me lo había creído», recuerda.

Rodaron un documental, titulado Las poetas visitan a Juana Bignozzi, sobre ese descubrimiento, y sobre qué hacer con un tesoro semejante. «Pensé que iba a ser la viuda de Juana, la juanóloga. La admiro mucho, pero corría el riesgo de que me aplastara. No quería. Pero fui combinando las dos cosas. Porque me interesa mucho el archivo de una persona. Los trabajos de cuidado literario. Catalogar toda su biblioteca. Hace poco catalogamos toda la biblioteca de otra poeta que murió. Lo haces por amor. Me suma muchísimo, ese trabajo con el pasado. Todo lo que uno puede aprender de la biblioteca de alguien que dedicó toda su vida a escribir, y tiene ahí sus libros con cosas marcadas, es espectacular», cuenta. Ya se publicó el primer tomo de la obra completa de Bignozzi, «y saldrá ahora el segundo». «Sigo en diálogo con ella, de alguna forma», dice.

Menciona a Annie Ernaux, como a alguien que descubrió después de haber escrito lo que llama, en ese momento, sus tres diarios. «Tiene una percepción muy sociológica, como parte de una clase desplazada hacia otra, cierta mirada poco autocompasiva. Me encantaría leerla en francés para entender mejor su prosa. También me gusta cómo piensa Vivian Gornick. La estructura de Apegos feroces me sirvió muchísimo. Se usa de ejemplo para pensar alguna cuestión», confiesa. Para, como ella, «huir de los sitios en los que nos ubican». ¿Y qué hay de Borges? «Tiene una escritura tan hermosa que por más que no me interesen sus temas para nada, igual hay una persona, o una línea, que me fascina. Lo estoy leyendo de forma totalmente delirada. No es crítica literaria, es como el I Ching. A ver si Borges tiene una solución para mi problema de hoy, me digo», contesta, y se ríe.

«Todo tiene que ver con la poesía en mi caso. La primera persona. La idea de las epifanías. Los momentos en los que uno comprende algo. Son las mismas cosas las que me llevan a escribir poemas, y prosa»

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